Los días previos a los Campeonatos Mundiales de Natación estuvieron marcados por la emoción. Las ciudades se llenaron de carteles gigantes con las imágenes de los mejores nadadores del planeta. Los hoteles estaban completos, las televisiones preparaban retransmisiones especiales y millones de personas esperaban el comienzo de uno de los acontecimientos deportivos más importantes del año.
Lo que nadie sabía era que, a cientos de kilómetros de las piscinas, en unas instalaciones ocultas bajo la apariencia de un laboratorio de investigación acuática, un grupo de científicos llevaba años realizando experimentos prohibidos.
No trabajaban para ningún gobierno conocido ni para ninguna organización oficial. Sus nombres nunca aparecían en publicaciones científicas y toda la información relacionada con el proyecto era absolutamente secreta.
Su objetivo era tan extraño como aterrador: conseguir que pirañas salvajes pudieran sobrevivir en piscinas tratadas con cloro y otros productos químicos.
Las primeras pruebas fueron un desastre. Los peces morían en cuestión de minutos. Después comenzaron a modificar lentamente la composición del agua y a seleccionar únicamente los ejemplares más resistentes. Semana tras semana, mes tras mes, el experimento fue dando resultados.
Al final obtuvieron una pequeña población capaz de soportar las condiciones de cualquier piscina. A aquella especie modificada la llamaron «Serie Zeta».
Los científicos contemplaban aquellos acuarios con una mezcla de orgullo y miedo. Las pirañas parecían incluso más agresivas que sus antecesoras. Permanecían inmóviles durante largos minutos y, en cuanto detectaban una vibración, se lanzaban todas al mismo tiempo.
Una noche, uno de los investigadores preguntó:
—¿De verdad vamos a hacerlo?
El director del proyecto ni siquiera levantó la vista de los documentos.
—El mundo tiene que saber que nadie está seguro.
Llegó el día de la inauguración. El complejo acuático era espectacular. Miles de aficionados llenaban las gradas con banderas de todos los países participantes. Las cámaras recorrían lentamente al público mientras los comentaristas hablaban del estado de forma de los favoritos.
Mientras tanto, en los niveles inferiores del edificio, lejos de las cámaras, varios operarios vestidos con uniformes de mantenimiento recorrían silenciosamente las salas técnicas. Empujaban pequeños carros metálicos y nadie les prestó atención. Parecían formar parte del personal del recinto.
Cada carro transportaba depósitos herméticamente sellados. En su interior apenas se apreciaba movimiento, solo un leve golpeteo.
La ceremonia terminó entre fuegos artificiales. La primera prueba estaba a punto de comenzar.
Los nadadores salieron hacia la piscina entre aplausos ensordecedores. Las cámaras enfocaban sus rostros concentrados. En millones de hogares, las familias observaban las pantallas de televisión. Todo el planeta parecía mirar hacia aquella piscina.
En la sala de filtrado, varias compuertas comenzaron a abrirse lentamente. Los operarios vaciaron los depósitos que contenían los animales.
Las pirañas desaparecieron por los conductos, impulsadas por la corriente del agua. Nadie podía verlas. El sistema hidráulico las distribuía silenciosamente hacia las distintas piscinas del recinto.
El cronómetro inició la cuenta atrás.
Cinco...
Cuatro...
Tres...
Dos...
Uno...
La salida sonó con un pitido agudo y los nadadores se lanzaron al agua.
Durante los primeros segundos todo parecía completamente normal. Las brazadas eran potentes y el público rugía de entusiasmo.
De pronto, uno de los competidores se detuvo. Giró sobre sí mismo y miró debajo del agua. Su expresión cambió por completo. Intentó gritar, pero solo consiguió tragar agua. Comenzó a agitar brazos y piernas desesperadamente.
Varios metros más atrás, otro nadador empezó también a golpear el agua con violencia.
Los espectadores pensaban que se trataba de un calambre.
Entonces apareció una enorme mancha roja que comenzó a extenderse lentamente por el carril.
El comentarista de televisión exclamó con un hilo de voz:
—¿Qué está ocurriendo?
Las cámaras dejaron de enfocar la piscina.
Los socorristas corrían.
Los jueces gritaban.
Algunos nadadores intentaban salir del agua de cualquier manera. Otros parecían luchar contra algo invisible bajo la superficie.
El agua hervía de movimientos.
En las gradas nadie comprendía lo que estaba sucediendo.
Una mujer preguntó:
—¿Es un simulacro?
Su marido permaneció con la vista fija en la piscina y gritó:
—¡Hay algo dentro!
Entonces una piraña saltó fuera del agua.
Durante unos segundos, cientos de personas pudieron verla con absoluta claridad.
El silencio duró apenas un instante.
Después llegó el pánico.
Miles de espectadores intentaron abandonar el recinto al mismo tiempo. La gente empujaba sin mirar atrás. Solo se escuchaban gritos, niños llamando a sus padres y padres buscando desesperadamente a sus hijos. Otros permanecían completamente inmóviles, incapaces de comprender lo que estaba ocurriendo.
La policía registró toda la instalación y descubrió que el sistema hidráulico había sido manipulado para introducir los animales en las piscinas.
Se necesitaron dos años para limpiar completamente el complejo de pirañas.
Al tercer año, un nuevo Campeonato Mundial volvió a celebrarse en el mismo lugar. Todo transcurría con absoluta normalidad.
Nadie sabía que, en un rincón oculto de las tuberías, una única piraña había sobrevivido y se había reproducido.
Seguía allí.
Esperando el momento de volver a atacar.


.jpg)






