Ramón nunca creyó en fantasmas… hasta aquella tarde.
Era un día cualquiera, de esos que parecen destinados a no dejar ningún recuerdo en tu vida. Ramón regresaba a casa después del trabajo cuando, al entrar en un edificio, se cruzó con un hombre desconocido que salía apresuradamente.
El desconocido se detuvo.
—El ascensor no funciona. Utilice las escaleras —le dijo.
Ramón miró hacia el ascensor. Las puertas estaban cerradas y no parecía haber nadie dentro. No le dio más importancia, enfiló las escaleras y comenzó a bajar.
Cuando estaba a mitad del trayecto, escuchó el sonido inconfundible del ascensor. Las puertas se abrieron en el piso inferior.
Ramón pensó que aquel hombre le había tomado el pelo.
Entonces escuchó el ruido de varias personas entrando en el ascensor.
—¡Esperen! —gritó Ramón.
Nadie le oyó y el ascensor comenzó a subir.
Ramón continuó bajando. Cuando llegó al vestíbulo, apenas habían pasado unos segundos.
Entonces escuchó un fuerte estruendo.
Un golpe seco.
El edificio pareció estremecerse.
Alguien gritaba desde el hueco del ascensor.
Ramón corrió hacia allí, pero ya era demasiado tarde. El ascensor había caído al fondo del hueco. Todos sus ocupantes habían muerto.
Ramón no podía dejar de pensar en aquel hombre que le había dicho que no utilizara el ascensor.
Intentó olvidar el triste suceso y, durante casi dos años, lo consiguió.
Hasta que un día volvió a verlo.
Ocurrió en una carretera que atravesaba un enorme puente.
Ramón viajaba solo cuando, a pocos kilómetros de llegar al puente, encontró a un hombre junto a la carretera. El hombre levantó una mano.
Ramón frenó.
—No siga por el puente —dijo el desconocido.
—¿Por qué?
—Hay un coche averiado bloqueando el paso. Tome el desvío. Tardará unos minutos más, pero llegará igualmente.
Ramón miró hacia el puente y después al hombre. Había algo extraño en su mirada.
Finalmente, tomó el desvío.
Durante varios kilómetros condujo por una carretera solitaria. Finalmente, llegó al otro lado del puente.
Se encontró con varios coches que circulaban normalmente.
Ramón se enfureció.
—Me ha hecho dar toda esta vuelta para nada —murmuró.
Entonces miró hacia atrás.
Un coche atravesaba el puente, seguido de varios más.
Ramón estaba a punto de arrancar cuando escuchó un ruido que jamás olvidaría.
Un fuerte crujido.
El puente comenzó a hundirse.
Ramón contempló con horror cómo la estructura se desplomaba y los vehículos caían al vacío.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Después llegaron los gritos.
Las piernas le temblaban a Ramón.
Entonces recordó al hombre que le había hecho tomar el desvío.
No lo veía por ningún lado.
Pasaron los años y Ramón envejeció sin conseguir olvidar aquellos dos acontecimientos.
A veces pensaba en el desconocido, en sus ojos, en su voz… pero jamás volvió a verlo.
Hasta aquella mañana.
Ramón entró en una sucursal bancaria. Apenas había cruzado la puerta cuando alguien salió del banco.
—No entre.
—¿Cómo dice?
—Las cajas no funcionan. Hay un problema con el sistema. No podrá hacer nada.
Ramón lo miró.
Aquella voz…
Por un momento, sintió un escalofrío.
—¿Nos conocemos?
El hombre no respondió. Simplemente se alejó.
Ramón se quedó parado durante unos segundos. Después decidió ir a otro banco.
Hizo sus gestiones y, cuando salió, escuchó sirenas.
Muchas.
Policía.
Ambulancias.
Personas corriendo.
La gente señalaba hacia el primer banco.
Entonces escuchó la noticia.
Unos asaltantes habían entrado en la sucursal y algo había salido mal. Al no poder abrir las cajas, se pusieron nerviosos y comenzaron a disparar.
Todos los que estaban dentro habían muerto.
Ramón sintió un frío terrible.
Pero no era por miedo.
Era por aquel hombre.
Había sido el mismo de las otras veces.
La tercera vez que le salvaba la vida.
Ramón volvió a la sucursal varias horas después. La policía había acordonado la entrada.
Logró convencer a un agente para que le permitiera ver las cámaras de seguridad del exterior.
Ramón apareció entrando.
Después, salió.
Pero algo no encajaba en la grabación.
Ramón estaba hablando solo.
No había nadie delante de él.
Vio la grabación varias veces.
Siempre ocurría lo mismo.
Salió de allí con verdadero terror.
¿Quién era aquel hombre?
¿Por qué le había salvado tres veces?
¿Y por qué nadie podía verlo?
Aquella noche, Ramón no podía dormir.
Tres veces había estado a punto de morir.
Y las tres veces había aparecido aquel hombre.
Las tres veces lo había salvado.
Y las tres veces había desaparecido sin dejar rastro.
Cuando por fin consiguió dormirse, Ramón se despertó sobresaltado.
Había escuchado una voz muy cerca.
—Ramón…
No había nadie.
Se levantó y encendió la luz.
Nada.
Entonces escuchó tres golpes en la puerta.
Toc. Toc. Toc.
Ramón se acercó lentamente.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
Miró por la mirilla.
El pasillo estaba vacío.
Cuando se apartó de la puerta, escuchó una voz al otro lado.
Era aquella voz.
La voz del hombre que le había salvado la vida tres veces.
Ramón se quedó paralizado.
Escuchó unos pasos alejándose por el pasillo.
Corrió hacia la ventana.
Pudo ver a un hombre caminando bajo la luz de las farolas.
De repente, se detuvo.
Giró lentamente la cabeza.
Y miró directamente hacia la ventana de Ramón.
El hombre desapareció entre las sombras.
Ramón nunca pudo explicar por qué había regresado.
Hasta que, una semana después, recibió una carta sin remitente.
Dentro solo había una frase escrita a mano:
—Todavía no era tu hora.
Debajo había una fecha.
Una fecha que aún no había llegado.
Desde aquel día, Ramón dejó de temer a la muerte.
Lo que realmente temía era que llegara aquella fecha.
Y que el hombre regresara por última vez.
Porque quizá las tres veces anteriores no había vuelto para salvarlo.
Quizá había regresado para asegurarse de que Ramón llegaba con vida hasta el día que realmente le correspondía morir.
Y entonces comprendió algo que le heló la sangre:
La próxima vez que aquel hombre apareciera, no vendría para advertirle.
Vendría para llevárselo.








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