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LOS RECUERDOS DE LA ABUELA MONTSERRAT


 Cuando yo era joven, Calella era muy diferente a como la veis ahora. El pueblo tenía otro ritmo, otro olor, otra forma de vivir. No había tantas prisas ni tanto ruido de coches. La gente se conocía por su nombre, las puertas estaban abiertas y la calle era como una prolongación de la casa. Y si había un día especial, ese era el día del mercado.

Todavía cierro los ojos y puedo verlo perfectamente. El mercado se instalaba en la calle Sant Joan, cerca de la carretera. Desde bien temprano ya se escuchaba movimiento. Los camiones llegaban de madrugada y los vendedores comenzaban a montar las paradas mientras el pueblo todavía despertaba lentamente.

El sonido metálico de las estructuras, las voces de los comerciantes saludándose, el olor de la fruta recién colocada y el murmullo de las primeras personas que llegaban formaban una sinfonía que anunciaba el comienzo de la jornada.

Entonces, el mercado era inmenso, mucho más grande de lo que es ahora. Había tantas paradas que incluso ocupaban los dos lados de la carretera. Aquello era una auténtica riada de gente. Venían personas de los pueblos cercanos: Sant Pol, Pineda, Malgrat y Arenys. Todos querían pasar por el mercado de Calella porque allí se encontraba de todo.

Recuerdo perfectamente que siempre había un policía dirigiendo el tráfico. Era necesario. Había tantos coches, y personas cruzando de un lado a otro que, sin aquel guardia, aquello habría sido un caos. Levantaba la mano con autoridad y todos obedecían. Era parte del paisaje del mercado, igual que las voces de los vendedores. La calle estaba llena de vida.

Había paradas de fruta y verdura donde los colores parecían más vivos que en cualquier otro sitio: tomates rojos brillantes, pimientos verdes enormes, melocotones perfumados, cerezas oscuras y sandías abiertas para mostrar su interior rojo y fresco. Los vendedores gritaban ofertas y conocían a todas las mujeres del pueblo.

—Montserrat, hoy llevo unas judías tiernas buenísimas.

—Niña, prueba estas naranjas, son dulcísimas.

Todo era cercano. No eras una clienta más; eras alguien conocido.

También estaban las paradas de ropa: montones de pantalones, delantales, calcetines, vestidos estampados y batas de señora colgadas. Las mujeres tocaban las telas con paciencia mientras comentaban las novedades del pueblo. Allí no solo se iba a comprar; también se iba a hablar, a encontrarse y a sentirse acompañado.

Y luego estaban las paradas de utensilios de cocina: cucharas de madera, cazos, ollas, coladores, cafeteras, cuchillos, platos y mil cosas más. Yo podía pasarme mucho rato mirando aquellos objetos e imaginando recetas y comidas familiares.

En aquella época todo duraba años. Una buena olla podía pasar de madre a hija y seguir utilizándose toda la vida.

Había también especias y legumbres a granel, frutos secos, quesos, embutidos y hasta juguetes sencillos para los niños. El mercado tenía un olor especial, una mezcla de fruta madura, pescado fresco, ropa nueva y especias. El mercado olía a personas que vivían juntas.

Pero si había un lugar especial, el verdadero corazón de todo aquello, era la plaza.

La plaza de abastos. Aún hoy, cuando paso por allí, me vienen tantos recuerdos que se me hace un nudo en la garganta. La plaza era mucho más que un edificio; era el alma del pueblo.

Allí había vida desde la primera hora de la mañana. Las puertas se abrían y comenzaba un desfile constante de vecinos entrando y saliendo con carros, cestas y bolsas.

Había paradas de carne donde los carniceros conocían exactamente el corte que quería cada familia. Las pescaderías tenían el pescado recién llegado del mar. Las floristas llenaban el ambiente de colores y perfumes. Las fruteras colocaban la mercancía con tanto cuidado que parecía un escaparate.

Todo lo que necesitabas para casa estaba allí.

Y recuerdo especialmente una parada situada justo en la entrada de la plaza. Era una parada de utensilios de cocina y de especias a granel. ¡Qué maravilla era aquello! Grandes sacos llenos de pimienta, canela, azafrán, tomillo, orégano y pimentón. El olor era tan intenso que parecía abrazarte cuando te acercabas.

Allí comprábamos las especias para los guisos, para los canelones, para los estofados de invierno y para las comidas de fiesta.

El hombre que atendía siempre estaba atento y tenía las manos impregnadas de aquellos aromas. Parecía saberlo todo sobre la cocina. Las mujeres le preguntaban cómo condimentar ciertos platos y él siempre aconsejaba con paciencia.

La plaza era un mundo entero. Lo más bonito era que todos se conocían. Los vendedores sabían quién estaba enfermo, quién había tenido un hijo, quién se casaba o quién necesitaba ayuda. Si alguien faltaba varios días seguidos, enseguida preguntaban por él. Existía una humanidad que hoy cuesta mucho encontrar.

Ahora todo ha cambiado, y me da mucha pena decirlo. La plaza cerró. Todavía me cuesta aceptar que un lugar lleno de vida pueda quedar vacío. Cuando pienso en la plaza cerrada, siento como si hubieran apagado una parte del corazón de Calella.

Un pueblo sin mercado es un pueblo más triste, porque los mercados no solo venden comida; venden conversación, recuerdos, compañía y vida.

El mercado semanal también se ha hecho más pequeño. Ya casi no quedan aquellas largas filas de paradas. Ya no hace falta un policía dirigiendo el tráfico. Mucha gente compra en grandes supermercados y ya no pasea por el mercado como se hacía antes.

Y lo que más duele es que ya no conozco a casi nadie.

Antes, pasear por el mercado era detenerse a cada paso para saludar. Ahora veo caras nuevas, vendedores nuevos y prisas nuevas. Los amigos de antes ya no están. Algunos murieron, otros se jubilaron y otros simplemente desaparecieron con el tiempo, como desaparecen tantas cosas importantes.

A veces me paro y observo lo que queda del mercado. Escucho voces, veo unas pocas paradas y trato de encontrar algo de aquella Calella.

A veces todavía aparece algún olor o alguna conversación que me transporta al pasado durante unos segundos. Entonces vuelvo a ver a mi madre escogiendo tomates y a mi padre hablando con los pescadores; a las mujeres cargando con cestas y a los niños corriendo entre las paradas.

Hoy todo parece más rápido y más frío. La gente entra y sale de las tiendas sin apenas hablar. Muchos ni siquiera saben el nombre de quien les vende el pan o la fruta.

Tengo miedo de que un día el mercado desaparezca del todo, que no quede ninguna parada, que los niños del futuro no sepan lo que es ir al mercado con la abuela. Porque los pueblos viven gracias a sus recuerdos y a sus costumbres, y sobre todo gracias a sus lugares de encuentro.

A veces pienso que, mientras alguien recuerde todo aquello, seguirá existiendo un poco. Por eso me gusta contarlo, para que no se pierda del todo. Para que alguien imagine aquella calle Sant Joan llena hasta arriba de personas. Para que alguien vuelva a escuchar las voces de los vendedores. Y, sobre todo, para que alguien recuerde la plaza llena de vida y para que Calella no olvide nunca lo que fue.

Porque yo tuve la suerte de vivir aquella época maravillosa. Y aunque ahora muchas cosas hayan cambiado, cuando cierro los ojos todavía puedo escuchar el ruido de las paradas montándose al amanecer. Todavía puedo oler las especias. Todavía puedo ver a la gente sonriendo.

Y entonces, por un instante, mi querida Calella vuelve a ser la de antes.

EL ULTIMO CAFE


 Estimados compañeros, clientes y amigos:

Hoy me cuesta encontrar las palabras.
Después de 44 años, 9 meses y 9 días, ha llegado el momento de despedirme de este lugar que ha sido mucho más que mi trabajo. Ha sido mi segunda casa, mi escuela de vida y el escenario donde han transcurrido algunas de las historias más importantes de mi vida.
Cuando entré por primera vez por esa puerta era apenas un muchacho. Un chico con poca experiencia, con las manos temblando al llevar una bandeja y con más sueños que certezas. Pensaba que aquel sería un trabajo temporal… algo pasajero.
Pero la vida tenía otros planes.
Día tras día, café tras café, conversación tras conversación, esta cafetería se fue convirtiendo en mi mundo. Aquí aprendí que un café no es solo un café. A veces es compañía, otras consuelo, otras celebración.
En estas mesas se han contado historias de amor, de alegría, de tristeza, de esperanza. He visto a personas llegar solas y marcharse acompañadas. He visto amistades nacer, familias crecer, generaciones enteras cruzar esta puerta.
He visto abuelos traer a sus nietos… y años después, a esos mismos nietos volver con sus propios hijos.
Pero entre todas esas historias también ocurrió la más importante de mi vida.
Un día entró una joven y se sentó al fondo de la cafetería. Cabello negro, sonrisa tímida. Venía casi cada mañana. Café con leche y tostada con tomate.
Al principio solo intercambiábamos unas palabras.
Luego llegaron las conversaciones más largas.
Y un día, casi sin darme cuenta, entendí que estaba completamente enamorado.
Aquella joven se convirtió en mi esposa y en la madre de mis dos hijos. Y mientras esta cafetería crecía, también crecía mi familia.
Mis hijos dieron sus primeros pasos mientras yo seguía sirviendo cafés. Aprendí que uno puede estar cansado después de un largo día de trabajo… pero que una sonrisa de un hijo lo cambia todo.
Claro que la vida no siempre trae momentos felices.
Entre estas mismas paredes también tuve que seguir trabajando mientras el corazón pesaba. Aquí recibí noticias difíciles. Aquí aprendí a sonreír incluso cuando por dentro uno está roto.
Perdí a mis padres. Perdí a mi querida abuela, que fue quien me enseñó a ser la persona que soy.
Y aun así, cada mañana volvía a colocar las tazas, a preparar el café, a recibir a los clientes.
Porque este lugar también me enseñó algo muy importante:
que la vida continúa… y que las personas se sostienen unas a otras más de lo que imaginan.
Quiero agradecer también a quienes caminaron conmigo durante estos años.
A mis compañeros. Algunos se convirtieron en amigos de verdad. Personas con las que compartí risas, cansancio, enfados y muchas historias que solo quienes han trabajado detrás de una barra pueden entender.
También aprendí paciencia con otros. Porque la vida, incluso en una cafetería, también enseña lecciones difíciles.
Pero de todo se aprende.
Quizás muchos no lo saben, pero entre café y café también fui escribiendo otra parte de mi vida. Aquí nacieron mis libros, escritos muchas veces en silencio, después de largas jornadas de trabajo.
Este lugar no solo me dio un oficio. También me dio historias.
Historias que terminaron convirtiéndose en palabras.
Incluso, gracias a un cliente que creyó en mí, tuve la oportunidad de participar en un pequeño proyecto de cine. Algo que jamás habría imaginado cuando era aquel joven que temblaba sosteniendo una bandeja.
En todos estos años también vi pasar dos generaciones de jefes.
El primero me dio la oportunidad de empezar cuando apenas sabía nada. Me enseñó este oficio con exigencia, pero también con confianza.
Después llegó su hijo, con nuevas ideas, nuevos tiempos, pero con el mismo amor por este lugar.
A ambos les debo mucho.
Y ahora… llega el momento de cerrar este capítulo.
Uno cree que siempre habrá otro día más, otra mañana más, otro café más por servir.
Pero el tiempo pasa sin hacer ruido.
Y un día, simplemente, llega la hora de decir adiós.
Me voy con el corazón lleno.
Lleno de rostros, de conversaciones, de risas, de recuerdos que nunca olvidaré.
Gracias a cada cliente que se sentó en estas mesas.
Gracias a cada compañero que compartió turno conmigo.
Gracias a todos los que, de una forma u otra, formaron parte de esta historia.
Porque aunque hoy me despida… una parte de mí siempre se quedará aquí.
En el sonido de las cucharillas contra las tazas.
En el aroma del café recién hecho.
En las conversaciones que seguirán llenando este lugar.
Gracias por acompañarme durante 44 años, 9 meses y 9 días de mi vida.
Ha sido un honor servirles.
Muchas gracias.

CALELLA FIN DE AÑO 2050


 Queridos amigos, hoy quiero contaros una historia muy especial.

Los hechos sucedían en una ciudad de la costa mediterránea, concretamente en un lugar del Maresme. Era el último día del año, la ciudad como siempre estaba llena de vida y alegría, desde la mañana temprano las calles estaban llenas de gente, muchos extranjeros, la mayoría ingleses y alemanes (el turismo era la mayor riqueza del municipio). Todos vestidos con sus mejores galas, las calles estaban todas iluminadas las 24 horas del día, el último día del año era muy importante y no podía faltar nadie. A través del ayuntamiento, se alquiló un hotel para que los sin techo (no eran de esta ciudad, aquí la gente vivía bien) pudieran pasar las navidades. En todas las calles se encontraban grupos de personas cantando nádalas o villancicos, era una de las mejores fiestas que se celebraban. Las tiendas, cafeterías y restaurantes estaban abiertos, todos ofrecían ofertas especiales para los visitantes de fuera, que todo el mundo se pudiera llevar un buen recuerdo. La gente se reunía en los cafés y restaurantes después de comprar los últimos regalos, para tomar un pequeño refrigerio, los dependientes de las tiendas y las cafeterías, estaban felices de poder atender a los visitantes, todo el mundo tenía detalles con ellos, valorando el esfuerzo de estar trabajando dejando la familia en casa. A partir de las ocho de la tarde, la ciudad se llenaba de música y baile, en cualquier esquina o plaza había fiesta, los lugareños, comían temprano para poder estar en calle celebrando con todos los turistas que los visitaban. La unión entre los locales y los visitantes era total. Las calles estaban limpias, nadie recuerda en la ciudad quién fue el último en tirar un papel al suelo, los dueños de los perros, recogían la caca y fregaban el suelo (el ayuntamiento coloco hace tiempo unos pequeños armarios para que se usaran en esos menesteres. Casi todos los visitantes venían en coche particular, la bolsa de parkings gratuito, era tal que incluso los del pueblo vecino, creo que se llama Pineda De Mar, venían a aparcar en el lugar. Los niños corrían por las calles a jugar con los increíbles columpios que tenían en todas las plazas. Al llegar la noche era tal la cantidad de luz que tenían por las calles, que no necesitaban encender las farolas habituales. Faltaba muy poco para las campanadas de media noche, todo el mundo estaba en la plaza de la iglesia, alcalde, concejales, etc. etc., no quería faltar nadie al comienzo del año con su gente, la gente que les votaron en las últimas elecciones. Por cierto estaba tan unido el pueblo que solo se presentaba un partido a las elecciones, todo el mundo estaba contento con la gestión del alcalde. Empiezan las campanadas,1,2,3,4,5,6,7,8,9,10,11,12, al ritmo de las campanas los asistentes se comían la correspondiente uva, (detalle del ayuntamiento, como cada año). La fiesta continuaba por todas las calles y los locales hasta que el cuerpo aguantara, los vecinos estaban felices de irse a la cama escuchando la felicidad en su pueblo, nunca jamás nadie se quejó de ruidos o alborotos en la calle, eran tan educados los que celebraban que siempre miraban de no molestar. Las personas de otras religiones, no se sentían molestos por esta fiesta, al contrario, se unían a ella, en una hermandad nunca vista. De esta manera, querido amigo que estás leyendo, acabo la fiesta del año, nuevo en una localidad costera del Mediterráneo, espero que hallas sentido la alegría y esperanza que llenaban esa ciudad. Antes de marcharme quiero contaros un par de anécdotas vividas esa maravillosa noche. Una pareja de ancianos cuando se dirigían a la celebración se confundieron de camino, terminando en una plaza equivocada, en la plaza se encontraron un grupo de jóvenes que cantaban y bailaban al son de una música creo que se llama Reguetón, los cuales al verlos llegar se pusieron muy contentos ofreciéndoles algo para beber sin alcohol (los jóvenes del pueblo no bebían alcohol), los ancianos pensándose que era la fista oficial se pusieron a bailar y cantar con ellos toda la noche, al marcharse a descansar no podían quitar de su rostro la sonrisa de felicidad. Otro de los sucesos fue cuando durante los fuegos artificiales una niña se despido de sus padres, pararon la música y todo el pueblo buscándola, al final la encontraron y la devolvieron con sus preocupados padres, la fiesta pudo seguir. Pequeñas historias de una ciudad, espero que os haya gustado,
feliz navidad,
feliz san Esteban y por supuesto.
feliz año nuevo

HISTORIAS Y VIVENCIAS DE UN CAMARERO EN CALELLA ---XVI--


 Hoy me toca explicar las cosas que tenemos que escuchar en un bar o restaurante.

Seguro que alguno de vosotros hicisteis alguna pregunta de estas o parecidas. Primera cuestión. Entra un cliente y pregunta. —¿tienen lavabo?— No, no tenemos lavabo, los camareros y clientes de este local hacemos nuestras necesidades en cualquier esquina— otro cliente. —¿una pregunta, tienen lavabo?— Respuesta—si— —donde está— —lo siento usted me dijo una pregunta— otro día, con las persianas casi abajo del todo, llega el cliente y con voz alta pregunta. —-¿Estáis cerrando?— —no, no, es que nos gusta que los clientes jueguen al Limbo— Limbo:Es un juego tradicional para bailar, competir y divertirse. Los niños deberán de pasar por debajo de un palo. Este cada vez se irá fijando más abajo y el que no pueda hacerlo o caiga será eliminado. Otro día con todas las sillas sobre las mesas para limpiar. —¿Cerráis ahora?— —por supuesto que no, esta es la nueva decoración del local— como siempre después de comer o tomar algo. Hay que pedir la cuenta. «¡Perdona!» Porque todos sabemos, ya que los camareros se llaman Perdona de nombre de pila. Todos. Perdona Pérez, Perdona Gutiérrez… Una vez se le llama la atención se le pide la cuenta: «¡Jefe, la dolorosa!» Es una manera curiosa de pedirla. Pero es mucho mejor hacer gestos con las manos a lo lejos. Mientras arqueas las cejas y le haces tshh tshh, haces como que escribes en tu propia mano. Algún camarero despistado viene y te trae un bol. Una pregunta que nos hacemos los camareros es que, si en el local hay diez mesas vacías y solo una de ellas está sucia, porque siempre se suele sentar la gente en la mesa sucia. A continuación un escrito sobre los camareros. Camareros Que Nos Alegran La Vida en Los Benditos Bares Los benditos bares son lugares donde hacer amigos y conocer a gente de todo tipo. Pero los bares no serían nada sin esas personas que se dejan la piel haciéndolos funcionar: los camareros. Porque los benditos bares serían menos benditos sin sus camareros. Llegan a primera hora, ponen las mesas y las sillas, encienden la cafetera, cargan las neveras, organizan las tapas… La dedicación de estos profesionales es innegable e imprescindible. Existen tantos tipos de camareros como bares: el camarero profesional y preciso de restaurante, el amigo de toda la vida del bar de abajo, el chistoso del bar típico de pueblo, el ligón que te acaba invitando a algo para sacarte el teléfono o el camarero-confidente-psicólogo del bar de copas. El camarero de restaurante es rápido, preciso y mantiene la compostura (y el equilibrio) en todo momento. Son camareros y camareras profesionales, exigentes en su trabajo y por supuesto elegantes y hasta, en ocasiones, invisibles. Un buen camarero de restaurante se nota por su ausencia. O lo que es lo mismo, cuando están haciendo su trabajo ni se les nota, porque siempre tendrás sobre la mesa lo que necesitas. En el bar más cercano nos encontramos con el camarero que bien podría ser uno más de la pandilla. Este camarero es aquel que parece conocernos de toda la vida, nos pregunta sobre nuestra vida y echa en falta a aquellos amigos que no han podido venir al bar esa tarde. Con él podemos hablar de cualquier tema: fútbol, televisión, rolletes, amoríos, estudios… Da igual cuánto tiempo haga que vamos a ese bar, él siempre te reconoce e incluso te llama por tu nombre. Y ¿a quién no le gusta que este trato tan personal? Cuando vamos de vacaciones al pueblo nos encontramos con uno de los tipos de camareros más divertidos: el chistoso de frase certera para cada momento. Por lo general, aunque no siempre, son personas mayores con mucha experiencia en la vida y, por tanto, con una perspectiva muy amplia de la vida. Estos camareros siempre saben qué decir de tal manera que te arrancan una sonrisa incluso en momentos difíciles. Qué sería de nosotros sin ellos. Por supuesto tenemos que hablar del camarero ligón, ese que te sube el ego entre cacahuete y cacahuete. Este camarero realiza la obra social de levantarnos la autoestima cuando nos hace falta. Y si encima termina invitándonos a algo, pues mejor. Por último vamos a hablar de ese camarero que tanto nos ayuda, el camarero, psicólogo y confidente. Este camarero suele estar detrás de una barra y entre vaso y vaso, se dedica a y escuchar. Nunca habla, nunca opina, pero tiene un sexto sentido para identificar quien necesita que le tiren de la lengua. A estos grandes del sector les debemos mucho, por eso queremos rendirles un gran homenaje. Todos y cada uno nos acompañan en diferentes momentos de nuestra vida y pueden suponer un apoyo en los malos momentos.

HISTORIAS Y VIVENCIAS DE UN CAMARERO EN CALELLA paerte--XIV


 Bueno, amigos continuamos en la cafetería Sala Mozart.

Durante mis años en este bar, continúe haciendo pluriempleo siempre que podía, esta vez me enrolé en la plantilla de Can Xena. Anteriormente, dije que Antonio, el dueño de este local, ha sido otro de los mejores jefes que he tenido, el trato humano que tenía con todos los camareros era impresionante, mis colores deportivos en futbol siempre fue el blanco (imaginaros el primer merengue que trabajo en el local de peña Barcelonista) nunca tuve ningún problema y si alguna vez alguien quería guerra, Antonio se encargaba de que nadie me faltara al respeto. Cada día almorzábamos los camareros por turnos, Antonio siempre preguntaba de qué quería el bocata, yo no tenía manías, me gustaba todo. —de que lo quieres hoy?— —tu mismo Antonio me gusta todo— —¿quieres un poco de este jamón podrido?— —si hombre a nadie le amarga un dulce— cada semana dos o tres veces el bocadillo era de jamón ibérico.
Cuando acabábamos por la noche, muchas veces nos sentábamos y charlábamos de futbol todos los camareros. Un jefe ejemplar, si todos fueran como él, los trabajadores en general trabajarían más motivados. Sigamos con las historias de la cafetería Sala Mozart. Durante mis años en el local muchas veces nos entraron a robar, una de las espectaculares fue la vez que se llevaron una máquina tragaperras entera, un par de días después la encontraron dentro de una furgoneta, con todo, se supone que algo les espanto y dejaron la máquina dentro de la furgoneta, que también era robada. Otro robo este muy curioso, un día se llevaron una mesa y dos sillas de la terraza, para el día siguiente devolverlas, como curiosidad os contaré que la Sala Mozart creo que es el único café que no cierra ninguno de los 365 días del año, durante muchos años para pintar el café, se hacía de noche con el bar cerrado. En los años que he trabajado nacieron mis dos hijos, lo más divertido es que mi hija casi nace en el bar, después de varios meses de reposo porque se adelantaba el parto, mi mujer una vez el médico le informa que ya puede hacer vida normal de embarazada, decide ir a la peluquería (todos sabemos lo que una mujer tarda en la peluquería)una vez acabada su estancia en la peluquería se acerca a la cafetería porque se encontraba mal, a mí me faltaba media hora para acabar el turno, los jefes estaban fuera y el compañero no tenía teléfono, se sentó en uno de los bancos y las contracciones cada vez aparecían en intervalos más cortos, finalmente llego el compañero y pudimos llegar al hospital, una vez allá la niña decidió que ahora no quería nacer, que quería seguir dentro de su mamá (12 horas después nació). También, la cafetería es pionera en enlaces homosexuales, tenemos el honor de ser el lugar donde se celebró el primer enlace gay del Maresme, (se casaron en el juzgado y lo celebraron en el primer piso de la cafetería) sus nombres Jose y Manel, poco tiempo después Jose estuvo trabajando con nosotros. He tenido el placer de trabajar con varios compañeros Gais y Lesbianas y nunca he tenido ningún tipo de problemas con ellos, al contrario, creo que son de las personas más dispuestas a ayudar si se les necesita. Los camareros muchas veces somos el paño de lágrimas de los clientes, esto sucedió una noche de tantas pasadas en el café. Después de estar mucho rato charlando con el cliente, este me pregunta. —a qué hora acabas— al ser un cliente habitual no me importo contestar. —en media hora más o menos— —te importa si te espero y te acompaño— durante la conversación le note muy apagado y bebiendo más de lo normal en él. —no, no me importa— llevábamos ya un tiempo caminando lentamente cuando me lo suelta. —llegue a casa hoy temprano y me encontré a Maria (Maria era su esposa)en la cama con otra mujer— se me quedo la cara de sorpresa total. —que me estás diciendo— —que me engaña con otra mujer— —estás seguro—la verdad no sabía que decir —lo vi con mis propios ojos, además de escucharla— —que escuchaste— —lo que me dijo gritando. —Ya no te quiero coges tus cosas y lárgate de esta casa— — que vas a hacer— esperar a que amanezca y despedirme de este mundo. Sus palabras me dejaron asustado, decidí acompañarlo durante parte de la noche, muchas palabras para intentar quitarle la idea de su cabeza, aproximadamente a las cuatro de la mañana, lo vio claro. —acompáñame a casa, por si no me deja entrar, si quiere marcharse que se marche ella, la casa es mía— efectivamente llego a la casa y con una tranquilidad asombrosa, se lo dijo. —esta casa es mía, cuando nos casemos yo ya la tenía, y como no tenemos hijos, si te quieres ir, puedes hacerlo, te vas con ella o con quien quieras, pero yo no abandono mi casa— una semana después la mujer se fue a vivir con su nueva compañera sentimental. Continuo con historias con jóvenes novatos, uno de ellos un poco insolente, lo cuento seguidamente. Muy animada la mañana de aquel día, el equipo lo formábamos yo y el joven de 16 años, Pedro. Bastante tenía yo con el trabajo habitual que encima, tenía que enseñar al niño, en un momento de tranquilidad, me dirijo al chaval y le explico lo que tiene que hacer en ese momento. —Coges la bayeta, recoges todo lo de esa mesa, la limpias y pones cenicero limpio (entonces todavía se podía fumar en los bares), la contestación es de las que más me sorprendieron en muchos años. —porque no lo haces tú que cobras más— si las miradas matasen el chico hubiera caído fulminado al instante. Por hoy lo dejamos aquí, la semana que viene continuamos, con más personales y anécdotas de mi estancia en la cafetería Sala Mozart.

HISTORIAS Y VIVENCIAS DE UN CAMARERO EN CALELLA parte --XIII--


 Aquí estamos una semana más para continuar con las historias y vivencias de un camarero en Calella. Continuamos en Sala Mozart. Hoy toca, sucesos......

Sí, contaré sucesos que pase en la cafetería, alguno divertido, otros no tanto. Una noche, aproximadamente las once, llega al bar un cliente, (llamémosle Jesús) Jesús se acerca a la barra y pide una cerveza. Yo viendo que estaba cargado, me negué. —buenas noches, una cerveza— —no hay cerveza, vamos a cerrar— —Hilario, ponme una cerveza que me la bebo de un trago y me voy— —no Jesús, no te pongo nada porque ya vas cargado— —ponme una cerveza, me cago en dios— —no Jesús, ya te he dicho que no— después de un pequeño lapsus de tiempo, se acerca al final de la barra, agarrándose a una estantería grande de chiclés que teníamos. —me pones una cerveza o te tiro todo esto por los suelos— yo me dirijo por el interior de la barra hasta estar junto a él, poniendo mis manos en jarras. —tíralo si tienes huevos— él se queda pensativo ante mi amenazante presencia. —¿cuánto valen todos los chicles?—pregunta —tres mil pesetas —le contesto seriamente mete la mano en su bolsillo y comprueba que solo tenía 600 pesetas. —hoy no tengo, pero el día que tenga tres mil pesetas vengo y te lo tiro todo por el suelo— acabada esta frase se dio la vuelta y salió del local tranquilamente, regreso muchas veces más, pero no se acordaba de lo sucedido. Otras de las anécdotas con Jesús, fue otro día que otra vez pasado de alcohol quería beber, como siempre que sucede esto, yo le negué la consumición, levanto un poco la voz, le dije que se callara y se marchara. —no me callo y no me voy de aquí a ninguna parte— —venga Jesús, no la líes por favor— —qué no me muevo— Mira si no te vas llamaré a la policía— —llama a quien quieras que no me voy— llame a la policía que en pocos minutos se personó en el local. Cuando los vio entrar, él salió por la otra puerta, le explico a la policía mientras Jesús mirando junto al coche patrulla, salieron para hablar con él y él entró por la otra puerta, parecía una película de Benny Hills, durante unos cinco minutos dando vueltas detrás de él, hasta que a uno de los policías se le ocurrió quedarse dentro de la cafetería mientras el otro lo perseguía, cuando entro al final lo pudieron parar, una pequeña regañina y para casa, hasta los policías se reían del espectáculo que habían dado. Continuemos. Otra noche (casi siempre suceden estas cosas por la noche)una persona conocida en Calella, por desgracia ya fallecida, estaba en su casa viendo tranquilamente un partido del Barça, cuando sus padres le enviaron a buscar a su hermana que estaba en la cafetería tomando un café con un amigo, a él no le apetecía ir y dejar de ver el partido, ante la insistencia de sus padres accedió a ir con el consiguiente cabreo, estaba tan enfadado que cuando llego le grito a su hermana que se tenía que marchar para casa ya.
Él salió de la cafetería y viendo que no salía, cogió una taza grande y colocándose justo enfrente del bar la lanzo contra los cristales con tanta fuerza que atravesó dos cristales, lo divertido es que los cristales se rompieron como en los dibujos animados, dejando una forma redonda y sin caer ni un solo cristal al suelo. Durante bastantes años la ventana de la cafetería era de cristal normal, se podía romper muy fácilmente (actualmente son brindados y no se pueden romper) durante mi estancia en el colegio tuve un compañero que se llamaba Raúl(nombre no real) (desgraciadamente también fallecido), este compi del cole, tiro por malos caminos y varias veces estuvo en la cárcel, cuando llevaba pocos años en la Sala Mozart, él tenía la fea costumbre de con un cubo de basura de los grandes por la noche, destrozar el cristal, entrar coger el tabaco(entonces no teníamos máquina)alguna botella de whisky y el bote del camarero, casi siempre lo detenían por al gran ruido que producía al romper el cristal, un día lo encontré por la calle. —Raúl, oye tío cuando entres a robar a la cafetería, no me jodas el bote— —no sabía que estabas trabajando allí, tranquilo que lo tendré en cuenta— las siguientes veces que entro el bote no lo toco, prefirió coger un taco de jamón. Prosigamos, esta vez no será nada agradable por el final. Una tarde, mientras jugaban a cartas, uno de ellos se empezó a encontrar mal. Pidió un cacaolat templado. A pesar de no encontrarse del todo bien, continuo jugando. Los compañeros vieron como se le caía la cabeza hacia el pecho, al mismo tiempo que las cartas caían también al suelo.(la persona era muy conocida en Calella) respiraba con mucha dificultad y no respondía a ninguna señal. Rápidamente, se llamó una ambulancia que llego en pocos minutos, los sanitarios lo pusieron en el suelo para poder maniobrar fácilmente, pedimos a los clientes que abandonaran el local ante la gravedad de la situación. La entrada del cine prosiguió con normalidad, porque el pasillo está separado de la cafetería.
Lo asombroso es hasta donde llega el morbo de las personas, los sanitarios pusieron un biombo para que desde la calle no se pudiera ver el cuerpo de esa persona, los que conocían la casa, que prácticamente es todo el mundo, avanzaban por el pasillo de entrada al cine y desde la ventana poder ver a la persona fallecida, desde que dieron por fallecido a esa persona hasta que vino el juez a ordenar el levantamiento del cadáver pasaron unas cuantas horas, que no paro de pasar gente para curiosear. Continuemos con el último suceso por hoy. Cerca de la ventana tenemos cuatro mesas, un hombre respira con dificultad y se sienta en una de ellas la que estaba más apartada. —me puedes dar un agua natural— tenía la cara muy pálida. —se encuentra bien—pregunte —no mucho, a ver si tomando agua me animo— le acerque la botella de agua y no pudo ni cogerla, se desmayó. Rápidamente, llamé una ambulancia, que no fue precisamente rápida, no por ellos, tardaron más porque la calle iglesias se cortaba con una barrera cerrada con un candado, por entonces, tuvieron que esperar a la policía para poder entrar con la ambulancia.(los sanitarios con el médico cogieron la camilla y el desfibrilador con todos los bártulos a la espalda para llegar lo antes posible). Efectivamente, el médico confirmo que era una angina de pecho con toda seguridad, empezaron su actuación para salvar la vida de esa persona. Mientras eso sucedía en una parte de la cafetería, a cinco metros escasos, se sientan una familia, con niños incluidos, no paso ni un minuto desde su entrada, viendo que yo no me acercaba a su mesa. —oye, nadie atiende aquí— increíble, una persona se debatía entre la vida y la muerte y ellos querían tomar algo viendo el espectáculo. —lo siento, pero mientras estén los sanitarios con esa persona, no serviré nada a nadie— —pues si no nos atiendes nos tendremos que marchar— por primera vez creo que deje de ser diplomático con un cliente. —la puerta es muy grande y pueden salir todos a la vez, buenos días— y me fui hacia los sanitarios por si necesitaban algo. Evidentemente, se marcharon, un tiempo después vino la persona que le sucedió a darme las gracias por llamar a la ambulancia tan rápido. Posiblemente, gracias a eso, salvo la vida, le explicaron en el hospital. Aquí quiero dejar una reflexión, todos los camareros(otros sectores también)aparte de pasar el examen de manipulador de alimentos, tendríamos que pasar un pequeño curso de primeros auxilios, solo con que una vida se salvara, habría válido la pena, es increíble lo impotente que te sientes ante una situación de estas y no saber como reaccionar, la semana que viene más y más divertidas

HISTORIAS Y VIVENCIAS DE UN CAMARERO EN CALELLA parte --XI--


 Continuamos en la Sala Mozart, muchos de ustedes recordarán una publicación que se repartía por toda Calella, se llamaba “Fulla al vent" revista gratuita, mirándolo fríamente estaba muy mal estructurada, vamos que no sabias como estaba organizada, pero una cosa si es cierta, si buscábamos algo siempre recurríamos a ella, allá lo encontrabas todo, empleo, recetas de cocina, carteleras de cine locales, relatos, horóscopo, como os dije todo y por supuesto muchísimos anuncios, de los negocios de Calella, siempre la repartía los sábados el Sr. Casabo, este señor era diseñador, maquetador, encargado de anuncios, impresor, todo lo realizaba él solo, alguna vez hable con él y siempre me decía, el día que muera yo, morirá también “Fulla al vent” como efectivamente sucedió, alguna vez intentaron comprársela, él se negó a venderla, no quería qué callera en manos de especuladores que solo quisieran ganar dinero.

Un cliente de la cafetería (muy bien situado económicamente, dueño de muchos locales)venía siempre el sábado por la mañana a tomar un cortado, cogía el mundo deportivo y se sentaba en una mesa un poco alejada de la barra, también cogía una “Fulla al vent”, desde la mesa me controlaba y no leía el periódico, disimuladamente doblaba la revista de Casabo y muy sigilosamente se la guardaba en un bolsillo de la chaqueta, siempre sin perderme de vista para que yo no lo descubriera (supongo que él no sabía que la revista era gratuita y podía cogerla quien quisiera)cuando la hacía desaparecer, pagaba el cortado y se marchaba orgulloso que una semana más el camarero no lo descubriera. Esta cafetería estaba catalogada por mucha gente como un bar de “viejos”, nada más lejos de la realidad, cada hora tenía su clientela, nunca olvidaré los fines de semana por la noche.
Todos los viernes y sábados, a partir de las 22,00 horas, las más de 20 mesas se llenaban a tope, más de 80 personas tomando los clásicos cubatas, antes de la 1 de la mañana imposible cerrar, luego todos se marchaban a las discotecas, se juntaron grupos muy majos, gente sana y alegre que antes de entrar a la disco se tomaban unos cubatas (los precios de la discoteca eran muy altos y la cafetería tenía precios populares), alguna vez cuando acababa de trabajar me pasaba a tomar una copa por alguna disco, siempre me encontraba algunos de ellos. Otra demostración de lo que digo es lo siguiente. Una guapa chica entra en la cafetería, era joven 17 años, se sentaba y tomaba un café con leche o una coca cola, yo servicial me acercaba. —buenos días que le pongo— —un café con leche, por favor— le servía y me retiraba, si no tenía mucho trabajo me volvía a acercar con cualquier escusa. —hace buen día hoy— —si la verdad es que si— —de donde eres— —vivo en pueblo nuevo— —yo también qué casualidad, nunca te he visto por allá— —que haces por aquí—pregunte —vengo a ponerme unas lentillas y para acostumbrarme las tengo que tener una hora y luego volver a la óptica Viñes que está en la calle Bruguera—. Aquella chica tenía una encantadora sonrisa de blancos dientes, pelo castaño y una dulzura en su habla que te hipnotizaba, paso lo que tenía que pasar, nos encontrábamos en alguna disco con sus amigas, después de 33 años continuo con ella, es mi esposa y madre de mis hijos, creo que aproveche el momento justo que con las lentillas no veía bien para liarla. Ya sabéis como y donde conocí a mi mujer, otro camarero llamado Toni, también conoció a la suya, Paco sigue soltero, pero unas cuantas amigas las conoció en la cafetería os lo aseguro. El jefe Arcadio (padre)siempre tenía detalles con los camareros, ya dije antes que es uno de los mejores jefes que he tenido. Todos los días festivos me indicaba que cogiera una botella de cava de la nevera y me la bebiera en casa con la familia, todos los domingos compraba un pastel o roscón y lo repartía entre los camareros para merendar, muchos detalles más, cualquier persona que lo conoció no puede hablar mal de él, ni camareros.ni proveedores, ni repartidores, ni por supuesto clientes, a día de hoy todavía me parece verlo sentado en una mesa con su puro y su xupito de whisky, decía que era bueno para la circulación, una anécdota muy divertida. Un día teníamos bastante trabajo, pregunto a una pareja que querían. —un cacaolat natural y una botella de agua— se lo preparo en una lateral de la barra, él coge el cacaolat y enérgicamente lo mueve, no se dio cuenta de que se lo deje abierto, imaginaros como quedo todo él y el cliente. Otra vez los camareros del jardín catalán, precioso local que estaba en la calle san Jose, como no tenían cafetera, si alguna mesa quería café, lo venían a buscar. —me puede llenar la jarra de café Sr. Arcadio—depositando una gran jarra de las de sangría en la barra. —cuantos cafés queréis— —hasta que este llena— el jefe empezó a hacer cafés y llenar la jarra, la temperatura de jarra fue subiendo con los cafés y cuando puso el último café, la jarra crujió con la consiguiente inundación de café por toda la barra, al principio se enfadó y les dijo que ya no le ponía más cafés, después cogió una jarra de las nuestras y el mismo se la llevo hasta el local, a veces hablo con Luis o Rinus que eran los camareros y nos echamos unas risas con lo sucedido. El Sr. Arcadio era periquito y su frase favorita era. Tres cosas hay en la vida que relucen más que el sol, jueves santo, corpus cristi y el club deportivo Español La semana que viene más historias de compañeros y clientes

HISTORIAS Y VIVENCIAS DE UN CAMARERO EN CALELLA parte --X--


 

Hoy empezaré hablando del compañero que estuvo más años conmigo, el amigo Cristóbal, sevillano, muy amable con todos los clientes, siempre contaba que el trabajo en los principios de estar en Cataluña con Florencio, uno de los más grandes hoteleros de Calella con bastantes hoteles a su cargo, juntos trabajaron de encofradores en la obra. 

Cristóbal acabó sus años laborales trabajando de camarero y Florencio amasando fortuna con los hoteles. 

El amigo Cristóbal desgraciadamente hace poco tiempo nos dejó D.E.P. 

Por la Sala Mozart he visto pasar muchos famosos, uno de los primeros que conocí fue Alfredo Landa, os aseguro que es igual de simpático en las películas como en la vida real.

 Llego un día se sentó en un taburete de la barra y se dirigió a mí. 

—buenas tardes, está el Sr. Arcadio— pregunto 

—no creo que tarde mucho, enseguida le aviso—

 —no, no hace falta, esperaré, póngame un whisky con hielo— 

pasados quince minutos aparece el jefe y empiezan a charlar los dos muy amigablemente, media hora larga después Alfredo Landa sé escusa y dice que se tiene que marchar. 

—chico cóbrame – 

el jefe automáticamente me indica que no, que está invitado. 

—está invitado por la casa—

 —no le hagas caso a tu jefe y cóbrame— 

—no puedo, el que manda, manda— 

—por última vez te digo que me cobres, si me cobras en la próxima película que haga te llamaré para un papel— 

eso fue demasiado, por si acaso le cobre, a día de hoy todavía estoy esperando su llamada, supongo que no le di mi teléfono y por eso no me ha llamado.

 Otro gran personaje que pude conocer fue a Carles Reixach (charli para los amigos) recuerdo que fue un domingo, el siguiente miércoles tenía que jugar el Barça contra el Real Madrid, partido de vuelta de la Champions y él era el entrenador, cenaron en algún lugar de Calella y vinieron a tomar café a la Sala Mozart. 

—señor Reixach, le importaría hacerse una foto conmigo, por favor— 

—i tan nano, cla que si – 

una voz del fondo del local grita. 

Charli que es merengue.

 Reixach me mira y me pregunta. 

—es verdad eso— 

—sí, soy del Madrid— 

—no importa, tiene que haber de todo en el mundo, y con el café que me ha preparado no se lo puedo negar—

 estuvimos charlando un rato de futbol, le pregunte. 

—el miércoles como lo ves— 

—del miércoles no te digo nada que te chivas—

soltando después una sonora carcajada cuando se marchó paso a saludarme otra vez por la barra. 

También he tenido la suerte de conocer a un monstruo de la radio Justo Molinero. Realizaban una sesión de teatro en el cine, durante los ensayos salían a tomar café, y refrescos (alguno bautizado para los nervios decían) 

yo alguna vez he escuchado su emisora, a mí particularmente no me gusta, pero hay que reconocer que una voz que arrastra a tanta gente, tiene algo. 

Mirar las caras de las personas que acudían al teatro (la mayoría mujeres) cuando lo veían sentado tomando un refresco antes de empezar era, como si vieran a un dios, gracias Justo decían algunas al pasar junto a él, 

lo mejor para mí es que él a la mayoría las llamaba por su nombre. 

—un beso, Maria— 

—un abrazo, Josefa—

 —Montserrat, encantado de volverte a ver—

 las conocía a todas, cuando hablaba con sus técnicos, se le notaba la seguridad de lo que decía, siempre muy educadamente con todos,sería muy interesante conocer toda la historia de un taxista que acabo siendo dueño de una radio con una audiencia de miles de personas dispuestas a comprar cualquier producto que ellos anuncien.

 Por último, por hoy, hablaré del honorable Jordi Pujol, solo hablaré del cómo persona, lo político lo dejo al margen, cada uno que piense lo que quiera sobre él. 

La última vez que vino, le serví un café, el cual tuvo el gesto de querer pagar, cosa que no hice (orden del jefe por supuesto)

 paso igual que con Justo Molinero hablaba de la casa y de Calella como si estuviera viviendo aquí, describió la sala del primer piso exactamente como era, hacía muchos años que no venía por aquí y se acordaba de todos sus detalles, los pianos la figura de un santo que adorna la sala, se acordaba de todo, antes de abandonar el café para entrar en la sala de cine se despidió de mí con un 

—Bona nit jove—

 otro personaje que me impresiono es Paco Algora, yo era un seguidor de la serie Curro Jiménez, ver entrar al fraile de la serie me pareció una gozada, era uno de los que más me gustaban en la serie, lástima que lo eliminaron pronto, recuerdo que se tomó un café y una copa de Calisay, fue uno de los primeros famosos que serví, no me atreví a pedirle una foto, si volviera seguro que me haría la foto con él, la vergüenza mía, ya se extinguió. Creo que por esta semana ya está bien, la semana que viene más y espero que os estéis divirtiendo con mis historias.

EL ULTIMO DIA

 Juana llevaba treinta y siete años viviendo en aquel piso, treinta y siete años pagando el alquiler sin retrasarse ni un solo día. Había ha...