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MALDITO ALZHEIMER


 No recuerdo cuándo empezó exactamente. A veces pienso que siempre estuve aquí, sentado frente a esta ventana, viendo cómo la luz del atardecer se apaga sobre los árboles del jardín.

Otras veces creo que solo llevo un segundo en esta silla, como si acabara de despertar en este mismo instante. La memoria es como una manta agujereada: cada vez que intento cubrirme, el frío se cuela por otro sitio distinto.

Lo que sí sé es que tengo miedo. Un miedo hondo, tenebroso, que se mete en el pecho y aprieta.
La mujer que entra cada día en mi habitación dice que es mi hija, María. Tiene un nombre bonito. A veces lo recuerdo sin esfuerzo, como si la conociera de siempre; otras veces lo olvido al instante y no puedo dejar de observarla como si fuera una desconocida invadiendo mi casa. Me habla con ternura, aunque en su rostro se nota un cansancio que no puede ocultar.

Cuando la escucho llorar tras la puerta, sé que llora por mí, aunque haya días en los que no sé quién es. Hoy ha entrado con una sonrisa triste.

—Buenos días, papá —me dice mientras me acaricia la mejilla.

Su piel es tibia. Ese calor lo reconozco, me aferro a él como quien se agarra a la última cuerda que lo sostiene sobre un precipicio. Quisiera decirle que la quiero, aunque mi cabeza no acierta a recordar quién es.

—Buenos días —respondo mientras observo su cara, intentando montar un rompecabezas mentalmente.
—¿Cómo te llamas? —pregunto, confundido.
—María, papá. Soy María.

Repito su nombre en mi mente, intentando que no se me escape. Me lleva al comedor. Veo mesas, sillas y personas que me saludan. ¿Vecinos? ¿Familiares? ¿Curiosos? No sabría decirlo. Siento que todos esperan que les devuelva el saludo con su nombre, pero eso es algo que no puedo hacer. Una señora se acerca y me toma de la mano; su piel es suave, arrugada como la mía.

—Buenos días, cariño —me saluda como si me conociera.
—Hola —respondo sin saber qué más decir.

Ella sonríe con tristeza y se va. María observa la escena y cierra los ojos. Sé que le duele. Estoy seguro de que antes la conocía, pero ahora no.

No quiero que mi hija piense que no lo intento. Lo hago cada día. Peleo en silencio contra esta niebla que avanza sin compasión, tragándose caras, fechas, palabras y momentos. Mi lucha es desigual: por cada recuerdo que logro atrapar, pierdo dos. Es como intentar retener agua entre las manos.

A veces sueño, y en mis sueños todo es claro. El pasado aparece completo. Veo el rostro de mi esposa —aunque cuando estoy despierto ya no recuerde su nombre—; veo nuestras vacaciones en la playa, nuestras peleas tontas por ver quién bajaba la basura, la forma en que se reía cuando yo contaba chistes. En los sueños soy el hombre que fui, no este que observa su reflejo en el espejo como si fuera un extraño.

Pero cuando despierto, los sueños se desvanecen como humo que se lleva el viento.

A veces escucho voces en la casa. Voces conocidas. Creo reconocerlas, pero cuando salgo al pasillo no hay nadie. La enfermera dice que es normal, que mi mente mezcla recuerdos antiguos con sonidos presentes, que no debo preocuparme.
¿No preocuparme? ¿Cómo no hacerlo si mi cabeza se deshace en pedazos? Cada día olvido algo más. Ayer olvidé cómo abrocharme la camisa. Anteayer dónde estaban los cubiertos. La semana pasada olvidé que mi esposa murió hace años. Le pregunté a María por ella y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Papá —me dijo con voz quebrada—, mamá ya no está.

Dentro de mí, una angustia perforó mi pecho. ¿Cómo pude olvidar algo así?
Esa noche lloré hasta quedarme dormido. Lloré por mí, por ella, por mi hija y por todo lo que ya no soy.

A veces tengo momentos de lucidez, breves como el destello de una cerilla en la oscuridad. Recuerdo quién soy: un hombre que trabajó y crió a una niña que ahora me cuida. Pero esos destellos se apagan demasiado pronto y vuelvo a perderme.

Hoy, mientras María me peinaba, la miré fijamente y algo dentro de mí despertó. Vi a la niña que trepaba a los árboles y lloraba cuando se raspaba las rodillas. Vi muchos recuerdos.

—María —dije con voz firme—. Eres mi niña.

Ella se quedó quieta. Sus ojos se llenaron de lágrimas y me abrazó con fuerza.
—Sí, papá, soy tu niña —respondió sin poder dejar de llorar.

Cinco minutos después, cuando volvió a entrar en la habitación, ya no supe quién era.

Hay días peores que otros. El otro día desperté convencido de que estaba en mi casa de niño, que mi madre entraría por la puerta con su delantal para decirme que el desayuno estaba listo. Cuando la enfermera entró, creí que era ella.

—Mamá —le dije.

Por la expresión de su rostro supe que algo estaba mal.
—Señor Andrés —respondió—, soy Clara, la enfermera.

Mi mundo se ha vuelto pequeño. Antes era enorme, lleno de calles, caras conocidas, fechas. Ahora es un cuarto y una silla frente a la ventana. Pero lo que más miedo me da no es lo olvidado: es lo que aún recuerdo y sé que pronto perderé.

Hoy tuve un momento extraño. Estaba sentado en el jardín. María estaba a mi lado, leyendo un libro. La miré y no supe quién era.

—¿Quién eres? —pregunté.
Ella cerró el libro, lo dejó a un lado y suspiró.
—Soy alguien que te quiere, papá —respondió mientras me cogía la mano.

Esta noche, antes de dormir, escuché a María hablando con Clara.
—Cada vez está peor —dijo mi hija.
—Lo sé, pero está tranquilo —respondió la enfermera.

María lloró. Quise levantarme y decirle que no llorara por mí, pero no pude moverme. Sé que llora por el hombre que ya no soy, por los recuerdos que se han perdido, porque un día despertaré y no sabré en qué mundo habito… y ese día llegará pronto.

Pero no hoy.
Hoy aún sé que la amo, aunque no recuerde su nombre.
Hoy aún sé que hubo una mujer que compartió mi vida, aunque ya no pueda ver su rostro con claridad.
Hoy aún sé que fui un hombre completo, aunque ahora solo quede un fragmento.
Hoy aún sé que soy Andrés.

Mañana… no lo sé.

NAUFRAGO ( parte II )


 Empecé a notar otros signos: restos de hogueras antiguas, conchas amontonadas, un trozo de tela azul medio enterrado. Todo parecía muy viejo, pero una cosa estaba clara: la mano del hombre estuvo aquí.

Cada descubrimiento aumentaba mi sensación de que la isla tenía memoria. No era solo un lugar perdido en medio del océano; era un lugar que había tragado vidas antes que la mía. Intenté mantenerme ocupado para no pensar: reforcé el refugio y lo hice más seguro. Fabrique una lanza con una vara afilada para poder pescar, pero había algo de lo que no podía librarme: el silencio.

Una noche creí ver una sombra moverse entre los árboles. Corrí hacia el fuego con la lanza en alto, gritando. No había nadie, solo el eco de mi propia voz. Desde ese día dormí con el cuchillo en la mano.

Perdí la noción del tiempo. El sol nacía y moría cada día, y yo con él. Mis conversaciones se reducían a murmullos conmigo mismo; a veces le hablaba al mar, a veces a las piedras. Llegué a convencerme de que, si mantenía mi rutina —buscar comida, mantener el fuego, revisar la playa—, podría conservar la cordura.

Una tarde, mientras recogía cocos, encontré una botella atrapada entre las rocas. Dentro había un papel con unas pocas palabras escritas a lápiz:

—“No salgas de noche. No están muertos.”—

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No sabía si era una broma de algún marinero borracho o la advertencia de alguien que no había tenido mi suerte. Desde esa noche no salí de mi choza al anochecer, pero los ruidos continuaban.

La segunda gran tormenta llegó sin aviso. Vientos huracanados arrancaron las hojas y ramas del refugio, y el mar subió hasta la playa. Intenté salvar el fuego, pero el agua lo devoró. Me refugié en una saliente de la montaña. La tormenta duró toda la noche. Al amanecer, la isla era otra: el arroyo se había desbordado y la mitad de mi refugio había desaparecido.

Entre los restos encontré una huella fresca: un pie humano, pequeño y descalzo, que se dirigía al interior de la selva.

Seguí el rastro durante horas. No sé si lo hice por desesperación o porque me estaba volviendo loco. Las huellas me llevaron a una cueva escondida tras unas rocas cubiertas de musgo. Dentro olía a humo; había restos de hogueras, huesos y trozos de tela. En el fondo encontré una caja metálica corroída. Dentro había una navaja, un reloj parado y un cuaderno empapado. En la primera página se leía:

—“Día 43. La isla no deja ir a nadie.”—

No pude leer más. Salí corriendo, tropezando con las piedras. Esa noche no dormí.

Pasé los días siguientes preparando una balsa. Usé troncos secos y cuerda de fibra vegetal. La idea era lanzarme al mar con la marea alta. Sabía que era una locura, pero quedarme allí era peor. Cada noche los ruidos se volvían más nítidos. Podía escuchar claramente pasos, murmullos, respiraciones… aunque en el fondo creo que me estaba volviendo loco.

El último día, mientras amarraba el último tronco, vi algo en la playa: figuras quietas recortadas contra la luz del atardecer. No pude distinguir sus rostros, pero estaba seguro de que me miraban. Eran tres, tal vez cuatro. Cuando di un paso hacia ellos, desaparecieron. Decidí que esa misma noche partiría.

El mar estaba en calma. Remé hasta que la isla se convirtió en una sombra lejana. Finalmente, el sol salió y, por primera vez en muchas semanas, sentí una chispa de esperanza.

Pero al caer la tarde el viento cambió. La corriente empezó a arrastrarme de vuelta. Intenté remar con todas mis fuerzas, pero el agua me devolvía a la isla como si tuviera voluntad propia. Cuando la noche cayó, la costa volvió a aparecer ante mí. Exhausto, me dejé llevar hasta la orilla. Allí, esperándome, estaban las mismas figuras. No huí; no tenía fuerzas.

Desperté al amanecer, rodeado de silencio. No recordaba haber dormido. Mi cuerpo estaba cubierto de arena húmeda y tenía marcas en la piel, como si alguien me hubiera arrastrado. La balsa había desaparecido. Caminé lentamente hacia el arroyo. El agua seguía saliendo clara. Bebí hasta saciarme.

Entonces los vi: sobre la colina, inmóviles, observándome. Eran cuatro. Sus cuerpos eran delgados, la piel pálida, los ojos vacíos. No hablaban; solo respiraban con un sonido áspero. Retrocedí, tropecé y caí al suelo. Cuando levanté la vista, ya no estaban. Corrí hasta la cueva buscando el cuaderno. Lo encontré abierto por una página nueva, escrita con una letra temblorosa:

—“Día 44. El mar los trae. No hay salida.”—

No fui yo quien escribió eso. Lo sé porque mi mano temblaba demasiado para sostener el lápiz.

Salí de la cueva y miré el horizonte. Mis fuerzas se estaban agotando.

Semanas después, un barco pesquero halló una pequeña isla sin nombre. No encontraron señales de vida, solo un refugio destruido, restos de fuego y una cruz improvisada en la montaña. Sobre una piedra, escrita con carbón, alguien había dejado una frase:

—“La isla no deja ir a nadie.”—

NAUFRAGO ( parte I )


 Me llamo José Herrera, marinero del barco Lucero, un carguero viejo que zarpó de Cartagena, en Colombia, rumbo a Lisboa con una carga de repuestos de automóviles y algo de maquinaria ligera.

No debería haber sido un viaje peligroso, pero en el mar nunca se sabe. El cuarto día de navegación, una tormenta inesperada nos envolvió con una furia tan violenta que apenas tuvimos tiempo de amarrar la carga. El viento rugía como un animal hambriento. Recuerdo vagamente correr por la cubierta, empapado y casi ciego por la lluvia, cuando el barco se inclinó sobre su costado derecho. A pesar de los años, todavía me cuesta distinguir babor y estribor. El último sonido que escuché fue el chirrido de los cables de acero que sostenían la carga.

Desperté flotando en un trozo de madera, rodeado de silencio. Un silencio que solo rompían las olas del mar. El agua, ya serena, brillaba con una calma insultante. A mi alrededor flotaban solo restos del barco.

Grité los nombres de mis compañeros hasta quedarme sin voz, pero solo las gaviotas me respondían. El sol ardía sin compasión. A lo lejos, una mancha oscura se recortaba en el horizonte: una isla.

Remé con los brazos hasta que la corriente me empujó hacia un saliente de arena blanca. Me costó arrastrarme fuera del agua; besé la arena, no por devoción sino por pura desesperación. Estaba vivo, aunque no sabía por cuánto tiempo.

La isla tenía el tamaño de un pueblo pequeño. Desde la playa podía ver una línea de palmeras rodeadas por un manto de vegetación espesa y una pequeña colina rocosa que dominaba el centro. No había señales de vida humana.

El primer día lo dediqué a explorar la costa. Encontré conchas, cangrejos, caracolas y, sorprendentemente, un arroyo de agua dulce que desembocaba en el mar. Ese arroyo fue mi primera bendición; bebí hasta que me dolió el estómago.
En otra parte de la isla encontré una caja de provisiones del Lucero. La abrí ansiosamente: tres latas de sardinas, galletas completamente empapadas y un cuchillo oxidado.

Decidí racionar la comida hasta que pudiera pescar o cazar algo. Esa noche me tumbé en la arena, temblando en parte por miedo. El sonido de las olas era constante; lo más curioso es que parecía acompasarse con mi respiración. No pude dormir: el miedo tenía el poder de mantenerme despierto aun cuando el cuerpo se rendía al cansancio.

El segundo día me interné en la selva. La humedad era asfixiante. Insectos diminutos me picaban sin descanso. Con ramas y hojas grandes empecé a levantar una pequeña choza cerca del arroyo. Era una estructura débil, pero me daba la ilusión de tener un techo.
La primera noche en mi choza llovió. El agua se filtraba por todos lados, pero al menos no dormí sobre la arena húmeda.

Al amanecer encontré huellas pequeñas cerca del arroyo. Al principio pensé que eran de un animal, pero había algo inquietante en su forma: eran casi humanas, aunque más pequeñas y desiguales. Las seguí por curiosidad, pero desaparecieron entre las raíces de los árboles. Decidí no volver a ese punto, no por miedo, sino por prudencia.

El hambre es un enemigo silencioso que se instala en la cabeza antes que en el estómago. A los cuatro días la comida se me estaba acabando pese a racionarla. Aprendí a abrir cocos a golpes y a cazar cangrejos con una trampa hecha de ramas. También descubrí que podía atrapar pequeños peces en las charcas formadas en la desembocadura del arroyo. El cuchillo oxidado era mi mayor tesoro.

Intenté encender fuego. Fue una batalla perdida. Froté los palos hasta que me sangraron las manos. Finalmente lo logré al séptimo intento. Cuando un hilo de humo se transformó en una llama, lloré, no por emoción sino por alivio. Tener fuego era como recuperar una parte de la civilización. Lo mantuve encendido toda la noche, como si pudiera protegerme de algo más que del frío.

No hay oscuridad más absoluta que la de una isla desierta. Las noches eran interminables. A veces creía oír pasos alrededor de mi refugio, voces susurrantes que quizá eran solo el viento.

Una madrugada desperté sobresaltado: alguien (o algo) había dejado una piedra pulida frente a mi choza. No podía ser casualidad. Lo más inquietante era que en la arena no había huellas.

Durante días busqué alguna explicación. “Quizá la piedra rodó con la lluvia”, me repetía. Pero la verdad es que cada noche me sentía menos solo… aunque no de un modo reconfortante. No es lo mismo estar acompañado que sentirse observado.

Una semana después del naufragio, la fiebre llegó. Una pequeña herida en el pie se había infectado. Pasé dos días delirando. En mis alucinaciones veía el barco entero, intacto, con mis compañeros llamándome desde la cubierta. Mientras ellos se alejaban en el horizonte, yo me hundía en el agua hasta el cuello.

Cuando desperté, la herida supuraba pero la fiebre había bajado. En ese momento supe que debía buscar un lugar más alto y seco.

Me trasladé a la montaña central. Desde allí podía ver toda la isla; el mar se extendía infinito por los cuatro costados. En la cima encontré algo que me heló la sangre: un montículo de piedras apiladas con una cruz de madera. No podía ser natural.
Alguien había estado allí antes.
Y no sabía si eso debía alegrarme…
o aterrarme.

CONTINUARÁ

80 AÑOS SIN EL

 Nacieron en la misma madrugada, cuando el invierno se sentía en el ambiente y la luz tardaba en llegar. Nadie se lo dijo nunca, pero el lla...