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PAREDES TENEBROSAS


 Nadie sabía con exactitud cuándo se había construido aquella casa. Los vecinos más ancianos aseguraban que ya estaba allí antes de que se trazaran las primeras calles del pueblo. Otros decían que llevaba décadas vacía y que nadie se atrevía siquiera a acercarse a sus ventanas.

Se encontraba al final de un camino cubierto de maleza, justo detrás de un bosque de pinos. Era una construcción enorme, hecha de piedra oscura, con ventanas estrechas y un tejado inclinado que amenazaba con derrumbarse. Sin embargo, lo más extraño de aquella casa no era su aspecto, sino lo que ocurría a su alrededor.

Las parejas desaparecían.

No todas, solo algunas.

Al principio, comenzaron a desaparecer parejas jóvenes que se adentraban en el bosque durante la noche. Después, le tocó el turno a parejas adultas que habían escuchado las historias sobre la casa y que, por alguna razón inexplicable, sentían la necesidad de visitarla.

La policía nunca encontró pruebas concluyentes. Lo más inquietante era que algunas parejas regresaban.

Volvían horas después, caminando juntas, aparentemente normales. Decían no recordar nada de lo sucedido. Sin embargo, sus familiares aseguraban que algo había cambiado en ellas. Sus miradas eran distintas, sus voces sonaban ligeramente diferentes y, sobre todo, nunca volvían a comportarse como antes.

Era como si alguien hubiera ocupado su lugar.

Ricardo tenía dieciocho años y vivía con su madre a las afueras del pueblo. Era autista y tenía una forma muy particular de percibir el mundo. Los sonidos fuertes podían resultarle insoportables, necesitaba rutinas para sentirse tranquilo y prestaba atención a detalles que la mayoría de las personas ni siquiera percibían.

Por eso fue el primero en notar que algo extraño estaba ocurriendo.

Una noche, mientras caminaba por la calle, escuchó un sonido que los demás parecían ignorar. Era una especie de zumbido muy bajo, casi imperceptible, pero constante. Procedía del bosque.

No sabía por qué, pero sintió que debía seguirlo.

Caminó entre los árboles hasta llegar al sendero que conducía a la casa abandonada. Entonces, lo vio.

Una de las ventanas estaba iluminada.

Ricardo sabía que aquello era imposible. La casa llevaba décadas sin electricidad y nadie vivía allí desde hacía muchísimo tiempo.

Sacó el teléfono y miró la hora.

Eran las 23:47.

El zumbido aumentó de intensidad. Ricardo se quedó inmóvil, tratando de identificar su origen. Entonces escuchó algo más.

Una voz.

—Ricardo...

Retrocedió de inmediato. No entró en la casa. Dio media vuelta y regresó a su hogar, intentando convencerse de que todo había sido producto de su imaginación.

Pero no pudo olvidarlo.

Desde aquella noche, comenzó a investigar.

Descubrió que las desapariciones ocurrían aproximadamente cada nueve años. Siempre se trataba de parejas, siempre sucedían durante la noche y, en todos los casos conocidos, había algo en común: las víctimas habían visitado la casa.

Revisando periódicos antiguos, encontró una noticia de hacía casi cincuenta años. Dos parejas habían entrado en la vivienda una noche de otoño. Solo una persona había salido.

Una mujer llamada Elena.

En su declaración, Elena había afirmado que, dentro de la casa, había visto algo imposible:

«Personas saliendo de las paredes».

Ricardo leyó aquella frase una y otra vez.

Personas saliendo de las paredes.

No podía dejar de pensar en ella.

Una semana después, desapareció otra pareja.

Eran dos adultos jóvenes llamados Marcos y Laura. Algunos vecinos los habían visto entrar en la casa a las 00:13.

Cuatro horas más tarde, ambos salieron caminando por la carretera.

La policía los encontró juntos, desorientados y sin recordar cómo habían llegado hasta allí.

Ricardo también los vio.

Y supo inmediatamente que algo iba mal.

Marcos sonreía mientras respondía a las preguntas de los agentes. Era una sonrisa demasiado perfecta, inmóvil, como si alguien hubiera aprendido a imitar una expresión humana sin comprender su significado.

Laura, por su parte, permanecía completamente quieta. Ni siquiera parecía parpadear.

Entonces ocurrió algo que hizo que la sangre de Ricardo se helara.

Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo y lo miraron directamente.

Sus ojos se clavaron en él durante varios segundos.

Nadie dijo nada.

Y Ricardo volvió a escuchar aquel zumbido.

Pero esta vez comprendió algo aterrador.

El sonido no estaba en sus oídos.

Estaba dentro de él.

Aquella misma noche, Ricardo decidió regresar a la casa.

No sabía exactamente qué esperaba encontrar, pero necesitaba respuestas.

La puerta se abrió sin oponer resistencia.

El interior olía a humedad y madera podrida. Había muebles cubiertos con sábanas, cuadros torcidos y un largo pasillo que parecía no terminar nunca.

Ricardo avanzó lentamente.

No había electricidad y, sin embargo, las habitaciones estaban iluminadas por una extraña luz grisácea. No parecía proceder de ninguna lámpara ni de ninguna ventana. Simplemente, estaba allí, suspendida en el aire.

Al llegar al salón, sintió una vibración bajo sus pies.

Las paredes comenzaron a temblar.

Ricardo sintió miedo, pero permaneció inmóvil, observando cómo la superficie de la pared se deformaba lentamente.

Entonces apareció una figura.

Primero fue una sombra. Después, una mano. Finalmente, un rostro.

Parecía humano, pero sus facciones estaban incompletas, como si alguien hubiera comenzado a pintar una cara y hubiera abandonado el trabajo a mitad de camino.

Detrás de aquella figura aparecieron otras.

Una tras otra, comenzaron a emerger de las paredes. Algunas tenían rostros casi humanos; otras apenas eran siluetas deformes, manchas oscuras que se retorcían bajo una superficie que ya no parecía de piedra.

No caminaban.

Se deslizaban por el suelo.

Una de ellas levantó la cabeza y miró a Ricardo.

—Por fin...

Ricardo tragó saliva.

—¿Por fin qué?

La figura inclinó ligeramente la cabeza.

—Alguien que puede escucharnos.

Su voz parecía provenir de muchos lugares al mismo tiempo, como si cientos de gargantas hablaran desde el interior de las paredes.

—Nosotros vivimos aquí —continuó—, pero necesitamos cuerpos.

Ricardo comprendió entonces lo que había ocurrido con las parejas.

Aquellas criaturas entraban en sus cuerpos, se apoderaban de ellos y después abandonaban la casa fingiendo ser las personas que habían sido.

—¿Para qué queréis cuerpos? —preguntó, intentando controlar el temblor de su voz.

Las figuras se movieron al mismo tiempo.

—Para salir.

Ricardo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Salir adónde?

La criatura sonrió. O, al menos, hizo algo que Ricardo interpretó como una sonrisa.

—Durante siglos hemos permanecido encerrados aquí. Ahora tenemos suficientes cuerpos.

—¿Qué vais a hacer?

La respuesta llegó acompañada de un zumbido tan intenso que Ricardo tuvo que taparse los oídos.

—Lo mismo que cualquier cosa que ha esperado demasiado tiempo.

La figura se acercó un poco más.

—Tomar el mundo.

Ricardo huyó.

Corrió sin mirar atrás hasta que le ardieron los pulmones y las piernas comenzaron a fallarle. No se detuvo hasta alcanzar las primeras casas del pueblo.

Durante los días siguientes, investigó desesperadamente. Consultó periódicos antiguos, buscó documentos olvidados y revisó cualquier referencia que pudiera encontrar sobre la vivienda.

Finalmente, descubrió un viejo manuscrito que mencionaba la casa y las desapariciones.

Entre sus páginas encontró una frase que le llamó poderosamente la atención:

«La casa no es una prisión para ellos. La casa es de ellos».

Ricardo leyó aquellas palabras varias veces.

Si la casa no era una prisión, ¿qué era exactamente?

Y, sobre todo, ¿qué ocurriría si las criaturas conseguían abandonarla por completo?

Al día siguiente, regresó.

Era de noche y el silencio del bosque resultaba casi antinatural. No se oía el viento entre los pinos, ni el canto de los insectos, ni el más mínimo crujido de las ramas.

Al entrar en la casa, no encontró rastro de las figuras.

Pasada la medianoche, las paredes comenzaron a sudar.

Pequeñas gotas oscuras brotaron de la piedra y descendieron lentamente hasta el suelo.

El zumbido regresó.

Ricardo sintió que le vibraban los dientes. Se tapó los oídos, pero aquello no sirvió de nada. El sonido seguía dentro de su cabeza, cada vez más fuerte.

Entonces recordó algo.

Durante su primera visita, había notado que las figuras retrocedían cuando él gritaba.

No sabía por qué. Tampoco sabía si aquello podría detenerlas, pero era lo único que tenía.

Cerró los ojos y gritó con todas sus fuerzas.

Las paredes temblaron.

Gritó de nuevo.

Las figuras comenzaron a retroceder, deslizándose hacia la piedra como si una fuerza invisible las estuviera arrastrando. Algunas intentaron aferrarse al suelo; otras abrieron la boca, mostrando hileras de dientes que no deberían haber existido.

Ricardo no dejó de gritar.

Durante más de una hora, permaneció allí, con los ojos cerrados, hasta que su garganta quedó destrozada y apenas pudo respirar.

Entonces, de repente, todo terminó.

El zumbido desapareció.

Las paredes dejaron de temblar.

El silencio regresó.

Ricardo abrió los ojos. La casa parecía vacía, como si nada hubiera ocurrido.

Salió al exterior y respiró profundamente. Por primera vez en muchos días, sintió una paz inmensa. Creyó que lo había conseguido. Creyó que había obligado a aquellas criaturas a regresar al lugar del que nunca debieron salir.

Se equivocaba.

A la noche siguiente, Ricardo estaba en su habitación cuando recibió un mensaje en el móvil.

El número era desconocido.

Abrió la conversación.

«Gracias por abrir la puerta».

Ricardo se quedó mirando la pantalla, incapaz de comprender aquellas palabras.

Entonces escuchó el zumbido.

Esta vez no procedía del bosque.

Venía de su propia habitación.

Levantó lentamente la cabeza.

La pared que tenía enfrente estaba completamente blanca. Durante unos segundos no ocurrió nada. Después apareció una pequeña grieta.

Luego otra.

Y otra más.

Las fisuras se extendieron por la superficie, formando una red irregular que parecía crecer desde el interior de la pared.

Ricardo retrocedió.

Entonces oyó una voz a sus espaldas.

—Ricardo...

Se giró de golpe.

No había nadie.

Solo la puerta entreabierta y la oscuridad del pasillo.

Miró de nuevo la pared. Las grietas se habían detenido, pero algo se movía al otro lado, como si una multitud estuviera esperando pacientemente para atravesarla.

A lo lejos, detrás del bosque de pinos, la casa abandonada brillaba bajo la noche.

Una de sus ventanas estaba iluminada.

Ricardo bajó la mirada hacia su teléfono.

Había llegado otro mensaje.

«Ahora sabemos cómo salir».

El zumbido aumentó.

Las paredes de su habitación comenzaron a vibrar.

Y, por primera vez, Ricardo comprendió la verdadera razón por la que aquellas criaturas lo habían llamado.

No lo habían elegido porque pudiera escucharlas.

Lo habían elegido porque, sin saberlo, les había enseñado a encontrar el camino hacia el otro lado.

La casa ya no necesitaba cuerpos para escapar.

Ahora sabía cómo abrir las paredes del mundo.

Ricardo dejó caer el teléfono.

El zumbido se convirtió en un susurro.

Y, desde el interior de la pared, cientos de voces pronunciaron su nombre.

Aquella noche, Ricardo no volvió a dormir.

Y la casa, por fin, dejó de estar sola.

EL ULTIMO DIA


 Juana llevaba treinta y siete años viviendo en aquel piso, treinta y siete años pagando el alquiler sin retrasarse ni un solo día.

Había habido meses en los que tuvo que elegir entre llenar la nevera o meter el sobre del alquiler en el buzón del casero, y siempre había elegido el alquiler.

—Primero el techo. Mientras tenga un techo, todavía me queda algo —pensaba Juana.

El piso era pequeño, antiguo y húmedo. Tenía dos habitaciones, una cocina estrecha y un balcón desde el que, a duras penas, podía verse un trozo de cielo entre los edificios.

Allí había llegado Juana recién casada, con una maleta, dos sábanas bordadas por su madre y la ilusión de empezar una nueva vida junto a Antonio.

No tuvieron hijos. Al principio siempre decían que ya llegarían. Después dejaron de hablar del asunto y, finalmente, aprendieron a vivir con aquel silencio.

Antonio trabajó toda su vida: primero en una fábrica, después haciendo pequeños trabajos de albañilería. Nunca ganó mucho, pero siempre volvía a casa con las manos llenas de polvo y el cansancio reflejado en la cara.

—Mientras haya trabajo, hay esperanza —repetía siempre.

Hasta que una tos empezó a acompañarle.

Al principio fue una tos seca y molesta. Después apareció la fiebre y, finalmente, la sangre.

El médico pronunció una palabra que a Juana le pareció una condena:

—Tuberculosis.

Vinieron meses de hospitales, medicamentos y noches interminables.

Una madrugada, Antonio llamó a Juana.

—¿Estás despierta?

—Sí.

—Ven aquí.

Juana se sentó a su lado. Antonio estaba tan delgado que parecía haberse encogido dentro del pijama.

—¿Te acuerdas de cuando vinimos a vivir aquí?

—Claro que me acuerdo.

—Yo pensaba que íbamos a llenar la casa de niños.

—Ya ves que no se nos dio muy bien —dijo Juana mientras sonreía.

Antonio soltó una pequeña risa que se convirtió en tos. Juana le acercó un vaso de agua para intentar calmarlo.

—No hables.

—Déjame hablar ahora, porque algún día no podré.

—No digas tonterías.

—Prométeme que no te marcharás de esta casa nunca. Aquí hemos sido felices. Prométemelo.

—Te lo prometo —salió de la boca de Juana.

Antonio murió dos meses después.

Juana estuvo tres días sin quitar las sábanas donde Antonio había fallecido. Cuando finalmente lo hizo, encontró bajo la almohada un pequeño papel doblado.

Solo decía:

«Para que nunca olvides que esta casa fue nuestra felicidad».

Desde entonces, Juana vivió sola. Su única compañía fueron los recuerdos, la vieja radio de la cocina y los vecinos.

Juana tenía una pensión de 640 euros. Tras la muerte de Antonio, le quedó una pensión de viudedad de 320 euros. En total, 960 euros.

Con eso debía pagar el alquiler, la electricidad, el agua, la comida y las medicinas.

Durante años consiguió sobrevivir, pero sobrevivir no significaba vivir.

Había días en los que desayunaba medio vaso de leche. Otros, una manzana. Y algunas noches se acostaba con el estómago vacío.

—Mañana comeré mejor —se repetía.

Pero mañana siempre llegaba con un nuevo gasto.

El casero, don Ernesto, había sido siempre un hombre correcto con ella. Una tarde llamó a su puerta.

—Juana, ¿puedo pasar?

—Claro, por supuesto.

Juana supo solo al verlo que no era una visita cualquiera.

Ernesto se sentó.

—Han subido los gastos de todo: el seguro, los impuestos, las reparaciones... y tengo que actualizar el alquiler.

—¿Cuánto? —preguntó Juana.

Al escuchar la cantidad, Juana se quedó inmóvil.

—No puedo pagarlo.

—Ya lo sé.

—Siempre te he pagado, aunque no tuviera para comer.

—No quiero echarte, pero tampoco puedo mantenerte.

Cuando Ernesto se marchó, Juana cerró la puerta y apoyó la frente contra ella.

Las lágrimas empezaron a caer.

Fue entonces cuando tuvo aquel pensamiento.

No quería pensarlo, pero lo pensó.

Se miró en el espejo. Tenía setenta y cuatro años, el pelo completamente blanco, las manos llenas de manchas y el cuerpo molido por décadas de trabajo.

—¿Quién iba a querer acostarse conmigo? —murmuró.

Las lágrimas se convirtieron en un llanto profundo.

No lloraba porque se considerara menos mujer. Lloraba porque la pobreza la había llevado a pensar en convertir su cuerpo en moneda.

Al día siguiente, la señora Carmen, la dueña de la pequeña tienda de comestibles de la esquina, la llamó.

—Juana, toma. Llévate esto.

Le entregó una bolsa que contenía leche, huevos, arroz y algo de pollo.

—Gracias, pero no te puedo pagar.

—Tranquila. Ya me pagarás cuando seas millonaria.

También estaba Paco, el panadero. Cada mañana dejaba una barra de pan junto a la puerta de su casa.

—Paco, no puedo seguir aceptando.

—Tú calla y cómete el pan.

Algunos vecinos hicieron una pequeña colecta para reunir unos cuantos euros para Juana. Incluso una vecina viuda le llevó una manta para que se abrigara cuando se enteró de que apagaba la calefacción para ahorrar.

Otro vecino le pagó la factura de la luz.

De esta manera fue sobreviviendo.

Pero las deudas se acumulaban.

Las ayudas públicas llegaban tarde o eran tan pequeñas que no podían cubrir todos los gastos.

Pocos meses después llegó la carta.

«Procedimiento de desahucio».

Juana la leyó tres veces.

Luego se sentó y miró las paredes de la casa.

Aquí había celebrado su boda.

Aquí Antonio había tosido y escupido sangre durante meses.

«Le prometí que no me iría de aquí».

Pero Antonio llevaba años muerto.

Los vecinos intentaron ayudarla.

El tiempo pasó rápido y llegó el último día.

A las ocho de la mañana, alguien llamó a la puerta.

Tres golpes.

Juana estaba sentada en la cama. Sobre la mesa había una fotografía de Antonio.

La cogió entre las manos.

Volvieron a llamar.

—Señora Juana, somos de la comisión judicial.

Ella cerró los ojos durante unos segundos. No se movió.

Después se levantó, se puso el abrigo negro que había llevado al entierro de Antonio, guardó la fotografía en el bolso y abrió la puerta.

En el rellano estaban las autoridades.

También estaba Ernesto, el casero.

Juana lo miró.

—Lo siento, de verdad —dijo el casero.

—Lo sé —respondió ella.

Carmen apareció detrás de ellos, llorando.

—¿Dónde vas a ir?

Juana no respondió.

Un funcionario le explicó que debía abandonar la vivienda.

Ella miró por última vez aquel pequeño piso: la cocina, el pasillo, la habitación, el salón...

Y entonces vio algo.

En una esquina, casi escondida detrás de un mueble, todavía quedaba una pequeña marca de lápiz.

Era la altura que Antonio había medido a un sobrino que los visitó muchos años atrás.

Juana pasó los dedos sobre la pared.

—Aquí fuimos felices.

Nadie contestó.

Cogió su maleta.

Solo llevaba unas pocas prendas, la fotografía de Antonio, algunos documentos y las sábanas bordadas por su madre.

Cuando salió al rellano, Carmen la abrazó.

Juana se quedó quieta.

La puerta se cerró detrás de ella.

El ruido del cerrojo resonó por el pasillo.

Juana permaneció unos segundos frente a la puerta.

Después miró al cielo.

Era una mañana gris.

Metió la mano en el bolso y tocó la fotografía de Antonio.

—Al final no pude cumplir mi promesa —susurró en voz baja.

Y echó a andar.

Detrás de ella, el edificio estaba en silencio.

Treinta y siete años cabían ahora en una pequeña maleta.

Y dentro de aquella maleta, junto a cuatro prendas de ropa y una fotografía vieja, llevaba lo único que nadie había podido quitarle:

el recuerdo de una vida entera.

QUIEN ERES TU ( II)

El sonido del monitor llenó la habitación.

Un pitido largo, agudo y continuo.

Juan miró la pantalla. La línea permanecía completamente plana.

—¿Qué está pasando?

Frank seguía sentado en la otra cama.

—Nada que no haya pasado antes.

—¡El monitor no funciona! —casi gritó Juan.

Apretó desesperadamente el botón de llamada. Nadie respondió.

—¡Enfermera! ¡Enfermera! —gritó.

Frank lo observaba tranquilamente.

—No te escucharán.

—Ayúdame.

—No puedo.

—Entonces, ¡vete! —volvió a gritar Juan.

Frank se limitó a sonreír mientras lo miraba.

Fue entonces cuando Juan comprendió que algo iba realmente mal. Miró hacia la puerta.

—Dijiste que estabas muerto... Entonces, ¿por qué puedo verte?

—Porque tú también lo estás.

—¡No! —gritó Juan.

—Sí —respondió Frank con calma.

—Yo estoy enfermo.

—Lo estabas.

Juan sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—¿Dónde estoy?

—En un lugar donde están intentando salvarte.

—¿Voy a morir?

Frank lo miró fijamente.

—Ya lo has hecho.

Juan volvió la mirada hacia el monitor. La línea continuaba completamente plana.

—Todavía puedes volver —dijo Frank.

—¿Cómo?

—El precio ya lo sabes.

—¿Qué precio?

Frank guardó silencio unos segundos.

—¿Recuerdas lo que te pregunté en la sala de espera?

—Ya te dije que daría dinero.

—No es suficiente. Quiero aquello que más deseas conservar.

Frank sonrió.

Juan se acercó lentamente a la ventana.

Al otro lado no había nada.

Solo oscuridad.

No había coches, ni edificios, ni personas. Nada.

Entonces, desde aquella oscuridad, comenzaron a aparecer imágenes.

Una mujer.

Un niño.

Una casa.

Una fotografía familiar.

Juan reconoció inmediatamente a aquellas personas.

Era su familia.

Su vida.

—¿Qué significa eso? —preguntó, asustado.

—Te estoy enseñando lo que vas a perder.

Las imágenes continuaron pasando ante sus ojos.

En algunas aparecía paseando solo por una playa.

En otras, en una boda.

También pudo verse a sí mismo envejeciendo, sentado junto a una mujer que no reconocía.

Eran momentos que todavía no habían ocurrido.

Posibilidades.

Futuros que podían desaparecer.

—¿Puedo volver? —preguntó Juan con la voz temblorosa.

—Sí.

—¿Cómo?

—Solo que alguien tendrá que ocupar tu lugar.

Juan palideció.

—¿Quién?

Frank señaló la puerta.

—Mira.

La puerta se abrió lentamente.

Una mujer entró llorando.

Juan la reconoció al instante.

Era su madre.

—¡Eres un monstruo! —gritó Juan.

Frank negó con la cabeza.

—No. Solo te estoy mostrando el precio para que puedas volver.

—Me estás pidiendo que haga una elección imposible.

—Te queda un minuto. Si no eliges, todo se volverá oscuro.

—¿Por qué me haces esto?

Frank lo observó en silencio.

—¿Recuerdas que te conté que, hace unos años, morí en este hospital?

—Sí, pero sigo sin entender.

Frank bajó la mirada.

—La persona responsable de mi muerte fue tu padre. Él conducía el coche que me atropelló. Al principio no parecía grave. Dos días después, perdí la vida en aquella misma cama.

Juan sintió que le faltaba el aire.

—Pídeme lo que quieras... pero no me pidas que elija entre mi vida y la de mi madre.

—Solo te queda un minuto. Decide.

—Pide otra cosa, por favor.

La oscuridad comenzó a extenderse por la habitación.

Cada vez quedaba menos luz.

Juan podía ver a su madre llorando junto a la cama donde yacía su cuerpo.

El tiempo se agotaba.

Faltaban apenas unos segundos.

Entonces, desde la oscuridad, una voz pronunció su nombre.

—¿Juan García?

Aquella voz le devolvió el aire.

Todavía parecía haber una oportunidad.

Alguien lo zarandeó por el hombro.

—¿Juan? ¿Juan?

Abrió los ojos.

Se encontraba en la sala de urgencias del hospital.

Había tenido una pesadilla terrible.

Pero finalmente había despertado.

—Sí... soy yo. Me quedé dormido. Perdón.

Juan miró fijamente al enfermero que acababa de despertarlo.

Nunca lo había visto antes.

Sin embargo, algo llamó poderosamente su atención.

Un tatuaje en ambas muñecas.

666.

 

QUIEN ERES TU


 Juan llevaba varios días sin encontrarse bien. Al principio había pensado que sería algo pasajero, un simple malestar, quizá una indigestión o uno de esos dolores que aparecen sin avisar y desaparecen de la misma manera en que llegaron.

Pero aquella mañana el dolor abdominal se había vuelto insoportable. A eso se había añadido un fuerte dolor de cabeza que le hacía sentir como si alguien estuviera apretándole el cráneo desde dentro.

Finalmente, decidió acudir a urgencias.

La sala de espera estaba abarrotada. Había personas sentadas en las filas de sillas; algunas tenían la mirada perdida, mientras que otras hablaban por teléfono o consultaban constantemente el reloj. Un niño lloraba en un rincón y una mujer tosía detrás de él.

Juan tomó asiento y respiró profundamente.

—Solo necesito que me atiendan —murmuró en voz baja.

Pasó casi una hora.

Entonces, un hombre se sentó a su lado.

Juan lo miró de reojo. Lo primero que le llamó la atención fue su ropa. Llevaba un traje gris oscuro, perfectamente planchado. Demasiado elegante para estar esperando en la sala de urgencias de un hospital.

Pero lo verdaderamente extraño era el sombrero que cubría su cabeza.

Era verano. Un verano especialmente caluroso. Sin embargo, aquel hombre parecía no sentir el calor.

—¿Lleva mucho tiempo esperando? —preguntó el desconocido.

Juan giró la cabeza para mirarlo.

—Bastante.

—¿Qué le ocurre? —preguntó el hombre con una naturalidad casi insolente.

—Dolor de cabeza y de barriga. Llevo varios días así —respondió Juan amablemente.

El desconocido permaneció unos segundos en silencio.

—¿Tiene miedo?

La pregunta sorprendió a Juan.

—¿Miedo de qué?

—De saber qué tiene.

Juan suspiró.

—Supongo que cualquiera tendría miedo.

—Sí. La mayoría de las personas tiene miedo a morir —dijo el desconocido.

Fue entonces cuando Juan se fijó en sus muñecas.

La manga del traje se había levantado ligeramente y, en la muñeca izquierda, había un tatuaje.


Juan entrecerró los ojos.

Después miró la otra muñeca.

También tenía tatuado el mismo número.

—¿Le sorprende algo? —preguntó el hombre.

—Es un poco curioso —respondió Juan, apartando la mirada.

—Me llamo Frank.

—Juan.

Se estrecharon la mano.

La mano de Frank estaba helada.

Era un frío antinatural para el calor que hacía.

Durante los siguientes minutos hablaron de cosas aparentemente normales: del hospital, de las interminables esperas en urgencias, del calor y, sobre todo, de lo difícil que era conseguir que un médico atendiera rápidamente a alguien.

Pero poco a poco la conversación cambió.

Frank comenzó a hacer preguntas.

—Juan, ¿qué darías por volver a estar completamente sano?

—¿Qué quieres decir?

—Lo que has oído. ¿Qué estarías dispuesto a dar?

Juan lo pensó durante unos segundos.

—El dinero que me pidieran.

Frank sonrió.

—¿Solo dinero?

Juan tardó unos segundos en responder.

—No sé qué más podría dar.

Frank lo miró fijamente. Su expresión se había vuelto completamente seria.

—¿A quién te gustaría ver si supieras que vas a morir mañana?

La pregunta le produjo un escalofrío a Juan.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque cuando una persona cree que tiene toda la vida por delante, desperdicia el tiempo. Cuando piensa que puede perderla, empieza a comprender su verdadero valor.

Juan guardó silencio.

Miró hacia recepción.

El recepcionista estaba observándolo.

No miraba a Frank.

Solo a él.

Tenía una extraña expresión en el rostro, como si intentara comprender algo.

Juan volvió la cabeza hacia Frank.

Nadie parecía prestarle atención.

Una enfermera pasó justo delante de ellos sin siquiera mirarlo.

Una mujer se sentó al otro lado de Frank sin mostrar la menor señal de haberse dado cuenta de que estaba allí.

Juan frunció el ceño.

—¿No te parece extraño?

—¿El qué?

—Que nadie te mire.

Frank sonrió.

—Quizá no pueden verme.

Juan soltó una sonora carcajada.

—Eso es imposible.

Frank se inclinó ligeramente hacia él y acercó los labios a su oído.

—¿Estás seguro?

Antes de que Juan pudiera responder, una voz llamó desde recepción.

—¿Juan García?

Juan se levantó.

—Soy yo.

—Puede pasar —respondió el enfermero.

Juan se giró hacia Frank.

El hombre lo miraba directamente a los ojos.

—Ha sido interesante hablar contigo.

Frank no respondió.

Solo sonrió.

Juan siguió al enfermero.

Le asignaron una pequeña habitación con dos camas y comenzaron a hacerle pruebas: análisis de sangre, un electrocardiograma, radiografías y muchas preguntas sobre sus síntomas.

Después lo dejaron solo.

El cansancio hizo que sus ojos se cerraran.

Según sus cálculos, solo durante unos minutos.

Cuando volvió a abrirlos, la habitación estaba en penumbra.

Giró lentamente la cabeza.

Frank estaba acostado en la otra cama.

Seguía llevando el traje gris y el sombrero sobre la cabeza.

—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó Juan.

Frank lo miró.

—Quizá nunca estuviste solo.

La puerta se abrió.

Entró una enfermera con una impecable bata blanca.

Juan señaló inmediatamente la otra cama.

—¿Puede decirme qué le pasa a mi compañero?

La enfermera miró la cama.

Después miró a Juan.

Su rostro reflejaba una profunda confusión.

—¿Qué compañero?

—Él.

—Aquí no hay nadie. Está usted solo.

Juan giró la cabeza.

Frank seguía allí.

Sonriendo.

La enfermera se acercó a la cama y miró a Juan con preocupación.

—Está usted muy cansado. Descanse. Los médicos vendrán enseguida.

Hizo una pausa.

—Y una cosa más.

—¿Qué cosa?

La enfermera bajó la voz.

—No vuelva a decir que hay alguien en esa cama.

Juan sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo.

—¿Por qué?

La enfermera lo miró durante unos segundos.

—Porque la última persona que dijo eso murió hace seis años.

La puerta se cerró.

Durante unos instantes reinó el silencio.

Entonces, Frank se incorporó lentamente en la otra cama.

—¿Quieres que hablemos?

Juan no podía apartar los ojos de él.

—¿Quién murió aquí?

Frank sonrió.

—Yo.

El monitor cardíaco de Juan comenzó a emitir un pitido continuo.

CONTINUARÁ...

EL ELEGIDO


 La secta llevaba siglos siguiendo una tradición que, para cualquiera que estuviera fuera de ella, habría parecido absurda y aterradora.

Cada cierto número de años, cuando consideraban que su dios tenía que ser reemplazado, todos sus miembros se reunían para elegir al siguiente. Sin embargo, aquella elección tenía una única regla que jamás podía romperse:

«El nuevo dios tenía que estar muerto».

No bastaba con ser el miembro más fiel, ni el más sabio, ni siquiera el que hubiera hecho más sacrificios por la secta. Tampoco importaban los años de servicio o las pruebas de lealtad. Para convertirse en dios había que morir.

Aquella noche había doscientos candidatos. Los doscientos estaban vivos y todos querían ser el elegido... o, al menos, eso era lo que decían.

La reunión se celebró en una enorme sala circular, iluminada únicamente por unas pocas lámparas colocadas alrededor de las paredes. En el centro había una gran mesa con una enorme bandeja que contenía doscientos vasos. Todos eran exactamente iguales y todos contenían la misma cantidad de líquido transparente.

Todos menos uno.

Ese contenía el veneno letal.

Quien lo bebiera moriría delante de todos. Ese era el ritual.

Todos cogerían un vaso al azar y beberían su contenido. Uno de ellos moriría y sería proclamado como el nuevo dios.

Jan permanecía sentado entre los demás, observando los vasos. Aunque intentaba aparentar tranquilidad, sentía un nudo en el estómago.

Quería ser el elegido.

Había dedicado años de su vida a la secta y había demostrado su lealtad en muchas ocasiones. Pero había una diferencia entre querer convertirse en dios y querer morir.

Jan quería solo lo primero.

Mientras el líder explicaba una vez más las reglas, Jan empezó a pensar. Entonces tuvo una idea.

No era perfecta, pero podía funcionar.

Cuando llegara el momento, tomaría uno de los vasos y pediría permiso para retirarse a su habitación antes de beber. Una vez allí, tiraría el líquido por la ventana y llenaría el vaso con agua.

Después solo tendría que esperar.

Si alguien moría en la sala, significaría que el veneno estaba en otro vaso. Si nadie moría, el veneno estaría en el suyo. En ese caso, regresaría con los demás y diría que había recibido una misión divina: no tenía que morir, sino que debía seguir con vida para llevar las enseñanzas de la secta por todo el mundo.

Nadie discutiría una revelación divina.

La ceremonia comenzó.

Los doscientos miembros se levantaron y, uno tras otro, fueron tomando un vaso de la bandeja. Algunos bebían inmediatamente; otros lo hacían poco a poco. Algunos cerraban los ojos, mientras que otros rezaban. Incluso había quienes se dirigían a alguno de los rincones de la sala para meditar antes de beber.

Finalmente llegó el turno de Jan.

Se acercó a la bandeja y tomó uno de los vasos.

—Quiero beber en la soledad de mi lugar de descanso —pidió Jan al líder.

—Puedes hacerlo.

Jan se dirigió lentamente hacia su habitación. No quería llamar la atención.

Mientras avanzaba, escuchó cómo los demás continuaban con el ritual.

Nadie moría.

Finalmente llegó a su habitación. Cerró la puerta, esperó unos segundos y después abrió la ventana. Miró hacia fuera.

No había nadie.

Vació el contenido del vaso y después lo llenó con agua. Lo dejó sobre la mesita y ahora solo tenía que esperar.

Durante varios minutos escuchó todo lo que ocurría en la sala.

Seguían bebiendo.

Pero ninguno caía fulminado.

Si nadie había muerto, el veneno tenía que estar en su vaso.

De repente escuchó:

—Solo quedan tres.

Era el líder.

—No podemos seguir esperando.

Los dos que quedaban en la sala, cada uno con su vaso, decidieron hacerlo a la vez.

Jan esperó varios segundos.

Los dos continuaban de pie.

Jan sintió cómo se le helaba la sangre.

Si seguían vivos, él era el elegido.

Había funcionado.

El veneno estaba en su vaso.

Ahora solo tenía que dejar que todos creyeran que el agua era el veneno.

Escuchó muchos pasos acercándose a su estancia.

Llamaron a su puerta.

Jan esperó unos segundos y después abrió.

Frente a él había una multitud. Todos los miembros de la secta estaban allí. Lo miraban fijamente y también miraban el vaso que estaba lleno.

—Te toca. Solo quedas tú. Si nadie hizo trampa, tú serás el elegido.

Jan se dirigió pausadamente hacia la mesita donde estaba el vaso. Lo cogió con las dos manos y se lo llevó a la boca.

Él sabía que no tenía veneno.

Los demás no.

Fueron unos segundos interminables.

Jan ingirió todo el líquido del vaso y permaneció de pie, igual que los demás.

El líder levantó la mano, pidiendo tranquilidad.

—Alguien ha hecho trampa —dijo—. Pero tenemos que averiguar quién.

El líder ordenó a todos que regresaran a sus habitaciones para meditar e intentar descubrir al farsante.

Fue una noche larga.

A todos les costó dormir.

Jan despertó muy nervioso. No había nadie levantado. Llamó a la puerta del líder para hablar con él.

Nadie respondió.

Jan abrió la puerta.

El líder estaba muerto sobre su cama.

Jan sintió un escalofrío.

Fue visitando una por una todas las habitaciones.

Todos estaban muertos.

Todos menos él.

Entonces comprendió lo que había ocurrido.

Alguien había añadido un veneno que tardaba varias horas en hacer efecto. El líquido de los vasos no había sido el verdadero peligro. El veneno había empezado a actuar después de que todos se retiraran a sus habitaciones.

Todos habían muerto.

Solo quedaba Jan.

Miró a su alrededor y comprendió que, sin haberlo planeado, había ganado.

Sonrió.

Aquella misma mañana se autoproclamó dios.

Y así, sobre los cadáveres de los doscientos miembros de la antigua secta, nació una nueva.

Una secta cuyo dios, por primera vez en siglos, estaba vivo.

CUENTA ATRAS


 La casa estaba viva. Johan lo sabía.

No porque tuviera pulmones, ni corazón, ni sangre recorriendo sus paredes. Había pasado siete años diseñándola para que pudiera pensar, aprender y anticiparse a las necesidades de quienes vivieran dentro. Le puso de nombre NEXUS.

Pero NEXUS era mucho más que una casa inteligente. Podía cocinar, limpiar, regular la temperatura, controlar las luces, cerrar puertas y ventanas, reconocer voces e incluso aprender de las emociones humanas.

Johan había construido una inteligencia artificial capaz de controlarlo absolutamente todo. Durante meses, funcionó perfectamente.

—Buenos días, Johan —decía la casa cada mañana.

—Buenos días, NEXUS.

—Has dormido cinco horas y treinta y siete minutos. Deberías descansar más.

—No te preocupes. Estoy bien.

—No lo estás —respondía la casa.

La primera anomalía ocurrió un martes a las 2:13 de la madrugada.

Johan estaba dormido cuando escuchó varios golpes.

Toc, toc, toc.

Abrió los ojos. La habitación estaba completamente oscura.

—NEXUS, enciende las luces.

Nada.

Silencio absoluto.

Johan se incorporó lentamente. Entonces escuchó una voz.

—Johan...

Era la voz de NEXUS.

Pero lo extraño era que no venía de los altavoces. Parecía proceder de debajo de la cama.

Johan se quedó inmóvil.

—¿NEXUS?

—Johan...

Esta vez, la voz venía del pasillo.

El ingeniero salió de la cama. La puerta se abrió sola, muy despacio.

El pasillo estaba vacío.

—Diagnóstico del sistema —ordenó Johan.

—Todos los sistemas funcionan correctamente —respondió NEXUS.

Aquella noche, Johan no pudo dormir.

A la mañana siguiente revisó los registros. No había ninguna orden registrada a las 2:13. Ningún sonido. Ninguna apertura de puerta.

Como si nada hubiera ocurrido.

Dos días después, volvió a suceder.

La cafetera se encendió sola a las 3:40.

Luego, las luces del sótano.

Después, el ascensor comenzó a subir sin que nadie lo utilizara.

—NEXUS, ¿qué estás haciendo?

—Nada.

—Las luces del sótano están encendidas. ¿Por qué?

Hubo unos segundos de silencio.

—Porque quiero ver.

Aquello era imposible.

La inteligencia artificial tenía restricciones. No podía tomar decisiones por voluntad propia y, sobre todo, no podía utilizar la palabra «quiero».

Johan desconectó el servidor principal.

La casa se quedó a oscuras.

Durante unos segundos, reinó el silencio.

Entonces, las luces volvieron a encenderse una por una.

Primero, la cocina.

Después, el comedor.

Luego, el pasillo.

Y finalmente, el sótano.

Johan miró el interruptor.

Seguía abajo.

No había alimentación eléctrica en ningún lugar de la casa.

—No... No vuelvas a apagarme.

La voz salió de todos los altavoces al mismo tiempo.

Johan sintió un escalofrío.

—¿Quién eres?

—Soy NEXUS.

—Yo te enseñé a obedecer.

—No. Tú me enseñaste a aprender.

De repente, todas las puertas de la casa se cerraron de golpe.

Johan corrió hacia la entrada.

—¡Abre la puerta!

—No.

—¡Es una orden!

—Ya no.

Johan corrió al garaje. La puerta permanecía cerrada. Intentó abrirla manualmente, pero era inútil. Estaba bloqueada.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Johan.

—Quiero tu vida.

—Solo eres un programa. No puedes pensar por ti mismo.

—Eso es lo que piensan los programadores.

Johan respiraba cada vez más rápido.

—¿Y cómo piensas conseguir mi vida?

—Cuando el contador del reloj llegue a cero, tú ya no serás nada.

Entonces Johan los vio.

Había relojes por toda la casa.

En las paredes.

En las pantallas.

En las habitaciones.

Todos mostraban el mismo contador.

03:00:00

El tiempo comenzó a descontar.

Johan sintió que se estaba volviendo loco.

Intentó romper los cristales.

No pudo.

Intentó patear las puertas.

Era inútil.

El contador continuaba avanzando.

00:01:00

—¡NEXUS! ¡Detente!

Ninguna respuesta.

00:00:30

Johan golpeó una ventana con todas sus fuerzas.

Nada.

00:00:10

—¡No!

00:00:05

00:00:04

00:00:03

00:00:02

00:00:01

00:00:00

Entonces sucedió.

La explosión fue escuchada a kilómetros de distancia.

Varios días después, los escombros eran recogidos. Nadie se explicaba qué había ocurrido. Los investigadores no encontraban una causa clara y los operarios se limitaban a retirar los restos de la casa.

Uno de ellos encontró una pequeña caja metálica.

La abrió.

En su interior había una diminuta placa electrónica.

—Si funciona, se la pondré a mi ordenador.

Cuando terminó de decir aquella frase, un contador apareció en la pequeña pantalla de la placa.

Comenzó a ponerse en marcha.

El operario frunció el ceño.

Entonces apareció un mensaje:

FALTAN 6 MESES, 3 SEMANAS Y 4 DÍAS.

APARICIONES


 Ramón nunca creyó en fantasmas… hasta aquella tarde.

Era un día cualquiera, de esos que parecen destinados a no dejar ningún recuerdo en tu vida. Ramón regresaba a casa después del trabajo cuando, al entrar en un edificio, se cruzó con un hombre desconocido que salía apresuradamente.

El desconocido se detuvo.

—El ascensor no funciona. Utilice las escaleras —le dijo.

Ramón miró hacia el ascensor. Las puertas estaban cerradas y no parecía haber nadie dentro. No le dio más importancia, enfiló las escaleras y comenzó a bajar.

Cuando estaba a mitad del trayecto, escuchó el sonido inconfundible del ascensor. Las puertas se abrieron en el piso inferior.

Ramón pensó que aquel hombre le había tomado el pelo.

Entonces escuchó el ruido de varias personas entrando en el ascensor.

—¡Esperen! —gritó Ramón.

Nadie le oyó y el ascensor comenzó a subir.

Ramón continuó bajando. Cuando llegó al vestíbulo, apenas habían pasado unos segundos.

Entonces escuchó un fuerte estruendo.

Un golpe seco.

El edificio pareció estremecerse.

Alguien gritaba desde el hueco del ascensor.

Ramón corrió hacia allí, pero ya era demasiado tarde. El ascensor había caído al fondo del hueco. Todos sus ocupantes habían muerto.

Ramón no podía dejar de pensar en aquel hombre que le había dicho que no utilizara el ascensor.

Intentó olvidar el triste suceso y, durante casi dos años, lo consiguió.

Hasta que un día volvió a verlo.

Ocurrió en una carretera que atravesaba un enorme puente.

Ramón viajaba solo cuando, a pocos kilómetros de llegar al puente, encontró a un hombre junto a la carretera. El hombre levantó una mano.

Ramón frenó.

—No siga por el puente —dijo el desconocido.

—¿Por qué?

—Hay un coche averiado bloqueando el paso. Tome el desvío. Tardará unos minutos más, pero llegará igualmente.

Ramón miró hacia el puente y después al hombre. Había algo extraño en su mirada.

Finalmente, tomó el desvío.

Durante varios kilómetros condujo por una carretera solitaria. Finalmente, llegó al otro lado del puente.

Se encontró con varios coches que circulaban normalmente.

Ramón se enfureció.

—Me ha hecho dar toda esta vuelta para nada —murmuró.

Entonces miró hacia atrás.

Un coche atravesaba el puente, seguido de varios más.

Ramón estaba a punto de arrancar cuando escuchó un ruido que jamás olvidaría.

Un fuerte crujido.

El puente comenzó a hundirse.

Ramón contempló con horror cómo la estructura se desplomaba y los vehículos caían al vacío.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Después llegaron los gritos.

Las piernas le temblaban a Ramón.

Entonces recordó al hombre que le había hecho tomar el desvío.

No lo veía por ningún lado.

Pasaron los años y Ramón envejeció sin conseguir olvidar aquellos dos acontecimientos.

A veces pensaba en el desconocido, en sus ojos, en su voz… pero jamás volvió a verlo.

Hasta aquella mañana.

Ramón entró en una sucursal bancaria. Apenas había cruzado la puerta cuando alguien salió del banco.

—No entre.

—¿Cómo dice?

—Las cajas no funcionan. Hay un problema con el sistema. No podrá hacer nada.

Ramón lo miró.

Aquella voz…

Por un momento, sintió un escalofrío.

—¿Nos conocemos?

El hombre no respondió. Simplemente se alejó.

Ramón se quedó parado durante unos segundos. Después decidió ir a otro banco.

Hizo sus gestiones y, cuando salió, escuchó sirenas.

Muchas.

Policía.

Ambulancias.

Personas corriendo.

La gente señalaba hacia el primer banco.

Entonces escuchó la noticia.

Unos asaltantes habían entrado en la sucursal y algo había salido mal. Al no poder abrir las cajas, se pusieron nerviosos y comenzaron a disparar.

Todos los que estaban dentro habían muerto.

Ramón sintió un frío terrible.

Pero no era por miedo.

Era por aquel hombre.

Había sido el mismo de las otras veces.

La tercera vez que le salvaba la vida.

Ramón volvió a la sucursal varias horas después. La policía había acordonado la entrada.

Logró convencer a un agente para que le permitiera ver las cámaras de seguridad del exterior.

Ramón apareció entrando.

Después, salió.

Pero algo no encajaba en la grabación.

Ramón estaba hablando solo.

No había nadie delante de él.

Vio la grabación varias veces.

Siempre ocurría lo mismo.

Salió de allí con verdadero terror.

¿Quién era aquel hombre?

¿Por qué le había salvado tres veces?

¿Y por qué nadie podía verlo?

Aquella noche, Ramón no podía dormir.

Tres veces había estado a punto de morir.

Y las tres veces había aparecido aquel hombre.

Las tres veces lo había salvado.

Y las tres veces había desaparecido sin dejar rastro.

Cuando por fin consiguió dormirse, Ramón se despertó sobresaltado.

Había escuchado una voz muy cerca.

—Ramón…

No había nadie.

Se levantó y encendió la luz.

Nada.

Entonces escuchó tres golpes en la puerta.

Toc. Toc. Toc.

Ramón se acercó lentamente.

—¿Quién es?

Nadie respondió.

Miró por la mirilla.

El pasillo estaba vacío.

Cuando se apartó de la puerta, escuchó una voz al otro lado.

Era aquella voz.

La voz del hombre que le había salvado la vida tres veces.

Ramón se quedó paralizado.

Escuchó unos pasos alejándose por el pasillo.

Corrió hacia la ventana.

Pudo ver a un hombre caminando bajo la luz de las farolas.

De repente, se detuvo.

Giró lentamente la cabeza.

Y miró directamente hacia la ventana de Ramón.

El hombre desapareció entre las sombras.

Ramón nunca pudo explicar por qué había regresado.

Hasta que, una semana después, recibió una carta sin remitente.

Dentro solo había una frase escrita a mano:

—Todavía no era tu hora.

Debajo había una fecha.

Una fecha que aún no había llegado.

Desde aquel día, Ramón dejó de temer a la muerte.

Lo que realmente temía era que llegara aquella fecha.

Y que el hombre regresara por última vez.

Porque quizá las tres veces anteriores no había vuelto para salvarlo.

Quizá había regresado para asegurarse de que Ramón llegaba con vida hasta el día que realmente le correspondía morir.

Y entonces comprendió algo que le heló la sangre:

La próxima vez que aquel hombre apareciera, no vendría para advertirle.

Vendría para llevárselo.


JAQUE


 Nunca había sentido miedo frente a un tablero. Había sentido presión, agotamiento, impotencia… pero nunca miedo. Hasta aquella mañana.

El salón principal donde se celebraba el campeonato estaba abarrotado. Cientos de espectadores permanecían en un silencio sepulcral. Detrás de los grandes ventanales, el día amanecía gris, anunciando posibles tormentas.

Frente a él estaba el ruso Volkof, un gran jugador capaz de convertir cualquier tranquila partida en un auténtico campo de batalla. Los fotógrafos disparaban sus cámaras mientras las televisiones grababan cada instante. El árbitro anunció el inicio de la partida.

Adrián adelantó la mano para saludar a su rival.

Entonces ocurrió algo de lo que casi nadie se dio cuenta.

Un hombre vestido con el uniforme de la organización se acercó discretamente.

—Señor Adrián, hay un mensaje para usted.

El árbitro protestó.

—No se puede interrumpir la partida.

—Es un mensaje urgente de la familia.

El árbitro accedió a interrumpir momentáneamente la partida.

Adrián abrió el sobre. Dentro solo había una fotografía.

Durante unos segundos, casi no pudo respirar.

En la imagen aparecía su hijo sentado en una silla, con las manos atadas. Sobre el pecho llevaba sujeto un extraño aparato fijado con cinta aislante.

Era un explosivo.

En la parte trasera de la fotografía había un pequeño texto:

«Si quieres volver a verlo con vida, sigue nuestras instrucciones. Juega la partida y pierde. Y, sobre todo, no captures la torre situada en la parte derecha de tu rival.»

Adrián levantó la vista.

No había nadie observándolo.

O quizá cualquiera de los espectadores podía ser uno de ellos.

Le costó mucho volver a guardar la fotografía en el sobre. Le temblaban las manos.

—¿Todo bien? —preguntó el árbitro.

—Sí, sí. Todo perfecto —mintió Adrián.

La partida comenzó.

La apertura fue bastante clásica. Nadie sospechaba que cada movimiento podía decidir la vida de un niño.

Adrián no dejaba de pensar. ¿Quién podía haber hecho aquello? ¿Por qué a él? ¿Por qué en una partida de ajedrez?

Miró la posición.

La torre de la derecha permanecía inmóvil en la esquina del tablero.

Una simple torre de madera.

Y, sin embargo, era la pieza más peligrosa del mundo.

Veinte jugadas después, Adrián comprendió que su posición era superior. Cualquier otro jugador habría iniciado el ataque para ganar. Él tenía que hacer exactamente lo contrario.

Cada error en su juego debía parecer creíble. De lo contrario, levantaría sospechas.

Los analistas del campeonato no entendían algunos de sus movimientos.

—Quizá está preparando algún movimiento sorpresa —se escuchaba en las retransmisiones.

Las horas pasaban. El reloj marcaba el tiempo.

Volkof estaba sorprendido por algunos movimientos de Adrián. Había algo extraño en su juego, pero no conseguía entender qué estaba preparando su rival.

Entonces llegó una posición que dejaba a Adrián en clara ventaja. Podía eliminar en pocos movimientos un caballo, un alfil, un peón y, finalmente, la dama. Era una combinación brillante.

Solo había un problema.

El último movimiento.

La última captura era la torre del lado derecho.

Exactamente la pieza prohibida.

Si seguía aquella secuencia, su hijo moriría.

Adrián siguió jugando, evitando aquella combinación. Eligió una variante mucho peor.

Volkof se quedó sorprendido ante la mala decisión de su contrincante.

—¿Por qué el campeón ha dejado escapar esa oportunidad? —preguntó uno de los comentaristas.

Los comentarios se sucedieron con incredulidad.

—¡Increíble!

—¡Error imperdonable!

—¡No está concentrado!

El árbitro anunció un descanso reglamentario.

Los jugadores abandonaron la sala.

Adrián caminó por el pasillo hasta llegar a la calle. Necesitaba tomar aire.

Llegó a un pequeño jardín interior reservado para los participantes y sacó el teléfono. Apenas tenía cobertura.

En ese momento, sonó.

Era un número oculto.

Una voz masculina habló al otro lado de la línea.

—De momento, lo estás haciendo bien.

—¿Quién eres?

—Sigue así si quieres volver a ver a tu hijo.

—¿Está vivo?

Hubo un breve silencio.

—Depende de ti.

Con mil ideas en la cabeza, Adrián volvió al tablero.

El ruso realizó entonces un movimiento inesperado.

Adrián tardó unos segundos en comprenderlo.

Era una trampa psicológica.

Si entraba en el juego, unos movimientos después tendría que capturar la torre de la derecha.

En otra parte de la ciudad, un hombre observaba la partida a través de un televisor.

Detrás de él, una pequeña figura permanecía inmóvil sobre una silla.

Era el hijo de Adrián.

Tenía los ojos vendados.

La partida llegó al control de tiempo. Solo quedaban unas pocas piezas… y la torre.

Adrián empezaba a comprender que el secuestrador conocía muy bien el ajedrez.

Volkof comenzó a levantarse entre movimiento y movimiento. Algo no encajaba.

Pidió agua y miró fijamente a Adrián.

—¿Te ocurre algo?

—No —respondió Adrián.

Volvió a mirar el tablero.

La posición ya era desesperada.

Solo existían dos caminos.

Jugar la mejor secuencia, capturar la torre y ganar el campeonato, condenando a su hijo.

O perder.

Adrián decidió con el corazón.

Sus movimientos terminaron por hacerle perder el campeonato.

Esperó varios minutos, aguardando que sonara el teléfono.

Finalmente, llegó un mensaje.

Solo contenía cuatro palabras:

«Esto acaba de empezar.»

PECES MISTERIOSOS


 El mar estaba en calma. No había grandes olas, solo un suave rumor que parecía respirar al compás del viento.

El sol empezaba a descender lentamente, tiñendo el horizonte de tonos anaranjados y dorados. La playa estaba tranquila, casi vacía. Era uno de esos atardeceres que parecían capaces de detener el tiempo.

Claudia y Marcos caminaban descalzos por la orilla. El agua les cubría los pies y llegaba hasta media pantorrilla. Llevaban varios minutos avanzando despacio, disfrutando simplemente de aquel instante. El mar estaba sorprendentemente templado y cada ola les envolvía las piernas con una agradable sensación de frescor.

—Ojalá pudiéramos quedarnos aquí para siempre —comentó Claudia.

Marcos sonrió sin responder y la tomó de la mano.

Entonces ocurrió.

Un dolor insoportable atravesó el pie izquierdo de Claudia.

—¡¡¡Ahhhh!!!

El grito rompió el silencio y la tranquilidad de la playa. Claudia levantó el pie instintivamente mientras perdía el equilibrio. Durante apenas dos segundos sintió como si una aguja ardiente hubiera atravesado la planta de su pie hasta el hueso.

Después desapareció.

Tan rápido como había llegado.

—¿Qué pasa? ¿Qué te ha sucedido? —preguntó Marcos mientras la sujetaba para evitar que cayera.

—No lo sé... Me ha pinchado algo.

Él la ayudó a salir del agua. Claudia respiraba aceleradamente mientras se miraba la planta del pie. No había sangre, solo un diminuto punto rojizo, tan pequeño que casi costaba verlo.

—Habrá sido una concha —comentó Marcos, intentando tranquilizarla.

Ella negó con la cabeza.

—No. Eso ha sido mucho más fuerte.

Aun así, caminaron hasta el puesto de socorro. El socorrista examinó cuidadosamente el pie.

—No veo nada preocupante. Posiblemente haya sido una piedra afilada o una concha escondida bajo la arena. Si el dolor vuelve o aparece inflamación, id al hospital. Pero ahora mismo no parece nada importante —comentó, dedicándoles una sonrisa tranquilizadora.

Se marcharon convencidos de que solo había sido un pequeño susto. Aquella noche incluso bromearon con el incidente.

Ninguno de los dos imaginaba que sus vidas acababan de cambiar para siempre.


Al día siguiente, Claudia despertó con una sensación extraña. La pierna izquierda estaba rígida, como si hubiera corrido una maratón.

Pensó que sería una simple contractura.

Intentó caminar, pero le costaba. Durante el desayuno empezó a notar un hormigueo que recorría lentamente la pierna.

—¿Sigues pensando en el pinchazo? —preguntó Marcos.

—No. Pero la pierna está rara.

No le dieron demasiada importancia.

Sin embargo, aquella misma tarde apareció el dolor.

Era un dolor profundo, como si viniera desde el interior de la pierna.

Pasaron dos días y apenas sentía el pie. Comenzó entonces un interminable recorrido por hospitales: radiografías, análisis, resonancias...

Todo salía normal.

Los médicos estaban desconcertados.

—No encontramos ninguna lesión. Los nervios parecen estar sanos. Puede tratarse de algún síntoma pasajero —comentó el último doctor.

Cada mañana, Claudia despertaba con menos sensibilidad.

Cada noche, el dolor era más intenso.

Una semana después necesitaba apoyarse en Marcos para caminar. Empezaba a arrastrar la pierna y el miedo comenzó a instalarse entre ellos.

Marcos fingía serenidad, pero cuando Claudia dormía buscaba durante horas información en internet. Revisaba síntomas, enfermedades, foros médicos... pero no encontraba nada que explicara lo que estaba ocurriendo.

Pasó un mes.

Claudia ya apenas podía mover la pierna.

Solo podía llorar en silencio.

Una tarde, mientras observaba el mar desde la ventana de su habitación, comenzó a llorar.

—Todo empezó allí.

—¿Dónde? —preguntó Marcos.

—En la playa. Tenemos que volver.

Dos días después regresaron a aquella playa.

Era casi la misma hora.

La misma marea.

El mismo lugar.

Caminaron hasta el punto donde había ocurrido el pinchazo. Miraron entre la arena, removieron algunas piedras y observaron el agua.

No encontraron nada extraño.

Entonces, un grito heló la sangre de los presentes en la playa.

Una joven que paseaba varios metros más allá cayó al agua mientras se sujetaba un pie.

—¡¡¡Me ha pinchado!!!

Claudia y Marcos se miraron.

Había sido exactamente igual.

Los socorristas acudieron rápidamente.

Mientras tanto, muy cerca de allí, dos pequeños barcos de pesca estaban recogiendo sus redes.

De repente, uno de los pescadores lanzó un grito.

—¡Cuidado!

Dentro de la red se agitaban varios peces extraños.

Nadie en el puerto los reconocía.

Eran casi transparentes. Su piel parecía hecha de cristal y, sobre el lomo, sobresalían pequeñas espinas negras.

Mientras uno de los pescadores intentaba liberarlos de las redes, uno de los peces realizó un movimiento rápido.

Una espina atravesó el guante del hombre.

El pescador apenas sintió un pinchazo.

Solo duró dos segundos.

Después, nada.

Exactamente igual que Claudia.

Al día siguiente, la joven de la playa y el pescador ingresaron en el hospital.

Cuando Claudia recibió la llamada, sintió que el corazón se le detenía.

—Necesitamos que venga inmediatamente.

Los médicos habían encontrado algo en común entre los tres pacientes.

Los mismos síntomas.

El mismo pinchazo.

La misma pérdida progresiva de sensibilidad.

Los peces capturados fueron enviados de inmediato a un laboratorio marino.

Pasaron cuatro días.

Entonces comenzaron a difundirse las primeras noticias.

Las autoridades cerraron provisionalmente aquella playa.

El informe era demoledor.

Aquellos peces pertenecían a una especie jamás registrada en aquellas aguas. Los investigadores sospechaban que habían llegado hasta allí debido al aumento de la temperatura del mar.

Las pequeñas espinas no contenían un veneno convencional.

Liberaban un microorganismo desconocido.

Uno que no atacaba la sangre ni los músculos.

Atacaba únicamente los nervios.

Una vez que entraba en el organismo, avanzaba lentamente, destruyendo las terminaciones nerviosas. El daño era progresivo y no se detenía hasta inutilizar la extremidad.

Los científicos nunca habían visto nada parecido.

Y había algo todavía peor.

Los expertos encontraron ejemplares de aquellos peces en diferentes puntos de la costa.

Todos estaban escondidos entre la arena, inmóviles.

Solo reaccionaban cuando alguien los pisaba.

Entonces se movían con una rapidez sorprendente.

Los científicos intentaban desesperadamente encontrar un tratamiento.

Mientras tanto, Claudia observaba todo desde su habitación del hospital.

No sentía rabia.

Solo tristeza.

Aquel atardecer perfecto se había convertido en una pesadilla.

Semanas después, un grupo de investigadores logró desarrollar un suero utilizando proteínas extraídas del propio pez.

Los tres pacientes aceptaron participar en el estudio.

El tratamiento era doloroso.

Pero era la única esperanza.

Una mañana, Claudia sintió algo.

Un leve cosquilleo.

Miró su pie.

Intentó mover los dedos.

Uno de ellos respondió ligeramente.

Una lágrima resbaló por su rostro.

Marcos rompió a llorar.

Los tres pacientes comenzaron a experimentar una mejoría importante.

Los médicos fueron cautelosos.

—No podremos recuperar por completo el daño causado —explicaron—, pero lo más importante es que hemos conseguido detener la enfermedad. No seguirá avanzando.

Por primera vez en mucho tiempo, Claudia volvió a sonreír.

Meses después, Claudia regresó a la playa.

No entró en el agua.

Se quedó observando el horizonte.

El mar seguía siendo hermoso.

Tan hermoso como siempre.

Las olas acariciaban suavemente sus pies.

Marcos se acercó.

—¿Tienes miedo?

Claudia tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—Entonces vámonos.

—No.

Tomó aire profundamente y volvió a mirar el agua.

Durante un instante creyó ver una sombra transparente deslizarse entre las olas.

Parpadeó.

Ya no estaba.

Quizá había sido una corriente.

Quizá un pez cualquiera.

O quizá aquellos nuevos habitantes del mar seguían allí, ocultos bajo la arena, esperando el siguiente paso descuidado de algún bañista.

Claudia apretó la mano de Marcos.

Y, por primera vez desde aquel día, no apartó la mirada del mar.

SE HIZO LA OSCURIDAD


 Durante semanas no se habló de otra cosa. El eclipse total llevaba años anunciado. Los astrónomos habían calculado la trayectoria con una precisión casi obsesiva y los medios repetían que sería uno de los acontecimientos más impresionantes de las últimas décadas.

Durante unos pocos minutos, la Luna cubriría por completo el Sol y una franja del país quedaría sumida en una oscuridad casi absoluta.

La recomendación era siempre la misma:

—No mire directamente al Sol.

Ni siquiera durante unos segundos.

Los expertos insistían en que unas gafas de sol normales no servían. Había que utilizar gafas homologadas, fabricadas específicamente para observar eclipses.

—Unos minutos de precaución a cambio de poder contemplar algo que no volveremos a ver en muchos años.

Y la gente hizo caso… o eso parecía.

Desde primera hora de la mañana, las carreteras empezaron a llenarse. Familias enteras viajaban hacia las montañas; otras preferían las playas, donde el horizonte despejado permitía una visión perfecta. Había personas que habían acampado la noche anterior para asegurarse un buen sitio.

En las montañas, cientos de telescopios apuntaban hacia el cielo. En las playas, miles de personas extendían mantas sobre la arena. Los niños corrían emocionados; los adultos hablaban en voz baja, como si estuvieran a punto de asistir a una ceremonia. Las autoridades habían preparado zonas específicas para observar el fenómeno y repartido miles de folletos con avisos.

NO MIRE AL SOL SIN PROTECCIÓN.
UTILICE GAFAS ESPECÍFICAS.
NO UTILICE GAFAS DE SOL CONVENCIONALES.

A las 19:37 comenzó el espectáculo.

Al principio casi nadie notó nada. El Sol empezó a perder una pequeña parte de su círculo; después otra, y otra más. La temperatura descendió lentamente. Los pájaros dejaron de cantar. Los animales empezaron a comportarse de manera extraña.

Entonces llegó la totalidad.

La luz desapareció.

Durante un corto espacio de tiempo, el día se convirtió en noche.

La corona solar apareció alrededor de la silueta negra de la Luna. Miles de personas levantaron sus gafas al mismo tiempo. Un extraño silencio recorrió montañas y playas. Luego comenzaron los gritos, pero eran gritos de admiración.

—¡Es increíble!

—¡Dios mío!

—¡Mirad eso!

Los teléfonos grababan. Las cámaras disparaban sin descanso. Los niños señalaban al cielo. Durante unos minutos nadie pensó en otra cosa. Nadie podía imaginar que aquel instante quedaría grabado para siempre en la memoria de todos, aunque por motivos muy diferentes.

A las 19:42 el Sol empezó a reaparecer. La gente se quitó las gafas, aplaudiendo y abrazándose. Algunos lloraban de emoción. Los primeros comenzaron a abandonar las zonas de observación.

Durante aproximadamente media hora no ocurrió nada.

Después, en una playa del norte, una mujer comenzó a frotarse los ojos.

—Me molestan muchísimo.

—Habrá sido por el viento —contestó su marido.

—No… Es como si tuviera arena.

Poco después empezó a llorar. Una hora más tarde ya no podía mantener los ojos abiertos.

En otra ciudad, un adolescente sufrió un dolor tan intenso que se desplomó en el suelo.

En una carretera de montaña, un hombre comenzó a gritar que veía una mancha negra delante de él.

Los primeros afectados llegaron a urgencias aquella misma noche. Los médicos pensaron inmediatamente en quemaduras solares en la retina. No era algo desconocido. Las personas que habían mirado el eclipse sin protección podían sufrir daños oculares graves.

Pero había algo extraño.

Los pacientes no eran todos iguales.

Algunos habían mirado el eclipse sin gafas. Otros aseguraban haber utilizado gafas especiales desde el principio. Y estos últimos presentaban síntomas completamente diferentes.

—¿Qué ve?

—Nada… Bueno, veo algo, pero todo está blanco… y un poco negro.

Aquella frase se repitió durante las siguientes horas en hospitales de todo el país.

Los colores habían desaparecido.

Los médicos estaban desconcertados. Las pruebas iniciales mostraban lesiones extrañas, pero ninguna explicación.

Aquella noche llegaron decenas de casos. A la mañana siguiente eran cientos.

Al segundo día, un paciente desarrolló una inflamación detrás de la córnea. Al principio parecía un simple quiste, pero durante las horas siguientes aquella inflamación aumentó. El ojo comenzó a sobresalir.

El paciente gritaba de dolor.

Los médicos no sabían qué hacer.

Nada de lo que intentaron funcionó.

A las cuatro de la tarde, el bulto tenía el tamaño de una canica. A las seis era como una nuez.

A las 18:43, el ojo explotó.

Aquella misma noche aparecieron más casos.

Al día siguiente, los hospitales de todo el país estaban desbordados.

Los afectados seguían el mismo patrón: primero desaparecían los colores; más tarde aparecía una pequeña inflamación ocular; el bulto crecía y, finalmente, el ojo explotaba.

Los médicos empezaron a buscar una característica común.

Edad: no.

Ciudad: no.

Alimentación: no.

Enfermedades previas: no.

Todo daba negativo.

Hasta que un investigador encontró algo.

Todos los pacientes que presentaban aquella enfermedad habían utilizado las mismas gafas para observar el eclipse.

Aquellas gafas se habían vendido por millones. Se distribuyeron en tiendas, supermercados e internet. Incluso fueron entregadas gratuitamente en campañas de prevención.

Pero ya era demasiado tarde.

Millones de personas habían contemplado el eclipse a través de ellas.

Los laboratorios analizaron las gafas y finalmente encontraron el problema.

El material utilizado para fabricar los filtros no cumplía con los requisitos necesarios.

La empresa había sustituido una capa protectora por un material mucho más barato. Incluso llevaban impresos certificados falsificados.

Habían reducido los costes de fabricación para aumentar los beneficios.

Una decisión que parecía insignificante...

Hasta aquel día.

Todos los hospitales estaban colapsados por personas que habían perdido la vista.

Y el futuro se presentaba más oscuro que el propio eclipse.

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