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QUIEN ERES TU ( II)

El sonido del monitor llenó la habitación.

Un pitido largo, agudo y continuo.

Juan miró la pantalla. La línea permanecía completamente plana.

—¿Qué está pasando?

Frank seguía sentado en la otra cama.

—Nada que no haya pasado antes.

—¡El monitor no funciona! —casi gritó Juan.

Apretó desesperadamente el botón de llamada. Nadie respondió.

—¡Enfermera! ¡Enfermera! —gritó.

Frank lo observaba tranquilamente.

—No te escucharán.

—Ayúdame.

—No puedo.

—Entonces, ¡vete! —volvió a gritar Juan.

Frank se limitó a sonreír mientras lo miraba.

Fue entonces cuando Juan comprendió que algo iba realmente mal. Miró hacia la puerta.

—Dijiste que estabas muerto... Entonces, ¿por qué puedo verte?

—Porque tú también lo estás.

—¡No! —gritó Juan.

—Sí —respondió Frank con calma.

—Yo estoy enfermo.

—Lo estabas.

Juan sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—¿Dónde estoy?

—En un lugar donde están intentando salvarte.

—¿Voy a morir?

Frank lo miró fijamente.

—Ya lo has hecho.

Juan volvió la mirada hacia el monitor. La línea continuaba completamente plana.

—Todavía puedes volver —dijo Frank.

—¿Cómo?

—El precio ya lo sabes.

—¿Qué precio?

Frank guardó silencio unos segundos.

—¿Recuerdas lo que te pregunté en la sala de espera?

—Ya te dije que daría dinero.

—No es suficiente. Quiero aquello que más deseas conservar.

Frank sonrió.

Juan se acercó lentamente a la ventana.

Al otro lado no había nada.

Solo oscuridad.

No había coches, ni edificios, ni personas. Nada.

Entonces, desde aquella oscuridad, comenzaron a aparecer imágenes.

Una mujer.

Un niño.

Una casa.

Una fotografía familiar.

Juan reconoció inmediatamente a aquellas personas.

Era su familia.

Su vida.

—¿Qué significa eso? —preguntó, asustado.

—Te estoy enseñando lo que vas a perder.

Las imágenes continuaron pasando ante sus ojos.

En algunas aparecía paseando solo por una playa.

En otras, en una boda.

También pudo verse a sí mismo envejeciendo, sentado junto a una mujer que no reconocía.

Eran momentos que todavía no habían ocurrido.

Posibilidades.

Futuros que podían desaparecer.

—¿Puedo volver? —preguntó Juan con la voz temblorosa.

—Sí.

—¿Cómo?

—Solo que alguien tendrá que ocupar tu lugar.

Juan palideció.

—¿Quién?

Frank señaló la puerta.

—Mira.

La puerta se abrió lentamente.

Una mujer entró llorando.

Juan la reconoció al instante.

Era su madre.

—¡Eres un monstruo! —gritó Juan.

Frank negó con la cabeza.

—No. Solo te estoy mostrando el precio para que puedas volver.

—Me estás pidiendo que haga una elección imposible.

—Te queda un minuto. Si no eliges, todo se volverá oscuro.

—¿Por qué me haces esto?

Frank lo observó en silencio.

—¿Recuerdas que te conté que, hace unos años, morí en este hospital?

—Sí, pero sigo sin entender.

Frank bajó la mirada.

—La persona responsable de mi muerte fue tu padre. Él conducía el coche que me atropelló. Al principio no parecía grave. Dos días después, perdí la vida en aquella misma cama.

Juan sintió que le faltaba el aire.

—Pídeme lo que quieras... pero no me pidas que elija entre mi vida y la de mi madre.

—Solo te queda un minuto. Decide.

—Pide otra cosa, por favor.

La oscuridad comenzó a extenderse por la habitación.

Cada vez quedaba menos luz.

Juan podía ver a su madre llorando junto a la cama donde yacía su cuerpo.

El tiempo se agotaba.

Faltaban apenas unos segundos.

Entonces, desde la oscuridad, una voz pronunció su nombre.

—¿Juan García?

Aquella voz le devolvió el aire.

Todavía parecía haber una oportunidad.

Alguien lo zarandeó por el hombro.

—¿Juan? ¿Juan?

Abrió los ojos.

Se encontraba en la sala de urgencias del hospital.

Había tenido una pesadilla terrible.

Pero finalmente había despertado.

—Sí... soy yo. Me quedé dormido. Perdón.

Juan miró fijamente al enfermero que acababa de despertarlo.

Nunca lo había visto antes.

Sin embargo, algo llamó poderosamente su atención.

Un tatuaje en ambas muñecas.

666.

 

LA COLECCION


 Nadie en la ciudad sospechaba de Esteban. Para todos era un tanatoesteticista impecable, un profesional discreto que devolvía serenidad a los rostros de quienes ya no podían sonreír. Sus manos eran precisas, pacientes y delicadas. Allí donde otros solo veían muerte, él encontraba una última oportunidad para restaurar la dignidad de un cuerpo antes de su despedida.

Las familias salían agradecidas de la funeraria. Comentaban que sus seres queridos parecían descansar en paz, como si simplemente durmieran. Nadie imaginaba que, tras aquella fachada de profesionalidad, se escondía una obsesión enfermiza.

El primer dedo no fue un trofeo; fue un impulso.

Mientras preparaba el cuerpo de un anciano, contempló durante unos segundos el dedo meñique de su mano izquierda. Pensó que nadie notaría su ausencia bajo el traje cuidadosamente colocado y los guantes que la familia había pedido para ocultar la artritis del difunto.

Lo cortó con una precisión quirúrgica. Esperó durante semanas a que alguien regresara indignado. Nadie lo hizo.

Aquella ausencia de consecuencias despertó algo oscuro en su interior. Desde entonces, nunca volvió a detenerse.

No importaba si era un dedo de la mano o del pie; elegía siempre el que pudiera ocultarse con mayor facilidad. Después lo embalsamaba con el mismo esmero que dedicaba a los cuerpos. Los etiquetaba con una fecha, una edad y un número. Nunca escribía nombres; de esa manera evitaba cualquier vínculo sentimental.

Los guardaba en pequeñas urnas de cristal alineadas en una habitación secreta, oculta tras una falsa pared del sótano. Había cientos de ellas. Diminutos dedos flotaban en líquidos transparentes. Algunos conservaban anillos; otros tenían pequeñas cicatrices. Uno incluso lucía una uña pintada de un rojo intenso.

Cada noche descendía al sótano con una linterna. Encendía una tenue luz y paseaba lentamente entre los estantes.

—Sois míos... Todos vosotros.

Su sueño era alcanzar el millar. Mil dedos. La colección más grande del mundo, aunque nadie supiera jamás que existía.

Los años fueron pasando sin incidentes. Las familias lloraban, rezaban y abrazaban los ataúdes. Jamás sospecharon que faltaba una pequeña parte de aquellos cuerpos.

Hasta que llegó la noche que lo cambió todo.

Era una madrugada lluviosa. Las gotas golpeaban los ventanales de la funeraria. Los pasillos permanecían vacíos. Solo el zumbido de las cámaras frigoríficas rompía el silencio.

Habían traído el cuerpo de un hombre de unos cincuenta años, encontrado muerto en una carretera secundaria. El informe hablaba de un infarto.

Esteban comenzó su trabajo con la rutina de siempre. Lavó cuidadosamente el cadáver, peinó su cabello y aplicó maquillaje para devolver algo de color a la piel. Cuando terminó, contempló las manos. Tenía los dedos largos, elegantes, perfectos.

Sintió la necesidad de alimentar su pasión.

Abrió el cajón donde guardaba el pequeño bisturí reservado exclusivamente para su colección. Respiró profundamente.

Era el número novecientos noventa y nueve.

Solo faltaría uno para cumplir su sueño.

Sujetó la mano izquierda, escogió el dedo anular y colocó la hoja del bisturí sobre la piel.

Entonces ocurrió.

El dedo se movió.

Esteban se quedó inmóvil.

«Seguramente es una contracción muscular», pensó.

Volvió a apoyar el bisturí.

Esta vez la mano se cerró con fuerza y atrapó su muñeca.

La piel estaba helada, pero aquella fuerza era imposible.

Esteban soltó un grito e intentó apartarse.

No pudo.

Los ojos del cadáver se abrieron lentamente. No tenían brillo. Solo unas pupilas negras e inmóviles.

Después la boca comenzó a abrirse.

Solo salió un sonido húmedo y profundo, como el aire escapando del fondo de un pozo.

El cuerpo se incorporó lentamente sobre la mesa metálica. Los huesos crujieron uno tras otro.

Esteban cayó hacia atrás.

El bisturí resbaló por el suelo.

El cadáver bajó de la mesa y comenzó a caminar. Cada paso dejaba un pequeño charco de líquido de embalsamamiento mezclado con sangre oscura.

Esteban salió corriendo. Atravesó la sala, empujó una puerta y después otra.

El pasillo parecía interminable.

Las luces empezaron a parpadear.

Detrás de él seguían oyéndose pasos.

Miró hacia atrás.

Aquella figura avanzaba con los brazos rígidos. Su piel comenzó a agrietarse. Bajo la carne aparecieron decenas de dedos humanos.

Cientos.

Salían del pecho, de los hombros, de la espalda, del cuello... como si todo su cuerpo estuviera formado por las partes robadas a los muertos.

Esteban gritó con todas sus fuerzas.

Corrió hacia la cámara frigorífica, entró y cerró la puerta.

Silencio.

Quizá todo había terminado.

Entonces escuchó un leve golpecito.

Tac...

Tac...

Tac...

Procedía del interior de uno de los compartimentos refrigerados.

Los golpes continuaron.

Las bandejas comenzaron a deslizarse.

Los cadáveres permanecían inmóviles.

Pero sus manos...

Todas sus manos se movían.

Golpeaban el acero al mismo tiempo.

Tac...

Tac...

Tac...

El sonido aumentó hasta convertirse en un estruendo insoportable.

Las puertas metálicas comenzaron a abrirse lentamente, una tras otra.

Los cuerpos seguían tumbados.

Sin embargo, todos levantaban una única mano.

Y todos señalaban a Esteban.

Salió huyendo.

Atravesó otro corredor mientras las luces explotaban sobre su cabeza. En su desesperación creyó ver personas sin manos observándolo desde la oscuridad.

Llegó casi asfixiado a su despacho.

Abrió la caja fuerte y sacó un revólver.

Apuntó hacia la puerta.

Cuando esta comenzó a abrirse, disparó tres veces.

Se acercó despacio.

Era su propio reflejo.

Había disparado contra el gran espejo del pasillo.

Los fragmentos de cristal devolvían cientos de imágenes deformadas de su rostro.

Entonces una voz susurró junto a su oído.

—Nos faltan nuestros dedos...

No había nadie.

Pero la puerta del sótano estaba abierta.

Pensó inmediatamente en su colección.

Bajó corriendo.

Los estantes seguían allí.

Pero los dedos ya no estaban quietos.

Salían de los frascos.

Se arrastraban.

Avanzaban hacia él.

Esteban subió las escaleras presa del pánico mientras una marea de dedos vivientes lo perseguía.

Miles de pequeñas falanges reptaban por el suelo, las paredes y el techo.

Lo rodearon por completo.

El cadáver levantó lentamente una mano.

Entonces todos los dedos comenzaron a avanzar.

La oscuridad envolvió el pasillo.

Los gritos de Esteban resonaron durante varios minutos.

Después...

Silencio absoluto.

A la mañana siguiente, los empleados encontraron la funeraria abierta. Las luces seguían encendidas. Había sangre, pero ningún signo de lucha.

Solo encontraron el cuerpo sin vida de Esteban tendido en el centro de la sala principal.

Su rostro permanecía congelado en una expresión de terror absoluto.

No presentaba heridas ni fracturas.

Lo más inquietante era lo que lo rodeaba.

Formando un círculo perfecto alrededor del cadáver aparecían cientos de dedos humanos.

Los investigadores registraron todo el edificio.

Encontraron la habitación secreta completamente vacía.

No había frascos.

No había etiquetas.

No había bisturís.

Solo estanterías desnudas cubiertas por una fina capa de polvo.

TERROR EN LA PISCINA

Los días previos a los Campeonatos Mundiales de Natación estuvieron marcados por la emoción. Las ciudades se llenaron de carteles gigantes con las imágenes de los mejores nadadores del planeta. Los hoteles estaban completos, las televisiones preparaban retransmisiones especiales y millones de personas esperaban el comienzo de uno de los acontecimientos deportivos más importantes del año.

Lo que nadie sabía era que, a cientos de kilómetros de las piscinas, en unas instalaciones ocultas bajo la apariencia de un laboratorio de investigación acuática, un grupo de científicos llevaba años realizando experimentos prohibidos.

No trabajaban para ningún gobierno conocido ni para ninguna organización oficial. Sus nombres nunca aparecían en publicaciones científicas y toda la información relacionada con el proyecto era absolutamente secreta.

Su objetivo era tan extraño como aterrador: conseguir que pirañas salvajes pudieran sobrevivir en piscinas tratadas con cloro y otros productos químicos.

Las primeras pruebas fueron un desastre. Los peces morían en cuestión de minutos. Después comenzaron a modificar lentamente la composición del agua y a seleccionar únicamente los ejemplares más resistentes. Semana tras semana, mes tras mes, el experimento fue dando resultados.

Al final obtuvieron una pequeña población capaz de soportar las condiciones de cualquier piscina. A aquella especie modificada la llamaron «Serie Zeta».

Los científicos contemplaban aquellos acuarios con una mezcla de orgullo y miedo. Las pirañas parecían incluso más agresivas que sus antecesoras. Permanecían inmóviles durante largos minutos y, en cuanto detectaban una vibración, se lanzaban todas al mismo tiempo.

Una noche, uno de los investigadores preguntó:

—¿De verdad vamos a hacerlo?

El director del proyecto ni siquiera levantó la vista de los documentos.

—El mundo tiene que saber que nadie está seguro.

Llegó el día de la inauguración. El complejo acuático era espectacular. Miles de aficionados llenaban las gradas con banderas de todos los países participantes. Las cámaras recorrían lentamente al público mientras los comentaristas hablaban del estado de forma de los favoritos.

Mientras tanto, en los niveles inferiores del edificio, lejos de las cámaras, varios operarios vestidos con uniformes de mantenimiento recorrían silenciosamente las salas técnicas. Empujaban pequeños carros metálicos y nadie les prestó atención. Parecían formar parte del personal del recinto.

Cada carro transportaba depósitos herméticamente sellados. En su interior apenas se apreciaba movimiento, solo un leve golpeteo.

La ceremonia terminó entre fuegos artificiales. La primera prueba estaba a punto de comenzar.

Los nadadores salieron hacia la piscina entre aplausos ensordecedores. Las cámaras enfocaban sus rostros concentrados. En millones de hogares, las familias observaban las pantallas de televisión. Todo el planeta parecía mirar hacia aquella piscina.

En la sala de filtrado, varias compuertas comenzaron a abrirse lentamente. Los operarios vaciaron los depósitos que contenían los animales.

Las pirañas desaparecieron por los conductos, impulsadas por la corriente del agua. Nadie podía verlas. El sistema hidráulico las distribuía silenciosamente hacia las distintas piscinas del recinto.

El cronómetro inició la cuenta atrás.

Cinco...

Cuatro...

Tres...

Dos...

Uno...

La salida sonó con un pitido agudo y los nadadores se lanzaron al agua.

Durante los primeros segundos todo parecía completamente normal. Las brazadas eran potentes y el público rugía de entusiasmo.

De pronto, uno de los competidores se detuvo. Giró sobre sí mismo y miró debajo del agua. Su expresión cambió por completo. Intentó gritar, pero solo consiguió tragar agua. Comenzó a agitar brazos y piernas desesperadamente.

Varios metros más atrás, otro nadador empezó también a golpear el agua con violencia.

Los espectadores pensaban que se trataba de un calambre.

Entonces apareció una enorme mancha roja que comenzó a extenderse lentamente por el carril.

El comentarista de televisión exclamó con un hilo de voz:

—¿Qué está ocurriendo?

Las cámaras dejaron de enfocar la piscina.

Los socorristas corrían.

Los jueces gritaban.

Algunos nadadores intentaban salir del agua de cualquier manera. Otros parecían luchar contra algo invisible bajo la superficie.

El agua hervía de movimientos.

En las gradas nadie comprendía lo que estaba sucediendo.

Una mujer preguntó:

—¿Es un simulacro?

Su marido permaneció con la vista fija en la piscina y gritó:

—¡Hay algo dentro!

Entonces una piraña saltó fuera del agua.

Durante unos segundos, cientos de personas pudieron verla con absoluta claridad.

El silencio duró apenas un instante.

Después llegó el pánico.

Miles de espectadores intentaron abandonar el recinto al mismo tiempo. La gente empujaba sin mirar atrás. Solo se escuchaban gritos, niños llamando a sus padres y padres buscando desesperadamente a sus hijos. Otros permanecían completamente inmóviles, incapaces de comprender lo que estaba ocurriendo.

La policía registró toda la instalación y descubrió que el sistema hidráulico había sido manipulado para introducir los animales en las piscinas.

Se necesitaron dos años para limpiar completamente el complejo de pirañas.

Al tercer año, un nuevo Campeonato Mundial volvió a celebrarse en el mismo lugar. Todo transcurría con absoluta normalidad.

Nadie sabía que, en un rincón oculto de las tuberías, una única piraña había sobrevivido y se había reproducido.

Seguía allí.

Esperando el momento de volver a atacar.

 

TANATORIO TENEBROSO


 El tanatorio de San Gregorio estaba en las afueras de la ciudad, rodeado por una extensa arboleda de cipreses que parecían vigilar el edificio día y noche. Era un lugar moderno, construido con mármol gris y grandes ventanales, pero había algo que siempre provocaba una sensación incómoda. Quizá era el silencio permanente o la manera en que la espesa niebla lo envolvía durante las madrugadas.

Aquella semana había sido especialmente difícil. Cuatro funerales se celebraban simultáneamente. En la sala uno descansaba el cuerpo de un anciano que había fallecido mientras dormía. En la sala dos estaba una mujer que había sufrido un accidente de tráfico. La tercera sala acogía a un joven cuya muerte inesperada había conmocionado a toda la ciudad y, en la cuarta, se encontraba una anciana conocida por todo el pueblo como doña Teresa.

Durante el día, el tanatorio funcionaba con absoluta normalidad. Familiares entrando y saliendo, flores frescas colocadas junto a los féretros... Todo parecía normal. Nada resultaba extraño.

Sin embargo, al caer la noche, la tranquilidad desaparecía. Los vigilantes nocturnos llevaban semanas comentando sucesos extraños, pero nadie les creía.

Aquella noche estaban de servicio Roberto y Esteban. A las diez cerraron las puertas principales, comprobaron las alarmas, encendieron las luces de seguridad y comenzaron su ronda habitual.

—¿Has oído algo? —preguntó Esteban.

—Nada, y espero que siga así —contestó Roberto.

A las once y media escucharon el primer ruido.

Toc... toc... toc...

Parecía provenir de la sala tres.

Se miraron. Tenían miedo. Ninguno quería acercarse. Finalmente caminaron por el pasillo. Cuando llegaron encontraron la puerta abierta. Lo extraño era que estaban seguros de haberla cerrado.

Dentro todo parecía normal. El féretro seguía en su sitio. Las flores también. Pero el aire se sentía muy frío, un frío intenso que parecía salir de las paredes.

—Vámonos... —dijo Roberto.

A medianoche ocurrió algo peor.

Las cámaras de seguridad comenzaron a fallar. Las pantallas mostraban interferencias y aparecían figuras borrosas. Durante unos segundos se distinguió una silueta inmóvil al final de un pasillo. Luego desapareció.

Esteban aumentó el zoom de las cámaras.

No había nadie.

—Esto no me gusta nada.

—A mí tampoco.

Mientras observaban los monitores, una de las cámaras mostró algo sorprendente.

La puerta de la sala uno se abrió sola, lentamente, como si alguien acabara de salir.

Corrieron hacia allí.

El pasillo estaba vacío, pero una de las coronas funerarias había aparecido tirada en el suelo y, sobre el frío mármol, había unas marcas húmedas que parecían huellas.

Las siguieron.

Conducían hacia el sótano, el lugar que más temor producía en todo el edificio. Allí se encontraban los archivos antiguos, el almacén y las cámaras frigoríficas.

Bajaron las escaleras.

Cada peldaño parecía más oscuro que el anterior.

Las luces parpadeaban.

El silencio era absoluto.

Entonces escucharon una débil voz lejana, como si alguien hablara detrás de una pared.

—¿Has oído eso?

—Sí... —respondió Roberto.

El sonido continuó.

Era imposible distinguir las palabras.

Parecían varias voces hablando al mismo tiempo.

De pronto todas callaron.

Solo quedó una voz.

—Ayudadnos...

Los dos vigilantes quedaron paralizados.

El miedo les impedía moverse.

Entonces una puerta metálica se cerró violentamente.

¡PLAF!

El estruendo retumbó por todo el sótano.

Roberto soltó una maldición.

Subieron las escaleras corriendo, a punto de caerse.

Esa noche apenas lograron terminar su turno.

El miedo los tenía completamente bloqueados.

Al amanecer, cuando llegaron los empleados, descubrieron algo inquietante.

Todos los muebles de las cuatro salas habían cambiado de lugar.

Las sillas estaban colocadas formando círculos.

Las mesas se habían desplazado varios metros.

Los cuadros aparecían girados hacia la pared.

Nadie podía explicarlo.

Las grabaciones de las cámaras solo mostraban interferencias.

Nada más.

Durante los siguientes días los fenómenos aumentaron.

Algunos afirmaban ver personas caminando por los pasillos.

Incluso un empleado aseguró haber visto a una anciana sentada junto a una ventana.

La cuarta noche resultó especialmente aterradora.

Roberto llegó con la intención de pedir el traslado.

Ya no soportaba trabajar allí.

Sin embargo, necesitaba el empleo.

A las doce y cuarto las luces se apagaron completamente.

Todo quedó sumido en la oscuridad.

Solo funcionaban las luces de emergencia, suficientes para distinguir las sombras.

Los pasillos parecían interminables.

Entonces escucharon pasos.

Procedían de la sala cuatro.

Cogieron las linternas y avanzaron con temor.

Cuando llegaron, la puerta estaba abierta.

Dentro no había nadie.

Pero algo había cambiado.

El féretro estaba abierto.

Vacío.

Los dos vigilantes retrocedieron aterrados.

Entonces escucharon unos murmullos detrás de ellos.

Se giraron.

Al fondo del pasillo vieron la figura de una anciana vestida completamente de negro.

Ninguno fue capaz de hablar.

Corrieron hacia la sala de control.

Las cámaras mostraban algo aún peor.

Las cuatro puertas de los velatorios estaban abiertas y varias figuras caminaban lentamente por los pasillos.

La imagen se cortó.

Dos minutos después volvió la señal.

Los pasillos estaban vacíos.

Todo había regresado a su sitio.

El féretro estaba cerrado y el cuerpo descansaba nuevamente en su interior, como si nada hubiera sucedido.

Una semana después, la dirección decidió contratar a una médium.

La mujer recorrió todo el edificio y pidió permanecer allí una noche entera.

A las dos de la madrugada reunió a los vigilantes.

—No están enfadados.

—¿Quiénes? —preguntaron.

—Los espíritus.

—Entonces... ¿qué quieren?

—Paz.

La médium explicó que percibía una presencia muy antigua, algo que permanecía oculto bajo el edificio.

Decidieron investigar.

Descubrieron una historia perturbadora.

Décadas atrás, aquel terreno había pertenecido a un antiguo hospital.

Muchos fallecidos sin familia fueron enterrados en fosas improvisadas.

Jamás recibieron una sepultura digna.

Sus almas olvidadas seguían allí.

Aquella misma noche realizaron una sencilla ceremonia pidiendo descanso para los muertos.

Entonces comenzaron a aparecer figuras por todos los rincones del edificio.

Los pasillos se llenaron de presencias silenciosas.

Y ocurrió algo extraordinario.

Las figuras empezaron a desvanecerse lentamente, una tras otra, como humo arrastrado por el viento.

Por primera vez en semanas, el silencio resultó agradable.

Sin embargo, Roberto nunca olvidaría lo que vio antes de marcharse.

Mientras realizaba una última ronda pasó frente a la sala cuatro.

La puerta estaba entreabierta.

Miró hacia el interior.

Allí estaba la anciana de negro.

Esta vez podía ver claramente su rostro.

Sonreía.

Levantó una mano en señal de despedida.

Después desapareció lentamente.

Roberto cerró la puerta y nunca contó lo ocurrido.

Sabía que nadie le creería.

Desde entonces, en las noches más oscuras, cuando el viento sopla entre los cipreses del tanatorio, quienes pasan cerca aseguran escuchar un débil murmullo entre las sombras.

Solo repite una única palabra.

—Gracias.

LOS NUEVOS ZOMBIS


 La lluvia caía sobre los tejados de Cadaqués, como si el cielo quisiera borrar lo que quedaba del mundo. El mar estaba negro, espeso, cubierto por una densa niebla. El aire olía intensamente a carne podrida y sal. Hacía meses que nadie pescaba allí; nadie se atrevía siquiera a acercarse al agua.

Todo había comenzado con un virus descubierto en una especie de murciélago que había sido modificado genéticamente en unos laboratorios del norte de Europa. El virus mutó rápido, demasiado rápido. Primero infectó a los animales; luego, a las personas. En pocas semanas, ciudades enteras quedaron infectadas.

Los infectados no morían; simplemente cambiaban. Sus ojos se volvían blancos, la piel adquiría un tono grisáceo y desarrollaban una violencia salvaje, imposible de controlar. Atacaban en grupos y gritaban durante la noche como animales hambrientos.

Los periódicos de todo el mundo no sabían cómo llamarlos, pero quienes los habían visto simplemente les decían «zombis».

Cataluña era ya un territorio devastado. Barcelona había caído seis meses atrás. Girona permanecía incomunicada y Tarragona ardía bajo incendios eternos. Las carreteras estaban infestadas de infectados, aunque corría el rumor de que existía un antídoto.

Decían que un pequeño grupo de científicos resistía en la comarca del Maresme, cerca de unas antiguas instalaciones subterráneas protegidas por militares y supervivientes armados.

La mayoría pensaba que era mentira, pero Juan no. Su hermana Clara estaba infectada. Todavía no se había transformado, pero tenía fiebre, los ojos enrojecidos y unas venas negras comenzaban a hincharse por su cuello. Le quedaban pocos días.

Juan observó a Clara dormir sobre unas mantas viejas, dentro de una casa abandonada junto al faro de Cadaqués. Afuera, el viento golpeaba con fuerza las ventanas.

—Volveré —dijo Juan.

—No vayas... Morirás —respondió Clara con voz débil.

Juan le agarró la mano.

—Si me quedo, morirás tú.

Cogió su mochila, una linterna, un cuchillo oxidado y una vieja pistola con solo cuatro balas. El viaje hasta el Maresme, a pie, era prácticamente un suicidio: más de ciento cincuenta kilómetros atravesando carreteras destruidas, pueblos abandonados y bosques infestados de infectados.

Juan comenzó a caminar.

La primera noche fue la peor. La carretera que descendía desde Cadaqués hasta Roses estaba llena de coches abandonados. Algunos tenían sangre seca en las puertas; otros todavía conservaban cadáveres en su interior.

Avanzaba lentamente, procurando no hacer ruido, cuando escuchó un sonido, como si alguien estuviera masticando. Se escondió detrás de una furgoneta volcada y asomó apenas la cabeza.

Había tres zombis alrededor de un cadáver reciente.

Uno de ellos levantó lentamente la cabeza y emitió un chillido espantoso. Los otros dos giraron al mismo tiempo.

Lo habían oído.

Juan echó a correr.

Los pasos de aquellas criaturas resonaban detrás de él con una velocidad increíble. Tropezó con un viejo guardarraíl y cayó al suelo. Uno de los zombis se lanzó sobre él.

Juan clavó el cuchillo una, dos, tres veces en su cuello.

El monstruo seguía moviéndose.

Desesperado, le atravesó un ojo. El cuerpo quedó inmóvil.

Los otros dos ya estaban demasiado cerca.

Juan disparó.

Uno cayó fulminado.

Sin detenerse, corrió hacia el bosque mientras escuchaba decenas de gritos a lo lejos. El disparo había atraído a muchos más.

Pasó horas escondido entre los árboles. No pudo dormir.

Al amanecer continuó su camino.

Los días siguientes fueron un infierno.

Atravesó Figueres, convertida en una ciudad fantasma. Las calles estaban cubiertas de humo y edificios derrumbados. En la antigua estación de tren encontró mensajes escritos con sangre sobre las paredes.

«No entréis.»

«Corren por la noche.»

En un supermercado abandonado encontró algunas latas de comida y varias botellas de agua. Mientras registraba las estanterías, comenzaron a aparecer zombis. Juan escapó por una puerta trasera mientras los monstruos golpeaban violentamente los cristales.

Continuó caminando durante días, evitando las carreteras principales. Dormía en casas abandonadas donde las ratas correteaban durante la noche.

En una de ellas perdió la pistola.

Solo le quedaba el cuchillo.

El hambre comenzó a consumirlo. Las piernas le dolían y la fiebre apenas le permitía mantenerse en pie. En varias ocasiones estuvo rodeado por aquellas criaturas, pero consiguió escapar mientras sus alaridos resonaban detrás de él.

Siguió avanzando.

Todo era bosque, carreteras vacías, cadáveres y oscuridad.

Una noche llegó a las montañas cercanas al Montseny y encontró un pequeño grupo de supervivientes.

—¿Adónde vas? —preguntó uno de ellos.

—Al Maresme.

Durante dos días caminaron juntos. Aquellos hombres hablaban poco.

La tercera noche acamparon en una fábrica abandonada.

Poco después del anochecer fueron rodeados por una enorme horda de zombis, atraída por el fuego de la hoguera.

El caos estalló en segundos.

Gritos.

Disparos.

Sangre.

Juan aprovechó la confusión para huir. Corrió sin mirar atrás hasta que, completamente agotado, cayó de rodillas sobre una carretera.

Entonces lo vio.

El mar.

Había llegado al Maresme.

Con las últimas fuerzas alcanzó la fortaleza donde resistían los supervivientes.

Una doctora salió a recibirlo.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

Juan apenas podía mantenerse en pie.

—Caminando.

La mujer lo observó con incredulidad.

—Nadie llega caminando desde Cadaqués.

Juan sacó una fotografía de Clara.

—Necesito salvarla.

La doctora guardó silencio unos segundos.

—Existe un antídoto experimental. No garantiza la curación completa, pero podría detener la transformación.

—Démelo.

La doctora dudó unos instantes y finalmente le entregó una pequeña caja. Dentro había dos inyecciones.

—Debes marcharte enseguida. Estamos rodeados.

Juan cogió la caja y salió corriendo por una salida lateral.

El amanecer comenzaba a iluminar el mar.

Entonces comprendió algo terrible.

El mundo ya estaba perdido.

Pero aún podía salvar a una persona.

Y eso era suficiente.

Juan emprendió el camino de regreso mientras, a su espalda, la fortaleza explotaba envuelta en llamas.

Caminó hacia el norte.

Hacia Cadaqués.

Hacia Clara.

Con el antídoto apretado contra el pecho.

Y mientras avanzaba por la carretera, volvió a escuchar aquellos gritos lejanos.

Los zombis seguían allí.

Esperando.

Hambrientos.

Observando desde la oscuridad del nuevo mundo.

RESACA VIOLENTA


 La música empezó suave, casi alegre, brotando de un viejo altavoz colocado en el centro de la sala. Éramos ocho amigos de toda la vida, reunidos en la casa de campo de Julián, a las afueras de la ciudad. Fuera, el viento golpeaba las ventanas con una insistencia que parecía un mal presagio. Todos habíamos consumido alcohol y drogas en cantidades suficientes como para estar fuera de nosotros mismos.

—Es solo un juego —dijo Clara, forzando una sonrisa.

En el centro de la habitación había siete sillas; solo siete para ocho personas. La idea había surgido como una broma, una versión adulta del juego de las sillas, pero el "premio" había sido idea de Marcos.

—El ganador podrá elegir la manera en que morirá uno de los perdedores.

Lo dijo con una calma que nos hizo reír al principio. Pensábamos que hablaba en metáfora, pero luego sacó un revólver antiguo del cajón y lo colocó sobre la mesa.

—Es real —sentenció Marcos.

Nadie volvió a sonreír. El silencio que siguió fue absoluto.

—Podemos irnos... —murmuró Elena con voz temblorosa. —La puerta está cerrada con llave, y la llave la tengo yo —respondió Julián.

Nos miramos unos a otros. Era absurdo; éramos adultos y podíamos arrebatarle la llave por la fuerza, pero nadie se movió. En el fondo, todos queríamos ver hasta dónde llegaba el juego.

La música subió de volumen. Marcos la controlaba desde su móvil mientras caminaba alrededor de las sillas como un director de orquesta.

—Cuando se detenga, ya sabéis qué hacer —dijo con su voz aguda.

Comenzamos a girar. Al principio intentábamos fingir una sonrisa, mientras el parqué crujía bajo nuestros pies. Sentía el corazón acelerado, un galope provocado por el miedo puro. De pronto, la música se detuvo. El estruendo fue total: sillas arrastrándose, empujones y un grito ahogado. Al levantar la vista, Tomás estaba de pie, sin silla. Nos miró confundido.

—Vale, muy gracioso. Ya está, ¿no? —dijo con la voz entrecortada. —Las reglas son las reglas. —No estaréis hablando en serio... —Tomás rió con nerviosismo.

Nadie respondió. Julián se levantó despacio, caminó hacia la mesa y tomó el revólver. Entonces entendimos que no había marcha atrás.

—¡Podemos parar esto! —gritó Elena con lágrimas en los ojos—. ¡Estáis enfermos!

Tomás dio un paso atrás intentando correr hacia la puerta, pero Julián fue más rápido. El disparo retumbó como un trueno dentro del salón. El cuerpo de Tomás cayó al suelo y el olor a pólvora lo invadió todo. El juego continuaba.

Quitaron una silla. Ahora éramos siete, pero solo quedaban seis asientos.

Nadie hablaba; solo se oía nuestra respiración agitada. La música volvió a sonar, pero ahora nadie fingía que era una broma. Nos movíamos con cuidado, observándonos de reojo. Ya no éramos amigos, éramos rivales. Cada uno calculaba las distancias para no quedarse fuera. La música se detuvo nuevamente.

Clara y Sergio se lanzaron hacia la misma silla. Él la empujó con una violencia brutal; Clara cayó al suelo golpeándose la cabeza y Sergio se sentó. Clara quedó eliminada.

—Lo siento —susurró Sergio, aunque su voz no guardaba rastro de arrepentimiento.

Clara no gritó. Cuando Julián levantó el arma, ella solo nos miró uno a uno, implorando una clemencia que no existía. Sonó el disparo y su cuerpo se desplomó.

La tensión era insoportable. Cada ronda era más rápida, más salvaje. La música ya no era alegre; era un martilleo constante en las sienes. En la cuarta ronda cayó Elena, quien suplicó y prometió dinero e incluso sexo, pero nada cambió. En la quinta fue Sergio; Julián ni siquiera dudó al apretar el gatillo. La sangre comenzaba a encharcar el suelo.

Quedábamos tres: Julián, Marcos y yo. El arma descansaba sobre la mesa con cinco balas menos.

—Esto se nos ha ido de las manos —dije en un susurro apenas audible.

Poco a poco, entreabrí los ojos. La cabeza me estallaba. Al bajar la vista, vi restos de vómito en mi ropa. El terror me oprimía el pecho. Cuando finalmente logré abrir los ojos por completo, vi la realidad: mis siete amigos estaban tirados por los rincones, profundamente dormidos o desmayados, con restos de bebida en sus vasos. Sobre la mesa de cristal, aún quedaban las líneas de cocaína que habíamos consumido.

En ese momento, envuelto en el sudor frío de la paranoia, tomé la decisión de no volver a probar el alcohol ni las drogas. Había sido una pesadilla, una alucinación colectiva nacida del exceso, pero por unos instantes... había sido real.

DOCE CAMPANADAS MORTALES


 Nunca fue nuestra intención que el fin de año acabara de esa manera.

Éramos siete amigos, unidos más por la costumbre que por una afinidad real. La idea surgió en una conversación, una noche cualquiera de diciembre: huir de la ciudad, de los petardos y de la familia, pasar el cambio de año en una masía aislada en plena montaña, con alcohol, música y la sensación de libertad que se tiene cuando eres joven.

La masía la encontró Marcos. Dijo que pertenecía a un tío lejano y que llevaba años deshabitada, pero que estaba en buen estado.

—No hay vecinos, no hay cobertura, no hay nadie para molestar —dijo Marcos, sonriendo.

Llegamos el 31 de diciembre poco antes de que anocheciera. El camino era estrecho, lleno de curvas y árboles que parecían caer sobre el coche. Cuando por fin la vimos, la masía surgió entre la niebla: una construcción de piedra oscura, con ventanas pequeñas y un tejado irregular. En ningún momento parecía realmente abandonada.

Bromeábamos al bajar del coche, cargados con bolsas de comida y botellas. El aire estaba helado y el silencio era tan absoluto que resultaba incómodo. Solo se oía el crujir de nuestras pisadas sobre las hojas secas y el viento entre los árboles.

—Da mal rollo —comentó Laura.

—No seas exagerada —respondió Marcos.

La puerta chirrió al abrirse. Durante un segundo, nadie habló.

El interior olía a humedad y madera vieja. Había muebles cubiertos con sábanas, una chimenea enorme en el centro del comedor y unas escaleras de madera que conducían al piso superior. Las paredes estaban decoradas con cuadros antiguos: paisajes de montaña y retratos de personas serias, con miradas apagadas que parecían observarnos.

No sabría decir cuándo empezó a torcerse todo. Al principio fue una noche normal. Encendimos la chimenea, pusimos música con un altavoz portátil y empezamos a beber. El ambiente se relajó; reímos, brindamos y bailamos durante horas. La masía dejó de parecer tan tenebrosa… aunque había detalles que no cuadraban.

El primer corte de luz ocurrió sobre las diez de la noche. Duró apenas unos segundos, pero en ese tiempo todo quedó en silencio y oscuridad absoluta. Cuando volvió la luz, nadie dijo nada, pero noté que algunos miraban las ventanas con miedo.

Luego llegaron los ruidos: golpes lejanos, como pasos en el piso superior, mientras todos estábamos en el comedor.

—Serán las vigas —comentó Marcos.

A las once y media, una de las chicas se dio cuenta de algo extraño.

—¿Habéis movido las fotos del pasillo? —preguntó.

Nadie lo había hecho. La fotografía mostraba a una familia posando frente a la misma masía, muchos años atrás.

—Juraría que antes estaba recta… ahora está torcida.

Reímos nerviosos y seguimos bebiendo. Cuando dieron las doce, brindamos, gritamos y nos abrazamos. El año nuevo empezó entre risas… pero duró poco.

A las doce y veinte, uno de los chicos subió al baño de arriba y no volvió. Al principio no nos preocupamos; pensamos que estaría vomitando o intentando llamar por teléfono desde algún rincón con cobertura. Pasó más de media hora y no regresaba.

—Voy a buscarlo —dijo Marcos.

Subió las escaleras. Escuchamos sus pasos… y luego un grito de terror. Subimos todos juntos, con el corazón golpeándonos el pecho. Una de las puertas estaba abierta. Dentro estaba el chico desaparecido, o mejor dicho, lo que quedaba de él. Yacía en el suelo, con los ojos abiertos. Había sangre por todas partes, pero no se veía ningún arma. Solo su rostro, congelado en una expresión de horror absoluto.

Laura empezó a gritar. Marcos se quedó inmóvil. Intentamos llamar a emergencias: no había señal. Intentamos salir, pero la puerta estaba cerrada y nadie tenía la llave.

El segundo asesinato ocurrió una hora después. Otra de las chicas desapareció mientras todos intentábamos tranquilizarnos en el comedor. Estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta. Unos segundos después, ya no estaba. Nadie la vio moverse.

La encontramos en la cocina, colgada del techo. Sus pies apenas tocaban el suelo. Tenía las uñas rotas, como si hubiera intentado liberarse hasta el último segundo. El pánico se desató.

Empezamos a desconfiar unos de otros. Solo quedábamos cinco. Cinco posibles culpables. Nadie sabía qué estaba pasando, pero todos compartíamos la misma sensación: no estábamos solos.

El tercer muerto fue Marcos. Lo encontramos en el antiguo granero, fuera de la casa. Nadie recordaba haberlo visto salir. La puerta estaba abierta y el suelo manchado de sangre. Marcos tenía el pecho abierto, como si algo —o alguien— hubiera intentado arrancarle el corazón.

Al amanecer, solo quedábamos cuatro, aterrados y cubiertos de sangre que no sabíamos si era nuestra o de los muertos.

Cuando llegó la policía, avisada por unos excursionistas que habían visto salir humo de la casa, todo parecía normal. Demasiado normal. No había señales de lucha. El granero estaba cerrado. La cuerda de la chica no estaba. El cuerpo de Marcos apareció dentro de la casa. Los retratos ya no colgaban de las paredes.

Cuatro supervivientes. Cuatro versiones distintas. Ninguna prueba que explicara nada.

A veces, cuando sueño, vuelvo a aquella masía. Oigo pasos en el piso de arriba, siento las miradas de los cuadros… y siempre, justo antes de despertar, una pregunta cruza mi mente:

—¿Y si el asesino nunca se fue?



EL PASILLO 7 ( parte II )


 Se organizó una búsqueda inmediata. Encontraron su linterna en el suelo, todavía encendida, apuntando hacia una puerta entreabierta que había sido clausurada años atrás.

La puerta rechinó cuando la abrieron. La habitación estaba vacía: solo un olor rancio y rastros de humedad en las paredes. De Marina, nada.

El hospital entero quedó en shock. Las cámaras de seguridad no grabaron absolutamente nada, como si en esa parte del edificio la tecnología fallara siempre. Entonces comenzaron a resurgir historias antiguas: relatos sobre un paciente que había muerto allí en circunstancias inexplicables y que, según algunos, jamás abandonó el hospital.

La doctora Elisabeth decidió investigar por su cuenta. Buscó a la enfermera más veterana, una mujer que llevaba más de treinta años trabajando allí.

—Sé que conociste al paciente Ezequiel Paz —dijo Elisabeth sin rodeos.

La enfermera se quedó inmóvil. Por un momento, su rostro reflejó un miedo auténtico.

—E-Ezequiel… —susurró—. Ese nombre no se pronuncia aquí.

—Necesito saber qué pasó —insistió Elisabeth—. Quiero proteger a todo el hospital.

La mujer suspiró profundamente antes de comenzar su relato.

“Ezequiel había sido ingresado tras un accidente grave. Su familia se desentendió de él. Pasó semanas entre la vida y la muerte, solo, sin visitas, sin esperanza. Nadie hablaba con él más de lo estrictamente necesario. Su salud mental se deterioró; repetía una y otra vez: ‘No quiero estar solo cuando me vaya.’

“Una noche, su monitor cardíaco hizo un pitido largo. Cuando el equipo médico llegó ya era tarde… o al menos eso creyeron. Porque justo antes de certificar la hora de la muerte, el cuerpo de Ezequiel se incorporó bruscamente y abrió los ojos.

‘No me dejen solo’, gritó con una voz rota, cayendo muerto segundos después.”

Desde entonces, la enfermera aseguraba que, cada cierto tiempo, en el pasillo 7 se escuchaba la misma frase, como un eco débil:

—No me dejes solo…

El personal comenzó a evitar los turnos nocturnos, las visitas acudían con miedo y la dirección del hospital prohibió hablar del tema.

Una noche, Elisabeth decidió enfrentarse a sus miedos. No soportaba la desaparición de Marina. Reunió a varios trabajadores del centro; todos habían visto algo, todos temían por sus vidas.

—No vamos a huir. Vamos a averiguar qué quiere —dijo.

—¿Cómo se enfrenta uno a un muerto? —preguntó uno.

—No se le enfrenta… se le escucha —respondió Elisabeth.

Decidieron recorrer el pasillo 7 a las tres de la mañana, la hora en la que ocurrían más apariciones. Apenas dieron diez pasos cuando las luces comenzaron a parpadear hasta apagarse por completo. El silencio más absoluto se instaló en el pasillo. Entonces lo oyeron:

—No me dejen solo… —un lamento.

Al fondo del corredor apareció la figura. Alta, cadavérica, con los ojos hundidos y vacíos. Su bata hospitalaria estaba desgarrada y, lo más aterrador, no proyectaba sombra.

—Ezequiel… —susurró Elisabeth con un hilo de voz.

La figura levantó la cabeza al oír su nombre. Sus ojos brillaron débilmente.

—No quiero estar solo…

—Ezequiel, estamos aquí. No estás solo —respondió la doctora.

En ese instante comprendió que el espíritu no deseaba dañar a nadie. Había muerto solo, olvidado, y ahora vagaba por los pasillos buscando algo que le fue negado en vida.

—Te recordamos. No estás solo —dijo Elisabeth con firmeza.

La figura se detuvo, bajó la cabeza y levantó un brazo señalando la puerta clausurada.

—Ella está ahí…

—¿Marina? —preguntaron todos a la vez.

Se dirigieron a la puerta y la abrieron con fuerza. Dentro, acurrucada en un rincón, estaba Marina. Viva.

Elisabeth fue la primera en correr hacia ella.

—Ezequiel… gracias por avisarnos. Te recordaremos siempre.

El pasillo se iluminó con una luz blanca y cálida. La figura dio un paso atrás, luego otro, y se desvaneció como polvo llevado por el viento.

El hospital recuperó la calma. Las luces dejaron de fallar, las noches volvieron a la normalidad y Marina y los demás regresaron a sus puestos sin sobresaltos. Nadie volvió a ver al fantasma del pasillo 7, pero todos —absolutamente todos— saben que, cada vez que el reloj marca las tres de la mañana, una suave corriente fría recorre el pasillo.

VOCES


 Lucía era una mujer tranquila. Vivía sola en un pequeño piso, sin familia ni amigos.

Todos los días se levantaba temprano y salía a trabajar como limpiadora de casas. Iba de un lugar a otro cargando sus productos de limpieza. Le gustaba estar sola, le gustaba que nadie le hablara. Pero un día, todo cambió.

Fue en una casa grande, blanca, con jardín. El dueño era un hombre mayor, amable, que caminaba despacio y hablaba poco. Le ofreció agua y algo de fruta. Lucía sonrió, pero no aceptó. Empezó a limpiar la cocina mientras él subía las escaleras. Entonces escuchó aquella voz:

—Má­talo.

Lucía se giró rápido. No había nadie. Miró por la ventana, tampoco vio a nadie. Volvió a su trabajo, pensando que había sido su imaginación, pero la voz volvió:

—Hazlo ahora… nadie te verá.

Sintió un escalofrío. El corazón le latía fuerte, las manos le temblaban. No entendía qué pasaba. Nunca había escuchado algo así. No creía en fantasmas ni demonios; era una mujer normal.

Pero esa voz… esa voz se sintió real, como si viniera desde dentro de ella. Trató de ignorarla, terminó su trabajo rápido y se marchó sin despedirse.

Esa noche no durmió bien. Escuchó susurros todo el tiempo.
Los grifos goteaban, aunque estaban cerrados. Las paredes crujían como si respiraran. Y la voz seguía hablándole:

—No tienes que tener miedo… solo hazlo.

Pasaron los días. Lucía seguía trabajando, pero cada vez que estaba sola con alguien, la voz volvía. Siempre le pedía lo mismo:

—Mátalo… mátalo… mátalo…

Lucía intentaba resistirse. Encendía la radio, tarareaba canciones, pero las voces eran cada vez más fuertes. Una vez, en la casa de una mujer joven, los susurros se convirtieron en gritos. Lucía cayó al suelo, le dolía la cabeza, le sangraban los oídos. La mujer corrió a ayudarla. Lucía no lo planeó, no lo pensó… solo lo hizo.

Agarró un jarrón de cristal y lo estrelló contra su cabeza. La mujer cayó al suelo y no se movió más. En ese momento, las voces se callaron por completo.

Lucía no sintió miedo ni culpa. Sintió paz. Una calma profunda, como si el mundo se hubiera detenido. Limpió alrededor del cuerpo sin pensar, como si nada hubiera pasado, y se fue antes de que llegara nadie. Nadie sospechó nada.

Durante semanas, todo estuvo en silencio. Ella pensó que quizá las voces se habían marchado. Pero regresaron:

—Tienes que hacerlo otra vez… una vez más… lo haces bien.

Lucía empezó a cambiar. Ya no se peinaba, no sonreía. Caminaba como un zombi. Elegía las casas donde los dueños estaban solos y, cuando las voces volvían, ya no luchaba.

Le decían cómo hacerlo, cuándo, dónde golpear y dónde esconder el cuerpo. Cada vez que lo hacía, sentía menos culpa, menos dolor. Ya no recordaba los nombres de las víctimas, solo sus casas, sus muebles.

Una noche, frente al espejo, algo cambió. Su reflejo no se movía como ella. La miraba con ojos tristes… y habló:

—¿Crees que estás loca?

Lucía no respondió. Sintió miedo por primera vez en mucho tiempo.

—¿Por qué yo? —preguntó.

—Porque tu alma será mía —respondió el espejo.

Desde entonces, el espejo le hablaba cada noche.

Un día, Lucía vio una noticia en televisión: una mujer de otro país, también limpiadora, era sospechosa de algo parecido. Y entendió: no estaba sola. Había muchas voces en muchos lugares.

Una noche no pudo más. Se sentó frente al espejo, con una vela encendida.

—¿Por qué mato? —preguntó.

—Porque cada vez estás más unida a mí. Seremos un solo ser.

—¿Y si me niego?

—Morirás con grandes sufrimientos.

Lucía apagó la vela y decidió seguir. No porque quisiera, sino porque ya no había otro camino. Ya no podía huir. Solo obedecer… y esperar el día final, cuando todos los que escuchan se encuentren… y el silencio desaparezca del mundo.

ACAMPADA MORTAL--I I--


 Caminó durante lo que pareció una hora, hasta que llegó a un claro. Allí, el suelo estaba removido, tierra recién cavada, un olor a humedad… y algo más denso: sangre.

Había una pala clavada en el centro y, junto a ella, una bolsa. La de Clara.

Marcial se acercó con lentitud. Cada músculo de su cuerpo le gritaba que huyera, que no siguiera adelante, pero se obligó a mirar dentro de la bolsa. Estaba vacía. Ni rastro de Carmen.

Entonces escuchó algo parecido a un gemido. Se giró bruscamente, mirando entre los árboles. No vio nada. Pero el gemido volvió, esta vez justo detrás de él. Cuando se dio la vuelta, no había nadie.

Lo que más le llamó la atención fue que, pese a estar en pleno bosque, no se escuchaba ningún animal. Ni un pájaro, ni tan siquiera un insecto. Solo estaba él… y algo —o alguien— que lo vigilaba desde los márgenes del bosque.

—Carmen... ¿Carmen? —ni él mismo estaba seguro de haber emitido ese sonido.

De repente, una figura apareció entre los árboles. No caminaba, se deslizaba como una serpiente. Marcial retrocedió y tropezó con algo que lo hizo caer de espaldas.

La figura se detuvo a unos metros. Era alta, muy alta. Vestía de oscuro y, en lugar de rostro, tenía una especie de máscara. Los ojos estaban vacíos. No decía nada. No se movía.

En ese momento, Marcial comprendió que no solo estaban los asaltantes... también estaba aquella criatura.

Permaneció en el suelo, paralizado. La figura no avanzaba, no retrocedía. Solo estaba ahí, inmóvil. Algo en ella era más aterrador que cualquier amenaza física. Y entonces, sin emitir ningún sonido, desapareció. No se giró, no caminó… simplemente desapareció.

Marcial parpadeó. Su corazón golpeaba su pecho como un tambor de guerra. Se puso de pie, con la vista ligeramente borrosa.

—¿Estoy perdiendo la cordura... o es todo real?

Pensó en Carmen. Siguió caminando como un autómata. Se arañó los brazos con la maleza, la llamó una y otra vez, aunque cada vez con menos fuerza. De repente, frente a sus ojos, apareció una cabaña.

Estaba escondida entre la vegetación. La madera podrida, sin ventanas. Marcial se acercó con precaución. La puerta estaba entreabierta. Desde el interior salía un fuerte olor a humedad y putrefacción.

La empujó con lentitud. El interior estaba a oscuras, pero el amanecer filtraba algunos rayos de sol entre las rendijas. Las paredes estaban cubiertas de símbolos tallados a cuchillo, y en el centro había un altar rudimentario hecho con piedras y restos de animales. Al fondo… una figura encadenada.

—¡Carmen!

Ella levantó la cabeza. Tenía el rostro golpeado, pero estaba viva. Atada con grilletes a una viga, los ojos llenos de lágrimas y el rostro desbordado de terror.

Marcial corrió hacia ella. Intentó romper las cadenas, pero era inútil. Estaban firmemente aseguradas.

—Vinieron anoche —susurró Carmen—. No se fueron. No son solo ladrones, Marcial. Hay algo más. Los vi… haciendo rituales con otros cuerpos.

—Tenemos que sacarte de aquí —dijo él.

En ese momento, un crujido cerca de la puerta. Marcial se giró. La silueta de alguien se recortó en la claridad del exterior. No era solo uno. Más figuras se acercaban. Todos llevaban la misma máscara.

La puerta se cerró de golpe. La oscuridad volvió a reinar. Afuera, los encapuchados comenzaron a cantar. Era un canto poderoso… uno que helaba la sangre. Y en el altar, algo comenzó a moverse. Un bulto envuelto en mantas.

Marcial lo miró… y comprendió.

No era un bulto. Era una criatura. Y acababa de despertar.

El bulto tembloroso se agitaba como si intentara liberarse. Marcial se ahogaba. Carmen, encadenada. La puerta cerrada. El aire se volvía irrespirable, impregnado con un hedor a carne podrida.

Las voces del exterior no cesaban.

—¡Marcial, no lo mires! —gritó Carmen.

Una mano —o algo similar a una mano— emergió de debajo de la manta. Era larga, delgada, y goteaba un líquido oscuro, espeso, como aceite.

La criatura se alzó lentamente. No tenía rostro definido. No caminaba… se deslizaba sobre el altar como un gusano.

—¡Corre, Marcial! ¡Sal de aquí! —gritó Carmen.

Pero él no podía moverse. Algo invisible lo mantenía inmóvil.

La criatura emitió un chillido agudo. Marcial cayó de rodillas. Sangraba por la nariz. Las paredes temblaban. La puerta se abrió de golpe. Los encapuchados irrumpieron en la cabaña. Uno de ellos se acercó al altar y, con una reverencia, alzó un cuchillo, ofreciéndoselo a la criatura.

Los demás se giraron hacia Marcial. En un gesto de desesperación, gritó:

—¿Por qué? ¿¡Por qué yo!?

Uno de los encapuchados se quitó la máscara. Tenía un rostro humano… pero deformado.

—Porque entraste al bosque. Y el bosque te eligió.

La criatura se abalanzó sobre él.

Después… solo oscuridad y silencio.

Dos días después, un grupo de excursionistas encontró el campamento destruido. Avisaron a la policía. Se organizaron búsquedas con perros y helicópteros. No encontraron rastro alguno. Ni de Marcial ni de Carmen.

Solo, en un claro del bosque, hallaron restos de ceniza y un símbolo extraño grabado en la tierra. Algunos dijeron haber visto huellas que no eran humanas. Otros afirmaban haber escuchado ruidos entre los árboles.

El caso fue cerrado como "desaparición sin explicación".

Pero en el bosque, cuando el viento sopla con fuerza, algunos aseguran que se escucha un grito lejano… y una voz que llama una y otra vez:

—Carmen... Carmen...

ACAMPADA MORTAL


 La noche había caído como un espeso manto sobre el bosque conocido como El Pinar, un lugar apartado al que pocos turistas se aventuraban, precisamente por su fama de estar demasiado lejos de todo. Pero para Carmen y Marcial, eso era exactamente lo que buscaban: desconectarse, dejar atrás la ciudad, el ruido, los teléfonos... y simplemente dormir bajo las estrellas.

Eran cerca de las nueve cuando terminaron de montar la carpa de su tienda de campaña. El cielo, limpio de nubes y repleto de estrellas, prometía una noche tranquila. Habían cenado algo rápido: pan, embutidos y un par de copas de buen vino tinto que Marcial había traído con mucho cuidado.

Todo parecía perfecto. Rieron, compartieron anécdotas, y cuando la brisa comenzó a enfriar la noche, se metieron abrazados en su saco de dormir. Al principio solo se abrazaron, pero al poco rato acabaron haciendo el amor como lo que eran: dos enamorados durmiendo bajo las estrellas.

Pero en la madrugada, algo cambió.

Primero fue un crujido. No muy fuerte, apenas perceptible, pero suficiente para que Carmen abriera los ojos. Miró a su alrededor, desorientada por la oscuridad, a pesar del cielo estrellado. Marcial dormía profundamente… o al menos eso parecía. Entonces, otro sonido: ramas partiéndose bajo un pie. O tal vez varios.

Intentó convencerse de que era un animal. Tal vez un ciervo, o un jabalí en busca de comida. Había leído que esos animales salían por las noches en busca de agua. Pero algo no encajaba. El silencio posterior era demasiado... premeditado.

—¡Marcial! —susurró Carmen, tocándole el brazo—. ¿Escuchaste eso?

—¿El qué? No escuché nada. Vuelve a dormir —respondió Marcial, aún somnoliento.

Pero Carmen no podía. Se quedó sentada, con los ojos fijos en la tela roja de la tienda, intentando ver a través de ella. Entonces algo más sucedió: un roce, muy cerca. Luego, una sombra proyectada por la luz de una linterna. Alguien se movía afuera… no era uno. Eran varios.

Sintió el corazón acelerarse. En ese momento, Marcial se incorporó, ahora sí, más nervioso.

—¿Quién anda ahí? —gritó, intentando sonar firme.

No hubo respuesta. Solo silencio.

Y entonces, todo ocurrió muy rápido.

La tela roja de la tienda se rasgó de arriba a abajo. Una navaja, o quizás un cuchillo muy afilado, cortó la lona como si fuera papel. Antes de que pudieran reaccionar, dos manos entraron por la abertura y agarraron a Carmen por los tobillos, arrastrándola con fuerza hacia el exterior. Gritó, pero su voz quedó ahogada, rota por el miedo.

Marcial intentó sujetarla, pero algo —o alguien— lo golpeó en la cabeza con brutalidad, dejándolo casi inconsciente. Apenas alcanzó a distinguir rostros cubiertos con pasamontañas. Ojos desquiciados, rabiosos. Uno de ellos le apuntaba a la cara con una linterna, como si fuera un foco de interrogatorio. La luz lo cegó. Luego vino otro golpe. Después… solo oscuridad.

Carmen forcejeó, arañó, pataleó como nunca antes lo había hecho. Logró soltarse y corrió hacia la arboleda, como una gacela. Pero en la carrera no vio una raíz sobresaliente. Cayó de bruces al suelo.

Antes de poder levantarse, sintió un aliento caliente en la nuca. Unas manos sucias la giraron bruscamente.

—No grites —dijo una voz seca—. Si gritas, lo matamos —sentenció.

Ella se quedó inmóvil. Podía ver a Marcial tirado en el suelo, sin moverse. ¿Estaba vivo? ¿Muerto? Su mente no podía decidir si aquello era una pesadilla o la más cruda realidad.

¿Qué estaba pasando? ¿Quiénes eran esos hombres? ¿Qué querían?

Las respuestas llegaron pronto. Uno de ellos empezó a revisar su mochila, otro destrozó la tienda buscando objetos de valor.

—¡No hay nada! Solo un par de móviles, algo de dinero y ropa sucia —vociferó el que rebuscaba, arrojando la linterna al suelo con furia.

—Tranquilo —dijo otro, el que parecía ser el líder—. Igual vamos a divertirnos un rato —añadió, mirando a Carmen con lascivia.

Carmen tragó saliva. Su cuerpo temblaba. Algo dentro de ella le gritaba que aquello iba mucho más allá de un simple robo. Los minutos se volvieron eternos. Nadie podía ayudarlos. Y los atacantes lo sabían. Parecía que habían elegido a sus víctimas con cuidado, sabiendo que estaban completamente solos.

Cuando el reloj marcaba las 4:17, todo volvió a quedar en silencio. Los hombres desaparecieron entre los árboles como sombras.

Marcial despertó varias horas después, solo. Con el cuerpo dolorido y la cabeza palpitando, se arrastró como pudo hasta lo que quedaba del campamento. Gritó:

—¡Carmen! ¡Carmen!

Una, dos, diez veces. No hubo respuesta. Solo los restos del caos: mochilas vacías, ropa tirada, botellas rotas y huellas borrosas en la tierra húmeda. Había sangre en la hierba. ¿De quién? ¿De él? ¿De Carmen?

El silencio del bosque pesaba como una losa. Se apoyó en un tronco caído, respirando con dificultad. Al tocarse la cabeza, sintió sangre seca pegada al cuero cabelludo. A lo lejos, los primeros rayos del sol asomaban entre los árboles, pero el bosque seguía en sombras, como si el sol no se atreviera a entrar.

—Carmen... —susurró con la poca voz que le quedaba.

Intentó ponerse de pie, pero las piernas no le respondían. Mareado, cayó de nuevo al suelo. Respiró hondo. Tenía que encontrarla. No sabía si se la habían llevado… o si la habían dejado muerta en algún rincón del bosque.

El campamento estaba completamente destruido. No quedaba nada útil. Ni los móviles, ni la brújula, ni siquiera el botiquín de emergencia. Los atacantes se habían asegurado de dejarlos incomunicados.

¿Y Carmen? ¿Dónde estaba?

Entonces vio algo: una tira de tela, enganchada en una rama, a unos diez metros del campamento. Era parte de una sudadera azul. La misma que Carmen llevaba aquella noche.

Siguió el rastro. Luego vio pisadas, pero no llevaban a ningún sitio claro. Aun así, Marcial avanzó, guiado por algo más fuerte que la lógica: la desesperación.

Continuará..

LA CASA DEL ECO


 Nadie sabía quién la había construido ni cuántos años llevaba allí, en lo alto de la montaña, rodeada de árboles que parecían querer engullirla entre sus ramas. Se decía que la casa repetía las palabras de quienes se atrevían a hablar en su interior, pero con un sonido tenebroso. No solo devolvía sus voces, sino también sus pensamientos más ocultos.

No mucha gente se atrevía a acercarse a ella, y los pocos que lo hacían rara vez regresaban. Las historias sobre la casa eran muchas y variadas: se hablaba de voces en la oscuridad, de susurros que predecían la muerte.

A pesar de todas las leyendas, un grupo de amigos decidió averiguar si todo era cierto o solo un cuento exagerado.

Sonia, Rafa, Manuel y Elisa eran jóvenes y escépticos. No creían en lo paranormal; para ellos, eran historias creadas para asustar a los curiosos. Así que, en una fría noche de noviembre, armados con linternas y un par de cámaras, se dirigieron a la casa con la intención de grabar su excursión.

—Si repetimos “¿hay alguien aquí?”, seguro que escucharemos nuestro propio eco y nos reiremos de este ridículo cuento —comentó Manuel con una sonrisa incrédula.

Sin embargo, al acercarse, el ambiente cambió. La casa parecía más alta y vieja de lo que imaginaban. Sus ventanas, oscuras y profundas, se asemejaban a ojos que los observaban desde la penumbra.

— ¿Seguimos con la experiencia? —preguntó Elisa con un hilo de duda en su voz.

—Claro, ya estamos aquí, no podemos acobardarnos ahora —respondió Rafa con determinación.

La puerta estaba entreabierta, como invitándolos a entrar. El aire en el interior era pesado, impregnado de humedad y algo más… algo que no podía identificar.

—¡Bienvenidos! —gritó Manuel en tono burlón.

—Bienvenidos —respondió la casa.

No fue un simple eco. La voz sonó profunda, lejana… como si emergiera de ultratumba.

Se miraron unos a otros con  terror en sus rostros.

—Hola —dijo Sonia, casi en un susurro.

—Hola —respondió la casa.

Esta vez, la respuesta fue más nítida, como si alguien estuviera en la misma habitación con ellos.

—Es solo una manipulación acústica, nada más —susurró Rafa, aunque no muy convencido de sus propias palabras.

Elisa avanzó con su linterna en alto. El polvo flotaba en el aire como ceniza suspendida.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Elisa —respondió la casa.

Elisa se quedó helada.

—No dije mi nombre…

—Es sugestión —intentó decir Manuel, pero su voz se apagó al escuchar:

—Manuel —susurró la casa.

El pánico empezó a instalarse entre ellos.

Rafa apuntó la linterna hacia el pasillo principal.

—Grabemos algo rápido y nos largamos —dijo con firmeza.

Los demás asintieron, demasiado asustados para contradecirlo. Avanzaron con cautela. Cada paso resonaba de manera extraña, como si el suelo los escuchara y repitiera su andar.

—No deberías haber venido, Sonia…

Ella se detuvo en seco.

—Yo… yo no dije nada —susurró.

Pero la voz había sido la suya. Solo que… ella no había pronunciado esas palabras.

—Esto no es normal, vámonos —propuso Manuel.

Las sombras parecían moverse en las esquinas. El aire se vuelve cada vez más frío. Y, de repente, otra voz rompió el silencio:

—Tienen miedo…

Era la voz de Rafa, pero él no había dicho nada.

—¡Cállate! —gritó Rafa.

La casa solo rió y repitió la palabra:

—Cállate… cállate… cállate…

De golpe, todas las linternas se apagaron. La oscuridad los envolvió.

—¡No veo nada! —gritó Manuel.

El caos estalló. Sus gritos se mezclaron con los de la casa.

Elisa sintió un tirón en el brazo y luego un golpe en la cabeza. Todo se volvió negro.

Cuando despertó, estaba sola. Las paredes parecían más estrechas, como si la casa hubiera encogido a su alrededor. Se giró de golpe, buscando a sus amigos.

—¡Manuel! ¡Rafa! ¡Sonia!

—Sonia no está —respondió la casa.

Elisa sintió su corazón golpeando con fuerza contra su pecho.

—¡Devuélvemelos! —gritó.

La casa solo rio.

—Jajajajajaja…

Entonces, una voz susurró en su oído:

—Tú también desaparecerás…

Elisa corrió a ciegas por los pasillos, tropezando con muebles podridos y puertas que aparecían de la nada. Hasta que, por fin, llegó a la entrada.

La puerta estaba cerrada. Golpeó con todas sus fuerzas.

—¡Déjame salir!

—Elisa… no te vayas… no nos dejes… —las voces de sus amigos sonaron al unísono.

De repente, el silencio.

La puerta se abrió de golpe. La luz de la luna iluminó su rostro mientras salía corriendo. Nunca miro atrás.

Nadie creyó su historia. Nadie encontró jamás a sus tres amigos. Pero algunos dicen que, si pasas junto a la casa y gritas un nombre, el eco te responde… y, a veces, lo hace con una voz que no pertenece a este mundo.

PANICO EN EL ASCENSOR


 El edificio de apartamentos tenía más de 50 años de antigüedad. Su construcción era vieja, y los pasillos, grises y oscuros. En algún tiempo fue un símbolo de lujo en la ciudad, pero con los años, la decadencia se apoderó de él. Las paredes estaban agrietadas, muchas luces no funcionaban y el aire se sentía pesado, cargado de abandono.

Sin embargo, el punto más inquietante del edificio era el ascensor. Una reliquia en la que casi nadie confiaba. Chirriaba en cada planta, se movía con lentitud y su espejo estaba cubierto de manchas que no desaparecían, por más que lo limpiaran. La mayoría de los vecinos preferían usar las escaleras. Pero lo más perturbador no eran los desperfectos, sino los rumores.

Algunos aseguraban haber visto una figura borrosa reflejada en el espejo cuando estaban solos. Otros hablaban de un pequeño grito ahogado en el silencio del ascensor. Pero el relato más escalofriante era que, ciertos días del año, el ascensor se detenía en el piso 13… un piso que no existía.

Una joven estudiante se había mudado recientemente al edificio. Escuchó las historias, pero no les dio importancia. Era escéptica y, además, estaba demasiado ocupada con sus estudios como para preocuparse por cuentos de fantasmas.

Hasta aquella noche.

Eran las dos de la madrugada cuando regresó de la biblioteca, agotada. Entró al ascensor, presionó el botón del octavo piso y apoyó la cabeza contra la fría pared.

La puerta se cerró y, de inmediato, un escalofrío recorrió su espalda. El aire se volvió helado. Se abrazó a sí misma y suspiró profundamente. Entonces, algo parpadeó en el espejo frente a ella. No era su reflejo… era algo más.

Al principio, parecía solo una sombra, un ligero temblor en el vidrio. Pero cuando volvió a mirar, lo vio con claridad: en la esquina del ascensor, detrás de ella, había alguien.

Era una mujer de cabello largo y lacio. Su cabeza estaba ladeada de forma antinatural. Llevaba un vestido blanco sucio y sus ojos eran completamente negros.

La chica se giró bruscamente. Pero no había nadie. Solo el ascensor vacío.

El panel de control comenzó a parpadear. Primero el número 8. Luego el 10, el 12… y, finalmente, un número que no debería estar allí: el 13.

El ascensor empezó a moverse, pero no subía. Bajaba.

Un nudo de terror se formó en su estómago. Intentó presionar el botón de detener, pero no respondió. Golpeó la puerta y gritó con todas sus fuerzas, pero el ascensor seguía descendiendo. Su respiración se volvió angustiosa mientras el número 13 parpadeaba sin cesar.

Cuando finalmente se detuvo, un silencio sepulcral invadió el espacio.

Las puertas se abrieron con un chirrido espantoso.

Lo que vio no era el vestíbulo del edificio, ni ninguna de sus plantas. Frente a ella se extendía un pasillo oscuro, con paredes cubiertas de humedad y un olor rancio, mezcla de moho y sangre seca.

El ascensor no se cerró de inmediato. Parecía invitarla a salir.

Pero ella no era estúpida.

Se quedó pegada a la pared, con el corazón desbocado. Entonces, el aire se volvió aún más frío.

Algo crujió detrás de ella.

A pesar del temblor en su cuerpo, giró lentamente.

La mujer del vestido blanco estaba de pie justo detrás de ella.

Su cabeza seguía ladeada, su boca se abría lentamente, como si intentara susurrar algo. Pero lo peor fueron sus ojos: negros, vacíos, profundos como un pozo sin fondo.

Un sonido rasposo salió de su garganta.

—No debes venir aquí…

La chica gritó y presionó todos los botones del ascensor.

Nada.

El reflejo en el espejo empezó a moverse.

La luz titiló, y por un instante, la oscuridad lo cubrió todo.

Cuando la luz volvió… la mujer ya no estaba.

Pero algo helado rozó su cuello.

Desesperada, golpeó el panel de control con todas sus fuerzas.

Las puertas se cerraron de golpe.

El ascensor subió de manera violenta hasta el octavo piso.

Cuando las puertas se abrieron, todo parecía normal.

Como si nada hubiera sucedido.

Temblorosa, salió del ascensor. Antes de alejarse, miró una última vez al espejo.

Allí, grabadas en el vidrio, quedaron las marcas de unas manos ensangrentadas.

Después de aquella noche, la chica jamás volvió a usar el ascensor.

Pero los vecinos dicen que, a veces, en plena madrugada, las puertas del ascensor se abren solas.

EL ULTIMO DIA

 Juana llevaba treinta y siete años viviendo en aquel piso, treinta y siete años pagando el alquiler sin retrasarse ni un solo día. Había ha...