El tanatorio de San Gregorio estaba en las afueras de la ciudad, rodeado por una extensa arboleda de cipreses que parecían vigilar el edificio día y noche. Era un lugar moderno, construido con mármol gris y grandes ventanales, pero había algo que siempre provocaba una sensación incómoda. Quizá era el silencio permanente o la manera en que la espesa niebla lo envolvía durante las madrugadas.
Aquella semana había sido especialmente difícil. Cuatro funerales se celebraban simultáneamente. En la sala uno descansaba el cuerpo de un anciano que había fallecido mientras dormía. En la sala dos estaba una mujer que había sufrido un accidente de tráfico. La tercera sala acogía a un joven cuya muerte inesperada había conmocionado a toda la ciudad y, en la cuarta, se encontraba una anciana conocida por todo el pueblo como doña Teresa.
Durante el día, el tanatorio funcionaba con absoluta normalidad. Familiares entrando y saliendo, flores frescas colocadas junto a los féretros... Todo parecía normal. Nada resultaba extraño.
Sin embargo, al caer la noche, la tranquilidad desaparecía. Los vigilantes nocturnos llevaban semanas comentando sucesos extraños, pero nadie les creía.
Aquella noche estaban de servicio Roberto y Esteban. A las diez cerraron las puertas principales, comprobaron las alarmas, encendieron las luces de seguridad y comenzaron su ronda habitual.
—¿Has oído algo? —preguntó Esteban.
—Nada, y espero que siga así —contestó Roberto.
A las once y media escucharon el primer ruido.
Toc... toc... toc...
Parecía provenir de la sala tres.
Se miraron. Tenían miedo. Ninguno quería acercarse. Finalmente caminaron por el pasillo. Cuando llegaron encontraron la puerta abierta. Lo extraño era que estaban seguros de haberla cerrado.
Dentro todo parecía normal. El féretro seguía en su sitio. Las flores también. Pero el aire se sentía muy frío, un frío intenso que parecía salir de las paredes.
—Vámonos... —dijo Roberto.
A medianoche ocurrió algo peor.
Las cámaras de seguridad comenzaron a fallar. Las pantallas mostraban interferencias y aparecían figuras borrosas. Durante unos segundos se distinguió una silueta inmóvil al final de un pasillo. Luego desapareció.
Esteban aumentó el zoom de las cámaras.
No había nadie.
—Esto no me gusta nada.
—A mí tampoco.
Mientras observaban los monitores, una de las cámaras mostró algo sorprendente.
La puerta de la sala uno se abrió sola, lentamente, como si alguien acabara de salir.
Corrieron hacia allí.
El pasillo estaba vacío, pero una de las coronas funerarias había aparecido tirada en el suelo y, sobre el frío mármol, había unas marcas húmedas que parecían huellas.
Las siguieron.
Conducían hacia el sótano, el lugar que más temor producía en todo el edificio. Allí se encontraban los archivos antiguos, el almacén y las cámaras frigoríficas.
Bajaron las escaleras.
Cada peldaño parecía más oscuro que el anterior.
Las luces parpadeaban.
El silencio era absoluto.
Entonces escucharon una débil voz lejana, como si alguien hablara detrás de una pared.
—¿Has oído eso?
—Sí... —respondió Roberto.
El sonido continuó.
Era imposible distinguir las palabras.
Parecían varias voces hablando al mismo tiempo.
De pronto todas callaron.
Solo quedó una voz.
—Ayudadnos...
Los dos vigilantes quedaron paralizados.
El miedo les impedía moverse.
Entonces una puerta metálica se cerró violentamente.
¡PLAF!
El estruendo retumbó por todo el sótano.
Roberto soltó una maldición.
Subieron las escaleras corriendo, a punto de caerse.
Esa noche apenas lograron terminar su turno.
El miedo los tenía completamente bloqueados.
Al amanecer, cuando llegaron los empleados, descubrieron algo inquietante.
Todos los muebles de las cuatro salas habían cambiado de lugar.
Las sillas estaban colocadas formando círculos.
Las mesas se habían desplazado varios metros.
Los cuadros aparecían girados hacia la pared.
Nadie podía explicarlo.
Las grabaciones de las cámaras solo mostraban interferencias.
Nada más.
Durante los siguientes días los fenómenos aumentaron.
Algunos afirmaban ver personas caminando por los pasillos.
Incluso un empleado aseguró haber visto a una anciana sentada junto a una ventana.
La cuarta noche resultó especialmente aterradora.
Roberto llegó con la intención de pedir el traslado.
Ya no soportaba trabajar allí.
Sin embargo, necesitaba el empleo.
A las doce y cuarto las luces se apagaron completamente.
Todo quedó sumido en la oscuridad.
Solo funcionaban las luces de emergencia, suficientes para distinguir las sombras.
Los pasillos parecían interminables.
Entonces escucharon pasos.
Procedían de la sala cuatro.
Cogieron las linternas y avanzaron con temor.
Cuando llegaron, la puerta estaba abierta.
Dentro no había nadie.
Pero algo había cambiado.
El féretro estaba abierto.
Vacío.
Los dos vigilantes retrocedieron aterrados.
Entonces escucharon unos murmullos detrás de ellos.
Se giraron.
Al fondo del pasillo vieron la figura de una anciana vestida completamente de negro.
Ninguno fue capaz de hablar.
Corrieron hacia la sala de control.
Las cámaras mostraban algo aún peor.
Las cuatro puertas de los velatorios estaban abiertas y varias figuras caminaban lentamente por los pasillos.
La imagen se cortó.
Dos minutos después volvió la señal.
Los pasillos estaban vacíos.
Todo había regresado a su sitio.
El féretro estaba cerrado y el cuerpo descansaba nuevamente en su interior, como si nada hubiera sucedido.
Una semana después, la dirección decidió contratar a una médium.
La mujer recorrió todo el edificio y pidió permanecer allí una noche entera.
A las dos de la madrugada reunió a los vigilantes.
—No están enfadados.
—¿Quiénes? —preguntaron.
—Los espíritus.
—Entonces... ¿qué quieren?
—Paz.
La médium explicó que percibía una presencia muy antigua, algo que permanecía oculto bajo el edificio.
Decidieron investigar.
Descubrieron una historia perturbadora.
Décadas atrás, aquel terreno había pertenecido a un antiguo hospital.
Muchos fallecidos sin familia fueron enterrados en fosas improvisadas.
Jamás recibieron una sepultura digna.
Sus almas olvidadas seguían allí.
Aquella misma noche realizaron una sencilla ceremonia pidiendo descanso para los muertos.
Entonces comenzaron a aparecer figuras por todos los rincones del edificio.
Los pasillos se llenaron de presencias silenciosas.
Y ocurrió algo extraordinario.
Las figuras empezaron a desvanecerse lentamente, una tras otra, como humo arrastrado por el viento.
Por primera vez en semanas, el silencio resultó agradable.
Sin embargo, Roberto nunca olvidaría lo que vio antes de marcharse.
Mientras realizaba una última ronda pasó frente a la sala cuatro.
La puerta estaba entreabierta.
Miró hacia el interior.
Allí estaba la anciana de negro.
Esta vez podía ver claramente su rostro.
Sonreía.
Levantó una mano en señal de despedida.
Después desapareció lentamente.
Roberto cerró la puerta y nunca contó lo ocurrido.
Sabía que nadie le creería.
Desde entonces, en las noches más oscuras, cuando el viento sopla entre los cipreses del tanatorio, quienes pasan cerca aseguran escuchar un débil murmullo entre las sombras.
Solo repite una única palabra.
—Gracias.










