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DOCE CAMPANADAS MORTALES


 Nunca fue nuestra intención que el fin de año acabara de esa manera.

Éramos siete amigos, unidos más por la costumbre que por una afinidad real. La idea surgió en una conversación, una noche cualquiera de diciembre: huir de la ciudad, de los petardos y de la familia, pasar el cambio de año en una masía aislada en plena montaña, con alcohol, música y la sensación de libertad que se tiene cuando eres joven.

La masía la encontró Marcos. Dijo que pertenecía a un tío lejano y que llevaba años deshabitada, pero que estaba en buen estado.

—No hay vecinos, no hay cobertura, no hay nadie para molestar —dijo Marcos, sonriendo.

Llegamos el 31 de diciembre poco antes de que anocheciera. El camino era estrecho, lleno de curvas y árboles que parecían caer sobre el coche. Cuando por fin la vimos, la masía surgió entre la niebla: una construcción de piedra oscura, con ventanas pequeñas y un tejado irregular. En ningún momento parecía realmente abandonada.

Bromeábamos al bajar del coche, cargados con bolsas de comida y botellas. El aire estaba helado y el silencio era tan absoluto que resultaba incómodo. Solo se oía el crujir de nuestras pisadas sobre las hojas secas y el viento entre los árboles.

—Da mal rollo —comentó Laura.

—No seas exagerada —respondió Marcos.

La puerta chirrió al abrirse. Durante un segundo, nadie habló.

El interior olía a humedad y madera vieja. Había muebles cubiertos con sábanas, una chimenea enorme en el centro del comedor y unas escaleras de madera que conducían al piso superior. Las paredes estaban decoradas con cuadros antiguos: paisajes de montaña y retratos de personas serias, con miradas apagadas que parecían observarnos.

No sabría decir cuándo empezó a torcerse todo. Al principio fue una noche normal. Encendimos la chimenea, pusimos música con un altavoz portátil y empezamos a beber. El ambiente se relajó; reímos, brindamos y bailamos durante horas. La masía dejó de parecer tan tenebrosa… aunque había detalles que no cuadraban.

El primer corte de luz ocurrió sobre las diez de la noche. Duró apenas unos segundos, pero en ese tiempo todo quedó en silencio y oscuridad absoluta. Cuando volvió la luz, nadie dijo nada, pero noté que algunos miraban las ventanas con miedo.

Luego llegaron los ruidos: golpes lejanos, como pasos en el piso superior, mientras todos estábamos en el comedor.

—Serán las vigas —comentó Marcos.

A las once y media, una de las chicas se dio cuenta de algo extraño.

—¿Habéis movido las fotos del pasillo? —preguntó.

Nadie lo había hecho. La fotografía mostraba a una familia posando frente a la misma masía, muchos años atrás.

—Juraría que antes estaba recta… ahora está torcida.

Reímos nerviosos y seguimos bebiendo. Cuando dieron las doce, brindamos, gritamos y nos abrazamos. El año nuevo empezó entre risas… pero duró poco.

A las doce y veinte, uno de los chicos subió al baño de arriba y no volvió. Al principio no nos preocupamos; pensamos que estaría vomitando o intentando llamar por teléfono desde algún rincón con cobertura. Pasó más de media hora y no regresaba.

—Voy a buscarlo —dijo Marcos.

Subió las escaleras. Escuchamos sus pasos… y luego un grito de terror. Subimos todos juntos, con el corazón golpeándonos el pecho. Una de las puertas estaba abierta. Dentro estaba el chico desaparecido, o mejor dicho, lo que quedaba de él. Yacía en el suelo, con los ojos abiertos. Había sangre por todas partes, pero no se veía ningún arma. Solo su rostro, congelado en una expresión de horror absoluto.

Laura empezó a gritar. Marcos se quedó inmóvil. Intentamos llamar a emergencias: no había señal. Intentamos salir, pero la puerta estaba cerrada y nadie tenía la llave.

El segundo asesinato ocurrió una hora después. Otra de las chicas desapareció mientras todos intentábamos tranquilizarnos en el comedor. Estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta. Unos segundos después, ya no estaba. Nadie la vio moverse.

La encontramos en la cocina, colgada del techo. Sus pies apenas tocaban el suelo. Tenía las uñas rotas, como si hubiera intentado liberarse hasta el último segundo. El pánico se desató.

Empezamos a desconfiar unos de otros. Solo quedábamos cinco. Cinco posibles culpables. Nadie sabía qué estaba pasando, pero todos compartíamos la misma sensación: no estábamos solos.

El tercer muerto fue Marcos. Lo encontramos en el antiguo granero, fuera de la casa. Nadie recordaba haberlo visto salir. La puerta estaba abierta y el suelo manchado de sangre. Marcos tenía el pecho abierto, como si algo —o alguien— hubiera intentado arrancarle el corazón.

Al amanecer, solo quedábamos cuatro, aterrados y cubiertos de sangre que no sabíamos si era nuestra o de los muertos.

Cuando llegó la policía, avisada por unos excursionistas que habían visto salir humo de la casa, todo parecía normal. Demasiado normal. No había señales de lucha. El granero estaba cerrado. La cuerda de la chica no estaba. El cuerpo de Marcos apareció dentro de la casa. Los retratos ya no colgaban de las paredes.

Cuatro supervivientes. Cuatro versiones distintas. Ninguna prueba que explicara nada.

A veces, cuando sueño, vuelvo a aquella masía. Oigo pasos en el piso de arriba, siento las miradas de los cuadros… y siempre, justo antes de despertar, una pregunta cruza mi mente:

—¿Y si el asesino nunca se fue?



EL REGRESO DE LA NAVIDAD


 En el pueblo de Valdenieve, donde el invierno parecía no terminar nunca, vivía un hombre que ya no esperaba nada de la Navidad. Se llamaba Eusebio, conocido por todos como don Eusebio, aunque casi nadie lo llamaba por su nombre. Para la mayoría era el hombre serio, el solitario, el que nunca sonreía. Caminaba siempre despacio, envuelto en un abrigo que le daba calor, con la espalda ligeramente encorvada por el peso de los años.

Don Eusebio no sonreía porque había aprendido que sonreír dolía. Cada diciembre, cuando el pueblo se llenaba de luces, canciones y risas, cerraba aún más las cortinas de su casa. No porque odiara la Navidad, sino porque le recordaba todo lo que había perdido.

Hubo un tiempo —muy atrás, tan lejos que parecía de otra vida— en que don Eusebio había sido un hombre distinto.

Entonces la Navidad era su época favorita del año. Había una casa llena de voces: una mujer que tarareaba villancicos mientras cocinaba, un niño que corría por el pasillo con calcetines de colores chillones y una voz melódica que le decía:

—Papá, mira lo que hice.

Pero la vida no pregunta antes de arrebatarte lo que más quieres. Primero se llevó a su esposa en una madrugada fría; luego, años después, se llevó a su hijo. Desde entonces, el silencio se instaló en su casa como un huésped permanente. La mesa quedó demasiado grande para él solo, las paredes demasiado vacías, y su sonrisa simplemente se fue.

Los vecinos intentaron acercarse al principio. Lo invitaban a cenar, a celebrar la Navidad juntos; le llevaban dulces y le deseaban felices fiestas. Don Eusebio siempre agradecía con educación, pero rechazaba todo. No era orgullo, era pena. Había aprendido que abrir la puerta también abría heridas.

Así pasaron los años, con sus correspondientes Navidades, hasta que llegó Mateo.

Mateo era un niño nuevo en el pueblo. Tenía siete años y una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor. El primer día que vio a don Eusebio lo miró fijamente.

—Mamá, ¿por qué ese señor camina como si le doliera todo? —preguntó el niño.

—A veces hay dolores que no se ven —respondió ella.

—¿Y nadie le ayuda?

—No siempre se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado.

La joven cabeza de Mateo no pudo entender aquella última frase.

Desde entonces, cada mañana lo esperaba en la esquina por donde solía pasar el hombre.

—Buenos días —decía el niño.

Don Eusebio escuchaba, pero no respondía.

—Hace frío hoy.

El silencio era la respuesta.

—Ya casi es Navidad.

A pesar de todo, Mateo no se desanimaba. Saludaba porque creía que las personas no debían caminar solas y en silencio.

Don Eusebio, sin saber por qué, empezó a reducir el paso al pasar junto al niño. No se detenía, pero escuchaba.

Una mañana, Mateo no dijo nada. Solo caminó a su lado unos metros.

—Mi papá murió —dijo de pronto.

Don Eusebio se detuvo. Mateo continuó mirando al suelo. El hombre lo observó y vio en él algo demasiado familiar.

—A veces uno no olvida… solo se cansa —habló por primera vez.

—¿Usted también está cansado?

No respondió, pero siguió caminando más despacio.

La Navidad se acercaba. Las luces parecían más brillantes ese año. En Nochebuena el frío era intenso. Don Eusebio se sentó en su casa sin encender las luces. No había árbol ni comida especial, solo una taza de té frío y el sonido lejano de las campanas de la iglesia. Pensaba en su hijo, en cómo se dormía esperando que llegara la Navidad, cuando de repente llamaron a la puerta.

—Toc, toc, toc—

Tardó en levantarse. Nadie llamaba a su puerta en esas fechas. Al abrir, encontró a Mateo, solo, con una bolsa de papel arrugada.

—Mi mamá está trabajando. Quería que usted no pasara la noche solo.

Don Eusebio sintió un nudo en la garganta. Mateo le entregó la bolsa. Dentro había una tarjeta y una galleta rota.

—Se me cayó… pero seguro que está buena —dijo apenado.

El hombre abrió la tarjeta.

“Feliz Navidad. No sé si hoy está triste, pero quería que supiera que alguien pensó en usted.”

Las lágrimas cayeron antes de que pudiera evitarlas.

—No debías… —intentó decir.

—Sí debía —respondió el niño, y añadió con voz temblorosa—. Porque usted nunca sonríe… y yo quería verle, aunque fuera solo una vez.

Don Eusebio cerró los ojos. Los recuerdos se agolparon en su mente. Sintió el cansancio de los años y las Navidades vacías. No sonrió, pero algo ocurrió.

Se arrodilló frente al niño y lo abrazó con ternura.

—Gracias. No sabes cuánto significa esto —murmuró.

Mateo apoyó la cabeza en su hombro.

—Mi mamá tampoco sonríe desde que murió mi abuelo.

Don Eusebio respiró hondo. Por primera vez en muchos años, no se sintió invisible.

Mateo se fue y la casa volvió al silencio. El hombre se sentó junto a la ventana y observó cómo caía la nieve. Sostuvo la tarjeta entre sus manos con ternura. No sonrió, pero tampoco lloró.

Al día siguiente, don Eusebio salió a caminar. Mateo lo esperaba.

—Feliz Navidad —dijo el niño.

El hombre lo miró. Sus labios no se abrieron, pero algo en su mirada había cambiado.

—Feliz Navidad, Mateo —respondió.

A veces la Navidad no cura, no borra el dolor ni devuelve lo perdido, pero deja una pequeña grieta por donde entra la luz.

FELIZ NAVIDAD

EL PASILLO 7 ( parte II )


 Se organizó una búsqueda inmediata. Encontraron su linterna en el suelo, todavía encendida, apuntando hacia una puerta entreabierta que había sido clausurada años atrás.

La puerta rechinó cuando la abrieron. La habitación estaba vacía: solo un olor rancio y rastros de humedad en las paredes. De Marina, nada.

El hospital entero quedó en shock. Las cámaras de seguridad no grabaron absolutamente nada, como si en esa parte del edificio la tecnología fallara siempre. Entonces comenzaron a resurgir historias antiguas: relatos sobre un paciente que había muerto allí en circunstancias inexplicables y que, según algunos, jamás abandonó el hospital.

La doctora Elisabeth decidió investigar por su cuenta. Buscó a la enfermera más veterana, una mujer que llevaba más de treinta años trabajando allí.

—Sé que conociste al paciente Ezequiel Paz —dijo Elisabeth sin rodeos.

La enfermera se quedó inmóvil. Por un momento, su rostro reflejó un miedo auténtico.

—E-Ezequiel… —susurró—. Ese nombre no se pronuncia aquí.

—Necesito saber qué pasó —insistió Elisabeth—. Quiero proteger a todo el hospital.

La mujer suspiró profundamente antes de comenzar su relato.

“Ezequiel había sido ingresado tras un accidente grave. Su familia se desentendió de él. Pasó semanas entre la vida y la muerte, solo, sin visitas, sin esperanza. Nadie hablaba con él más de lo estrictamente necesario. Su salud mental se deterioró; repetía una y otra vez: ‘No quiero estar solo cuando me vaya.’

“Una noche, su monitor cardíaco hizo un pitido largo. Cuando el equipo médico llegó ya era tarde… o al menos eso creyeron. Porque justo antes de certificar la hora de la muerte, el cuerpo de Ezequiel se incorporó bruscamente y abrió los ojos.

‘No me dejen solo’, gritó con una voz rota, cayendo muerto segundos después.”

Desde entonces, la enfermera aseguraba que, cada cierto tiempo, en el pasillo 7 se escuchaba la misma frase, como un eco débil:

No me dejes solo…

El personal comenzó a evitar los turnos nocturnos, las visitas acudían con miedo y la dirección del hospital prohibió hablar del tema.

Una noche, Elisabeth decidió enfrentarse a sus miedos. No soportaba la desaparición de Marina. Reunió a varios trabajadores del centro; todos habían visto algo, todos temían por sus vidas.

—No vamos a huir. Vamos a averiguar qué quiere —dijo.

—¿Cómo se enfrenta uno a un muerto? —preguntó uno.

—No se le enfrenta… se le escucha —respondió Elisabeth.

Decidieron recorrer el pasillo 7 a las tres de la mañana, la hora en la que ocurrían más apariciones. Apenas dieron diez pasos cuando las luces comenzaron a parpadear hasta apagarse por completo. El silencio más absoluto se instaló en el pasillo. Entonces lo oyeron:

No me dejen solo… —un lamento.

Al fondo del corredor apareció la figura. Alta, cadavérica, con los ojos hundidos y vacíos. Su bata hospitalaria estaba desgarrada y, lo más aterrador, no proyectaba sombra.

—Ezequiel… —susurró Elisabeth con un hilo de voz.

La figura levantó la cabeza al oír su nombre. Sus ojos brillaron débilmente.

No quiero estar solo…

—Ezequiel, estamos aquí. No estás solo —respondió la doctora.

En ese instante comprendió que el espíritu no deseaba dañar a nadie. Había muerto solo, olvidado, y ahora vagaba por los pasillos buscando algo que le fue negado en vida.

—Te recordamos. No estás solo —dijo Elisabeth con firmeza.

La figura se detuvo, bajó la cabeza y levantó un brazo señalando la puerta clausurada.

Ella está ahí…

—¿Marina? —preguntaron todos a la vez.

Se dirigieron a la puerta y la abrieron con fuerza. Dentro, acurrucada en un rincón, estaba Marina. Viva.

Elisabeth fue la primera en correr hacia ella.

—Ezequiel… gracias por avisarnos. Te recordaremos siempre.

El pasillo se iluminó con una luz blanca y cálida. La figura dio un paso atrás, luego otro, y se desvaneció como polvo llevado por el viento.

El hospital recuperó la calma. Las luces dejaron de fallar, las noches volvieron a la normalidad y Marina y los demás regresaron a sus puestos sin sobresaltos. Nadie volvió a ver al fantasma del pasillo 7, pero todos —absolutamente todos— saben que, cada vez que el reloj marca las tres de la mañana, una suave corriente fría recorre el pasillo.

EL PASILLO 7


 La mayoría de las personas cree que los hospitales son lugares de ciencia, donde todo funciona siguiendo rutinas y métodos estrictos. Pero quienes han pasado noches enteras en uno saben que, cuando el reloj marca las tres de la mañana, las paredes y los pasillos comienzan a susurrar otro tipo de historias, aquellas que nunca aparecen en los informes clínicos.

En el hospital donde ocurrió este relato, esas historias empezaron a circular a comienzos de otoño. Todas coincidían en lo mismo: una figura pálida, silenciosa y errante que podía verse vagando por los pasillos, como si buscara algo… o a alguien.

La primera en hablar del fantasma de los pasillos fue una paciente llamada Teresa, ingresada por una neumonía que se complicaba. Era una mujer de carácter fuerte y muchos años vividos. Una madrugada despertó gritando.

La enfermera de guardia llegó corriendo a la habitación.

—¿Señora Teresa, está bien? —preguntó mientras encendía una de las luces.

La mujer respiraba agitadamente, con los ojos muy abiertos.

—Aquí… aquí hay alguien —balbuceó—. Entró sin hacer ruido, pasó junto a mi cama. Era un hombre flaco, muy blanco… y no tenía sombra.

La enfermera intentó calmarla. No era raro que pacientes con fiebre alta sufrieran alucinaciones, pero Teresa insistía.

—No estoy delirando, enfermera. Estaba despierta. Ese hombre… atravesó la pared.

Aunque registró lo ocurrido, la enfermera lo atribuyó al estado de la paciente. Sin embargo, varias noches después, empezaron a oírse más testimonios sobre el fantasma del hospital.

Los siguientes en vivir incidentes fueron los celadores, especialmente Óscar, un joven que apenas llevaba dos semanas trabajando allí.

A las dos cuarenta y cinco de la madrugada, Óscar empujaba una camilla vacía por el pasillo 7, el más antiguo del edificio, cuando escuchó el chirriar de otra camilla detrás de él. Se detuvo, extrañado: nadie más debía estar en esa zona. Al girarse vio una camilla avanzando sola. El miedo le heló la sangre.

—¿Quién está ahí? —preguntó con un hilo de voz.

La camilla se detuvo de golpe. Luego las ruedas comenzaron a retroceder, como si alguien invisible tirara de ella, alejándola lentamente. Óscar sintió un escalofrío recorrerle la columna.

A lo lejos, en el fondo del pasillo, creyó distinguir una silueta borrosa, alta y delgada. Fueron solo unos segundos: parpadeó dos veces y la figura ya no estaba.

Esa misma noche presentó su renuncia, aunque desde entonces no pudo evitar volver una y otra vez al pasillo en sus sueños, siempre acompañado del metálico chirriar de unas ruedas que se acercaban.

El personal médico tampoco tardó en verse afectado. La doctora Elisabeth, jefa de planta, era una mujer pragmática, incapaz de creer en fantasmas… hasta que algo ocurrió en la sala de reuniones.

Revisaba historiales en plena madrugada cuando notó un brusco descenso de temperatura. Primero pensó en el aire acondicionado, pero la sensación continuó hasta helarle las manos. Entonces oyó pasos. No pasos normales: era como si alguien arrastrara los pies, sin fuerza para levantarlos.

Los pasos se detuvieron justo detrás de ella. Elisabeth se giró lentamente. No había nadie.

—Estoy trabajando demasiado —murmuró.

Volvió a fijarse en los documentos cuando algo en el monitor llamó su atención: el reflejo de un rostro pálido, con los ojos hundidos, mirándola fijamente a través de la pantalla.

Se volvió de inmediato, pero no había nadie. Cuando miró de nuevo el monitor, el reflejo también había desaparecido.

Desde ese día revisó los historiales con otra actitud. Entre los nombres antiguos encontró uno que comenzaba a repetirse una y otra vez en su cabeza: “Ezequiel Paz — fallecido en 1998 — paro cardiorrespiratorio.”
Un paciente que, casualmente, había muerto en el pasillo 7.

Los rumores crecieron. Los pacientes pedían dejar luces encendidas por la noche, y las enfermeras hacían las rondas de dos en dos. Pero el terror se volvió real cuando la auxiliar Marina desapareció.

Aquella madrugada le tocaba la ronda en el pasillo 7. Lo último que se supo de ella fue una breve comunicación por radio:

—Escucho a alguien aquí… quizás haya algún paciente caminando. Voy hacia la sala de… —la señal se cortó de golpe.

CONTINUARÁ

LA SOLEDAD DEL BOSQUE

Se llamaba Mateo y era guarda forestal desde hacía quince años. Había pedido aquel destino de forma voluntaria: buscaba silencio, orden y tr...