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80 AÑOS SIN EL


 Nacieron en la misma madrugada, cuando el invierno se sentía en el ambiente y la luz tardaba en llegar. Nadie se lo dijo nunca, pero el llanto fue casi simultáneo: dos niños, dos respiraciones, dos destinos que se separarían apenas al nacer.

La madre apenas pudo mirarlos; estaba agotada, vencida por una vida dura y decisiones que debía haber tomado sola.

En el hospital, una enfermera tomó uno de los bebés y lo llevó por un camino distinto. El otro quedó envuelto en una manta áspera, sobre el pecho de una mujer que lloraba en silencio.

Nadie habló de hermanos. Nadie dejó constancia del error (o del arreglo). Así comenzó la historia de Manuel y Joaquín, aunque ninguno supo el nombre del otro durante ochenta años.

Manuel creció en un pueblo pequeño, rodeado de campos secos y silencios largos. Su infancia fue tranquila, sin grandes alegrías ni grandes tragedias. Aprendió pronto a trabajar el campo y, más tarde, a ganarse la vida como carpintero. Siempre tuvo una extraña sensación, como si le faltara algo. A veces soñaba con un rostro borroso, parecido al suyo, que lo miraba sin hablar desde el otro lado de un espejo. Siempre se despertaba con el corazón acelerado.

Joaquín, en cambio, fue criado en la ciudad por una familia que nunca ocultó que era adoptado. Aunque jamás supo que no estaba solo al nacer, fue un niño curioso, lector voraz y de carácter abierto. Se dedicó a la enseñanza y pasó su vida rodeado de libros y niños. También él sentía una sensación de incompletitud.

Ambos envejecieron sin saber del otro. Amaron y fueron amados, cometieron errores como todo el mundo. Sobrevivieron a guerras, crisis e incluso a una pandemia. Tuvieron que despedir a muchas personas.

Manuel se casó joven y enviudó demasiado pronto. Su único hijo, Andrés, se convirtió en su razón para seguir adelante. Cuando el cuerpo ya no le respondía como antes y la memoria comenzaba a hacerle trampas, Andrés tomó una decisión dolorosa: llevar a su padre a una residencia de ancianos en la ciudad, lejos del pueblo que había sido toda su vida.

—Es lo mejor, papá. Allí te cuidarán bien —le dijo Andrés.

Manuel asintió sin protestar. A esa altura de la vida, había aprendido que resistirse solo hacía las cosas más difíciles.

La residencia estaba en una calle tranquila, con árboles y bancos de piedra. Olía a desinfectante, a comida caliente y a recuerdos que se perdían. Los días allí parecían todos iguales: desayunos tempranos, paseos cortos, conversaciones repetidas, tardes eternas frente a la televisión encendida sin sonido.

Fue en uno de esos días cuando Manuel vio por primera vez a Joaquín. Estaba sentado en el jardín, leyendo un libro con las gafas torcidas sobre la nariz. Tenía el cabello completamente blanco y la piel surcada de arrugas. Manuel pasó despacio con su andador, pero algo le detuvo. Un estremecimiento casi imperceptible le recorrió el pecho.

Aquel hombre levantó la vista, y sus ojos apagados por los años, pero aún atentos, se cruzaron con los de Manuel. Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

—Buenos días —dijo Joaquín.

—Buenos días —respondió Manuel.

Desde ese día comenzaron a coincidir a menudo. Se sentaban en el mismo banco, compartían silencio con frases cortas. Descubrieron gustos comunes: el café fuerte, la música antigua. Había algo natural en su cercanía, algo familiar.

—Es curioso, siento como si lo conociera de toda la vida —comentó Joaquín.

—A mí me pasa igual —respondió Manuel, con una media sonrisa.

Los días se convirtieron en semanas. Hablaron de sus pasados, de sus hijos, incluso de las personas que ya no estaban. Encontraron coincidencias extrañas. Ambos habían nacido el mismo día, en el mismo hospital. Cuando lo mencionaron, rieron como si fuera una simple curiosidad.

Fue una noche de insomnio cuando Joaquín decidió revisar los pocos papeles que conservaba de su adopción. Lo hizo sin saber por qué, con manos temblorosas, impulsado por una curiosidad que no podía acallar.

Entre los documentos amarillentos, encontró una anotación casi borrosa: "Parto gemelar. Segundo recién nacido trasladado."

Sintió que se le paraba el corazón. Al día siguiente, buscó a Manuel con urgencia. Lo encontró en la sala común, mirando por la ventana como si esperara algo que no llegaba.

—Manuel, necesito preguntarte algo —dijo Joaquín, casi sin aliento.

Manuel lo escuchó sin interrumpir. Cuando Joaquín terminó, el silencio fue absoluto.

—Yo también fui adoptado —susurró Manuel.

—Pero siempre me dijeron que nací solo...

Se miraron largamente. Ya no había duda: dos hermanos separados al nacer, reunidos al final.

Manuel rompió a llorar primero, un llanto profundo, como si estuviera llorando por los dos niños que nunca se conocieron. Joaquín lo abrazó con torpeza, apoyando su frente en el hombro de Manuel.

—Ochenta años para encontrarnos —comentó Manuel.

—Pero nos encontramos, al final —respondió Joaquín.

Desde entonces, pasaban todo el tiempo juntos. Se tomaban de las manos, compartían recuerdos. Andrés los observaba con una mezcla de asombro y emoción. Nunca había visto a su padre tan vivo.

Manuel murió una mañana tranquila, con Joaquín sentado a su lado, sosteniéndole la mano. No hubo dolor, solo una despedida serena.

—Gracias por encontrarme —susurró Manuel, antes de cerrar los ojos.

Joaquín permaneció junto a él en silencio, bastante tiempo.

Dos días más tarde, alguien le preguntó:

—¿Quién era ese hombre para ti?

—Mi hermano... llegó tarde... pero llegó —respondió Joaquín.

Por primera vez en ochenta años, se sintió un hombre completo.

DOCE CAMPANADAS MORTALES


 Nunca fue nuestra intención que el fin de año acabara de esa manera.

Éramos siete amigos, unidos más por la costumbre que por una afinidad real. La idea surgió en una conversación, una noche cualquiera de diciembre: huir de la ciudad, de los petardos y de la familia, pasar el cambio de año en una masía aislada en plena montaña, con alcohol, música y la sensación de libertad que se tiene cuando eres joven.

La masía la encontró Marcos. Dijo que pertenecía a un tío lejano y que llevaba años deshabitada, pero que estaba en buen estado.

—No hay vecinos, no hay cobertura, no hay nadie para molestar —dijo Marcos, sonriendo.

Llegamos el 31 de diciembre poco antes de que anocheciera. El camino era estrecho, lleno de curvas y árboles que parecían caer sobre el coche. Cuando por fin la vimos, la masía surgió entre la niebla: una construcción de piedra oscura, con ventanas pequeñas y un tejado irregular. En ningún momento parecía realmente abandonada.

Bromeábamos al bajar del coche, cargados con bolsas de comida y botellas. El aire estaba helado y el silencio era tan absoluto que resultaba incómodo. Solo se oía el crujir de nuestras pisadas sobre las hojas secas y el viento entre los árboles.

—Da mal rollo —comentó Laura.

—No seas exagerada —respondió Marcos.

La puerta chirrió al abrirse. Durante un segundo, nadie habló.

El interior olía a humedad y madera vieja. Había muebles cubiertos con sábanas, una chimenea enorme en el centro del comedor y unas escaleras de madera que conducían al piso superior. Las paredes estaban decoradas con cuadros antiguos: paisajes de montaña y retratos de personas serias, con miradas apagadas que parecían observarnos.

No sabría decir cuándo empezó a torcerse todo. Al principio fue una noche normal. Encendimos la chimenea, pusimos música con un altavoz portátil y empezamos a beber. El ambiente se relajó; reímos, brindamos y bailamos durante horas. La masía dejó de parecer tan tenebrosa… aunque había detalles que no cuadraban.

El primer corte de luz ocurrió sobre las diez de la noche. Duró apenas unos segundos, pero en ese tiempo todo quedó en silencio y oscuridad absoluta. Cuando volvió la luz, nadie dijo nada, pero noté que algunos miraban las ventanas con miedo.

Luego llegaron los ruidos: golpes lejanos, como pasos en el piso superior, mientras todos estábamos en el comedor.

—Serán las vigas —comentó Marcos.

A las once y media, una de las chicas se dio cuenta de algo extraño.

—¿Habéis movido las fotos del pasillo? —preguntó.

Nadie lo había hecho. La fotografía mostraba a una familia posando frente a la misma masía, muchos años atrás.

—Juraría que antes estaba recta… ahora está torcida.

Reímos nerviosos y seguimos bebiendo. Cuando dieron las doce, brindamos, gritamos y nos abrazamos. El año nuevo empezó entre risas… pero duró poco.

A las doce y veinte, uno de los chicos subió al baño de arriba y no volvió. Al principio no nos preocupamos; pensamos que estaría vomitando o intentando llamar por teléfono desde algún rincón con cobertura. Pasó más de media hora y no regresaba.

—Voy a buscarlo —dijo Marcos.

Subió las escaleras. Escuchamos sus pasos… y luego un grito de terror. Subimos todos juntos, con el corazón golpeándonos el pecho. Una de las puertas estaba abierta. Dentro estaba el chico desaparecido, o mejor dicho, lo que quedaba de él. Yacía en el suelo, con los ojos abiertos. Había sangre por todas partes, pero no se veía ningún arma. Solo su rostro, congelado en una expresión de horror absoluto.

Laura empezó a gritar. Marcos se quedó inmóvil. Intentamos llamar a emergencias: no había señal. Intentamos salir, pero la puerta estaba cerrada y nadie tenía la llave.

El segundo asesinato ocurrió una hora después. Otra de las chicas desapareció mientras todos intentábamos tranquilizarnos en el comedor. Estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta. Unos segundos después, ya no estaba. Nadie la vio moverse.

La encontramos en la cocina, colgada del techo. Sus pies apenas tocaban el suelo. Tenía las uñas rotas, como si hubiera intentado liberarse hasta el último segundo. El pánico se desató.

Empezamos a desconfiar unos de otros. Solo quedábamos cinco. Cinco posibles culpables. Nadie sabía qué estaba pasando, pero todos compartíamos la misma sensación: no estábamos solos.

El tercer muerto fue Marcos. Lo encontramos en el antiguo granero, fuera de la casa. Nadie recordaba haberlo visto salir. La puerta estaba abierta y el suelo manchado de sangre. Marcos tenía el pecho abierto, como si algo —o alguien— hubiera intentado arrancarle el corazón.

Al amanecer, solo quedábamos cuatro, aterrados y cubiertos de sangre que no sabíamos si era nuestra o de los muertos.

Cuando llegó la policía, avisada por unos excursionistas que habían visto salir humo de la casa, todo parecía normal. Demasiado normal. No había señales de lucha. El granero estaba cerrado. La cuerda de la chica no estaba. El cuerpo de Marcos apareció dentro de la casa. Los retratos ya no colgaban de las paredes.

Cuatro supervivientes. Cuatro versiones distintas. Ninguna prueba que explicara nada.

A veces, cuando sueño, vuelvo a aquella masía. Oigo pasos en el piso de arriba, siento las miradas de los cuadros… y siempre, justo antes de despertar, una pregunta cruza mi mente:

—¿Y si el asesino nunca se fue?



EL REGRESO DE LA NAVIDAD


 En el pueblo de Valdenieve, donde el invierno parecía no terminar nunca, vivía un hombre que ya no esperaba nada de la Navidad. Se llamaba Eusebio, conocido por todos como don Eusebio, aunque casi nadie lo llamaba por su nombre. Para la mayoría era el hombre serio, el solitario, el que nunca sonreía. Caminaba siempre despacio, envuelto en un abrigo que le daba calor, con la espalda ligeramente encorvada por el peso de los años.

Don Eusebio no sonreía porque había aprendido que sonreír dolía. Cada diciembre, cuando el pueblo se llenaba de luces, canciones y risas, cerraba aún más las cortinas de su casa. No porque odiara la Navidad, sino porque le recordaba todo lo que había perdido.

Hubo un tiempo —muy atrás, tan lejos que parecía de otra vida— en que don Eusebio había sido un hombre distinto.

Entonces la Navidad era su época favorita del año. Había una casa llena de voces: una mujer que tarareaba villancicos mientras cocinaba, un niño que corría por el pasillo con calcetines de colores chillones y una voz melódica que le decía:

—Papá, mira lo que hice.

Pero la vida no pregunta antes de arrebatarte lo que más quieres. Primero se llevó a su esposa en una madrugada fría; luego, años después, se llevó a su hijo. Desde entonces, el silencio se instaló en su casa como un huésped permanente. La mesa quedó demasiado grande para él solo, las paredes demasiado vacías, y su sonrisa simplemente se fue.

Los vecinos intentaron acercarse al principio. Lo invitaban a cenar, a celebrar la Navidad juntos; le llevaban dulces y le deseaban felices fiestas. Don Eusebio siempre agradecía con educación, pero rechazaba todo. No era orgullo, era pena. Había aprendido que abrir la puerta también abría heridas.

Así pasaron los años, con sus correspondientes Navidades, hasta que llegó Mateo.

Mateo era un niño nuevo en el pueblo. Tenía siete años y una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor. El primer día que vio a don Eusebio lo miró fijamente.

—Mamá, ¿por qué ese señor camina como si le doliera todo? —preguntó el niño.

—A veces hay dolores que no se ven —respondió ella.

—¿Y nadie le ayuda?

—No siempre se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado.

La joven cabeza de Mateo no pudo entender aquella última frase.

Desde entonces, cada mañana lo esperaba en la esquina por donde solía pasar el hombre.

—Buenos días —decía el niño.

Don Eusebio escuchaba, pero no respondía.

—Hace frío hoy.

El silencio era la respuesta.

—Ya casi es Navidad.

A pesar de todo, Mateo no se desanimaba. Saludaba porque creía que las personas no debían caminar solas y en silencio.

Don Eusebio, sin saber por qué, empezó a reducir el paso al pasar junto al niño. No se detenía, pero escuchaba.

Una mañana, Mateo no dijo nada. Solo caminó a su lado unos metros.

—Mi papá murió —dijo de pronto.

Don Eusebio se detuvo. Mateo continuó mirando al suelo. El hombre lo observó y vio en él algo demasiado familiar.

—A veces uno no olvida… solo se cansa —habló por primera vez.

—¿Usted también está cansado?

No respondió, pero siguió caminando más despacio.

La Navidad se acercaba. Las luces parecían más brillantes ese año. En Nochebuena el frío era intenso. Don Eusebio se sentó en su casa sin encender las luces. No había árbol ni comida especial, solo una taza de té frío y el sonido lejano de las campanas de la iglesia. Pensaba en su hijo, en cómo se dormía esperando que llegara la Navidad, cuando de repente llamaron a la puerta.

—Toc, toc, toc—

Tardó en levantarse. Nadie llamaba a su puerta en esas fechas. Al abrir, encontró a Mateo, solo, con una bolsa de papel arrugada.

—Mi mamá está trabajando. Quería que usted no pasara la noche solo.

Don Eusebio sintió un nudo en la garganta. Mateo le entregó la bolsa. Dentro había una tarjeta y una galleta rota.

—Se me cayó… pero seguro que está buena —dijo apenado.

El hombre abrió la tarjeta.

“Feliz Navidad. No sé si hoy está triste, pero quería que supiera que alguien pensó en usted.”

Las lágrimas cayeron antes de que pudiera evitarlas.

—No debías… —intentó decir.

—Sí debía —respondió el niño, y añadió con voz temblorosa—. Porque usted nunca sonríe… y yo quería verle, aunque fuera solo una vez.

Don Eusebio cerró los ojos. Los recuerdos se agolparon en su mente. Sintió el cansancio de los años y las Navidades vacías. No sonrió, pero algo ocurrió.

Se arrodilló frente al niño y lo abrazó con ternura.

—Gracias. No sabes cuánto significa esto —murmuró.

Mateo apoyó la cabeza en su hombro.

—Mi mamá tampoco sonríe desde que murió mi abuelo.

Don Eusebio respiró hondo. Por primera vez en muchos años, no se sintió invisible.

Mateo se fue y la casa volvió al silencio. El hombre se sentó junto a la ventana y observó cómo caía la nieve. Sostuvo la tarjeta entre sus manos con ternura. No sonrió, pero tampoco lloró.

Al día siguiente, don Eusebio salió a caminar. Mateo lo esperaba.

—Feliz Navidad —dijo el niño.

El hombre lo miró. Sus labios no se abrieron, pero algo en su mirada había cambiado.

—Feliz Navidad, Mateo —respondió.

A veces la Navidad no cura, no borra el dolor ni devuelve lo perdido, pero deja una pequeña grieta por donde entra la luz.

FELIZ NAVIDAD

EL PASILLO 7 ( parte II )


 Se organizó una búsqueda inmediata. Encontraron su linterna en el suelo, todavía encendida, apuntando hacia una puerta entreabierta que había sido clausurada años atrás.

La puerta rechinó cuando la abrieron. La habitación estaba vacía: solo un olor rancio y rastros de humedad en las paredes. De Marina, nada.

El hospital entero quedó en shock. Las cámaras de seguridad no grabaron absolutamente nada, como si en esa parte del edificio la tecnología fallara siempre. Entonces comenzaron a resurgir historias antiguas: relatos sobre un paciente que había muerto allí en circunstancias inexplicables y que, según algunos, jamás abandonó el hospital.

La doctora Elisabeth decidió investigar por su cuenta. Buscó a la enfermera más veterana, una mujer que llevaba más de treinta años trabajando allí.

—Sé que conociste al paciente Ezequiel Paz —dijo Elisabeth sin rodeos.

La enfermera se quedó inmóvil. Por un momento, su rostro reflejó un miedo auténtico.

—E-Ezequiel… —susurró—. Ese nombre no se pronuncia aquí.

—Necesito saber qué pasó —insistió Elisabeth—. Quiero proteger a todo el hospital.

La mujer suspiró profundamente antes de comenzar su relato.

“Ezequiel había sido ingresado tras un accidente grave. Su familia se desentendió de él. Pasó semanas entre la vida y la muerte, solo, sin visitas, sin esperanza. Nadie hablaba con él más de lo estrictamente necesario. Su salud mental se deterioró; repetía una y otra vez: ‘No quiero estar solo cuando me vaya.’

“Una noche, su monitor cardíaco hizo un pitido largo. Cuando el equipo médico llegó ya era tarde… o al menos eso creyeron. Porque justo antes de certificar la hora de la muerte, el cuerpo de Ezequiel se incorporó bruscamente y abrió los ojos.

‘No me dejen solo’, gritó con una voz rota, cayendo muerto segundos después.”

Desde entonces, la enfermera aseguraba que, cada cierto tiempo, en el pasillo 7 se escuchaba la misma frase, como un eco débil:

No me dejes solo…

El personal comenzó a evitar los turnos nocturnos, las visitas acudían con miedo y la dirección del hospital prohibió hablar del tema.

Una noche, Elisabeth decidió enfrentarse a sus miedos. No soportaba la desaparición de Marina. Reunió a varios trabajadores del centro; todos habían visto algo, todos temían por sus vidas.

—No vamos a huir. Vamos a averiguar qué quiere —dijo.

—¿Cómo se enfrenta uno a un muerto? —preguntó uno.

—No se le enfrenta… se le escucha —respondió Elisabeth.

Decidieron recorrer el pasillo 7 a las tres de la mañana, la hora en la que ocurrían más apariciones. Apenas dieron diez pasos cuando las luces comenzaron a parpadear hasta apagarse por completo. El silencio más absoluto se instaló en el pasillo. Entonces lo oyeron:

No me dejen solo… —un lamento.

Al fondo del corredor apareció la figura. Alta, cadavérica, con los ojos hundidos y vacíos. Su bata hospitalaria estaba desgarrada y, lo más aterrador, no proyectaba sombra.

—Ezequiel… —susurró Elisabeth con un hilo de voz.

La figura levantó la cabeza al oír su nombre. Sus ojos brillaron débilmente.

No quiero estar solo…

—Ezequiel, estamos aquí. No estás solo —respondió la doctora.

En ese instante comprendió que el espíritu no deseaba dañar a nadie. Había muerto solo, olvidado, y ahora vagaba por los pasillos buscando algo que le fue negado en vida.

—Te recordamos. No estás solo —dijo Elisabeth con firmeza.

La figura se detuvo, bajó la cabeza y levantó un brazo señalando la puerta clausurada.

Ella está ahí…

—¿Marina? —preguntaron todos a la vez.

Se dirigieron a la puerta y la abrieron con fuerza. Dentro, acurrucada en un rincón, estaba Marina. Viva.

Elisabeth fue la primera en correr hacia ella.

—Ezequiel… gracias por avisarnos. Te recordaremos siempre.

El pasillo se iluminó con una luz blanca y cálida. La figura dio un paso atrás, luego otro, y se desvaneció como polvo llevado por el viento.

El hospital recuperó la calma. Las luces dejaron de fallar, las noches volvieron a la normalidad y Marina y los demás regresaron a sus puestos sin sobresaltos. Nadie volvió a ver al fantasma del pasillo 7, pero todos —absolutamente todos— saben que, cada vez que el reloj marca las tres de la mañana, una suave corriente fría recorre el pasillo.

EL PASILLO 7


 La mayoría de las personas cree que los hospitales son lugares de ciencia, donde todo funciona siguiendo rutinas y métodos estrictos. Pero quienes han pasado noches enteras en uno saben que, cuando el reloj marca las tres de la mañana, las paredes y los pasillos comienzan a susurrar otro tipo de historias, aquellas que nunca aparecen en los informes clínicos.

En el hospital donde ocurrió este relato, esas historias empezaron a circular a comienzos de otoño. Todas coincidían en lo mismo: una figura pálida, silenciosa y errante que podía verse vagando por los pasillos, como si buscara algo… o a alguien.

La primera en hablar del fantasma de los pasillos fue una paciente llamada Teresa, ingresada por una neumonía que se complicaba. Era una mujer de carácter fuerte y muchos años vividos. Una madrugada despertó gritando.

La enfermera de guardia llegó corriendo a la habitación.

—¿Señora Teresa, está bien? —preguntó mientras encendía una de las luces.

La mujer respiraba agitadamente, con los ojos muy abiertos.

—Aquí… aquí hay alguien —balbuceó—. Entró sin hacer ruido, pasó junto a mi cama. Era un hombre flaco, muy blanco… y no tenía sombra.

La enfermera intentó calmarla. No era raro que pacientes con fiebre alta sufrieran alucinaciones, pero Teresa insistía.

—No estoy delirando, enfermera. Estaba despierta. Ese hombre… atravesó la pared.

Aunque registró lo ocurrido, la enfermera lo atribuyó al estado de la paciente. Sin embargo, varias noches después, empezaron a oírse más testimonios sobre el fantasma del hospital.

Los siguientes en vivir incidentes fueron los celadores, especialmente Óscar, un joven que apenas llevaba dos semanas trabajando allí.

A las dos cuarenta y cinco de la madrugada, Óscar empujaba una camilla vacía por el pasillo 7, el más antiguo del edificio, cuando escuchó el chirriar de otra camilla detrás de él. Se detuvo, extrañado: nadie más debía estar en esa zona. Al girarse vio una camilla avanzando sola. El miedo le heló la sangre.

—¿Quién está ahí? —preguntó con un hilo de voz.

La camilla se detuvo de golpe. Luego las ruedas comenzaron a retroceder, como si alguien invisible tirara de ella, alejándola lentamente. Óscar sintió un escalofrío recorrerle la columna.

A lo lejos, en el fondo del pasillo, creyó distinguir una silueta borrosa, alta y delgada. Fueron solo unos segundos: parpadeó dos veces y la figura ya no estaba.

Esa misma noche presentó su renuncia, aunque desde entonces no pudo evitar volver una y otra vez al pasillo en sus sueños, siempre acompañado del metálico chirriar de unas ruedas que se acercaban.

El personal médico tampoco tardó en verse afectado. La doctora Elisabeth, jefa de planta, era una mujer pragmática, incapaz de creer en fantasmas… hasta que algo ocurrió en la sala de reuniones.

Revisaba historiales en plena madrugada cuando notó un brusco descenso de temperatura. Primero pensó en el aire acondicionado, pero la sensación continuó hasta helarle las manos. Entonces oyó pasos. No pasos normales: era como si alguien arrastrara los pies, sin fuerza para levantarlos.

Los pasos se detuvieron justo detrás de ella. Elisabeth se giró lentamente. No había nadie.

—Estoy trabajando demasiado —murmuró.

Volvió a fijarse en los documentos cuando algo en el monitor llamó su atención: el reflejo de un rostro pálido, con los ojos hundidos, mirándola fijamente a través de la pantalla.

Se volvió de inmediato, pero no había nadie. Cuando miró de nuevo el monitor, el reflejo también había desaparecido.

Desde ese día revisó los historiales con otra actitud. Entre los nombres antiguos encontró uno que comenzaba a repetirse una y otra vez en su cabeza: “Ezequiel Paz — fallecido en 1998 — paro cardiorrespiratorio.”
Un paciente que, casualmente, había muerto en el pasillo 7.

Los rumores crecieron. Los pacientes pedían dejar luces encendidas por la noche, y las enfermeras hacían las rondas de dos en dos. Pero el terror se volvió real cuando la auxiliar Marina desapareció.

Aquella madrugada le tocaba la ronda en el pasillo 7. Lo último que se supo de ella fue una breve comunicación por radio:

—Escucho a alguien aquí… quizás haya algún paciente caminando. Voy hacia la sala de… —la señal se cortó de golpe.

CONTINUARÁ

MALDITO ALZHEIMER


 No recuerdo cuándo empezó exactamente. A veces pienso que siempre estuve aquí, sentado frente a esta ventana, viendo cómo la luz del atardecer se apaga sobre los árboles del jardín.

Otras veces creo que solo llevo un segundo en esta silla, como si acabara de despertar en este mismo instante. La memoria es como una manta agujereada: cada vez que intento cubrirme, el frío se cuela por otro sitio distinto.

Lo que sí sé es que tengo miedo. Un miedo hondo, tenebroso, que se mete en el pecho y aprieta.
La mujer que entra cada día en mi habitación dice que es mi hija, María. Tiene un nombre bonito. A veces lo recuerdo sin esfuerzo, como si la conociera de siempre; otras veces lo olvido al instante y no puedo dejar de observarla como si fuera una desconocida invadiendo mi casa. Me habla con ternura, aunque en su rostro se nota un cansancio que no puede ocultar.

Cuando la escucho llorar tras la puerta, sé que llora por mí, aunque haya días en los que no sé quién es. Hoy ha entrado con una sonrisa triste.

—Buenos días, papá —me dice mientras me acaricia la mejilla.

Su piel es tibia. Ese calor lo reconozco, me aferro a él como quien se agarra a la última cuerda que lo sostiene sobre un precipicio. Quisiera decirle que la quiero, aunque mi cabeza no acierta a recordar quién es.

—Buenos días —respondo mientras observo su cara, intentando montar un rompecabezas mentalmente.
—¿Cómo te llamas? —pregunto, confundido.
—María, papá. Soy María.

Repito su nombre en mi mente, intentando que no se me escape. Me lleva al comedor. Veo mesas, sillas y personas que me saludan. ¿Vecinos? ¿Familiares? ¿Curiosos? No sabría decirlo. Siento que todos esperan que les devuelva el saludo con su nombre, pero eso es algo que no puedo hacer. Una señora se acerca y me toma de la mano; su piel es suave, arrugada como la mía.

—Buenos días, cariño —me saluda como si me conociera.
—Hola —respondo sin saber qué más decir.

Ella sonríe con tristeza y se va. María observa la escena y cierra los ojos. Sé que le duele. Estoy seguro de que antes la conocía, pero ahora no.

No quiero que mi hija piense que no lo intento. Lo hago cada día. Peleo en silencio contra esta niebla que avanza sin compasión, tragándose caras, fechas, palabras y momentos. Mi lucha es desigual: por cada recuerdo que logro atrapar, pierdo dos. Es como intentar retener agua entre las manos.

A veces sueño, y en mis sueños todo es claro. El pasado aparece completo. Veo el rostro de mi esposa —aunque cuando estoy despierto ya no recuerde su nombre—; veo nuestras vacaciones en la playa, nuestras peleas tontas por ver quién bajaba la basura, la forma en que se reía cuando yo contaba chistes. En los sueños soy el hombre que fui, no este que observa su reflejo en el espejo como si fuera un extraño.

Pero cuando despierto, los sueños se desvanecen como humo que se lleva el viento.

A veces escucho voces en la casa. Voces conocidas. Creo reconocerlas, pero cuando salgo al pasillo no hay nadie. La enfermera dice que es normal, que mi mente mezcla recuerdos antiguos con sonidos presentes, que no debo preocuparme.
¿No preocuparme? ¿Cómo no hacerlo si mi cabeza se deshace en pedazos? Cada día olvido algo más. Ayer olvidé cómo abrocharme la camisa. Anteayer dónde estaban los cubiertos. La semana pasada olvidé que mi esposa murió hace años. Le pregunté a María por ella y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Papá —me dijo con voz quebrada—, mamá ya no está.

Dentro de mí, una angustia perforó mi pecho. ¿Cómo pude olvidar algo así?
Esa noche lloré hasta quedarme dormido. Lloré por mí, por ella, por mi hija y por todo lo que ya no soy.

A veces tengo momentos de lucidez, breves como el destello de una cerilla en la oscuridad. Recuerdo quién soy: un hombre que trabajó y crió a una niña que ahora me cuida. Pero esos destellos se apagan demasiado pronto y vuelvo a perderme.

Hoy, mientras María me peinaba, la miré fijamente y algo dentro de mí despertó. Vi a la niña que trepaba a los árboles y lloraba cuando se raspaba las rodillas. Vi muchos recuerdos.

—María —dije con voz firme—. Eres mi niña.

Ella se quedó quieta. Sus ojos se llenaron de lágrimas y me abrazó con fuerza.
—Sí, papá, soy tu niña —respondió sin poder dejar de llorar.

Cinco minutos después, cuando volvió a entrar en la habitación, ya no supe quién era.

Hay días peores que otros. El otro día desperté convencido de que estaba en mi casa de niño, que mi madre entraría por la puerta con su delantal para decirme que el desayuno estaba listo. Cuando la enfermera entró, creí que era ella.

—Mamá —le dije.

Por la expresión de su rostro supe que algo estaba mal.
—Señor Andrés —respondió—, soy Clara, la enfermera.

Mi mundo se ha vuelto pequeño. Antes era enorme, lleno de calles, caras conocidas, fechas. Ahora es un cuarto y una silla frente a la ventana. Pero lo que más miedo me da no es lo olvidado: es lo que aún recuerdo y sé que pronto perderé.

Hoy tuve un momento extraño. Estaba sentado en el jardín. María estaba a mi lado, leyendo un libro. La miré y no supe quién era.

—¿Quién eres? —pregunté.
Ella cerró el libro, lo dejó a un lado y suspiró.
—Soy alguien que te quiere, papá —respondió mientras me cogía la mano.

Esta noche, antes de dormir, escuché a María hablando con Clara.
—Cada vez está peor —dijo mi hija.
—Lo sé, pero está tranquilo —respondió la enfermera.

María lloró. Quise levantarme y decirle que no llorara por mí, pero no pude moverme. Sé que llora por el hombre que ya no soy, por los recuerdos que se han perdido, porque un día despertaré y no sabré en qué mundo habito… y ese día llegará pronto.

Pero no hoy.
Hoy aún sé que la amo, aunque no recuerde su nombre.
Hoy aún sé que hubo una mujer que compartió mi vida, aunque ya no pueda ver su rostro con claridad.
Hoy aún sé que fui un hombre completo, aunque ahora solo quede un fragmento.
Hoy aún sé que soy Andrés.

Mañana… no lo sé.

NAUFRAGO ( parte II )


 Empecé a notar otros signos: restos de hogueras antiguas, conchas amontonadas, un trozo de tela azul medio enterrado. Todo parecía muy viejo, pero una cosa estaba clara: la mano del hombre estuvo aquí.

Cada descubrimiento aumentaba mi sensación de que la isla tenía memoria. No era solo un lugar perdido en medio del océano; era un lugar que había tragado vidas antes que la mía. Intenté mantenerme ocupado para no pensar: reforcé el refugio y lo hice más seguro. Fabrique una lanza con una vara afilada para poder pescar, pero había algo de lo que no podía librarme: el silencio.

Una noche creí ver una sombra moverse entre los árboles. Corrí hacia el fuego con la lanza en alto, gritando. No había nadie, solo el eco de mi propia voz. Desde ese día dormí con el cuchillo en la mano.

Perdí la noción del tiempo. El sol nacía y moría cada día, y yo con él. Mis conversaciones se reducían a murmullos conmigo mismo; a veces le hablaba al mar, a veces a las piedras. Llegué a convencerme de que, si mantenía mi rutina —buscar comida, mantener el fuego, revisar la playa—, podría conservar la cordura.

Una tarde, mientras recogía cocos, encontré una botella atrapada entre las rocas. Dentro había un papel con unas pocas palabras escritas a lápiz:

—“No salgas de noche. No están muertos.”—

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No sabía si era una broma de algún marinero borracho o la advertencia de alguien que no había tenido mi suerte. Desde esa noche no salí de mi choza al anochecer, pero los ruidos continuaban.

La segunda gran tormenta llegó sin aviso. Vientos huracanados arrancaron las hojas y ramas del refugio, y el mar subió hasta la playa. Intenté salvar el fuego, pero el agua lo devoró. Me refugié en una saliente de la montaña. La tormenta duró toda la noche. Al amanecer, la isla era otra: el arroyo se había desbordado y la mitad de mi refugio había desaparecido.

Entre los restos encontré una huella fresca: un pie humano, pequeño y descalzo, que se dirigía al interior de la selva.

Seguí el rastro durante horas. No sé si lo hice por desesperación o porque me estaba volviendo loco. Las huellas me llevaron a una cueva escondida tras unas rocas cubiertas de musgo. Dentro olía a humo; había restos de hogueras, huesos y trozos de tela. En el fondo encontré una caja metálica corroída. Dentro había una navaja, un reloj parado y un cuaderno empapado. En la primera página se leía:

—“Día 43. La isla no deja ir a nadie.”—

No pude leer más. Salí corriendo, tropezando con las piedras. Esa noche no dormí.

Pasé los días siguientes preparando una balsa. Usé troncos secos y cuerda de fibra vegetal. La idea era lanzarme al mar con la marea alta. Sabía que era una locura, pero quedarme allí era peor. Cada noche los ruidos se volvían más nítidos. Podía escuchar claramente pasos, murmullos, respiraciones… aunque en el fondo creo que me estaba volviendo loco.

El último día, mientras amarraba el último tronco, vi algo en la playa: figuras quietas recortadas contra la luz del atardecer. No pude distinguir sus rostros, pero estaba seguro de que me miraban. Eran tres, tal vez cuatro. Cuando di un paso hacia ellos, desaparecieron. Decidí que esa misma noche partiría.

El mar estaba en calma. Remé hasta que la isla se convirtió en una sombra lejana. Finalmente, el sol salió y, por primera vez en muchas semanas, sentí una chispa de esperanza.

Pero al caer la tarde el viento cambió. La corriente empezó a arrastrarme de vuelta. Intenté remar con todas mis fuerzas, pero el agua me devolvía a la isla como si tuviera voluntad propia. Cuando la noche cayó, la costa volvió a aparecer ante mí. Exhausto, me dejé llevar hasta la orilla. Allí, esperándome, estaban las mismas figuras. No huí; no tenía fuerzas.

Desperté al amanecer, rodeado de silencio. No recordaba haber dormido. Mi cuerpo estaba cubierto de arena húmeda y tenía marcas en la piel, como si alguien me hubiera arrastrado. La balsa había desaparecido. Caminé lentamente hacia el arroyo. El agua seguía saliendo clara. Bebí hasta saciarme.

Entonces los vi: sobre la colina, inmóviles, observándome. Eran cuatro. Sus cuerpos eran delgados, la piel pálida, los ojos vacíos. No hablaban; solo respiraban con un sonido áspero. Retrocedí, tropecé y caí al suelo. Cuando levanté la vista, ya no estaban. Corrí hasta la cueva buscando el cuaderno. Lo encontré abierto por una página nueva, escrita con una letra temblorosa:

—“Día 44. El mar los trae. No hay salida.”—

No fui yo quien escribió eso. Lo sé porque mi mano temblaba demasiado para sostener el lápiz.

Salí de la cueva y miré el horizonte. Mis fuerzas se estaban agotando.

Semanas después, un barco pesquero halló una pequeña isla sin nombre. No encontraron señales de vida, solo un refugio destruido, restos de fuego y una cruz improvisada en la montaña. Sobre una piedra, escrita con carbón, alguien había dejado una frase:

—“La isla no deja ir a nadie.”—

NAUFRAGO ( parte I )


 Me llamo José Herrera, marinero del barco Lucero, un carguero viejo que zarpó de Cartagena, en Colombia, rumbo a Lisboa con una carga de repuestos de automóviles y algo de maquinaria ligera.

No debería haber sido un viaje peligroso, pero en el mar nunca se sabe. El cuarto día de navegación, una tormenta inesperada nos envolvió con una furia tan violenta que apenas tuvimos tiempo de amarrar la carga. El viento rugía como un animal hambriento. Recuerdo vagamente correr por la cubierta, empapado y casi ciego por la lluvia, cuando el barco se inclinó sobre su costado derecho. A pesar de los años, todavía me cuesta distinguir babor y estribor. El último sonido que escuché fue el chirrido de los cables de acero que sostenían la carga.

Desperté flotando en un trozo de madera, rodeado de silencio. Un silencio que solo rompían las olas del mar. El agua, ya serena, brillaba con una calma insultante. A mi alrededor flotaban solo restos del barco.

Grité los nombres de mis compañeros hasta quedarme sin voz, pero solo las gaviotas me respondían. El sol ardía sin compasión. A lo lejos, una mancha oscura se recortaba en el horizonte: una isla.

Remé con los brazos hasta que la corriente me empujó hacia un saliente de arena blanca. Me costó arrastrarme fuera del agua; besé la arena, no por devoción sino por pura desesperación. Estaba vivo, aunque no sabía por cuánto tiempo.

La isla tenía el tamaño de un pueblo pequeño. Desde la playa podía ver una línea de palmeras rodeadas por un manto de vegetación espesa y una pequeña colina rocosa que dominaba el centro. No había señales de vida humana.

El primer día lo dediqué a explorar la costa. Encontré conchas, cangrejos, caracolas y, sorprendentemente, un arroyo de agua dulce que desembocaba en el mar. Ese arroyo fue mi primera bendición; bebí hasta que me dolió el estómago.
En otra parte de la isla encontré una caja de provisiones del Lucero. La abrí ansiosamente: tres latas de sardinas, galletas completamente empapadas y un cuchillo oxidado.

Decidí racionar la comida hasta que pudiera pescar o cazar algo. Esa noche me tumbé en la arena, temblando en parte por miedo. El sonido de las olas era constante; lo más curioso es que parecía acompasarse con mi respiración. No pude dormir: el miedo tenía el poder de mantenerme despierto aun cuando el cuerpo se rendía al cansancio.

El segundo día me interné en la selva. La humedad era asfixiante. Insectos diminutos me picaban sin descanso. Con ramas y hojas grandes empecé a levantar una pequeña choza cerca del arroyo. Era una estructura débil, pero me daba la ilusión de tener un techo.
La primera noche en mi choza llovió. El agua se filtraba por todos lados, pero al menos no dormí sobre la arena húmeda.

Al amanecer encontré huellas pequeñas cerca del arroyo. Al principio pensé que eran de un animal, pero había algo inquietante en su forma: eran casi humanas, aunque más pequeñas y desiguales. Las seguí por curiosidad, pero desaparecieron entre las raíces de los árboles. Decidí no volver a ese punto, no por miedo, sino por prudencia.

El hambre es un enemigo silencioso que se instala en la cabeza antes que en el estómago. A los cuatro días la comida se me estaba acabando pese a racionarla. Aprendí a abrir cocos a golpes y a cazar cangrejos con una trampa hecha de ramas. También descubrí que podía atrapar pequeños peces en las charcas formadas en la desembocadura del arroyo. El cuchillo oxidado era mi mayor tesoro.

Intenté encender fuego. Fue una batalla perdida. Froté los palos hasta que me sangraron las manos. Finalmente lo logré al séptimo intento. Cuando un hilo de humo se transformó en una llama, lloré, no por emoción sino por alivio. Tener fuego era como recuperar una parte de la civilización. Lo mantuve encendido toda la noche, como si pudiera protegerme de algo más que del frío.

No hay oscuridad más absoluta que la de una isla desierta. Las noches eran interminables. A veces creía oír pasos alrededor de mi refugio, voces susurrantes que quizá eran solo el viento.

Una madrugada desperté sobresaltado: alguien (o algo) había dejado una piedra pulida frente a mi choza. No podía ser casualidad. Lo más inquietante era que en la arena no había huellas.

Durante días busqué alguna explicación. “Quizá la piedra rodó con la lluvia”, me repetía. Pero la verdad es que cada noche me sentía menos solo… aunque no de un modo reconfortante. No es lo mismo estar acompañado que sentirse observado.

Una semana después del naufragio, la fiebre llegó. Una pequeña herida en el pie se había infectado. Pasé dos días delirando. En mis alucinaciones veía el barco entero, intacto, con mis compañeros llamándome desde la cubierta. Mientras ellos se alejaban en el horizonte, yo me hundía en el agua hasta el cuello.

Cuando desperté, la herida supuraba pero la fiebre había bajado. En ese momento supe que debía buscar un lugar más alto y seco.

Me trasladé a la montaña central. Desde allí podía ver toda la isla; el mar se extendía infinito por los cuatro costados. En la cima encontré algo que me heló la sangre: un montículo de piedras apiladas con una cruz de madera. No podía ser natural.
Alguien había estado allí antes.
Y no sabía si eso debía alegrarme…
o aterrarme.

CONTINUARÁ

CORAZON ENIGMATICO (parte II)


 Dentro había muchas monedas antiguas, de oro y también de plata, algunas medallas religiosas, y piedras preciosas guardadas en un pequeño saquito.

Pero lo más sorprendente era un manuscrito protegido por una funda de cuero ennegrecido.

Lo tomé con mucho cuidado. El texto en el pergamino hablaba de una hermandad secreta que, en tiempos de guerra, había escondido sus bienes para que no cayeran en manos de los invasores.
Aquel tesoro, decían, debía permanecer oculto “hasta que el justo lo hallara y lo pusiera a buen recaudo”.

Yo no me sentía justo, ni siquiera legal; solo era un hombre temblando ante una fortuna inesperada.
Mientras contemplaba las monedas brillando a la luz de la linterna, tuve la sensación de que alguien me observaba. Me giré, pero no vi a nadie.
El viento rugía con más fuerza. Guardé algunas piezas y el manuscrito en mi mochila, temiendo que el amanecer me sorprendiera en aquel lugar.

Desde aquella noche, mi vida se convirtió en un tormento.
El coleccionista comenzó a llamarme insistentemente, preguntando por la estatua. Yo le daba evasivas, diciendo que aún la estaba restaurando.
Pero lo peor fue que empecé a notar presencias: sombras en mi calle, un coche que parecía seguirme a distancia, llamadas telefónicas sin respuesta...
Una noche, alguien intentó forzar la cerradura de mi taller. Comprendí que no era el único que conocía el secreto.

Tal vez la hermandad de la que hablaba el manuscrito aún tuviera descendientes. Tal vez el coleccionista mismo lo sabía todo y solo me había usado como herramienta para llegar al corazón de oro.

El miedo se mezclaba con la codicia. Ya había probado el sabor del tesoro, y devolverlo me resultaba imposible.

Finalmente, decidí entregar la estatua restaurada al coleccionista, pero sin el corazon de oro.
Quise ver su reacción al entregarle la figura. Su rostro se iluminó, pero sus ojos buscaron algo más.
La pregunta fue directa:

—¿Halló algo dentro?

Negué con la cabeza. Él asintió, diciendo que lo suponía, que muchas imágenes contenían reliquias.
Pero su sonrisa forzada me confirmó que sabía más de lo que decía.

Esa misma noche, mi taller fue allanado.
Encontré los papeles revueltos, las herramientas rotas y el lugar donde estaba el corazón de oro… vacío. Me quedé helado.

Solo conservaba lo que había guardado en la mochila: el manuscrito y algunas monedas. El resto había desaparecido.

Durante días leí una y otra vez el manuscrito. Había un párrafo que no entendía del todo: hablaba de “la ofrenda mayor, custodiada en la piedra que no ve la luz”.
Creí que se refería al cofre que había encontrado, pero cuanto más lo pensaba, más sospechaba que había algo más, algo oculto bajo las propias ruinas de la torre.
Decidí volver una última vez.

La noche estaba cerrada, el aire, pesado como el plomo. Ascendí hasta los restos de la torre con linterna y cuerdas.
Entre los muros derruidos descubrí una losa distinta, marcada con una cruz apenas visible. Con esfuerzo la levanté, dejando al descubierto una especie de pozo, cuadrado y oscuro.

Descendí con la cuerda. Allí, en una cámara oculta, hallé un arca mucho mayor, sellada con hierro y cera roja.
Al abrirla, mi linterna iluminó filas de cálices, relicarios y estandartes bordados con hilos de oro.

Me quedé inmóvil, sorprendido por la magnitud de lo encontrado.
Pero en ese instante escuché pasos detrás de mí.
Alguien había seguido mis huellas.
La luz de otra linterna me deslumbró los ojos.

No creo que haga falta relatar lo que sucedió después: forcejeos, gritos, golpes…
Cuando logré salir, el arca seguía en el mismo lugar, pero el intruso había desaparecido. Quizás con parte del botín.

Desde entonces vivo con la certeza de que he descubierto un secreto que nunca debió ser revelado.
El manuscrito sigue en mi poder.
El corazón de oro jamás volvió a aparecer.

Y cada vez que cierro los ojos, escucho el susurro del latín en aquella nota:
“El silencio es llave, y la palabra condena.”

Quizás este relato sea mi final…
o quizá mi última confesión.

CORAZON ENIGMATICO ( parte I )


 

Mi nombre es Alonso, restaurador de antigüedades desde hace más de cincuenta años. He trabajado con todo tipo de piezas: desde retablos barrocos que se deshacían al tacto, hasta figurillas de porcelana cuya delicadeza parecía obligar a contener el aliento a quien las moldeó siglos atrás.
Mi labor siempre fue la misma: devolverles algo de vida sin alterar la esencia que el tiempo había inscrito en ellas.
Pero hubo un encargo —uno solo— que cambió para siempre mi concepción de la historia, de la codicia y del destino humano.
Un encargo que me llevó a desenterrar un secreto sepultado por siglos, escondido en el interior de una estatua rota, y que aún hoy me persigue en las noches de insomnio.
Fue una mañana lluviosa de noviembre. Un coleccionista privado, cuyo nombre prefiero callar, me hizo llegar una figura de madera policromada del siglo XVII, según sus propias palabras.
Estaba en pésimo estado: grietas profundas, restos de polillas, el rostro desvaído como un espectro. Representaba a un santo guerrero —quizá San Jorge, o algún mártir militar— con la espada rota y la armadura apenas distinguible bajo capas de polvo enmohecido.
La caja en la que llegó olía a humedad rancia. El coleccionista no me dio instrucciones precisas, salvo una: que la abriera con cuidado, pues podría haber algo en su interior.
Al principio pensé que se refería a reliquias, ya que no era raro que en la imaginería sacra se escondieran fragmentos de huesos o telas sagradas.
Acepté el encargo, no por el pago —que era generoso—, sino por la intuición de que algo me aguardaba en aquella estatua consumida por el tiempo.
Los días siguientes los dediqué a limpiar, con bisturí y pinceles, las capas externas. Descubrí que la policromía original era mucho más rica de lo que aparentaba: pigmentos rojos y azules, oro aplicado en los bordes de la túnica.
Mientras trabajaba, notaba un sonido hueco cada vez que golpeaba con delicadeza el torso de la figura. Aquello despertó mi intriga.
Una tarde, mientras retiraba una capa de yeso desprendido, el bisturí resbaló y la madera crujió, dejando al descubierto un hueco en el pecho.
Dentro, protegido por fragmentos de lino ennegrecido, descansaba un pequeño corazón de oro macizo.
Me quedé paralizado. El objeto no era un simple relicario: era una auténtica obra de orfebrería, con grabados minúsculos que parecían símbolos o letras. El corazón pesaba más de lo que imaginé, y su tacto me heló la mano.
No quise llamar de inmediato al coleccionista. Algo en mi interior me impulsó a examinarlo en secreto.
En realidad, me dejé arrastrar por la codicia. Lo cierto es que llevé el corazón a mi mesa de estudio, encendí la lámpara de aumento y observé cada detalle. Entonces me di cuenta de que podía abrirse.
El mecanismo era tan delicado que tardé una hora en descubrirlo: una leve presión sobre uno de los grabados en forma de cruz liberó una diminuta tapa.
En su interior había un papel amarillento, enrollado como un pergamino.
Lo desplegué con pinzas, temiendo que se deshiciera. El texto estaba escrito en latín, con caligrafía clara pero difícil de leer a simple vista.
Aunque no soy erudito en lenguas clásicas, había estudiado lo suficiente para descifrar fragmentos cortos. El mensaje decía:
“Quien encuentre este signo, que sepa:
bajo la tierra donde el río se curva como serpiente
y las ruinas de la torre miran al cielo,
yace la ofrenda escondida para los tiempos futuros.
Un cofre, sellado con hierro y fe, guardará lo que los hombres codician.
No reveles lo que tus ojos han hallado,
pues el silencio es llave, y la palabra, condena.”
Sentí un escalofrío. Era un mapa en forma de enigma. No mencionaba coordenadas ni nombres concretos, pero hablaba de un río serpenteante y de las ruinas de una torre.
Mi primera reacción fue la de todo hombre sensato: archivar la nota, avisar al coleccionista y cerrar el caso.
Pero la curiosidad me carcomía… y, en el fondo, la idea de un tesoro me cegó.
Pasé noches enteras revisando mapas antiguos de la región, buscando referencias a torres derruidas cerca de ríos sinuosos.
Tras mucho indagar, encontré una posible coincidencia: la torre de San Tenuz, destruida en el siglo XVII, cuyas ruinas aún se alzaban en un valle cercano al río.
El río, en ciertos tramos, se curvaba como una serpiente enroscada. El lugar parecía encajar con la descripción de la nota.
El impulso de comprobarlo fue irresistible. No informé al coleccionista; inventé excusas para ganar tiempo, preparé herramientas básicas —linterna, pala, guantes—.
En mi mente repetía que solo iría a mirar, que quizá no habría nada. Pero en mi interior sabía que iba a excavar hasta encontrarlo.
Elegí una noche sin luna. Conduje hasta las cercanías de la torre, que se erguía como un esqueleto de piedra sobre la colina.
El viento soplaba entre los muros, y la soledad se hacía casi insoportable.
Avancé hacia la base de la colina, donde el río describía una curva amplia.
Allí, según la nota, debía hallarse el escondite.
Comencé a excavar en un claro de tierra húmeda; cada palada sonaba hueca, como si bajo mis pies hubiera algo más que tierra.
Tras una hora de trabajo, la pala golpeó contra un objeto duro: una caja de hierro oxidado.
El corazón me latía con violencia. Limpié la superficie y distinguí restos de inscripciones en la tapa: cruces y símbolos que parecían de un códice secreto.
Con mucho esfuerzo, logré abrirla…

CAMARAS


 A primera vista, Alberto Vilaseca parecía un barcelonés cualquiera: cuarenta años, pelo engominado, modales correctos. Dueño de un estudio de interiorismo en el Eixample, entregaba a sus clientes una tarjeta de visita elegante y minimalista. Siempre repetía la misma frase:

—Yo no solo decoro casas, las convierto en escenarios de vida.

Lo que nunca decía era que esos escenarios quedaban bajo su control. En cada proyecto, en cada reforma, Alberto instalaba discretas cámaras ocultas: su sello invisible.

Todo empezó con un piso en el Born. Mientras colocaba luces halógenas, se dio cuenta de lo sencillo que era esconder microdispositivos en la rejilla del aire acondicionado. Lo probó y, esa misma noche, desde su despacho en el Passeig de Gràcia, observó a los inquilinos en la intimidad de su salón.

La excitación pronto se transformó en poder. Alberto perfeccionó la técnica: cámaras diminutas en marcos, lámparas, falsos techos. Nadie lo notaba. Y cuando descubría algo turbio —un amante, drogas, conversaciones comprometidas— lo usaba en su beneficio.

El primer chantaje fue casi un juego: un empresario casado, sorprendido con una joven en su ático de la Barceloneta. Un correo anónimo con una captura y una cifra. Al día siguiente, el dinero ya estaba transferido.

Después llegaron más: un concejal del Ayuntamiento, un galerista del Raval, una doctora del Clínic. Alberto se volvió maestro en el arte de apretar sin ahogar. Nunca pedía demasiado, siempre lo justo para que sus víctimas aceptaran el silencio. Barcelona era su tablero, y él, el jugador.

Un encargo distinto lo cambió todo. Daniel Roca, ingeniero informático recién divorciado, lo contrató para redecorar su piso en Poblenou. Quería transformar la vivienda en un espacio luminoso, un lugar para empezar de nuevo.

Alberto instaló tres cámaras: en el salón, en el dormitorio y en la cocina. Como siempre, comenzó a revisar las grabaciones. Pero Daniel no tenía amantes ni secretos escandalosos. Lo único llamativo era que hablaba solo: confesaba frustraciones, insultaba a su exmujer, reía de su soledad.

Alberto decidió arriesgarse. Le envió un mensaje anónimo con un vídeo donde Daniel lloraba frente al espejo, pidiendo una suma moderada. No obtuvo respuesta. Mandó otro correo, esta vez más duro, acompañado de un audio humillante. Una semana después, finalmente recibió un mensaje:

—Sé quién eres.

La seguridad de Alberto empezó a resquebrajarse. Estaba acostumbrado a clientes asustados, nunca a alguien que lo desafiara. Pero pensó que era un farol.

Entonces comenzaron los detalles inquietantes. Una noche, en el aparcamiento subterráneo de su edificio del Eixample, notó un coche siguiéndolo hasta la Diagonal. Al detenerse en un semáforo, desapareció.

Su portátil, siempre protegido con antivirus, mostró un pantallazo imposible: un vídeo suyo, en su propio estudio, sentado frente al ordenador. Solo él tenía acceso a esas grabaciones.

A las tres de la mañana sonó el teléfono. Al descolgar, escuchó su propia voz repetida desde las grabaciones del piso de Daniel.

Alberto comprendió: el ingeniero lo había localizado y le estaba devolviendo el juego.

Daniel observó la rutina de Alberto durante semanas. Descubrió que cada jueves por la noche acudía a un bar discreto en el Raval, donde siempre pedía lo mismo: un whisky doble, antes de volver a su Audi. Siempre el mismo horario, siempre el mismo asiento.

Daniel no quería ruido ni violencia. Planeó algo sutil: un veneno cardiotóxico, indetectable en un examen superficial. Una dosis mínima bastaría para provocar un infarto fulminante en cuestión de segundos.

El jueves esperado entró en el local antes que Alberto. Se mezcló entre los clientes y, en un descuido del camarero, vertió el líquido en el vaso preparado. Luego se marchó sin ser visto.

Alberto llegó puntual, como siempre. Saludó con un gesto, ocupó su mesa y bebió el whisky sin sospechar nada.

Al salir del bar, la Rambla del Raval estaba tranquila, húmeda por la lluvia reciente. Caminó hacia el coche, abrió la puerta y encendió el motor. De repente, un dolor agudo le atravesó el pecho; el corazón se le comprimió como si lo estrangularan desde dentro. Intentó abrir la puerta, pero la mano le temblaba. La visión se le nubló. El pitido del cinturón sin abrochar fue lo último que escuchó antes de desplomarse sobre el volante.

A la mañana siguiente, un guardia de seguridad encontró el Audi con el motor encendido y el cuerpo inerte de Alberto. El parte oficial habló de un infarto repentino. Nadie investigó más.

Daniel leyó la noticia en un diario digital mientras desayunaba en su piso.

—Un conocido decorador hallado muerto en su vehículo.

No sonrió ni suspiró de alivio. Simplemente apagó la pantalla y volvió a su café.

Los pisos que Alberto había decorado quedaron llenos de cámaras mudas, enviando señales a servidores que pronto dejaron de funcionar. En su estudio vacío, un monitor permanecía encendido, mostrando en bucle una grabación olvidada que ya nadie volvería a ver.

HISTORIAS DEL ABUELO


 Nací en una calle estrecha de Aragón, un lugar donde los inviernos se clavan en los huesos como cuchillos helados y los veranos huelen a trigo y a sudor.

Mi madre decía que yo tenía la mirada inquieta; mi padre, campesino y tozudo, me enseñó a manejar la azada antes de que pudiera escribir mi nombre.

Cuando estalló la guerra yo apenas contaba diecisiete años. No entendía de bandos ni de consignas: sólo sabía de tierra, de hambre y de la rabia que se mascaba en el aire. El pueblo se dividió en dos: los que gritaban “Arriba España” y los que se escondían tras las cortinas, temerosos de ser señalados. Yo, sin saber muy bien por qué, me puse del lado de quienes prometían justicia para los míos.

La primera vez que empuñé un fusil lo hice con las manos temblorosas; el hierro estaba frío, pesado y era más grande que yo. Me uní a una columna republicana que avanzaba hacia Teruel. La nieve nos cegaba y el viento arrastraba gritos y pólvora. Allí descubrí el olor de la muerte.

No era valentía lo que me movía, sino la certeza de que, si no peleaba, me arrebatarían hasta la tierra donde estaban enterrados mis abuelos. En la trinchera aprendí a distinguir el zumbido de las balas y a contener la respiración cuando el enemigo avanzaba. Vi caer a amigos de la infancia y comprendí que la vida puede extinguirse en un segundo, como una vela soplada por el viento.

Cuando la República cayó yo tenía veinte años y las manos endurecidas por la guerra. La retirada fue un éxodo de fantasmas: miles de hombres y mujeres cruzando los Pirineos perseguidos por el eco de los fusiles nacionales. Yo no crucé; algo me ataba a mi tierra, a mis montes. No podía dejar atrás las encinas donde jugué de niño ni los caminos que mi padre había abierto con su mula.

Los vencedores impusieron su paz de cementerio: las cárceles se llenaron, las tapias de los camposantos se tiñeron de sangre. Fue entonces cuando decidí no rendirme. Me uní a un grupo de hombres que, como yo, prefería vivir en los montes antes que agachar la cabeza. Nos llamaron “los maquis”.

La sierra se convirtió en mi casa y en mi condena. Dormíamos bajo robles, compartíamos mendrugos de pan duro y bebíamos agua de arroyos helados; aprendí a orientarme por las estrellas y a distinguir el crujido de una rama que delataba la llegada de una patrulla. La gente del pueblo, aunque temerosa, a veces nos ayudaba: nos dejaban pan en los huecos de piedra y nos susurraban noticias.

—Han detenido a fulano.
—Han fusilado a mengano en la plaza.

Cada mensaje era un golpe al corazón, pero también una chispa que mantenía viva la llama de nuestra resistencia. Éramos sombras: bajábamos a los pueblos de noche, pintábamos consignas en las paredes, saboteábamos líneas de tren. Cada acción era pequeña, pero en nuestros pechos sonaba como un rugido.

Los guardias civiles nos conocían bien y nos cazaban como a lobos; dejaban huellas profundas y sus perros olfateaban cada rincón. Más de una vez estuvimos a punto de ser aniquilados. Recuerdo una emboscada cerca de Aliaga: éramos cinco. Al amanecer nos sorprendieron con ráfagas de metralla; el aire se llenó de plomo y tierra. Juanín, el más joven, cayó sin gritos, con los ojos abiertos hacia el cielo. Logré arrastrarlo tras una roca, pero ya estaba muerto.

Sentí la rabia más pura, una furia que me hizo disparar hasta que el cañón del fusil ardía. Aquella noche, mientras enterrábamos a Juanín bajo un pino, juré no olvidar jamás.

A veces llegaban rumores de que los aliados, tras vencer a Hitler, vendrían a España a derribar al dictador. Soñábamos con columnas de tanques liberando Madrid, con banderas rojas y tricolores ondeando de nuevo. Los años pasaban y nada cambiaba. Algunos compañeros desertaban en busca de rehacer su vida en Francia; otros se entregaban, sabiendo que les esperaba la cárcel o la ejecución. Yo me aferraba a la lucha como a un clavo ardiente.

La traición vino de donde menos la esperaba: un campesino al que había ayudado miles de veces nos delató por unas monedas. Una madrugada oímos pasos sigilosos; no eran amigos. Los disparos retumbaron como truenos. Corrí entre los matorrales; dos compañeros cayeron y yo conseguí escapar.

Ese invierno de 1947 fue el más duro de mi vida. La nieve cubrió los montes y el hambre nos atacaba ferozmente; caminábamos días enteros con el estómago vacío, alimentándonos de raíces y bellotas. Una noche, acurrucado en una cueva, pensé que no podía más. Consideré rendirme: bajar al pueblo y dejar que me apresaran. Entonces recordé la mirada orgullosa de mi madre el día que partí; su recuerdo me dio fuerzas para continuar.

El miedo fue un compañero constante: dormíamos con un ojo abierto y el fusil bajo el brazo. Fue en el verano de 1952, cuando el sol caía a plomo, que llegamos a un cortijo abandonado para descansar unas horas. No sabíamos que nos habían seguido. De pronto los disparos estallaron como relámpagos. Vi a Mateo caer mientras me gritaba que corriera. Salté por una ventana, rodé por el suelo y huí entre los olivos; logré escapar, pero supe que era el final.

Un año después, cuando por fin decidí abandonar los montes, ya no quedaba nada de aquel muchacho que empuñó por primera vez un fusil. Hoy, con los años encima y la piel arrugada, sigo recordando cada rostro. Sé que la historia nos olvidó, que nos llamaron bandidos y forajidos; pero yo sé la verdad: fuimos hombres que no quisieron agachar la cabeza. Y mientras cuento esto, siento que aún resuena el juramento hecho bajo el pino donde enterramos a Juanín:

—Resistir, aunque el mundo se olvide de nosotros.

80 AÑOS SIN EL

 Nacieron en la misma madrugada, cuando el invierno se sentía en el ambiente y la luz tardaba en llegar. Nadie se lo dijo nunca, pero el lla...