Eran seis amigos, tres parejas unidas por años de risas compartidas, discusiones sin importancia y una amistad sólida como pocas.
Barcelona quedaba atrás aquella mañana somnolienta mientras el avión despegaba con rumbo a Venecia. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos sentían que no sería un viaje cualquiera. Había algo en ese destino, en su historia y en su misterio, que prometía marcarles para siempre.
El vuelo transcurrió entre bromas, planes improvisados y miradas cómplices. Al aterrizar, una luz gris plateada, cubierta de niebla, envolvía el aeropuerto Marco Polo. Era como si la ciudad ya estuviera preparando su hechizo. Con el equipaje justo y el cansancio todavía controlado, se dirigieron a buscar el autobús número cinco, el único que parecía separarles del sueño veneciano. Lo tomaron casi corriendo, riendo por la torpeza y los nervios del momento. Todavía no lo sabían, pero era el inicio de una jornada inolvidable.
El trayecto fue silencioso. A través de las ventanas del autobús, el paisaje se transformaba lentamente: edificios más antiguos, calles estrechas y más de cuatrocientos puentes les esperaban. Cuando por fin descendieron, Venecia se abrió ante ellos como una escena de teatro. No hubo palabras, solo miradas de asombro.
Era el primer día de carnaval. Las calles estaban llenas de vida. Personas con máscaras elaboradas caminaban con elegancia, como si el tiempo se hubiera detenido siglos atrás. Vestidos largos, capas de terciopelo y dorados brillaban bajo una luz difusa.
Cada esquina ofrecía una imagen nueva, casi irreal. El sonido del agua golpeando suavemente los canales se mezclaba con murmullos y risas amortiguadas por las máscaras.
Después de un pequeño tour por el centro, caminaron sin rumbo fijo, dejándose llevar y perdiéndose por el laberinto de calles. Los canales, repletos de góndolas negras que se deslizaban con solemnidad, los envolvían. Uno de ellos recordó el dicho de que hay que perderse en las calles estrechas para enamorarse de Venecia.
El hambre los llevó a un pequeño restaurante escondido entre edificios antiguos. Allí, sentados en una mesa de madera gastada, compartieron platos de pasta y pizza. La comida y las risas aflojaron las lenguas, y la complicidad regresó con fuerza. Después, nada pudo evitar que acabaran frente a un capuchino intenso y cremoso. La calidad del café fue tema de conversación durante varios minutos; coincidieron en que era uno de los mejores que habían probado.
Al salir del local, la ciudad parecía distinta. La luz había cambiado y, con ella, la atmósfera. Las sombras alargadas de los disfraces se deslizaban por los muros y las máscaras ya no parecían solo festivas: ahora se veían enigmáticas.
En una pequeña plaza, un grupo de figuras inmóviles observaba a los transeúntes. Una de ellas giró la cabeza lentamente al pasar los seis amigos. Fue solo un segundo, pero bastó para crear un silencio inquietante entre todos.
Continuaron hasta llegar a la casa donde vivió Casanova. El edificio, sobrio y discreto, escondía historias de pasión, intriga y secretos. Les hubiera encantado entrar y recorrer las habitaciones que parecían susurrar relatos del pasado.
Visitaron varias iglesias del centro, cada una más impresionante que la anterior. El silencio en su interior contrastaba con el bullicio del carnaval afuera. Velas encendidas, frescos antiguos y el eco de sus pasos resonando bajo cúpulas infinitas. En una de ellas creyeron haber perdido a una de las parejas. El tiempo pareció detenerse durante unos minutos y la inquietud creció, hasta que finalmente los encontraron, absortos en oración.
Al caer la noche, Venecia se transformó una vez más. Las pocas luces del alumbrado público se reflejaban en el agua de los canales. El cansancio era evidente: los pies dolían y las voces se apagaban poco a poco, pero aún quedaba energía para recordar lo bien que lo habían pasado en su paseo por los canales.
Sentados en una plaza junto al agua, compartían los recuerdos del día. Hablaban de lo vivido, de lo extraña y bella que era aquella ciudad. A pesar del agotamiento, se sentían más unidos que nunca. La amistad había sido su brújula y su refugio.
Venecia los observaba en silencio. Quizás aún guardaba secretos sin revelar. Recordaban historias del Puente de los Suspiros o del Rialto, pero llegó la hora de regresar.
Mientras se dirigían a la Piazzale Roma, entre las estrechas calles, una última figura enmascarada los saludó desde un puente. Nadie pudo asegurar si fue real o fruto del cansancio. Solo supieron que, en el vuelo de regreso, ninguno olvidaría jamás aquel día en la ciudad de los canales.











