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ULTIMO COMBATE


 El tatami olía a limpio y a desinfectante. Para Gabriel, aquel olor era hogar: había pasado más horas sobre ese rectángulo de lona que en cualquier otro lugar del mundo.

Desde los seis años, cuando su padre lo llevó por primera vez a un gimnasio de karate, tuvo la certeza de que esa era la disciplina deportiva que quería para su vida.

Aquella noche, sin embargo, el tatami parecía observarlo, como si conociera el final.

Gabriel estaba sentado en el vestuario, con el traje de karate puesto, preparado para el combate. Respiraba despacio, como le habían enseñado: inspirar por la nariz, retener unos segundos y exhalar por la boca.

El murmullo del público llegaba amortiguado desde el otro lado de las paredes. Era la final del campeonato nacional, televisada en directo. Algo le preocupaba y no podía disimularlo. Cerró los ojos con fuerza.

Todo había comenzado tres días antes, con una llamada que no debía haber contestado.

—¿Gabriel?
—Sí, dígame.
—No cuelgue, esto es importante.

Debería haber colgado. Lo sabía. Pero no lo hizo. La voz le dio una dirección y un horario, con una advertencia clara:

—Si no viene solo, su hermano morirá.

La frase le martilleaba la cabeza.

Gabriel decidió ir. El lugar era un restaurante cerrado en el puerto, con las ventanas tapadas y un fuerte olor a sal y aceite viejo. Allí lo esperaban tres hombres. Ninguno levantó la voz. Le hablaron de apuestas millonarias que se movían en la sombra. También hablaron de su rival en la final: campeón europeo invicto, fuerte y rápido.

—Queremos que gane usted, pero no por puntos —dijo uno de ellos.
—No entiendo.
—Entenderá enseguida.

Entonces sacaron un teléfono. El vídeo duraba unos quince segundos. Su hermano Daniel estaba atado a una silla, con el rostro marcado por los golpes. La cámara se acercó lo justo para mostrar sus ojos aterrados.

—Está vivo, por ahora —dijo una voz.

Gabriel sintió cómo algo se rompía en su interior.

—El combate será rápido. Usted sabe cómo hacerlo. Un golpe mal ejecutado… el karate bien aplicado puede ser mortal.
—Yo no soy un asesino —gritó Gabriel.
—No. Usted es un profesional. Y un buen hermano.

Le dieron dos opciones: dinero suficiente para no volver a competir y la vida de su hermano, o negarse y recibir su cuerpo en una bolsa negra.

—Tiene tres días para decidir —fueron claros.

Desde entonces, Gabriel no había dormido. Cada entrenamiento era una tortura. Cada kata, cada combate. Sabía que sería fácil: conocía todos los puntos vitales.

Su contrincante no sospechaba nada. Era respetuoso, incluso amable. Se habían saludado antes del combate con una leve reverencia.

—Que gane el mejor.

Gabriel no respondió. Se ajustó el cinturón, gastado por los años. El cinturón no mide lo que sabes, mide lo que estás dispuesto a respetar. Era la frase que siempre le repetía su maestro.

Salió al tatami bajo una ovación ensordecedora. Las luces lo cegaron por un instante. Vio al jurado, a los árbitros, a las cámaras. Todo le parecía irreal, como si estuviera en un sueño. Tras el saludo protocolario, el combate comenzó.

Los primeros intercambios fueron de tanteo. Vio que su rival bajaba la guardia. Podía hacerlo. Pero no lo hizo.

El contrario marcó el primer punto. El público rugió. Gabriel retrocedió sudando. Cada segundo que pasaba aumentaba el riesgo.

Recordó a su hermano de niños, cómo lo miraba cuando entrenaba. Recordó la promesa que le hizo: que siempre lo cuidaría.

El segundo asalto fue más duro. Gabriel respondía a los ataques mientras su mente repetía una y otra vez:

Si no lo hago, mi hermano muere. Si lo hago, viviré sabiendo que maté a un hombre frente a miles de personas.

Vio una apertura en la guardia de su oponente. El cuello quedó al descubierto. Un golpe exacto, con la fuerza justa, podría provocar una muerte instantánea. Nadie lo notaría. Sus músculos se tensaron. Miró a su rival a los ojos y comprendió que era un hombre igual que él.

Gabriel tomó una decisión. Atacó, pero no como ellos esperaban. Ejecutó una combinación rápida de golpes que su rival no pudo esquivar. Cayó al tatami como un fardo.

—¡Punto para Gabriel! —gritó el árbitro.

Cuando el combate terminó, el resultado fue claro: campeón Gabriel.

Mientras levantaba el trofeo, buscó entre el público. No vio a los hombres del puerto, pero sabía que estaban allí.

Esa misma noche, en el hotel, recibió otro mensaje. Un vídeo. En él podía ver claramente a su hermano inmóvil en el suelo. El mensaje decía una sola cosa:

—Elegiste mal.

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