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LOCURA EN VENECIA


 Eran seis amigos, tres parejas unidas por años de risas compartidas, discusiones sin importancia y una amistad sólida como pocas.

Barcelona quedaba atrás aquella mañana somnolienta mientras el avión despegaba con rumbo a Venecia. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos sentían que no sería un viaje cualquiera. Había algo en ese destino, en su historia y en su misterio, que prometía marcarles para siempre.

El vuelo transcurrió entre bromas, planes improvisados y miradas cómplices. Al aterrizar, una luz gris plateada, cubierta de niebla, envolvía el aeropuerto Marco Polo. Era como si la ciudad ya estuviera preparando su hechizo. Con el equipaje justo y el cansancio todavía controlado, se dirigieron a buscar el autobús número cinco, el único que parecía separarles del sueño veneciano. Lo tomaron casi corriendo, riendo por la torpeza y los nervios del momento. Todavía no lo sabían, pero era el inicio de una jornada inolvidable.

El trayecto fue silencioso. A través de las ventanas del autobús, el paisaje se transformaba lentamente: edificios más antiguos, calles estrechas y más de cuatrocientos puentes les esperaban. Cuando por fin descendieron, Venecia se abrió ante ellos como una escena de teatro. No hubo palabras, solo miradas de asombro.

Era el primer día de carnaval. Las calles estaban llenas de vida. Personas con máscaras elaboradas caminaban con elegancia, como si el tiempo se hubiera detenido siglos atrás. Vestidos largos, capas de terciopelo y dorados brillaban bajo una luz difusa.
Cada esquina ofrecía una imagen nueva, casi irreal. El sonido del agua golpeando suavemente los canales se mezclaba con murmullos y risas amortiguadas por las máscaras.

Después de un pequeño tour por el centro, caminaron sin rumbo fijo, dejándose llevar y perdiéndose por el laberinto de calles. Los canales, repletos de góndolas negras que se deslizaban con solemnidad, los envolvían. Uno de ellos recordó el dicho de que hay que perderse en las calles estrechas para enamorarse de Venecia.

El hambre los llevó a un pequeño restaurante escondido entre edificios antiguos. Allí, sentados en una mesa de madera gastada, compartieron platos de pasta y pizza. La comida y las risas aflojaron las lenguas, y la complicidad regresó con fuerza. Después, nada pudo evitar que acabaran frente a un capuchino intenso y cremoso. La calidad del café fue tema de conversación durante varios minutos; coincidieron en que era uno de los mejores que habían probado.

Al salir del local, la ciudad parecía distinta. La luz había cambiado y, con ella, la atmósfera. Las sombras alargadas de los disfraces se deslizaban por los muros y las máscaras ya no parecían solo festivas: ahora se veían enigmáticas.
En una pequeña plaza, un grupo de figuras inmóviles observaba a los transeúntes. Una de ellas giró la cabeza lentamente al pasar los seis amigos. Fue solo un segundo, pero bastó para crear un silencio inquietante entre todos.

Continuaron hasta llegar a la casa donde vivió Casanova. El edificio, sobrio y discreto, escondía historias de pasión, intriga y secretos. Les hubiera encantado entrar y recorrer las habitaciones que parecían susurrar relatos del pasado.

Visitaron varias iglesias del centro, cada una más impresionante que la anterior. El silencio en su interior contrastaba con el bullicio del carnaval afuera. Velas encendidas, frescos antiguos y el eco de sus pasos resonando bajo cúpulas infinitas. En una de ellas creyeron haber perdido a una de las parejas. El tiempo pareció detenerse durante unos minutos y la inquietud creció, hasta que finalmente los encontraron, absortos en oración.

Al caer la noche, Venecia se transformó una vez más. Las pocas luces del alumbrado público se reflejaban en el agua de los canales. El cansancio era evidente: los pies dolían y las voces se apagaban poco a poco, pero aún quedaba energía para recordar lo bien que lo habían pasado en su paseo por los canales.

Sentados en una plaza junto al agua, compartían los recuerdos del día. Hablaban de lo vivido, de lo extraña y bella que era aquella ciudad. A pesar del agotamiento, se sentían más unidos que nunca. La amistad había sido su brújula y su refugio.

Venecia los observaba en silencio. Quizás aún guardaba secretos sin revelar. Recordaban historias del Puente de los Suspiros o del Rialto, pero llegó la hora de regresar.
Mientras se dirigían a la Piazzale Roma, entre las estrechas calles, una última figura enmascarada los saludó desde un puente. Nadie pudo asegurar si fue real o fruto del cansancio. Solo supieron que, en el vuelo de regreso, ninguno olvidaría jamás aquel día en la ciudad de los canales.

LA SOLEDAD DEL BOSQUE


Se llamaba Mateo y era guarda forestal desde hacía quince años. Había pedido aquel destino de forma voluntaria: buscaba silencio, orden y tranquilidad, algo parecido a la paz. Todo después de un divorcio que lo dejó vacío. La ciudad le resultaba demasiado ruidosa para lo que necesitaba; la montaña fue su refugio.
La cabaña de vigilancia, construida con madera oscura y piedra, se alzaba sobre una loma desde la que se dominaba la inmensidad del bosque.
Al principio, el aislamiento fue un bálsamo. Rutinas marcadas: revisar senderos y caminos, comprobar las trampas de cámaras, vigilar posibles incendios, anotar cualquier movimiento de la fauna. Por las noches leía con una lámpara de queroseno o escuchaba el viento golpear las ventanas. Dormía profundamente, con el cuerpo cansado y la mente en calma.
Todo eso cambió a comienzos de otoño.
La primera vez que las vio fue durante una ronda matinal, a unos cien metros de la cabaña, cerca de un arroyo estrecho. Encontró unas heces oscuras, alargadas, con una textura extraña. No parecían de ciervo, ni de oso, ni de ningún animal que conociera. Tenían un fuerte olor metálico, mezclado con carne vieja.
Mateo se agachó. Había estudiado zoología básica y conocía bien la fauna local. Aquello no encajaba. Pensó en algún animal enfermo, lo anotó en su cuaderno y siguió caminando.
Dos días después encontró más, esta vez cerca del cobertizo de herramientas. Eran más grandes y parecían recientes. El olor era aún más intenso.
—No puede ser… esto es muy extraño —murmuró mientras colocaba una cámara trampa apuntando al lugar.
Esa noche escuchó el primer sonido. No fue un rugido ni un aullido, sino algo mucho más inquietante: una respiración profunda que provenía del bosque, no muy lejos. Mateo se incorporó en la cama, con el corazón acelerado, intentando reconocerlo.
Los animales hacen ruidos extraños; el bosque nunca está en silencio. Pero aquel sonido no se repetía como un canto. Parecía algo que no pertenecía a este mundo.
A Mateo le costó dormir. Las noches siguientes los sonidos regresaron: a veces más cerca, otras más lejos. Se escuchaban pasos entre las hojas caídas y ramas que crujían como si algo grande las pisara. En una ocasión creyó oír golpes secos contra el tronco de un árbol.
Empezó a dormir poco y a abusar del café. La soledad que antes le encantaba ahora lo oprimía.
Revisó las cámaras. Las imágenes eran decepcionantes: aves nocturnas, un zorro, sombras deformadas por el viento. Pero una de ellas, tomada a las 3:17 de la madrugada, llamó su atención.
La cámara había captado una figura borrosa al fondo, entre los árboles. No parecía un animal. Demasiado erguida, demasiado alta. La imagen estaba distorsionada, pero algo en ella resultaba antinatural.
Mateo sintió un escalofrío e intentó contactar con la central por radio.
—Aquí puesto de vigilancia. Tengo actividad extraña en la zona. Posible fauna no identificada.
Nadie respondió.
Las heces siguieron apareciendo, cada vez más cerca de la cabaña. Una mañana encontró unas justo al pie de la escalera de entrada, como si algo hubiera querido dejar su marca. El miedo se apoderó de él.
Empezó a asegurar puertas y ventanas por las noches. Dejaba una linterna cargada y el rifle apoyado junto a la cama, aunque nunca había tenido que usarlo.
La noche decisiva llegó envuelta en niebla. El bosque era una masa gris espesa; la luna apenas se distinguía. Mateo estaba sentado a la mesa, terminando de cenar, cuando escuchó un ruido distinto. No venía del bosque, sino del lateral de la cabaña: un roce, como uñas deslizándose sobre la madera.
Mateo contuvo la respiración. Luego, un fuerte golpe contra la pared. El corazón le latía con violencia. Apagó la lámpara, tomó la linterna y el rifle y avanzó despacio hacia la puerta. El sonido cesó, pero a continuación se oyeron pasos muy cercanos.
Abrió la puerta apenas unos centímetros. El aire nocturno entró frío y húmedo. Apuntó la linterna hacia el bosque.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí fuera? —gritó, con la voz quebrada.
Avanzó un paso, luego otro. Cada crujido del suelo sonaba como un disparo. Rodeó la esquina de la cabaña siguiendo el ruido… y entonces lo vio.
La criatura estaba agachada junto a la pared, iluminada parcialmente por la linterna. Medía más de dos metros. Su cuerpo delgado estaba cubierto por una piel gris oscura, similar a la corteza de un árbol. Las extremidades eran largas y desproporcionadas; los dedos, excesivamente largos. No tenía pelo.
La cabeza era alargada, ni humana ni animal. Sus ojos, grandes y hundidos, carecían de expresión. No tenía nariz visible. Cuando abría la boca se apreciaba una hilera de dientes pequeños y afilados. Olfateaba el suelo.
Las piernas de Mateo temblaban. La criatura levantó la cabeza lentamente y clavó sus ojos en él. Durante unos segundos ninguno se movió. Entonces emitió el mismo sonido que Mateo había escuchado tantas noches.
Mateo retrocedió un paso. La criatura reaccionó de inmediato, incorporándose. El vigilante levantó el rifle, pero sus manos temblaban.
—¡No te acerques! —gritó.
La criatura dio un paso hacia él.
Mateo gritó y disparó. El estruendo rompió el silencio del bosque. La bala impactó en el pecho de la criatura, que lanzó un chillido agudo. No cayó; retrocedió tambaleándose y, con una velocidad imposible, se internó en el bosque.
Mateo cayó de rodillas, temblando. Pasaron varios minutos antes de atreverse a moverse. Entró corriendo en la cabaña, cerró con llave y atrancó la puerta. Permaneció sentado en el suelo hasta el amanecer, sin apartar la vista de puertas y ventanas.
Al día siguiente encontró huellas alrededor de la cabaña y manchas oscuras que no parecían sangre. La radio seguía sin funcionar.
Esa noche los sonidos regresaron. Esta vez no era uno: eran varios. Y ya no se quedaron en el bosque.
Mateo comprendió entonces que la montaña nunca había estado vacía, que él no era el único guardián de aquel lugar.
Las cámaras dejaron de grabar.
Y nadie volvió a saber de él.
Mateo desapareció para siempre.

LUNA LLENA


 Nadie en la ciudad recordaba una noche sin luna. Incluso cuando el cielo estaba cubierto, algo pálido parecía filtrarse entre las nubes, como si la luna no se fuera nunca. Los viejos decían que era por la cercanía del mar, que reflejaba su luz; otros preferían no decir nada.

Cuando Isabel quedó embarazada, la luna empezó a comportarse de forma extraña. Isabel tenía treinta y dos años y una vida discreta. Vivía sola desde que su marido había desaparecido en una tormenta tres años atrás. Trabajaba cosiendo redes para los pescadores y nunca había dado problemas: era amable, reservada, casi invisible.

El embarazo no fue celebrado. Nadie recordaba haberla visto con otro hombre.

—Cosas que pasan, no es asunto nuestro —decían.

La primera vez que sucedió fue durante el cambio de luna menguante a luna nueva.

Esa noche el puerto despertó con gritos. Un pescador apareció con el brazo destrozado, mordido hasta el hueso. A duras penas pudo pronunciar el nombre de Isabel. Dijo que ella se había abalanzado sobre él desde la oscuridad, gruñendo, con los ojos en blanco.

La encontraron desnuda en la playa, cubierta de sangre que no era suya, arañando la arena como si buscara algo enterrado. Cuando intentaron acercarse, atacó a dos hombres más, con una fuerza que no correspondía a su cuerpo delgado y embarazado. Tuvieron que golpearla para reducirla.

Al amanecer, Isabel despertó en su cama sin un solo recuerdo.

—Soñé con agua negra y con algo que se movía dentro de mí —dijo.

El médico habló de psicosis. El cura, de pecado. Nadie mencionó la luna, aunque todos miraron al cielo la noche siguiente.

No fue un hecho aislado. Cada cambio de luna transformaba a Isabel.

No siempre era con violencia. A veces desaparecía durante horas y regresaba con las uñas llenas de barro y algas. En luna llena, el pueblo se encerraba: las puertas se atrancaban, las ventanas se cerraban, porque cuando la luna alcanzaba su punto más alto, Isabel salía y atacaba. No distinguía rostros, no reconocía voces; mordía y arañaba.

Una vez arrancó un trozo de carne del cuello de una mujer con los dientes. Otra, lanzó a un niño contra la pared.

—No es ella, algo la toma —repetía el médico.

El vientre de Isabel crecía rápido, demasiado rápido, y se movía incluso cuando ella dormía.

—No quiere salir —repetía Isabel cuando estaba lúcida.

La encerraron en un viejo almacén del puerto durante las noches críticas: cadenas, cerrojos, vigilancia. No importaba. Siempre amanecía con los barrotes doblados y las uñas ensangrentadas, y siempre sin recordar nada.

El parto comenzó la noche del eclipse total. El cielo se oscureció de golpe, como si alguien hubiera apagado el mundo. Isabel gritó con una voz que no parecía salir de su garganta.

El niño nació en silencio. No lloró. No respiró durante varios segundos… y luego sonrió.

Era un bebé rosado, con los ojos abiertos de par en par. Cuando lo limpiaron, su sonrisa no desapareció.

—Esto no es normal. Los recién nacidos no sonríen así —murmuró la comadrona.

—Ya está aquí. Ahora me dejará en paz —dijo Isabel.

Llamó Lucas al niño.

Durante el día, Lucas era encantador. A los tres meses seguía con la sonrisa fija, pero con los cambios de luna algo en él se alteraba.

A los dos años habló por primera vez, durante una luna creciente.

—Está mirando —dijo, señalando al cielo.

En luna llena desaparecían animales: gatos encontrados abiertos por la mitad, pájaros colgados de los árboles, símbolos en el puerto hechos con piedras y huesos.

—Lucas no pudo hacerlo, es solo un niño —decían los vecinos.

Pero Lucas siempre estaba cerca, sonriendo.

A los cinco años empujó a un hombre al mar.

—La marea lo reclama —dijo el niño con tranquilidad.

El cuerpo nunca apareció.

Isabel intentó huir del pueblo varias veces, pero cada vez que lo hacía, Lucas enfermaba: temblores, convulsiones, incluso sangraba por la nariz.

—No puedo irme. Él tiene que estar aquí —repetía Isabel.

La última noche llegó sin aviso. Una luna enorme ocupaba todo el cielo. El mar se retiró varios metros, dejando al descubierto el fondo cubierto de algas negras. Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar solas.

Lucas caminó hacia la playa.

—Es ahora. Ya vienen —dijo.

Algo emergió del agua. No eran personas. Eran figuras altas, cubiertas de una piel translúcida que reflejaba la luna.

—Me recuerdan —sonrió Lucas.

Isabel entendió demasiado tarde. Ella no había sido poseída. Había sido preparada para traer a Lucas al mundo.

Desesperada, abrazó a su hijo y se lanzó con él al mar. El agua los cubrió.

Al amanecer, el puerto estaba intacto. El mar había regresado a su lugar, pero no había rastro de Isabel ni de Lucas.

Desde entonces, en cada cambio de luna, los habitantes sienten una presión en el pecho. Juran oír risas infantiles mezcladas con el sonido de las olas, y algunos aseguran ver reflejada en el agua una sonrisa rosada que intenta salir del fondo del mar.

NEVADA EN SOLITARIO

 

La mañana en que cayó la nieve, nadie supo explicarlo. Los meteorólogos pronunciaban palabras técnicas en la televisión; hablaban de frentes fríos, isobaras y conceptos que la mayoría de los habitantes de aquella ciudad no lograba comprender. Acostumbrados al polvo, al sol radiante y a los inviernos de chaqueta ligera, jamás habían visto un copo de nieve. Por eso, cuando el cielo amaneció con un gris espeso y comenzó a soltar una sinfonía blanca, el asombro fue general.

Al principio fue una curiosidad. La gente sacaba la mano por la ventana y reía al ver cómo los tejados se empolvaban. Luego llegó el desconcierto: las calles, que nunca habían conocido el hielo, se volvieron traicioneras. Los coches patinaban como peces fuera del agua, los autobuses quedaban atravesados en las avenidas y los semáforos parecían luces de Navidad colgadas de un árbol.

El caos convivió con una alegría infantil. Los niños salieron en manadas, envueltos en bufandas, guantes y gorros que les quedaban demasiado grandes. Las plazas se llenaron de risas; se levantaron muñecos con narices de zanahoria robadas de la cocina y botones que antes adornaban abrigos. Las guerras de bolas estallaban sin aviso e incluso los adultos acababan recibiendo impactos entre carcajadas.

En una calle tranquila del barrio, donde las casas eran bajas, la nieve caía con una fuerza casi cruel. Allí vivía Lucas.

Lucas tenía ocho años y una imaginación fuera de lo común. Aquella mañana se había quedado solo por primera vez. Su madre, enfermera, tenía turno doble en el hospital; la imprevista nevada había cerrado los colegios, pero no el centro sanitario.

—No abras a nadie —le había dicho su madre—. Tienes mi número, el de la vecina y el de emergencias.

Lucas se sentía mayor en esa situación. Tenía preparado un bocadillo, una grabación de dibujos animados y la lista de teléfonos importantes. Desde el comedor, miraba la calle a través del cristal empañado; veía a los otros niños jugando y, tras respirar sobre el vidrio, dibujó una cara sonriente con el dedo.

De pronto, Lucas apagó el televisor y el silencio se le vino encima. En esa quietud, escuchó voces que provenían de la puerta trasera. Su corazón empezó a latir a toda prisa.

En otra parte de la ciudad, lejos de las risas, tres hombres caminaban bajo la tormenta. La nieve no les despertaba ninguna ternura; al contrario, con las calles bloqueadas y la policía ocupada en los accidentes, el viejo barrio era una oportunidad de oro.

—Esa siempre está vacía por las mañanas —señaló uno de ellos.

No sabían que ese día Lucas estaba allí. La cerradura cedió con un ruido seco. En ese instante, el niño recordó las palabras de su madre, la lista de teléfonos y las historias que había visto en las películas. Pero esto no era ficción; era la realidad.

Miró a su alrededor buscando un escondite. En la cocina no había sitio; el armario del pasillo no tenía cerrojo. Entonces recordó que el baño tenía una ventana no muy alta. Al escuchar que la puerta principal se abría del todo, Lucas se escabulló en el cuarto de baño y cerró con cuidado.

—Rápido, antes de que vuelva nadie —se oyó desde el pasillo.

El niño pensó en gritar, pero el nudo en su garganta se lo impidió. También pensó en llamar, pero el móvil se había quedado en el comedor. La casa crujía con el trasiego de los intrusos: cajones abiertos, objetos chocando... cada ruido era como un latigazo. Uno de los hombres se acercó al baño. Lucas vio la sombra de sus botas bajo la puerta y se tapó la boca con la mano para no delatarse. La puerta estaba cerrada.

—Hay alguien aquí —avisó el hombre a sus compañeros.

Lucas, en un impulso de desesperada imaginación, empujó la ventana y dejó caer el bote metálico de los cepillos de dientes hacia el patio.

—¡Por detrás! ¡Debe de haber salido al patio! —gritaron.

Los pasos se alejaron. Lucas esperó unos segundos, reaccionó y bajó del inodoro. Con las manos temblorosas, salió del baño en silencio, se deslizó hasta el comedor y agarró el teléfono. Marcó emergencias.

—Hola, dígame... —sonó al otro lado. —Hay hombres en mi casa y estoy solo —susurró Lucas. —¿Cuál es tu dirección? ¿Dónde estás ahora?

Lucas respondió como pudo, con el miedo atenazándole la voz.

—Escúchame, Lucas: aléjate de ellos, escóndete si puedes. Vamos en camino.

Lucas corrió escaleras arriba hacia su habitación. Cerró la puerta, empujó el escritorio contra ella y se metió bajo la cama, abrazando a su oso de peluche. Desde allí veía la luz filtrarse por debajo de la puerta. Los pasos subieron los peldaños, uno tras otro. El picaporte se sacudió; el escritorio tembló.

—Ábrela, sabemos que estás ahí —dijo una voz.

Lucas cerró los ojos con fuerza. Pensó en la nieve, en los niños riendo, en su madre volviendo a casa. Se obligó a no llorar. Los hombres maldijeron fuera.

—Vámonos, no vale la pena —dijo uno, impaciente.

Los pasos bajaron la escalera a toda prisa y la puerta principal se cerró de golpe justo cuando empezaban a oírse las sirenas de la policía. Lucas no se movió durante lo que le parecieron horas. Cuando finalmente salió de debajo de la cama, la casa estaba en silencio otra vez, aunque era un silencio diferente. Poco después llamaron a la puerta. Esta vez Lucas miró por la mirilla: los uniformes le tranquilizaron y abrió.

La policía lo encontró con los ojos rojos y el oso de peluche apretado contra el pecho. Afuera, la nevada seguía cubriendo las calles de un blanco cegador. Cuando su madre llegó, lo abrazó tan fuerte que casi le dolió. Lucas enterró la cara en el abrigo húmedo de ella y, por primera vez en toda la mañana, lloró.

Esa noche la ciudad durmió bajo un manto blanco. Los niños soñaron con muñecos de nieve y Lucas, en su cama, se preguntaba si todo aquello no habría sido más que una pesadilla.

80 AÑOS SIN EL


 Nacieron en la misma madrugada, cuando el invierno se sentía en el ambiente y la luz tardaba en llegar. Nadie se lo dijo nunca, pero el llanto fue casi simultáneo: dos niños, dos respiraciones, dos destinos que se separarían apenas al nacer.

La madre apenas pudo mirarlos; estaba agotada, vencida por una vida dura y decisiones que debía haber tomado sola.

En el hospital, una enfermera tomó uno de los bebés y lo llevó por un camino distinto. El otro quedó envuelto en una manta áspera, sobre el pecho de una mujer que lloraba en silencio.

Nadie habló de hermanos. Nadie dejó constancia del error (o del arreglo). Así comenzó la historia de Manuel y Joaquín, aunque ninguno supo el nombre del otro durante ochenta años.

Manuel creció en un pueblo pequeño, rodeado de campos secos y silencios largos. Su infancia fue tranquila, sin grandes alegrías ni grandes tragedias. Aprendió pronto a trabajar el campo y, más tarde, a ganarse la vida como carpintero. Siempre tuvo una extraña sensación, como si le faltara algo. A veces soñaba con un rostro borroso, parecido al suyo, que lo miraba sin hablar desde el otro lado de un espejo. Siempre se despertaba con el corazón acelerado.

Joaquín, en cambio, fue criado en la ciudad por una familia que nunca ocultó que era adoptado. Aunque jamás supo que no estaba solo al nacer, fue un niño curioso, lector voraz y de carácter abierto. Se dedicó a la enseñanza y pasó su vida rodeado de libros y niños. También él sentía una sensación de incompletitud.

Ambos envejecieron sin saber del otro. Amaron y fueron amados, cometieron errores como todo el mundo. Sobrevivieron a guerras, crisis e incluso a una pandemia. Tuvieron que despedir a muchas personas.

Manuel se casó joven y enviudó demasiado pronto. Su único hijo, Andrés, se convirtió en su razón para seguir adelante. Cuando el cuerpo ya no le respondía como antes y la memoria comenzaba a hacerle trampas, Andrés tomó una decisión dolorosa: llevar a su padre a una residencia de ancianos en la ciudad, lejos del pueblo que había sido toda su vida.

—Es lo mejor, papá. Allí te cuidarán bien —le dijo Andrés.

Manuel asintió sin protestar. A esa altura de la vida, había aprendido que resistirse solo hacía las cosas más difíciles.

La residencia estaba en una calle tranquila, con árboles y bancos de piedra. Olía a desinfectante, a comida caliente y a recuerdos que se perdían. Los días allí parecían todos iguales: desayunos tempranos, paseos cortos, conversaciones repetidas, tardes eternas frente a la televisión encendida sin sonido.

Fue en uno de esos días cuando Manuel vio por primera vez a Joaquín. Estaba sentado en el jardín, leyendo un libro con las gafas torcidas sobre la nariz. Tenía el cabello completamente blanco y la piel surcada de arrugas. Manuel pasó despacio con su andador, pero algo le detuvo. Un estremecimiento casi imperceptible le recorrió el pecho.

Aquel hombre levantó la vista, y sus ojos apagados por los años, pero aún atentos, se cruzaron con los de Manuel. Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

—Buenos días —dijo Joaquín.

—Buenos días —respondió Manuel.

Desde ese día comenzaron a coincidir a menudo. Se sentaban en el mismo banco, compartían silencio con frases cortas. Descubrieron gustos comunes: el café fuerte, la música antigua. Había algo natural en su cercanía, algo familiar.

—Es curioso, siento como si lo conociera de toda la vida —comentó Joaquín.

—A mí me pasa igual —respondió Manuel, con una media sonrisa.

Los días se convirtieron en semanas. Hablaron de sus pasados, de sus hijos, incluso de las personas que ya no estaban. Encontraron coincidencias extrañas. Ambos habían nacido el mismo día, en el mismo hospital. Cuando lo mencionaron, rieron como si fuera una simple curiosidad.

Fue una noche de insomnio cuando Joaquín decidió revisar los pocos papeles que conservaba de su adopción. Lo hizo sin saber por qué, con manos temblorosas, impulsado por una curiosidad que no podía acallar.

Entre los documentos amarillentos, encontró una anotación casi borrosa: "Parto gemelar. Segundo recién nacido trasladado."

Sintió que se le paraba el corazón. Al día siguiente, buscó a Manuel con urgencia. Lo encontró en la sala común, mirando por la ventana como si esperara algo que no llegaba.

—Manuel, necesito preguntarte algo —dijo Joaquín, casi sin aliento.

Manuel lo escuchó sin interrumpir. Cuando Joaquín terminó, el silencio fue absoluto.

—Yo también fui adoptado —susurró Manuel.

—Pero siempre me dijeron que nací solo...

Se miraron largamente. Ya no había duda: dos hermanos separados al nacer, reunidos al final.

Manuel rompió a llorar primero, un llanto profundo, como si estuviera llorando por los dos niños que nunca se conocieron. Joaquín lo abrazó con torpeza, apoyando su frente en el hombro de Manuel.

—Ochenta años para encontrarnos —comentó Manuel.

—Pero nos encontramos, al final —respondió Joaquín.

Desde entonces, pasaban todo el tiempo juntos. Se tomaban de las manos, compartían recuerdos. Andrés los observaba con una mezcla de asombro y emoción. Nunca había visto a su padre tan vivo.

Manuel murió una mañana tranquila, con Joaquín sentado a su lado, sosteniéndole la mano. No hubo dolor, solo una despedida serena.

—Gracias por encontrarme —susurró Manuel, antes de cerrar los ojos.

Joaquín permaneció junto a él en silencio, bastante tiempo.

Dos días más tarde, alguien le preguntó:

—¿Quién era ese hombre para ti?

—Mi hermano... llegó tarde... pero llegó —respondió Joaquín.

Por primera vez en ochenta años, se sintió un hombre completo.

DOCE CAMPANADAS MORTALES


 Nunca fue nuestra intención que el fin de año acabara de esa manera.

Éramos siete amigos, unidos más por la costumbre que por una afinidad real. La idea surgió en una conversación, una noche cualquiera de diciembre: huir de la ciudad, de los petardos y de la familia, pasar el cambio de año en una masía aislada en plena montaña, con alcohol, música y la sensación de libertad que se tiene cuando eres joven.

La masía la encontró Marcos. Dijo que pertenecía a un tío lejano y que llevaba años deshabitada, pero que estaba en buen estado.

—No hay vecinos, no hay cobertura, no hay nadie para molestar —dijo Marcos, sonriendo.

Llegamos el 31 de diciembre poco antes de que anocheciera. El camino era estrecho, lleno de curvas y árboles que parecían caer sobre el coche. Cuando por fin la vimos, la masía surgió entre la niebla: una construcción de piedra oscura, con ventanas pequeñas y un tejado irregular. En ningún momento parecía realmente abandonada.

Bromeábamos al bajar del coche, cargados con bolsas de comida y botellas. El aire estaba helado y el silencio era tan absoluto que resultaba incómodo. Solo se oía el crujir de nuestras pisadas sobre las hojas secas y el viento entre los árboles.

—Da mal rollo —comentó Laura.

—No seas exagerada —respondió Marcos.

La puerta chirrió al abrirse. Durante un segundo, nadie habló.

El interior olía a humedad y madera vieja. Había muebles cubiertos con sábanas, una chimenea enorme en el centro del comedor y unas escaleras de madera que conducían al piso superior. Las paredes estaban decoradas con cuadros antiguos: paisajes de montaña y retratos de personas serias, con miradas apagadas que parecían observarnos.

No sabría decir cuándo empezó a torcerse todo. Al principio fue una noche normal. Encendimos la chimenea, pusimos música con un altavoz portátil y empezamos a beber. El ambiente se relajó; reímos, brindamos y bailamos durante horas. La masía dejó de parecer tan tenebrosa… aunque había detalles que no cuadraban.

El primer corte de luz ocurrió sobre las diez de la noche. Duró apenas unos segundos, pero en ese tiempo todo quedó en silencio y oscuridad absoluta. Cuando volvió la luz, nadie dijo nada, pero noté que algunos miraban las ventanas con miedo.

Luego llegaron los ruidos: golpes lejanos, como pasos en el piso superior, mientras todos estábamos en el comedor.

—Serán las vigas —comentó Marcos.

A las once y media, una de las chicas se dio cuenta de algo extraño.

—¿Habéis movido las fotos del pasillo? —preguntó.

Nadie lo había hecho. La fotografía mostraba a una familia posando frente a la misma masía, muchos años atrás.

—Juraría que antes estaba recta… ahora está torcida.

Reímos nerviosos y seguimos bebiendo. Cuando dieron las doce, brindamos, gritamos y nos abrazamos. El año nuevo empezó entre risas… pero duró poco.

A las doce y veinte, uno de los chicos subió al baño de arriba y no volvió. Al principio no nos preocupamos; pensamos que estaría vomitando o intentando llamar por teléfono desde algún rincón con cobertura. Pasó más de media hora y no regresaba.

—Voy a buscarlo —dijo Marcos.

Subió las escaleras. Escuchamos sus pasos… y luego un grito de terror. Subimos todos juntos, con el corazón golpeándonos el pecho. Una de las puertas estaba abierta. Dentro estaba el chico desaparecido, o mejor dicho, lo que quedaba de él. Yacía en el suelo, con los ojos abiertos. Había sangre por todas partes, pero no se veía ningún arma. Solo su rostro, congelado en una expresión de horror absoluto.

Laura empezó a gritar. Marcos se quedó inmóvil. Intentamos llamar a emergencias: no había señal. Intentamos salir, pero la puerta estaba cerrada y nadie tenía la llave.

El segundo asesinato ocurrió una hora después. Otra de las chicas desapareció mientras todos intentábamos tranquilizarnos en el comedor. Estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta. Unos segundos después, ya no estaba. Nadie la vio moverse.

La encontramos en la cocina, colgada del techo. Sus pies apenas tocaban el suelo. Tenía las uñas rotas, como si hubiera intentado liberarse hasta el último segundo. El pánico se desató.

Empezamos a desconfiar unos de otros. Solo quedábamos cinco. Cinco posibles culpables. Nadie sabía qué estaba pasando, pero todos compartíamos la misma sensación: no estábamos solos.

El tercer muerto fue Marcos. Lo encontramos en el antiguo granero, fuera de la casa. Nadie recordaba haberlo visto salir. La puerta estaba abierta y el suelo manchado de sangre. Marcos tenía el pecho abierto, como si algo —o alguien— hubiera intentado arrancarle el corazón.

Al amanecer, solo quedábamos cuatro, aterrados y cubiertos de sangre que no sabíamos si era nuestra o de los muertos.

Cuando llegó la policía, avisada por unos excursionistas que habían visto salir humo de la casa, todo parecía normal. Demasiado normal. No había señales de lucha. El granero estaba cerrado. La cuerda de la chica no estaba. El cuerpo de Marcos apareció dentro de la casa. Los retratos ya no colgaban de las paredes.

Cuatro supervivientes. Cuatro versiones distintas. Ninguna prueba que explicara nada.

A veces, cuando sueño, vuelvo a aquella masía. Oigo pasos en el piso de arriba, siento las miradas de los cuadros… y siempre, justo antes de despertar, una pregunta cruza mi mente:

—¿Y si el asesino nunca se fue?



EL REGRESO DE LA NAVIDAD


 En el pueblo de Valdenieve, donde el invierno parecía no terminar nunca, vivía un hombre que ya no esperaba nada de la Navidad. Se llamaba Eusebio, conocido por todos como don Eusebio, aunque casi nadie lo llamaba por su nombre. Para la mayoría era el hombre serio, el solitario, el que nunca sonreía. Caminaba siempre despacio, envuelto en un abrigo que le daba calor, con la espalda ligeramente encorvada por el peso de los años.

Don Eusebio no sonreía porque había aprendido que sonreír dolía. Cada diciembre, cuando el pueblo se llenaba de luces, canciones y risas, cerraba aún más las cortinas de su casa. No porque odiara la Navidad, sino porque le recordaba todo lo que había perdido.

Hubo un tiempo —muy atrás, tan lejos que parecía de otra vida— en que don Eusebio había sido un hombre distinto.

Entonces la Navidad era su época favorita del año. Había una casa llena de voces: una mujer que tarareaba villancicos mientras cocinaba, un niño que corría por el pasillo con calcetines de colores chillones y una voz melódica que le decía:

—Papá, mira lo que hice.

Pero la vida no pregunta antes de arrebatarte lo que más quieres. Primero se llevó a su esposa en una madrugada fría; luego, años después, se llevó a su hijo. Desde entonces, el silencio se instaló en su casa como un huésped permanente. La mesa quedó demasiado grande para él solo, las paredes demasiado vacías, y su sonrisa simplemente se fue.

Los vecinos intentaron acercarse al principio. Lo invitaban a cenar, a celebrar la Navidad juntos; le llevaban dulces y le deseaban felices fiestas. Don Eusebio siempre agradecía con educación, pero rechazaba todo. No era orgullo, era pena. Había aprendido que abrir la puerta también abría heridas.

Así pasaron los años, con sus correspondientes Navidades, hasta que llegó Mateo.

Mateo era un niño nuevo en el pueblo. Tenía siete años y una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor. El primer día que vio a don Eusebio lo miró fijamente.

—Mamá, ¿por qué ese señor camina como si le doliera todo? —preguntó el niño.

—A veces hay dolores que no se ven —respondió ella.

—¿Y nadie le ayuda?

—No siempre se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado.

La joven cabeza de Mateo no pudo entender aquella última frase.

Desde entonces, cada mañana lo esperaba en la esquina por donde solía pasar el hombre.

—Buenos días —decía el niño.

Don Eusebio escuchaba, pero no respondía.

—Hace frío hoy.

El silencio era la respuesta.

—Ya casi es Navidad.

A pesar de todo, Mateo no se desanimaba. Saludaba porque creía que las personas no debían caminar solas y en silencio.

Don Eusebio, sin saber por qué, empezó a reducir el paso al pasar junto al niño. No se detenía, pero escuchaba.

Una mañana, Mateo no dijo nada. Solo caminó a su lado unos metros.

—Mi papá murió —dijo de pronto.

Don Eusebio se detuvo. Mateo continuó mirando al suelo. El hombre lo observó y vio en él algo demasiado familiar.

—A veces uno no olvida… solo se cansa —habló por primera vez.

—¿Usted también está cansado?

No respondió, pero siguió caminando más despacio.

La Navidad se acercaba. Las luces parecían más brillantes ese año. En Nochebuena el frío era intenso. Don Eusebio se sentó en su casa sin encender las luces. No había árbol ni comida especial, solo una taza de té frío y el sonido lejano de las campanas de la iglesia. Pensaba en su hijo, en cómo se dormía esperando que llegara la Navidad, cuando de repente llamaron a la puerta.

—Toc, toc, toc—

Tardó en levantarse. Nadie llamaba a su puerta en esas fechas. Al abrir, encontró a Mateo, solo, con una bolsa de papel arrugada.

—Mi mamá está trabajando. Quería que usted no pasara la noche solo.

Don Eusebio sintió un nudo en la garganta. Mateo le entregó la bolsa. Dentro había una tarjeta y una galleta rota.

—Se me cayó… pero seguro que está buena —dijo apenado.

El hombre abrió la tarjeta.

“Feliz Navidad. No sé si hoy está triste, pero quería que supiera que alguien pensó en usted.”

Las lágrimas cayeron antes de que pudiera evitarlas.

—No debías… —intentó decir.

—Sí debía —respondió el niño, y añadió con voz temblorosa—. Porque usted nunca sonríe… y yo quería verle, aunque fuera solo una vez.

Don Eusebio cerró los ojos. Los recuerdos se agolparon en su mente. Sintió el cansancio de los años y las Navidades vacías. No sonrió, pero algo ocurrió.

Se arrodilló frente al niño y lo abrazó con ternura.

—Gracias. No sabes cuánto significa esto —murmuró.

Mateo apoyó la cabeza en su hombro.

—Mi mamá tampoco sonríe desde que murió mi abuelo.

Don Eusebio respiró hondo. Por primera vez en muchos años, no se sintió invisible.

Mateo se fue y la casa volvió al silencio. El hombre se sentó junto a la ventana y observó cómo caía la nieve. Sostuvo la tarjeta entre sus manos con ternura. No sonrió, pero tampoco lloró.

Al día siguiente, don Eusebio salió a caminar. Mateo lo esperaba.

—Feliz Navidad —dijo el niño.

El hombre lo miró. Sus labios no se abrieron, pero algo en su mirada había cambiado.

—Feliz Navidad, Mateo —respondió.

A veces la Navidad no cura, no borra el dolor ni devuelve lo perdido, pero deja una pequeña grieta por donde entra la luz.

FELIZ NAVIDAD

EL PASILLO 7 ( parte II )


 Se organizó una búsqueda inmediata. Encontraron su linterna en el suelo, todavía encendida, apuntando hacia una puerta entreabierta que había sido clausurada años atrás.

La puerta rechinó cuando la abrieron. La habitación estaba vacía: solo un olor rancio y rastros de humedad en las paredes. De Marina, nada.

El hospital entero quedó en shock. Las cámaras de seguridad no grabaron absolutamente nada, como si en esa parte del edificio la tecnología fallara siempre. Entonces comenzaron a resurgir historias antiguas: relatos sobre un paciente que había muerto allí en circunstancias inexplicables y que, según algunos, jamás abandonó el hospital.

La doctora Elisabeth decidió investigar por su cuenta. Buscó a la enfermera más veterana, una mujer que llevaba más de treinta años trabajando allí.

—Sé que conociste al paciente Ezequiel Paz —dijo Elisabeth sin rodeos.

La enfermera se quedó inmóvil. Por un momento, su rostro reflejó un miedo auténtico.

—E-Ezequiel… —susurró—. Ese nombre no se pronuncia aquí.

—Necesito saber qué pasó —insistió Elisabeth—. Quiero proteger a todo el hospital.

La mujer suspiró profundamente antes de comenzar su relato.

“Ezequiel había sido ingresado tras un accidente grave. Su familia se desentendió de él. Pasó semanas entre la vida y la muerte, solo, sin visitas, sin esperanza. Nadie hablaba con él más de lo estrictamente necesario. Su salud mental se deterioró; repetía una y otra vez: ‘No quiero estar solo cuando me vaya.’

“Una noche, su monitor cardíaco hizo un pitido largo. Cuando el equipo médico llegó ya era tarde… o al menos eso creyeron. Porque justo antes de certificar la hora de la muerte, el cuerpo de Ezequiel se incorporó bruscamente y abrió los ojos.

‘No me dejen solo’, gritó con una voz rota, cayendo muerto segundos después.”

Desde entonces, la enfermera aseguraba que, cada cierto tiempo, en el pasillo 7 se escuchaba la misma frase, como un eco débil:

No me dejes solo…

El personal comenzó a evitar los turnos nocturnos, las visitas acudían con miedo y la dirección del hospital prohibió hablar del tema.

Una noche, Elisabeth decidió enfrentarse a sus miedos. No soportaba la desaparición de Marina. Reunió a varios trabajadores del centro; todos habían visto algo, todos temían por sus vidas.

—No vamos a huir. Vamos a averiguar qué quiere —dijo.

—¿Cómo se enfrenta uno a un muerto? —preguntó uno.

—No se le enfrenta… se le escucha —respondió Elisabeth.

Decidieron recorrer el pasillo 7 a las tres de la mañana, la hora en la que ocurrían más apariciones. Apenas dieron diez pasos cuando las luces comenzaron a parpadear hasta apagarse por completo. El silencio más absoluto se instaló en el pasillo. Entonces lo oyeron:

No me dejen solo… —un lamento.

Al fondo del corredor apareció la figura. Alta, cadavérica, con los ojos hundidos y vacíos. Su bata hospitalaria estaba desgarrada y, lo más aterrador, no proyectaba sombra.

—Ezequiel… —susurró Elisabeth con un hilo de voz.

La figura levantó la cabeza al oír su nombre. Sus ojos brillaron débilmente.

No quiero estar solo…

—Ezequiel, estamos aquí. No estás solo —respondió la doctora.

En ese instante comprendió que el espíritu no deseaba dañar a nadie. Había muerto solo, olvidado, y ahora vagaba por los pasillos buscando algo que le fue negado en vida.

—Te recordamos. No estás solo —dijo Elisabeth con firmeza.

La figura se detuvo, bajó la cabeza y levantó un brazo señalando la puerta clausurada.

Ella está ahí…

—¿Marina? —preguntaron todos a la vez.

Se dirigieron a la puerta y la abrieron con fuerza. Dentro, acurrucada en un rincón, estaba Marina. Viva.

Elisabeth fue la primera en correr hacia ella.

—Ezequiel… gracias por avisarnos. Te recordaremos siempre.

El pasillo se iluminó con una luz blanca y cálida. La figura dio un paso atrás, luego otro, y se desvaneció como polvo llevado por el viento.

El hospital recuperó la calma. Las luces dejaron de fallar, las noches volvieron a la normalidad y Marina y los demás regresaron a sus puestos sin sobresaltos. Nadie volvió a ver al fantasma del pasillo 7, pero todos —absolutamente todos— saben que, cada vez que el reloj marca las tres de la mañana, una suave corriente fría recorre el pasillo.

EL PASILLO 7


 La mayoría de las personas cree que los hospitales son lugares de ciencia, donde todo funciona siguiendo rutinas y métodos estrictos. Pero quienes han pasado noches enteras en uno saben que, cuando el reloj marca las tres de la mañana, las paredes y los pasillos comienzan a susurrar otro tipo de historias, aquellas que nunca aparecen en los informes clínicos.

En el hospital donde ocurrió este relato, esas historias empezaron a circular a comienzos de otoño. Todas coincidían en lo mismo: una figura pálida, silenciosa y errante que podía verse vagando por los pasillos, como si buscara algo… o a alguien.

La primera en hablar del fantasma de los pasillos fue una paciente llamada Teresa, ingresada por una neumonía que se complicaba. Era una mujer de carácter fuerte y muchos años vividos. Una madrugada despertó gritando.

La enfermera de guardia llegó corriendo a la habitación.

—¿Señora Teresa, está bien? —preguntó mientras encendía una de las luces.

La mujer respiraba agitadamente, con los ojos muy abiertos.

—Aquí… aquí hay alguien —balbuceó—. Entró sin hacer ruido, pasó junto a mi cama. Era un hombre flaco, muy blanco… y no tenía sombra.

La enfermera intentó calmarla. No era raro que pacientes con fiebre alta sufrieran alucinaciones, pero Teresa insistía.

—No estoy delirando, enfermera. Estaba despierta. Ese hombre… atravesó la pared.

Aunque registró lo ocurrido, la enfermera lo atribuyó al estado de la paciente. Sin embargo, varias noches después, empezaron a oírse más testimonios sobre el fantasma del hospital.

Los siguientes en vivir incidentes fueron los celadores, especialmente Óscar, un joven que apenas llevaba dos semanas trabajando allí.

A las dos cuarenta y cinco de la madrugada, Óscar empujaba una camilla vacía por el pasillo 7, el más antiguo del edificio, cuando escuchó el chirriar de otra camilla detrás de él. Se detuvo, extrañado: nadie más debía estar en esa zona. Al girarse vio una camilla avanzando sola. El miedo le heló la sangre.

—¿Quién está ahí? —preguntó con un hilo de voz.

La camilla se detuvo de golpe. Luego las ruedas comenzaron a retroceder, como si alguien invisible tirara de ella, alejándola lentamente. Óscar sintió un escalofrío recorrerle la columna.

A lo lejos, en el fondo del pasillo, creyó distinguir una silueta borrosa, alta y delgada. Fueron solo unos segundos: parpadeó dos veces y la figura ya no estaba.

Esa misma noche presentó su renuncia, aunque desde entonces no pudo evitar volver una y otra vez al pasillo en sus sueños, siempre acompañado del metálico chirriar de unas ruedas que se acercaban.

El personal médico tampoco tardó en verse afectado. La doctora Elisabeth, jefa de planta, era una mujer pragmática, incapaz de creer en fantasmas… hasta que algo ocurrió en la sala de reuniones.

Revisaba historiales en plena madrugada cuando notó un brusco descenso de temperatura. Primero pensó en el aire acondicionado, pero la sensación continuó hasta helarle las manos. Entonces oyó pasos. No pasos normales: era como si alguien arrastrara los pies, sin fuerza para levantarlos.

Los pasos se detuvieron justo detrás de ella. Elisabeth se giró lentamente. No había nadie.

—Estoy trabajando demasiado —murmuró.

Volvió a fijarse en los documentos cuando algo en el monitor llamó su atención: el reflejo de un rostro pálido, con los ojos hundidos, mirándola fijamente a través de la pantalla.

Se volvió de inmediato, pero no había nadie. Cuando miró de nuevo el monitor, el reflejo también había desaparecido.

Desde ese día revisó los historiales con otra actitud. Entre los nombres antiguos encontró uno que comenzaba a repetirse una y otra vez en su cabeza: “Ezequiel Paz — fallecido en 1998 — paro cardiorrespiratorio.”
Un paciente que, casualmente, había muerto en el pasillo 7.

Los rumores crecieron. Los pacientes pedían dejar luces encendidas por la noche, y las enfermeras hacían las rondas de dos en dos. Pero el terror se volvió real cuando la auxiliar Marina desapareció.

Aquella madrugada le tocaba la ronda en el pasillo 7. Lo último que se supo de ella fue una breve comunicación por radio:

—Escucho a alguien aquí… quizás haya algún paciente caminando. Voy hacia la sala de… —la señal se cortó de golpe.

CONTINUARÁ

MALDITO ALZHEIMER


 No recuerdo cuándo empezó exactamente. A veces pienso que siempre estuve aquí, sentado frente a esta ventana, viendo cómo la luz del atardecer se apaga sobre los árboles del jardín.

Otras veces creo que solo llevo un segundo en esta silla, como si acabara de despertar en este mismo instante. La memoria es como una manta agujereada: cada vez que intento cubrirme, el frío se cuela por otro sitio distinto.

Lo que sí sé es que tengo miedo. Un miedo hondo, tenebroso, que se mete en el pecho y aprieta.
La mujer que entra cada día en mi habitación dice que es mi hija, María. Tiene un nombre bonito. A veces lo recuerdo sin esfuerzo, como si la conociera de siempre; otras veces lo olvido al instante y no puedo dejar de observarla como si fuera una desconocida invadiendo mi casa. Me habla con ternura, aunque en su rostro se nota un cansancio que no puede ocultar.

Cuando la escucho llorar tras la puerta, sé que llora por mí, aunque haya días en los que no sé quién es. Hoy ha entrado con una sonrisa triste.

—Buenos días, papá —me dice mientras me acaricia la mejilla.

Su piel es tibia. Ese calor lo reconozco, me aferro a él como quien se agarra a la última cuerda que lo sostiene sobre un precipicio. Quisiera decirle que la quiero, aunque mi cabeza no acierta a recordar quién es.

—Buenos días —respondo mientras observo su cara, intentando montar un rompecabezas mentalmente.
—¿Cómo te llamas? —pregunto, confundido.
—María, papá. Soy María.

Repito su nombre en mi mente, intentando que no se me escape. Me lleva al comedor. Veo mesas, sillas y personas que me saludan. ¿Vecinos? ¿Familiares? ¿Curiosos? No sabría decirlo. Siento que todos esperan que les devuelva el saludo con su nombre, pero eso es algo que no puedo hacer. Una señora se acerca y me toma de la mano; su piel es suave, arrugada como la mía.

—Buenos días, cariño —me saluda como si me conociera.
—Hola —respondo sin saber qué más decir.

Ella sonríe con tristeza y se va. María observa la escena y cierra los ojos. Sé que le duele. Estoy seguro de que antes la conocía, pero ahora no.

No quiero que mi hija piense que no lo intento. Lo hago cada día. Peleo en silencio contra esta niebla que avanza sin compasión, tragándose caras, fechas, palabras y momentos. Mi lucha es desigual: por cada recuerdo que logro atrapar, pierdo dos. Es como intentar retener agua entre las manos.

A veces sueño, y en mis sueños todo es claro. El pasado aparece completo. Veo el rostro de mi esposa —aunque cuando estoy despierto ya no recuerde su nombre—; veo nuestras vacaciones en la playa, nuestras peleas tontas por ver quién bajaba la basura, la forma en que se reía cuando yo contaba chistes. En los sueños soy el hombre que fui, no este que observa su reflejo en el espejo como si fuera un extraño.

Pero cuando despierto, los sueños se desvanecen como humo que se lleva el viento.

A veces escucho voces en la casa. Voces conocidas. Creo reconocerlas, pero cuando salgo al pasillo no hay nadie. La enfermera dice que es normal, que mi mente mezcla recuerdos antiguos con sonidos presentes, que no debo preocuparme.
¿No preocuparme? ¿Cómo no hacerlo si mi cabeza se deshace en pedazos? Cada día olvido algo más. Ayer olvidé cómo abrocharme la camisa. Anteayer dónde estaban los cubiertos. La semana pasada olvidé que mi esposa murió hace años. Le pregunté a María por ella y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Papá —me dijo con voz quebrada—, mamá ya no está.

Dentro de mí, una angustia perforó mi pecho. ¿Cómo pude olvidar algo así?
Esa noche lloré hasta quedarme dormido. Lloré por mí, por ella, por mi hija y por todo lo que ya no soy.

A veces tengo momentos de lucidez, breves como el destello de una cerilla en la oscuridad. Recuerdo quién soy: un hombre que trabajó y crió a una niña que ahora me cuida. Pero esos destellos se apagan demasiado pronto y vuelvo a perderme.

Hoy, mientras María me peinaba, la miré fijamente y algo dentro de mí despertó. Vi a la niña que trepaba a los árboles y lloraba cuando se raspaba las rodillas. Vi muchos recuerdos.

—María —dije con voz firme—. Eres mi niña.

Ella se quedó quieta. Sus ojos se llenaron de lágrimas y me abrazó con fuerza.
—Sí, papá, soy tu niña —respondió sin poder dejar de llorar.

Cinco minutos después, cuando volvió a entrar en la habitación, ya no supe quién era.

Hay días peores que otros. El otro día desperté convencido de que estaba en mi casa de niño, que mi madre entraría por la puerta con su delantal para decirme que el desayuno estaba listo. Cuando la enfermera entró, creí que era ella.

—Mamá —le dije.

Por la expresión de su rostro supe que algo estaba mal.
—Señor Andrés —respondió—, soy Clara, la enfermera.

Mi mundo se ha vuelto pequeño. Antes era enorme, lleno de calles, caras conocidas, fechas. Ahora es un cuarto y una silla frente a la ventana. Pero lo que más miedo me da no es lo olvidado: es lo que aún recuerdo y sé que pronto perderé.

Hoy tuve un momento extraño. Estaba sentado en el jardín. María estaba a mi lado, leyendo un libro. La miré y no supe quién era.

—¿Quién eres? —pregunté.
Ella cerró el libro, lo dejó a un lado y suspiró.
—Soy alguien que te quiere, papá —respondió mientras me cogía la mano.

Esta noche, antes de dormir, escuché a María hablando con Clara.
—Cada vez está peor —dijo mi hija.
—Lo sé, pero está tranquilo —respondió la enfermera.

María lloró. Quise levantarme y decirle que no llorara por mí, pero no pude moverme. Sé que llora por el hombre que ya no soy, por los recuerdos que se han perdido, porque un día despertaré y no sabré en qué mundo habito… y ese día llegará pronto.

Pero no hoy.
Hoy aún sé que la amo, aunque no recuerde su nombre.
Hoy aún sé que hubo una mujer que compartió mi vida, aunque ya no pueda ver su rostro con claridad.
Hoy aún sé que fui un hombre completo, aunque ahora solo quede un fragmento.
Hoy aún sé que soy Andrés.

Mañana… no lo sé.

NAUFRAGO ( parte II )


 Empecé a notar otros signos: restos de hogueras antiguas, conchas amontonadas, un trozo de tela azul medio enterrado. Todo parecía muy viejo, pero una cosa estaba clara: la mano del hombre estuvo aquí.

Cada descubrimiento aumentaba mi sensación de que la isla tenía memoria. No era solo un lugar perdido en medio del océano; era un lugar que había tragado vidas antes que la mía. Intenté mantenerme ocupado para no pensar: reforcé el refugio y lo hice más seguro. Fabrique una lanza con una vara afilada para poder pescar, pero había algo de lo que no podía librarme: el silencio.

Una noche creí ver una sombra moverse entre los árboles. Corrí hacia el fuego con la lanza en alto, gritando. No había nadie, solo el eco de mi propia voz. Desde ese día dormí con el cuchillo en la mano.

Perdí la noción del tiempo. El sol nacía y moría cada día, y yo con él. Mis conversaciones se reducían a murmullos conmigo mismo; a veces le hablaba al mar, a veces a las piedras. Llegué a convencerme de que, si mantenía mi rutina —buscar comida, mantener el fuego, revisar la playa—, podría conservar la cordura.

Una tarde, mientras recogía cocos, encontré una botella atrapada entre las rocas. Dentro había un papel con unas pocas palabras escritas a lápiz:

—“No salgas de noche. No están muertos.”—

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No sabía si era una broma de algún marinero borracho o la advertencia de alguien que no había tenido mi suerte. Desde esa noche no salí de mi choza al anochecer, pero los ruidos continuaban.

La segunda gran tormenta llegó sin aviso. Vientos huracanados arrancaron las hojas y ramas del refugio, y el mar subió hasta la playa. Intenté salvar el fuego, pero el agua lo devoró. Me refugié en una saliente de la montaña. La tormenta duró toda la noche. Al amanecer, la isla era otra: el arroyo se había desbordado y la mitad de mi refugio había desaparecido.

Entre los restos encontré una huella fresca: un pie humano, pequeño y descalzo, que se dirigía al interior de la selva.

Seguí el rastro durante horas. No sé si lo hice por desesperación o porque me estaba volviendo loco. Las huellas me llevaron a una cueva escondida tras unas rocas cubiertas de musgo. Dentro olía a humo; había restos de hogueras, huesos y trozos de tela. En el fondo encontré una caja metálica corroída. Dentro había una navaja, un reloj parado y un cuaderno empapado. En la primera página se leía:

—“Día 43. La isla no deja ir a nadie.”—

No pude leer más. Salí corriendo, tropezando con las piedras. Esa noche no dormí.

Pasé los días siguientes preparando una balsa. Usé troncos secos y cuerda de fibra vegetal. La idea era lanzarme al mar con la marea alta. Sabía que era una locura, pero quedarme allí era peor. Cada noche los ruidos se volvían más nítidos. Podía escuchar claramente pasos, murmullos, respiraciones… aunque en el fondo creo que me estaba volviendo loco.

El último día, mientras amarraba el último tronco, vi algo en la playa: figuras quietas recortadas contra la luz del atardecer. No pude distinguir sus rostros, pero estaba seguro de que me miraban. Eran tres, tal vez cuatro. Cuando di un paso hacia ellos, desaparecieron. Decidí que esa misma noche partiría.

El mar estaba en calma. Remé hasta que la isla se convirtió en una sombra lejana. Finalmente, el sol salió y, por primera vez en muchas semanas, sentí una chispa de esperanza.

Pero al caer la tarde el viento cambió. La corriente empezó a arrastrarme de vuelta. Intenté remar con todas mis fuerzas, pero el agua me devolvía a la isla como si tuviera voluntad propia. Cuando la noche cayó, la costa volvió a aparecer ante mí. Exhausto, me dejé llevar hasta la orilla. Allí, esperándome, estaban las mismas figuras. No huí; no tenía fuerzas.

Desperté al amanecer, rodeado de silencio. No recordaba haber dormido. Mi cuerpo estaba cubierto de arena húmeda y tenía marcas en la piel, como si alguien me hubiera arrastrado. La balsa había desaparecido. Caminé lentamente hacia el arroyo. El agua seguía saliendo clara. Bebí hasta saciarme.

Entonces los vi: sobre la colina, inmóviles, observándome. Eran cuatro. Sus cuerpos eran delgados, la piel pálida, los ojos vacíos. No hablaban; solo respiraban con un sonido áspero. Retrocedí, tropecé y caí al suelo. Cuando levanté la vista, ya no estaban. Corrí hasta la cueva buscando el cuaderno. Lo encontré abierto por una página nueva, escrita con una letra temblorosa:

—“Día 44. El mar los trae. No hay salida.”—

No fui yo quien escribió eso. Lo sé porque mi mano temblaba demasiado para sostener el lápiz.

Salí de la cueva y miré el horizonte. Mis fuerzas se estaban agotando.

Semanas después, un barco pesquero halló una pequeña isla sin nombre. No encontraron señales de vida, solo un refugio destruido, restos de fuego y una cruz improvisada en la montaña. Sobre una piedra, escrita con carbón, alguien había dejado una frase:

—“La isla no deja ir a nadie.”—

NAUFRAGO ( parte I )


 Me llamo José Herrera, marinero del barco Lucero, un carguero viejo que zarpó de Cartagena, en Colombia, rumbo a Lisboa con una carga de repuestos de automóviles y algo de maquinaria ligera.

No debería haber sido un viaje peligroso, pero en el mar nunca se sabe. El cuarto día de navegación, una tormenta inesperada nos envolvió con una furia tan violenta que apenas tuvimos tiempo de amarrar la carga. El viento rugía como un animal hambriento. Recuerdo vagamente correr por la cubierta, empapado y casi ciego por la lluvia, cuando el barco se inclinó sobre su costado derecho. A pesar de los años, todavía me cuesta distinguir babor y estribor. El último sonido que escuché fue el chirrido de los cables de acero que sostenían la carga.

Desperté flotando en un trozo de madera, rodeado de silencio. Un silencio que solo rompían las olas del mar. El agua, ya serena, brillaba con una calma insultante. A mi alrededor flotaban solo restos del barco.

Grité los nombres de mis compañeros hasta quedarme sin voz, pero solo las gaviotas me respondían. El sol ardía sin compasión. A lo lejos, una mancha oscura se recortaba en el horizonte: una isla.

Remé con los brazos hasta que la corriente me empujó hacia un saliente de arena blanca. Me costó arrastrarme fuera del agua; besé la arena, no por devoción sino por pura desesperación. Estaba vivo, aunque no sabía por cuánto tiempo.

La isla tenía el tamaño de un pueblo pequeño. Desde la playa podía ver una línea de palmeras rodeadas por un manto de vegetación espesa y una pequeña colina rocosa que dominaba el centro. No había señales de vida humana.

El primer día lo dediqué a explorar la costa. Encontré conchas, cangrejos, caracolas y, sorprendentemente, un arroyo de agua dulce que desembocaba en el mar. Ese arroyo fue mi primera bendición; bebí hasta que me dolió el estómago.
En otra parte de la isla encontré una caja de provisiones del Lucero. La abrí ansiosamente: tres latas de sardinas, galletas completamente empapadas y un cuchillo oxidado.

Decidí racionar la comida hasta que pudiera pescar o cazar algo. Esa noche me tumbé en la arena, temblando en parte por miedo. El sonido de las olas era constante; lo más curioso es que parecía acompasarse con mi respiración. No pude dormir: el miedo tenía el poder de mantenerme despierto aun cuando el cuerpo se rendía al cansancio.

El segundo día me interné en la selva. La humedad era asfixiante. Insectos diminutos me picaban sin descanso. Con ramas y hojas grandes empecé a levantar una pequeña choza cerca del arroyo. Era una estructura débil, pero me daba la ilusión de tener un techo.
La primera noche en mi choza llovió. El agua se filtraba por todos lados, pero al menos no dormí sobre la arena húmeda.

Al amanecer encontré huellas pequeñas cerca del arroyo. Al principio pensé que eran de un animal, pero había algo inquietante en su forma: eran casi humanas, aunque más pequeñas y desiguales. Las seguí por curiosidad, pero desaparecieron entre las raíces de los árboles. Decidí no volver a ese punto, no por miedo, sino por prudencia.

El hambre es un enemigo silencioso que se instala en la cabeza antes que en el estómago. A los cuatro días la comida se me estaba acabando pese a racionarla. Aprendí a abrir cocos a golpes y a cazar cangrejos con una trampa hecha de ramas. También descubrí que podía atrapar pequeños peces en las charcas formadas en la desembocadura del arroyo. El cuchillo oxidado era mi mayor tesoro.

Intenté encender fuego. Fue una batalla perdida. Froté los palos hasta que me sangraron las manos. Finalmente lo logré al séptimo intento. Cuando un hilo de humo se transformó en una llama, lloré, no por emoción sino por alivio. Tener fuego era como recuperar una parte de la civilización. Lo mantuve encendido toda la noche, como si pudiera protegerme de algo más que del frío.

No hay oscuridad más absoluta que la de una isla desierta. Las noches eran interminables. A veces creía oír pasos alrededor de mi refugio, voces susurrantes que quizá eran solo el viento.

Una madrugada desperté sobresaltado: alguien (o algo) había dejado una piedra pulida frente a mi choza. No podía ser casualidad. Lo más inquietante era que en la arena no había huellas.

Durante días busqué alguna explicación. “Quizá la piedra rodó con la lluvia”, me repetía. Pero la verdad es que cada noche me sentía menos solo… aunque no de un modo reconfortante. No es lo mismo estar acompañado que sentirse observado.

Una semana después del naufragio, la fiebre llegó. Una pequeña herida en el pie se había infectado. Pasé dos días delirando. En mis alucinaciones veía el barco entero, intacto, con mis compañeros llamándome desde la cubierta. Mientras ellos se alejaban en el horizonte, yo me hundía en el agua hasta el cuello.

Cuando desperté, la herida supuraba pero la fiebre había bajado. En ese momento supe que debía buscar un lugar más alto y seco.

Me trasladé a la montaña central. Desde allí podía ver toda la isla; el mar se extendía infinito por los cuatro costados. En la cima encontré algo que me heló la sangre: un montículo de piedras apiladas con una cruz de madera. No podía ser natural.
Alguien había estado allí antes.
Y no sabía si eso debía alegrarme…
o aterrarme.

CONTINUARÁ

LOCURA EN VENECIA

 Eran seis amigos, tres parejas unidas por años de risas compartidas, discusiones sin importancia y una amistad sólida como pocas. Barcelon...