La música empezó suave, casi alegre, brotando de un viejo altavoz colocado en el centro de la sala. Éramos ocho amigos de toda la vida, reunidos en la casa de campo de Julián, a las afueras de la ciudad. Fuera, el viento golpeaba las ventanas con una insistencia que parecía un mal presagio. Todos habíamos consumido alcohol y drogas en cantidades suficientes como para estar fuera de nosotros mismos.
—Es solo un juego —dijo Clara, forzando una sonrisa.
En el centro de la habitación había siete sillas; solo siete para ocho personas. La idea había surgido como una broma, una versión adulta del juego de las sillas, pero el "premio" había sido idea de Marcos.
—El ganador podrá elegir la manera en que morirá uno de los perdedores.
Lo dijo con una calma que nos hizo reír al principio. Pensábamos que hablaba en metáfora, pero luego sacó un revólver antiguo del cajón y lo colocó sobre la mesa.
—Es real —sentenció Marcos.
Nadie volvió a sonreír. El silencio que siguió fue absoluto.
—Podemos irnos... —murmuró Elena con voz temblorosa. —La puerta está cerrada con llave, y la llave la tengo yo —respondió Julián.
Nos miramos unos a otros. Era absurdo; éramos adultos y podíamos arrebatarle la llave por la fuerza, pero nadie se movió. En el fondo, todos queríamos ver hasta dónde llegaba el juego.
La música subió de volumen. Marcos la controlaba desde su móvil mientras caminaba alrededor de las sillas como un director de orquesta.
—Cuando se detenga, ya sabéis qué hacer —dijo con su voz aguda.
Comenzamos a girar. Al principio intentábamos fingir una sonrisa, mientras el parqué crujía bajo nuestros pies. Sentía el corazón acelerado, un galope provocado por el miedo puro. De pronto, la música se detuvo. El estruendo fue total: sillas arrastrándose, empujones y un grito ahogado. Al levantar la vista, Tomás estaba de pie, sin silla. Nos miró confundido.
—Vale, muy gracioso. Ya está, ¿no? —dijo con la voz entrecortada. —Las reglas son las reglas. —No estaréis hablando en serio... —Tomás rió con nerviosismo.
Nadie respondió. Julián se levantó despacio, caminó hacia la mesa y tomó el revólver. Entonces entendimos que no había marcha atrás.
—¡Podemos parar esto! —gritó Elena con lágrimas en los ojos—. ¡Estáis enfermos!
Tomás dio un paso atrás intentando correr hacia la puerta, pero Julián fue más rápido. El disparo retumbó como un trueno dentro del salón. El cuerpo de Tomás cayó al suelo y el olor a pólvora lo invadió todo. El juego continuaba.
Quitaron una silla. Ahora éramos siete, pero solo quedaban seis asientos.
Nadie hablaba; solo se oía nuestra respiración agitada. La música volvió a sonar, pero ahora nadie fingía que era una broma. Nos movíamos con cuidado, observándonos de reojo. Ya no éramos amigos, éramos rivales. Cada uno calculaba las distancias para no quedarse fuera. La música se detuvo nuevamente.
Clara y Sergio se lanzaron hacia la misma silla. Él la empujó con una violencia brutal; Clara cayó al suelo golpeándose la cabeza y Sergio se sentó. Clara quedó eliminada.
—Lo siento —susurró Sergio, aunque su voz no guardaba rastro de arrepentimiento.
Clara no gritó. Cuando Julián levantó el arma, ella solo nos miró uno a uno, implorando una clemencia que no existía. Sonó el disparo y su cuerpo se desplomó.
La tensión era insoportable. Cada ronda era más rápida, más salvaje. La música ya no era alegre; era un martilleo constante en las sienes. En la cuarta ronda cayó Elena, quien suplicó y prometió dinero e incluso sexo, pero nada cambió. En la quinta fue Sergio; Julián ni siquiera dudó al apretar el gatillo. La sangre comenzaba a encharcar el suelo.
Quedábamos tres: Julián, Marcos y yo. El arma descansaba sobre la mesa con cinco balas menos.
—Esto se nos ha ido de las manos —dije en un susurro apenas audible.
Poco a poco, entreabrí los ojos. La cabeza me estallaba. Al bajar la vista, vi restos de vómito en mi ropa. El terror me oprimía el pecho. Cuando finalmente logré abrir los ojos por completo, vi la realidad: mis siete amigos estaban tirados por los rincones, profundamente dormidos o desmayados, con restos de bebida en sus vasos. Sobre la mesa de cristal, aún quedaban las líneas de cocaína que habíamos consumido.
En ese momento, envuelto en el sudor frío de la paranoia, tomé la decisión de no volver a probar el alcohol ni las drogas. Había sido una pesadilla, una alucinación colectiva nacida del exceso, pero por unos instantes... había sido real.










