La primera vez que lo vieron, nadie preguntó su nombre. En la hermandad, eso ya era extraño, porque en aquel barrio, donde las calles parecían estrecharse cuando llegaba la Semana Santa, todos se conocían. Se reconocían por el paso, por la voz, incluso por la forma de cargar el peso o de entonar una saeta improvisada. Incluso los más jóvenes sabían quién había sido costalero antes que ellos, quién había heredado la túnica de su padre y quién lloraba cada año al paso del Cristo yacente.
Pero él no.
Apareció una tarde gris, cuando el cielo aún dudaba si romper a llover o dejar caer ese silencio espeso que precede a las procesiones. Nadie lo vio llegar; simplemente estaba allí.
Vestía la túnica reglamentaria, impecable, sin una sola arruga, como si acabara de sacarla de una caja cerrada durante años. El capirote le cubría el rostro, quizá demasiado bajo, ocultando cualquier rasgo. Y el capricho —aquel paño oscuro que algunos hermanos llevaban como gesto de promesa o penitencia— lo llevaba anudado con tal firmeza que parecía formar parte de su propio cuerpo.
No saludó, no pidió permiso, no se presentó ante el hermano mayor ni ante los encargados del paso. Simplemente se colocó en su sitio, bajo la figura del Cristo yacente, como si siempre hubiera pertenecido allí.
—¿Y este quién es? —preguntó Mateo, uno de los más veteranos, al verlo colocarse.
—Ni idea, pero carga bien —respondió otro.
Desde el primer momento, el peso del Cristo parecía distribuirse de forma extraña, como si el nuevo absorbiera la mayor parte. Los hombros de los demás se relajaban al no notar tanto peso, pero nadie dijo nada, porque en la hermandad, cuando alguien cumple, no se hacen preguntas innecesarias.
La procesión de aquel año fue más larga de lo habitual. No por el recorrido, que siempre era el mismo, sino por las extrañas sensaciones que acompañaban al grupo. Las calles parecían más oscuras, los cirios ardían con una llama inquieta y el aire tenía ese olor a cera y humedad que se pegaba a la piel.
Cada vez que el paso se detenía, algunos costaleros aprovechaban para cambiar de postura, estirar el cuello o intercambiar impresiones en voz baja. El desconocido, no. Ni una palabra, ni un suspiro, ni una queja por el peso que llevaba.
—Oye, ¿te has fijado? —murmuró Mateo en una de las paradas.
—¿En qué?
—No ves que no respira.
—Claro que respira.
—Te digo que no.
Aunque no se atrevieron a comprobarlo.
Cuando el paso volvió a levantarse, el peso volvió a desplazarse hacia el nuevo. Mateo juró sentir algo más, como si la madera crujiera de forma distinta justo encima de aquel hombre.
Al finalizar la procesión, como siempre, los hermanos se reunieron en el patio trasero de la iglesia. Se quitaban los capirotes, intercambiaban abrazos y comentaban los incidentes del recorrido.
—Este año ha sido duro —comentó Mateo.
—¿Dónde está el nuevo? —preguntó otro.
Se hizo un silencio breve. Miraron alrededor y nadie lo vio.
—Estaba hace un momento —respondió alguien.
Lo buscaron sin demasiado empeño; al fin y al cabo, no era raro que alguien se marchara sin despedirse. Pero aquella ausencia dejó una sensación extraña.
Al año siguiente volvió. Nadie se sorprendió realmente. Apareció igual que la primera vez: sin ser visto llegar, sin saludar, sin decir una palabra. La misma túnica impecable, el mismo capricho anudado con idéntica rigidez. Y ocupó el mismo sitio.
—Esto ya no me gusta —comentó Mateo.
—Déjalo, el chico cumple —respondió el hermano mayor.
—Pero si ni siquiera sabemos quién es...
Esa noche, el recorrido se vio interrumpido por una lluvia suave. No fue un chaparrón, sino una llovizna persistente. El paso avanzaba con dificultad.
—¡Alto! —ordenó el capataz.
Cuando bajaron el paso, algunos se quitaron el capirote para secarse el sudor. Fue entonces cuando alguien lo vio.
—Las manos...
Mateo se giró. El desconocido había retirado ligeramente el capricho para ajustárselo y, por un instante, sus manos quedaron al descubierto. No eran manos normales. En el centro de cada una había una marca oscura, profunda, como una cicatriz antigua o como una herida que nunca había terminado de cerrarse.
—¿Has visto eso? —comentó otro.
—Sí… y en los pies también.
El capataz dio la orden de levantar de nuevo y el paso continuó su camino.
Esa noche, Mateo, después de la procesión, no se marchó. Se quedó sentado en uno de los bancos, observando al Cristo yacente. Vio que tenía las mismas heridas que el nuevo.
—No puede ser... —pensó.
Un ruido a su espalda lo hizo girarse. Era él. El desconocido. Sin capirote.
Por primera vez, Mateo vio su rostro.
—¿Quién eres?
El hombre no respondió. Solo dio un paso hacia el Cristo.
—Te he visto las manos y los pies...
Entonces, el desconocido habló:
—Mateo, te doy las gracias por siempre cargar con mi peso.
—¿Qué significa eso?
El desconocido caminó hacia la salida de la iglesia. Dejaba gotas de sangre que caían de sus manos y sus pies. Mateo intentó acercarse, pero cayó de rodillas, incapaz de alcanzarlo.
Al día siguiente encontraron a Mateo de rodillas en el suelo, llorando. No explicó a nadie lo sucedido; nadie le habría creído.
El desconocido no volvió al año siguiente.
Y Mateo entendió que ahora le correspondía a él ocupar su lugar bajo la figura del Cristo yacente.







