La secta llevaba siglos siguiendo una tradición que, para cualquiera que estuviera fuera de ella, habría parecido absurda y aterradora.
Cada cierto número de años, cuando consideraban que su dios tenía que ser reemplazado, todos sus miembros se reunían para elegir al siguiente. Sin embargo, aquella elección tenía una única regla que jamás podía romperse:
«El nuevo dios tenía que estar muerto».
No bastaba con ser el miembro más fiel, ni el más sabio, ni siquiera el que hubiera hecho más sacrificios por la secta. Tampoco importaban los años de servicio o las pruebas de lealtad. Para convertirse en dios había que morir.
Aquella noche había doscientos candidatos. Los doscientos estaban vivos y todos querían ser el elegido... o, al menos, eso era lo que decían.
La reunión se celebró en una enorme sala circular, iluminada únicamente por unas pocas lámparas colocadas alrededor de las paredes. En el centro había una gran mesa con una enorme bandeja que contenía doscientos vasos. Todos eran exactamente iguales y todos contenían la misma cantidad de líquido transparente.
Todos menos uno.
Ese contenía el veneno letal.
Quien lo bebiera moriría delante de todos. Ese era el ritual.
Todos cogerían un vaso al azar y beberían su contenido. Uno de ellos moriría y sería proclamado como el nuevo dios.
Jan permanecía sentado entre los demás, observando los vasos. Aunque intentaba aparentar tranquilidad, sentía un nudo en el estómago.
Quería ser el elegido.
Había dedicado años de su vida a la secta y había demostrado su lealtad en muchas ocasiones. Pero había una diferencia entre querer convertirse en dios y querer morir.
Jan quería solo lo primero.
Mientras el líder explicaba una vez más las reglas, Jan empezó a pensar. Entonces tuvo una idea.
No era perfecta, pero podía funcionar.
Cuando llegara el momento, tomaría uno de los vasos y pediría permiso para retirarse a su habitación antes de beber. Una vez allí, tiraría el líquido por la ventana y llenaría el vaso con agua.
Después solo tendría que esperar.
Si alguien moría en la sala, significaría que el veneno estaba en otro vaso. Si nadie moría, el veneno estaría en el suyo. En ese caso, regresaría con los demás y diría que había recibido una misión divina: no tenía que morir, sino que debía seguir con vida para llevar las enseñanzas de la secta por todo el mundo.
Nadie discutiría una revelación divina.
La ceremonia comenzó.
Los doscientos miembros se levantaron y, uno tras otro, fueron tomando un vaso de la bandeja. Algunos bebían inmediatamente; otros lo hacían poco a poco. Algunos cerraban los ojos, mientras que otros rezaban. Incluso había quienes se dirigían a alguno de los rincones de la sala para meditar antes de beber.
Finalmente llegó el turno de Jan.
Se acercó a la bandeja y tomó uno de los vasos.
—Quiero beber en la soledad de mi lugar de descanso —pidió Jan al líder.
—Puedes hacerlo.
Jan se dirigió lentamente hacia su habitación. No quería llamar la atención.
Mientras avanzaba, escuchó cómo los demás continuaban con el ritual.
Nadie moría.
Finalmente llegó a su habitación. Cerró la puerta, esperó unos segundos y después abrió la ventana. Miró hacia fuera.
No había nadie.
Vació el contenido del vaso y después lo llenó con agua. Lo dejó sobre la mesita y ahora solo tenía que esperar.
Durante varios minutos escuchó todo lo que ocurría en la sala.
Seguían bebiendo.
Pero ninguno caía fulminado.
Si nadie había muerto, el veneno tenía que estar en su vaso.
De repente escuchó:
—Solo quedan tres.
Era el líder.
—No podemos seguir esperando.
Los dos que quedaban en la sala, cada uno con su vaso, decidieron hacerlo a la vez.
Jan esperó varios segundos.
Los dos continuaban de pie.
Jan sintió cómo se le helaba la sangre.
Si seguían vivos, él era el elegido.
Había funcionado.
El veneno estaba en su vaso.
Ahora solo tenía que dejar que todos creyeran que el agua era el veneno.
Escuchó muchos pasos acercándose a su estancia.
Llamaron a su puerta.
Jan esperó unos segundos y después abrió.
Frente a él había una multitud. Todos los miembros de la secta estaban allí. Lo miraban fijamente y también miraban el vaso que estaba lleno.
—Te toca. Solo quedas tú. Si nadie hizo trampa, tú serás el elegido.
Jan se dirigió pausadamente hacia la mesita donde estaba el vaso. Lo cogió con las dos manos y se lo llevó a la boca.
Él sabía que no tenía veneno.
Los demás no.
Fueron unos segundos interminables.
Jan ingirió todo el líquido del vaso y permaneció de pie, igual que los demás.
El líder levantó la mano, pidiendo tranquilidad.
—Alguien ha hecho trampa —dijo—. Pero tenemos que averiguar quién.
El líder ordenó a todos que regresaran a sus habitaciones para meditar e intentar descubrir al farsante.
Fue una noche larga.
A todos les costó dormir.
Jan despertó muy nervioso. No había nadie levantado. Llamó a la puerta del líder para hablar con él.
Nadie respondió.
Jan abrió la puerta.
El líder estaba muerto sobre su cama.
Jan sintió un escalofrío.
Fue visitando una por una todas las habitaciones.
Todos estaban muertos.
Todos menos él.
Entonces comprendió lo que había ocurrido.
Alguien había añadido un veneno que tardaba varias horas en hacer efecto. El líquido de los vasos no había sido el verdadero peligro. El veneno había empezado a actuar después de que todos se retiraran a sus habitaciones.
Todos habían muerto.
Solo quedaba Jan.
Miró a su alrededor y comprendió que, sin haberlo planeado, había ganado.
Sonrió.
Aquella misma mañana se autoproclamó dios.
Y así, sobre los cadáveres de los doscientos miembros de la antigua secta, nació una nueva.
Una secta cuyo dios, por primera vez en siglos, estaba vivo.








