El mundo entero contuvo la respiración cuando el cohete Conqueror abandonó la Tierra envuelto en una columna de humo y fuego.
No era una misión de exploración ni un viaje de ida y vuelta. Era el comienzo de una nueva era. Dos personas iban a convertirse en los primeros habitantes permanentes de la Luna.
Sus nombres eran Laura y Adrián. Ella era ingeniera; él, astrofísico. Marido y mujer desde hacía ocho años, habían sido elegidos no solo por sus conocimientos, sino porque los psicólogos aseguraban que su relación era lo bastante fuerte para soportar el aislamiento absoluto.
Antes del despegue, un periodista les preguntó cuál era su mayor miedo.
—Quedarme sola —respondió Laura con una sonrisa.
Adrián contestó sin apartar la vista del cielo.
—Descubrir que nunca lo estuvimos.
Nadie entendió aquellas palabras.
Cinco días después, el módulo descendió lentamente sobre el Mar de la Tranquilidad, famoso por ser el lugar donde aterrizó el Apolo XI. El paisaje era un océano de roca gris. No había viento, ni agua, ni siquiera sonido. Solo un horizonte infinito y una oscuridad tan profunda que parecía devorar la luz.
La base Artemisa, construida por robots durante años, los esperaba intacta. Era un conjunto de módulos semienterrados bajo toneladas de polvo lunar; un refugio en medio del desierto más desconocido del universo.
Los primeros meses transcurrieron con total normalidad. Cada mañana cultivaban verduras en los invernaderos, reparaban equipos averiados y enviaban informes a la Tierra. Por las noches observaban el planeta suspendido en la inmensidad.
—Parece una lámpara encendida en medio de la nada —comentó Laura.
—Y nosotros somos las polillas que se alejaron demasiado —respondió Adrián.
Poco a poco, el entusiasmo dio paso al silencio.
Laura empezó a tener pesadillas. Siempre era la misma. Caminaba por un bosque cubierto de niebla, escuchaba pasos detrás de ella y, al girarse, no había nadie. Justo antes de despertar, una voz le susurraba:
—Mira hacia arriba.
Y cada noche veía lo mismo: la Luna flotando en medio de la oscuridad.
Mientras tanto, Adrián desarrolló una costumbre preocupante. Pasaba horas revisando las cámaras exteriores. Decía que algo no encajaba. El paisaje cambiaba. Había pequeñas diferencias diarias imposibles de explicar: una piedra que se desplazaba unos metros, una colina que cambiaba ligeramente de forma, una grieta que parecía moverse.
Comparó cientos de fotografías. Los cambios existían. Eran mínimos, pero reales.
Control Terrestre lo atribuyó a diferentes condiciones de iluminación. Adrián fingió creerles, aunque en realidad no lo hacía.
La primera señal llegó el día ciento veintitrés.
Los sismógrafos registraron vibraciones bajo la base. No eran terremotos lunares. Tenían un ritmo.
Tres golpes.
Pausa.
Tres nuevos golpes.
Nueva pausa.
Y así durante varios minutos.
Como si alguien llamara desde las profundidades.
A la mañana siguiente encontraron algo inexplicable.
Frente a la escotilla principal había una fila perfecta de huellas.
No pertenecían a ningún traje espacial. Tenían tres dedos largos que terminaban en puntas afiladas.
Lo más aterrador era que no comenzaban en ningún sitio. Las primeras aparecían de repente y las últimas desaparecían igual, como si quien las hubiera dejado hubiera salido del suelo... y luego hubiera regresado a él.
Laura dejó de dormir.
Adrián descuidó su aspecto; ni siquiera se afeitaba.
La tensión crecía.
Entonces comenzaron los susurros.
No eran sonidos, porque en la Luna el sonido no viaja.
Aquellas voces nacían directamente dentro de sus cabezas. Apenas eran palabras, y cada uno escuchaba frases distintas. Nunca coincidían.
Una noche, Laura despertó sobresaltada.
Adrián no estaba en la cama.
Lo encontró en el módulo de observación, inmóvil, mirando la oscuridad.
—¿Qué haces?
Él no respondió.
Solo señaló el cristal.
A más de un kilómetro de distancia había varias figuras sobre una pequeña montaña.
Eran muy altas.
Demasiado delgadas para ser humanas.
No se movían.
Parecían estatuas.
Laura cogió los prismáticos.
No vio nada.
Las figuras habían desaparecido.
Cuando revisaron la grabación, tampoco aparecían.
Solo el paisaje vacío.
—Las hemos visto los dos —dijo Laura.
Las semanas siguientes el miedo fue creciendo.
Las herramientas aparecían ordenadas formando círculos.
Las puertas se abrían solas.
Las luces parpadeaban siempre a la misma hora.
Las 03:33.
Una madrugada, la inteligencia artificial anunció:
—Presencia biológica detectada.
Los dos corrieron al centro de control.
Buscaron un origen en las pantallas.
No había nada.
El ordenador insistió:
—Presencia biológica detectada. Ubicación...
Guardó silencio durante unos segundos.
Después apareció una única palabra.
INTERIOR
Registraron cada habitación.
No encontraron nada.
Sin embargo, la sensación de no estar solos ya era insoportable.
La verdadera pesadilla comenzó dos noches después.
Toda la electricidad se apagó.
Las baterías de emergencia tardaron treinta segundos en activarse.
Treinta segundos de oscuridad absoluta.
Treinta segundos eternos.
Laura sintió una respiración junto a su oído.
No era la de Adrián.
Era lenta.
Profunda.
Muy cerca.
Intentó gritar.
Algo rozó suavemente su casco.
Entonces escuchó una voz, perfectamente clara.
—No encendáis la luz.
Las baterías arrancaron.
La base volvió a iluminarse.
No había nadie.
Pero en la pared apareció una frase escrita con polvo negro.
"Si nos miráis, nos despertaréis."
Adrián quiso informar inmediatamente.
La Tierra no respondió.
Una tormenta solar había interrumpido todas las comunicaciones.
Estaban completamente solos.
Aquella misma tarde salieron al exterior para inspeccionar los paneles solares.
Fue entonces cuando Laura levantó la vista hacia un enorme cráter situado al norte.
Miles de siluetas permanecían inmóviles en la cima.
Miles.
No se movían.
No respiraban.
Solo observaban.
Adrián giró la cámara del casco.
La pantalla mostraba el cráter completamente vacío.
Volvió a mirar directamente.
Las figuras seguían allí.
Entonces comprendieron algo aterrador.
Las cámaras no podían verlas.
Solo el ojo humano.
Regresaron corriendo.
Sellaron todas las puertas.
Durante horas nadie habló.
A medianoche sonó un golpe.
Luego otro.
Y otro más.
No provenían de las puertas.
Venían del techo.
Algo caminaba sobre la base.
Pasos lentos.
Pesados.
Durante casi dos horas.
Después...
Silencio.
Laura reunió el valor suficiente para mirar por una de las ventanas.
Lo que vio le heló la sangre.
El cristal estaba cubierto por decenas de rostros.
No tenían nariz.
No tenían boca.
Solo dos enormes ojos blancos completamente abiertos.
Todos la observaban sin parpadear.
Retrocedió gritando.
Adrián corrió hacia la ventana.
No había nada.
Solo la inmensidad gris.
—Los he visto... —susurró Laura entre lágrimas.
Adrián la abrazó.
Pero, en el reflejo del cristal, distinguió algo detrás de ellos.
Una figura altísima.
Dentro de la base.
Se giró de inmediato.
No había nadie.
Los días siguientes fueron una tortura.
Dormían apenas una hora.
Las voces eran constantes.
Los golpes bajo el suelo aumentaban.
La inteligencia artificial repetía una y otra vez:
—Nivel inferior ocupado.
Pero la base no tenía ningún nivel inferior.
Decidieron explorar los cimientos.
Retiraron una placa del suelo.
Debajo encontraron una trampilla que no aparecía en los planos.
La abrieron.
Descendieron.
Al final había una inmensa cueva.
Miles de cuerpos permanecían inmóviles.
Eran aquellos mismos seres.
Estaban sentados con los brazos cruzados, como si llevaran esperando millones de años.
Todos tenían los ojos cerrados.
Laura dio un paso atrás.
Pisó una piedra.
El ruido resonó por toda la caverna.
Uno de aquellos seres abrió los ojos.
Luego otro.
Y otro.
Hasta que todos los ojos quedaron abiertos.
Ninguno se levantó.
Solo se escuchó una voz.
—Al fin... alguien ha regresado.
Corrieron desesperadamente hacia la salida.
Entonces toda la Luna comenzó a temblar.
Las comunicaciones con la Tierra se perdieron para siempre.
Seis meses después, una misión de rescate aterrizó en el mismo lugar.
No encontró rastro de Adrián, de Laura ni de la base.
Solo había un terreno completamente liso.
Como si jamás hubiera existido nada allí.
Sin embargo, el comandante de la expedición confesó algo que nunca apareció en el informe oficial.
Mientras regresaba a la nave, sintió que alguien caminaba detrás de él.
Al girarse, no había nadie.
Pero antes de despegar volvió la vista hacia el horizonte.
Miles de figuras avanzaban lentamente.
No hacia él.
Sino hacia la Tierra.
El principio de la invasión acababa de comenzar.


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