Cinco horas.
Eso fue lo que predijo el profesor Julián Aranda: cinco horas para que el meteorito impactara en la Tierra, concretamente cerca de Calella. Al principio, nadie lo tomó en serio.
El anuncio se produjo en una rueda de prensa improvisada en el Observatorio Astronómico Nacional. Las cámaras enfocaban el rostro cansado de Aranda, famoso por haber anticipado la caída de numerosos meteoritos y el paso de cometas con una precisión casi milimétrica.
Años atrás había predicho la caída de un pequeño meteorito en Marruecos con una desviación de apenas tres kilómetros. Desde entonces, para todo el mundo era un genio.
—Impactará en cinco horas —repitió en voz alta—.
Las probabilidades superan el 92 %. El punto estimado del impacto se sitúa a poca distancia de Calella.
Los periodistas rieron con ironía. Algunos pensaron que era una exageración.
En Calella, mientras tanto, el sol comenzaba a descender sobre el Mediterráneo. El mar estaba en calma, ajeno a cualquier amenaza cósmica. En la parte más alta del pueblo, perdido entre las montañas, vivía la familia Gázquez. Su casa de piedra estaba en la ladera desde hacía varias generaciones. Allí el viento olía a pino y sal, y las noches eran tan claras que se podían contar las estrellas.
Antonio, el padre, escuchó la noticia por la vieja radio de la cocina y se quedó inmóvil.
—Dicen que caerá por aquí —murmuró.
Su mujer, Elena, soltó una risa irónica.
—Siempre dicen cosas. ¿Te acuerdas del fin del mundo?
Ya había pasado una hora desde el aviso cuando las agencias espaciales empezaron a confirmar la noticia. El objeto, denominado 2026-KX7, no era muy grande, pero sí lo suficiente para arrasar varios kilómetros en su choque con la Tierra.
En redes sociales, el nombre de Calella empezó a repetirse miles de veces por minuto. Las predicciones cada vez eran más seguras: del 92 % se pasó al 94 %, y después al 96 %.
En casa de los Gázquez, la televisión sustituyó a la radio. Aparecieron mapas con un círculo rojo. El círculo marcaba exactamente la montaña donde ellos vivían.
Marc, el hijo mayor, de diecisiete años, se quedó pálido.
—Papá… estamos dentro del círculo.
El padre no respondió. Fuera, el cielo aún era azul, pero algo había cambiado. En el firmamento, apenas perceptible, se veía un punto brillante.
El ayuntamiento de Calella emitió un comunicado preventivo. No se hablaba de evacuación, solo de precaución ante un posible evento astronómico. La gente salía a las terrazas; algunos reían al mencionar la “piedra espacial”. El profesor Aranda, en cambio, ya no sonreía.
Faltaban tres horas cuando el 2026-KX7 entró oficialmente en la categoría de impacto inevitable. La probabilidad superaba el 99 %. Las risas empezaron a desaparecer.
La autopista comenzó a congestionarse. Turistas que acababan de llegar preguntaban si aquello era real. Helicópteros sobrevolaban la zona; los servicios de emergencia empezaron a desplegarse en las afueras. En la montaña, el viento cambió.
Elena salió al pequeño jardín de la entrada. El aire era espeso, como antes de una tormenta.
—Tenemos que irnos —dijo, asustada.
Antonio dudó. La estrecha carretera que descendía serpenteando la montaña empezaba a llenarse de coches.
—Si salimos ahora y todos hacen lo mismo, quedaremos atrapados.
Marc encendió el móvil. Los foros estaban saturados. Un astrónomo aficionado había captado el objeto con un telescopio doméstico.
—Ya se ve.
El silencio en la familia se hizo cada vez más intenso.
Faltaban dos horas y, aunque aún no se distinguía con claridad, el punto luminoso era cada vez mayor.
En la televisión, el profesor Aranda explicaba con voz temblorosa:
—No es un evento de extinción, pero la zona de impacto quedará devastada.
Elena preparó una mochila con documentos, agua y mantas.
—Nos vamos.
Pero al intentar arrancar el coche, el motor no respondió. Uno, dos, tres, cuatro intentos… y nada.
La carretera, vista desde arriba, impresionaba: vehículos detenidos, luces intermitentes. Algunos colocaban la baliza V-16, pero nada parecía suficiente para escapar del desastre.
Era la última hora. El meteorito ya era visible a simple vista y el ruido comenzaba a ser atronador. Las autoridades ordenaron evacuación inmediata en un radio de diez kilómetros. Demasiado tarde.
En la casa, los Gázquez apagaron luces y cerraron puertas y ventanas, como si aquello pudiera servir de algo.
Antonio abrazó a su hija pequeña, Laia, que lloraba sin comprender nada.
—¿Nos vamos a morir? —preguntó la niña.
La pregunta quedó suspendida en el aire. Nadie se atrevió a contestar.
El suelo empezó a vibrar. No era el impacto todavía: era el sonido del meteorito atravesando las capas atmosféricas a una velocidad endiablada.
Marc miró por la ventana. Ya no era un punto: era una bola incandescente. El mundo parecía haberse reducido a ese fuego que descendía del cielo.
Antonio tomó una decisión.
—¡Vamos al sótano!
Bajaron los escalones a toda prisa. El refugio era una antigua bodega excavada en la roca de la montaña.
La luz fue lo primero: una claridad absoluta que atravesó todas las rendijas. Luego, el silencio. Y finalmente, la onda expansiva.
La montaña rugió como un animal herido. El polvo cayó del techo. La presión aplastó los oídos y todo el sótano vibró. Laia gritó. Elena cubrió el cuerpo de la niña con el suyo. Antonio apretó los dientes, esperando el derrumbe final.
Y luego… nada.
Antonio subió lentamente las escaleras. Abrió la puerta.
Lo que vio no parecía la Tierra. La montaña había desaparecido. Todo había desaparecido… excepto el fragmento exacto donde se asentaba la casa, agrietada pero aún en pie.
En Calella, la gente miraba hacia la montaña con una mezcla de terror y asombro. El pueblo había sufrido daños: cristales rotos, fachadas agrietadas… pero seguía en pie.
La familia fue evacuada en helicóptero. Mientras descendían, Elena miró el cráter del impacto.
—¿Todo se perdió? —preguntó.
Antonio la miró y apretó su mano.
—No todo. Estamos vivos.










