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EL CASTILLO


 El castillo se alzaba sobre una pequeña montaña. Sus muros de piedra, ennegrecidos por el paso del tiempo, parecían absorber la luz del día y devolverla en sombras profundas al llegar la noche. Desde cerca resultaba un poco tenebroso. En ese lugar vivía Mateo.

Era el año 2026 y, aunque dentro del castillo parecía que el tiempo se había detenido, Mateo había heredado aquella construcción de un linaje que apenas conocía. Sus padres murieron cuando era joven y, con ellos, se fueron las historias familiares. Solo quedaban una escritura, una llave pesada y oxidada, y un aviso en un antiguo pergamino:
—La casa recuerda—.

Al principio, Mateo creyó que era una metáfora. Ahora ya no estaba tan seguro.

Durante el día su vida era sencilla, incluso agradable. Se despertaba tarde, recorría los largos pasillos del castillo, limpiaba alguna de sus habitaciones y, lo que más le gustaba, leía junto a alguno de los muchos ventanales que daban al valle. Había aprendido a disfrutar del silencio, del aislamiento y de la agradable sensación de ser el dueño de algo inmenso y antiguo.

Pero cuando caía la noche…

Cuando el sol desaparecía tras las montañas y la oscuridad se filtraba por cada grieta, el castillo se transformaba. y Mateo también.

La primera vez ocurrió una semana después de mudarse. Estaba en la cama intentando conciliar el sueño cuando escuchó pasos en el pasillo. Eran lentos, arrastrados, como si alguien caminara con dificultad. Pensó que era el viento… hasta que escuchó voces.

No eran claras. Eran susurros, como si alguien hablara desde el otro lado de las gruesas paredes.

Mateo se incorporó, con el corazón acelerado. Pasaron unos segundos y el sonido cesó. El silencio fue absoluto.

Se rió nerviosamente.
—Es la casa… es muy vieja —pensó.

Esa noche no volvió a escuchar nada. Pero al día siguiente, cuando el reloj marcó la medianoche, los pasos regresaron. Y las voces también, aunque esta vez eran más cercanas.

Mateo abrió la puerta de su habitación. El pasillo estaba oscuro, iluminado únicamente por la luz de la luna que se colaba por los ventanales. No había nadie.

Sin embargo, el sonido continuaba.

Pasos. Susurros. Y algo más.

Un murmullo colectivo, como si muchas personas hablaran al mismo tiempo.

—Hola… ¿quién hay?

En ese instante, el murmullo cesó.

Y entonces ocurrió.

Una figura apareció al final del pasillo. No caminó ni surgió de ninguna puerta. Simplemente estaba allí.

Era un hombre vestido con ropas antiguas. Su rostro era pálido y sus ojos, profundamente hundidos. Parecía mirar a Mateo con tristeza y melancolía.

Mateo no pudo moverse.

La figura alzó la mano… y desapareció.

Esa noche no durmió. Ni la siguiente. Ni muchas después.

Las apariciones comenzaron a repetirse. No siempre eran iguales: a veces era una mujer, otras un anciano. Cada vez eran diferentes, pero todos tenían algo en común: lo miraban. Siempre lo miraban.

Y, con el tiempo, comenzaron a hablarle.

Al principio, las palabras no eran claras. Eran susurros que se colaban en su mente.

—Aquí ocurrió todo…
—No olvides el pasado…

Mateo pensó que estaba perdiendo la cabeza. Pero cada noche las voces regresaban, cada vez más fuertes, más claras.

Una madrugada, incapaz de soportarlo más, gritó:
—¡¿Qué queréis?!

El eco de su voz recorrió los pasillos. Y, por primera vez, hubo una respuesta clara:

—Que escuches.

Mateo se quedó paralizado.

Delante de él, en la habitación, empezaron a aparecer figuras. No una ni dos: eran decenas. Hombres, mujeres, niños… todos vestidos con ropas de distintas épocas. Todos con rostros marcados por el sufrimiento.

—¿Quiénes sois?

Una de las figuras dio un paso al frente.

—Somos tus antepasados. Los que vivieron aquí… los que murieron aquí.

—¿Qué pasó en este castillo? —preguntó Mateo.

Entonces, las figuras empezaron a contar historias.

En las noches siguientes, Mateo ya no intentaba dormir. Se sentaba en una silla, en el centro de la sala principal, y cuando el reloj marcaba las doce, ellos aparecían.

Le hablaron de guerras, de traiciones… Pero lo que más le impactó fue la historia de un antepasado que encerró a su propio hermano en una torre hasta que murió de hambre. O la de una mujer que asesinó a toda su familia para quedarse con la herencia.

Mateo escuchaba, cada vez más agotado.

—¿Por qué me contáis esto?

—Porque tú puedes cambiarlo —replicó una de las figuras.

—¿Cambiar qué?

—Puedes hacer que nuestra memoria se conozca. Este castillo ha estado cerrado mucho tiempo, ocultando nuestras vidas.

—No entiendo…

La figura dio otro paso al frente.

—Debes abrirlo. Dejar que entren otros. Que vean, escuchen y conozcan nuestras historias.

El silencio que siguió se podía cortar con un cuchillo.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces nunca descansarás.

La respuesta fue clara.

Durante toda la noche lo pensó. Al día siguiente, cuando llegó la medianoche, las figuras lo esperaban.

—¿Lo has decidido?

—Sí. Abriré el castillo como queréis… aunque cobraré algo para el mantenimiento.

Los días siguientes fueron frenéticos para Mateo. Limpió, reparó, organizó y preparó el recorrido por donde pasarían los visitantes.

Al principio, la gente acudía por curiosidad. Luego, por fascinación.

El castillo dejó de ser un lugar olvidado.

Mateo contaba historias. No todas, pero sí algunas. Adaptadas, suavizadas… mientras los visitantes tomaban una copa de cava y escuchaban música.

Cuando salía el último, Mateo cerraba las puertas y miraba al fondo de la sala.

Pero las figuras ya no aparecían.

Y, por fin, Mateo podía descansar por las noches.

SILENCIOS


 La lluvia caía de forma intermitente aquella noche en que ocurrió todo.

En un callejón estrecho y mal iluminado, envuelto en una manta demasiado fina para el frío que hacía, se escuchaba el llanto de un bebé. Más que llorar, eran gritos lo que salían de su boca. Alguien lo había dejado allí.

Nadie supo cuánto tiempo pasó antes de que lo encontraran. Tal vez solo unas horas, o quizás toda la noche. Pero cuando finalmente una mujer mayor, de manos ásperas y mirada cansada, lo descubrió, el niño seguía vivo. Apenas respiraba, pero lo hacía… y eso, en aquel momento, era casi un milagro.

Lo llevaron a un orfanato, uno de aquellos edificios antiguos donde las paredes parecían susurrar historias que nadie quería recordar. Le pusieron un nombre: Daniel. No porque alguien supiera que ese era su verdadero nombre, sino porque había que llamarlo de alguna manera.

Daniel creció sin preguntas… o mejor dicho, con preguntas que aprendió a no hacer. Los otros niños hablaban de padres ausentes, de madres que prometieron volver. Él no tenía nada de eso. Ni una cara, ni una voz. Solo un vacío profundo que lo acompañaba en silencio.

Y, sin embargo, nunca lloró por ello.

Quizás porque entendió demasiado pronto que el mundo no siempre daba explicaciones.

A medida que crecía, desarrolló una forma peculiar de ver la vida. Observaba y escuchaba más de lo que hablaba. A la gente le sorprendía la tranquilidad y la serenidad que poseía.

En el orfanato, la mayoría de los niños soñaban con ser adoptados. Él no. No porque no quisiera, sino porque intuía que, en algún lugar, sus padres seguían existiendo.

La escuela fue su refugio. Mientras otros corrían y jugaban, Daniel se perdía entre libros. Le encantaban las matemáticas: números que obedecían reglas, problemas que siempre tenían solución. A diferencia de su vida, donde las incógnitas se multiplicaban.

Sus profesores comenzaron a notarlo.

—Tienes una mente excepcional… pero hay algo en ti que me desconcierta.

Daniel no contestaba. Nunca lo hacía.

Con el tiempo, su talento se volvió imposible de ignorar. Llegaron becas, reconocimientos y oportunidades.

A los dieciocho años dejó el orfanato. El mundo exterior era frío, pero él estaba acostumbrado al frío. Trabajaba mientras estudiaba. Dormía poco, comía lo justo. Cada minuto de su vida tenía un propósito: avanzar.

La universidad fue otro campo de batalla que conquistó con la misma determinación. Se especializó en finanzas. No veía el dinero como un fin, sino como una herramienta. Un sistema que, si se dominaba, podía cambiarlo todo.

Y él lo dominó.

Consiguió empleo en una empresa importante y ascendió rápidamente. Su capacidad para analizar riesgos y tomar decisiones bajo presión lo convirtió en el mejor.

—No parece humano… nunca se equivoca —comentaban algunos.

El dinero comenzó a llegar. Primero en cantidades modestas, luego en cifras que resultaban inconcebibles para los demás.

Y, sin embargo, seguía solo.

No tenía amigos cercanos. No tenía pareja.

Un día compró una mansión.

Era enorme, rodeada de jardines perfectamente cuidados. Desde fuera, era el símbolo de su éxito. Desde dentro… era el reflejo de su soledad.

Las habitaciones estaban siempre ordenadas y en silencio. A veces, por las noches, caminaba por los pasillos con la sensación de que algo faltaba.

Fue una de esas noches cuando todo cambió.

Recibió una llamada. El número era desconocido. Dudó antes de contestar. Algo en su interior le decía que no lo hiciera.

Pero lo hizo.

—¿Daniel?

—Sí.

—Creemos saber quién eres.

El mundo pareció detenerse.

—¿Quién habla?

—Eso no importa ahora. Lo importante es que tus padres están vivos.

—No tengo padres.

—Sí los tienes… y están muy enfermos.

La llamada duró apenas unos minutos. Le dieron una dirección, un hospital y una ciudad que no le resultaba familiar.

Daniel no durmió esa noche.

Por primera vez en muchos años, sintió algo cercano al miedo. No por lo que pudiera encontrar… sino por lo que pudiera sentir.

Al día siguiente, viajó.

El hospital era antiguo, con ese olor constante a desinfectante. Caminó por los pasillos siguiendo las indicaciones. Cuando llegó a la habitación, se detuvo.

La puerta estaba entreabierta. Podía escuchar respiraciones lentas, irregulares.

Entró.

Había dos personas en la habitación: un hombre y una mujer, ambos conectados a máquinas, consumidos por la enfermedad.

El hombre abrió los ojos primero.

Lo miró fijamente.

—Hijo… —susurró.

La mujer empezó a llorar.

Daniel no se movió. No pudo hablar.

Aquello que tenía frente a él… no eran monstruos.

Eran personas.

—Lo sentimos… —dijo la mujer.

Daniel cerró los ojos un instante.

Podría haberlos odiado. Podría haber gritado, exigido respuestas.

Pero no lo hizo.

Porque entendió algo importante:

no necesitaba saber por qué.

Durante las semanas siguientes, se encargó de todo. Los mejores médicos, los tratamientos más avanzados. Pasaba horas en silencio junto a ellos.

A veces hablaban. Pequeños recuerdos de una vida que él nunca vivió.

Nunca mencionaron el abandono.

Y él nunca lo preguntó.

El proceso fue largo y doloroso. Hubo momentos en los que parecía que no lo lograrían.

Pero poco a poco, mejoraron.

Las máquinas desaparecieron.

Un día, el médico habló con Daniel:

—Se van a recuperar.

Cuando finalmente salieron del hospital, los ojos de los tres brillaban.

Daniel les compró una casa. Les aseguró dinero suficiente para el resto de sus vidas.

—No tendrán que trabajar nunca más —les dijo.

La mujer lloró. El hombre bajó la mirada, avergonzado.

—No sabemos cómo agradecerte…

Daniel los miró durante un largo momento.

—No hace falta.

Porque al final entendió que algunas respuestas no cambian nada.

Y que el rencor… es el camino equivocado.

LEOPARDOS


 El hombre se llamaba Julián, aunque hacía años que ya no se reconocía con ese nombre. Para todo el mundo era Julián: treinta y cinco años, traductor de varios idiomas. Trabajaba desde su pequeño apartamento, lleno de plantas que se estaban secando y de libros apilados.

Pero en su interior había otro nombre.
Uno que no se pronunciaba, pero que él conocía.

Leopardo.

No era un capricho ni un juego. Julián lo sentía como una convicción profunda, casi espiritual. En internet había encontrado una comunidad que utilizaba una palabra que lo describía con precisión: “Therian”, personas que creían que su identidad era la de un animal.

Muchos decían ser lobos, zorros o cuervos.

Julián no.

Julián era un leopardo.

Desde pequeño había sentido algo extraño en su cuerpo. Cuando corría por el patio del colegio no lo hacía como los demás niños. Corría agachado, con los músculos tensos, con la sensación de que su espalda debía curvarse un poco más. Cuando miraba a los otros niños sentía un impulso primitivo: los observaba como presas, no como iguales.

Su madre solía decirle:

—Deja de mirar así, Julián. Me pones nerviosa.

Pero él no sabía mirar de otra manera.

Con el tiempo aprendió a ocultarlo. Creció, estudió y consiguió trabajo. Sin embargo, por las noches, cuando la ciudad se apagaba, su mente cambiaba. Sentía una presión interna, una especie de hambre.

Pero no era hambre de comida.

Era hambre de selva.

Durante años pensó que estaba loco, hasta que encontró aquel foro en internet: Therian Community.

Allí leyó testimonios similares al suyo. Personas que hablaban de “despertares” y de “identidades animales”.

—No es que creamos ser animales físicamente —escribía uno—, es que nuestra mente lo es.

Un día, en el chat, escribió sus primeras palabras:

—Creo que soy un leopardo.

Las respuestas llegaron rápido.

—Bienvenido. ¿Has tenido impulsos?

Esa palabra se repetía mucho: impulsos.

Julián sí los había tenido.

Recordaba una tarde en el parque, meses atrás. Estaba sentado en un banco cuando vio una paloma caminar cerca de sus pies. De repente su cuerpo se tensó. Sus ojos calcularon distancias, velocidad y dirección.

Durante un segundo estuvo a punto de lanzarse sobre ella.

Se detuvo justo antes.

La paloma voló y él se quedó temblando.

A partir de ese día comenzó a estudiar esa identidad. Compró libros sobre leopardos, vio documentales y analizó su comportamiento con obsesión.

Los leopardos son cazadores solitarios, igual que él.

Lo que más le impresionaba era su mirada.

Julián empezó a practicar frente al espejo. A veces caminaba por su apartamento agachado. Otras veces, en mitad de la noche, se despertaba convencido de que su piel debía tener manchas. Pasaba la mano por sus brazos esperando encontrarlas.

Pero nunca estaban.

Un sábado de otoño, mientras navegaba por el foro, alguien le sugirió:

—Visita un zoológico. Puede ayudarte a encontrar tu otro yo.

Julián solo había visto leopardos en vídeos y fotografías. Podía ser una experiencia impresionante.

Tres días después compró una entrada para el zoológico.

El día estaba gris. Había familias con niños, parejas y muchos turistas con cámaras de fotos.

Julián caminaba lentamente. Primero vio a los elefantes, pero no le interesaban. Su corazón latía cada vez más fuerte, esperando encontrar el cartel que anunciaba a los leopardos.

Finalmente lo encontró.

No había mucha gente. Solo una mujer con su hijo.

—Mira, mamá, un gato gigante —dijo el niño.

La madre se rió.

—Sí, pero ese gato podría comerte.

Julián se acercó al cristal.

El leopardo estaba tumbado sobre una roca. Era más grande de lo que imaginaba.

Durante un momento Julián sintió algo especial. Era como si estuviera viendo a un pariente lejano.

El animal levantó la cabeza. Sus ojos recorrieron el recinto… y entonces se detuvieron en Julián.

Todo pareció quedarse en silencio.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

Durante varios segundos se miraron fijamente.

La mujer y el niño se marcharon. Ahora quedaban los dos solos.

Julián se acercó más al cristal de seguridad.

—Hola, amigo —susurró.

El leopardo se levantó lentamente y comenzó a caminar hacia él con paso silencioso. Sus ojos no se apartaban de los de Julián.

—Lo sabe… sabe lo que soy —murmuró.

El leopardo se detuvo a pocos metros del cristal.

Julián puso una mano sobre el vidrio.

—Soy como tú.

El leopardo inclinó la cabeza.

Julián pensó que estaba sucediendo algo mágico.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

El leopardo enseñó los dientes.

—No pasa nada… soy de los tuyos.

El animal empezó a caminar otra vez. Pero ahora no era un paso tranquilo. Era un movimiento tenso.

Julián sintió un leve nerviosismo.

El leopardo se agachó.

Y saltó.

El impacto contra el cristal fue brutal.

Julián retrocedió con un grito. Las garras del animal rasgaron el vidrio. Cayó hacia atrás mientras el leopardo golpeaba el cristal una y otra vez. Los dientes chocaban contra el vidrio y sus ojos estaban clavados en él.

Un cuidador apareció corriendo.

—¡Oiga! ¡Aléjese del cristal!

Julián se levantó temblando y retrocedió varios pasos.

Toda su vida había pensado que era un leopardo.

Y comprendió que, en el fondo, solo era una presa para los leopardos.

Regresó caminando a su apartamento.

Antes de acostarse se miró en el espejo. Lo que vio le inquietó.

En sus ojos se reflejaba algo extraño. Algo oscuro.

Algo parecido al odio.

Salió al pasillo porque escuchó pasos que se acercaban.

Nadie sabe lo que sucedió después.

Solo encontraron a un vecino destrozado, como si hubiera sido atacado por un animal salvaje.

Julián volvió a mirarse en el espejo.

No recordaba nada.

Pero en su boca había un leve regusto a sangre fresca.

EL ULTIMO CAFE


 Estimados compañeros, clientes y amigos:

Hoy me cuesta encontrar las palabras.
Después de 44 años, 9 meses y 9 días, ha llegado el momento de despedirme de este lugar que ha sido mucho más que mi trabajo. Ha sido mi segunda casa, mi escuela de vida y el escenario donde han transcurrido algunas de las historias más importantes de mi vida.
Cuando entré por primera vez por esa puerta era apenas un muchacho. Un chico con poca experiencia, con las manos temblando al llevar una bandeja y con más sueños que certezas. Pensaba que aquel sería un trabajo temporal… algo pasajero.
Pero la vida tenía otros planes.
Día tras día, café tras café, conversación tras conversación, esta cafetería se fue convirtiendo en mi mundo. Aquí aprendí que un café no es solo un café. A veces es compañía, otras consuelo, otras celebración.
En estas mesas se han contado historias de amor, de alegría, de tristeza, de esperanza. He visto a personas llegar solas y marcharse acompañadas. He visto amistades nacer, familias crecer, generaciones enteras cruzar esta puerta.
He visto abuelos traer a sus nietos… y años después, a esos mismos nietos volver con sus propios hijos.
Pero entre todas esas historias también ocurrió la más importante de mi vida.
Un día entró una joven y se sentó al fondo de la cafetería. Cabello negro, sonrisa tímida. Venía casi cada mañana. Café con leche y tostada con tomate.
Al principio solo intercambiábamos unas palabras.
Luego llegaron las conversaciones más largas.
Y un día, casi sin darme cuenta, entendí que estaba completamente enamorado.
Aquella joven se convirtió en mi esposa y en la madre de mis dos hijos. Y mientras esta cafetería crecía, también crecía mi familia.
Mis hijos dieron sus primeros pasos mientras yo seguía sirviendo cafés. Aprendí que uno puede estar cansado después de un largo día de trabajo… pero que una sonrisa de un hijo lo cambia todo.
Claro que la vida no siempre trae momentos felices.
Entre estas mismas paredes también tuve que seguir trabajando mientras el corazón pesaba. Aquí recibí noticias difíciles. Aquí aprendí a sonreír incluso cuando por dentro uno está roto.
Perdí a mis padres. Perdí a mi querida abuela, que fue quien me enseñó a ser la persona que soy.
Y aun así, cada mañana volvía a colocar las tazas, a preparar el café, a recibir a los clientes.
Porque este lugar también me enseñó algo muy importante:
que la vida continúa… y que las personas se sostienen unas a otras más de lo que imaginan.
Quiero agradecer también a quienes caminaron conmigo durante estos años.
A mis compañeros. Algunos se convirtieron en amigos de verdad. Personas con las que compartí risas, cansancio, enfados y muchas historias que solo quienes han trabajado detrás de una barra pueden entender.
También aprendí paciencia con otros. Porque la vida, incluso en una cafetería, también enseña lecciones difíciles.
Pero de todo se aprende.
Quizás muchos no lo saben, pero entre café y café también fui escribiendo otra parte de mi vida. Aquí nacieron mis libros, escritos muchas veces en silencio, después de largas jornadas de trabajo.
Este lugar no solo me dio un oficio. También me dio historias.
Historias que terminaron convirtiéndose en palabras.
Incluso, gracias a un cliente que creyó en mí, tuve la oportunidad de participar en un pequeño proyecto de cine. Algo que jamás habría imaginado cuando era aquel joven que temblaba sosteniendo una bandeja.
En todos estos años también vi pasar dos generaciones de jefes.
El primero me dio la oportunidad de empezar cuando apenas sabía nada. Me enseñó este oficio con exigencia, pero también con confianza.
Después llegó su hijo, con nuevas ideas, nuevos tiempos, pero con el mismo amor por este lugar.
A ambos les debo mucho.
Y ahora… llega el momento de cerrar este capítulo.
Uno cree que siempre habrá otro día más, otra mañana más, otro café más por servir.
Pero el tiempo pasa sin hacer ruido.
Y un día, simplemente, llega la hora de decir adiós.
Me voy con el corazón lleno.
Lleno de rostros, de conversaciones, de risas, de recuerdos que nunca olvidaré.
Gracias a cada cliente que se sentó en estas mesas.
Gracias a cada compañero que compartió turno conmigo.
Gracias a todos los que, de una forma u otra, formaron parte de esta historia.
Porque aunque hoy me despida… una parte de mí siempre se quedará aquí.
En el sonido de las cucharillas contra las tazas.
En el aroma del café recién hecho.
En las conversaciones que seguirán llenando este lugar.
Gracias por acompañarme durante 44 años, 9 meses y 9 días de mi vida.
Ha sido un honor servirles.
Muchas gracias.

RESACA VIOLENTA


 La música empezó suave, casi alegre, brotando de un viejo altavoz colocado en el centro de la sala. Éramos ocho amigos de toda la vida, reunidos en la casa de campo de Julián, a las afueras de la ciudad. Fuera, el viento golpeaba las ventanas con una insistencia que parecía un mal presagio. Todos habíamos consumido alcohol y drogas en cantidades suficientes como para estar fuera de nosotros mismos.

—Es solo un juego —dijo Clara, forzando una sonrisa.

En el centro de la habitación había siete sillas; solo siete para ocho personas. La idea había surgido como una broma, una versión adulta del juego de las sillas, pero el "premio" había sido idea de Marcos.

—El ganador podrá elegir la manera en que morirá uno de los perdedores.

Lo dijo con una calma que nos hizo reír al principio. Pensábamos que hablaba en metáfora, pero luego sacó un revólver antiguo del cajón y lo colocó sobre la mesa.

—Es real —sentenció Marcos.

Nadie volvió a sonreír. El silencio que siguió fue absoluto.

—Podemos irnos... —murmuró Elena con voz temblorosa. —La puerta está cerrada con llave, y la llave la tengo yo —respondió Julián.

Nos miramos unos a otros. Era absurdo; éramos adultos y podíamos arrebatarle la llave por la fuerza, pero nadie se movió. En el fondo, todos queríamos ver hasta dónde llegaba el juego.

La música subió de volumen. Marcos la controlaba desde su móvil mientras caminaba alrededor de las sillas como un director de orquesta.

—Cuando se detenga, ya sabéis qué hacer —dijo con su voz aguda.

Comenzamos a girar. Al principio intentábamos fingir una sonrisa, mientras el parqué crujía bajo nuestros pies. Sentía el corazón acelerado, un galope provocado por el miedo puro. De pronto, la música se detuvo. El estruendo fue total: sillas arrastrándose, empujones y un grito ahogado. Al levantar la vista, Tomás estaba de pie, sin silla. Nos miró confundido.

—Vale, muy gracioso. Ya está, ¿no? —dijo con la voz entrecortada. —Las reglas son las reglas. —No estaréis hablando en serio... —Tomás rió con nerviosismo.

Nadie respondió. Julián se levantó despacio, caminó hacia la mesa y tomó el revólver. Entonces entendimos que no había marcha atrás.

—¡Podemos parar esto! —gritó Elena con lágrimas en los ojos—. ¡Estáis enfermos!

Tomás dio un paso atrás intentando correr hacia la puerta, pero Julián fue más rápido. El disparo retumbó como un trueno dentro del salón. El cuerpo de Tomás cayó al suelo y el olor a pólvora lo invadió todo. El juego continuaba.

Quitaron una silla. Ahora éramos siete, pero solo quedaban seis asientos.

Nadie hablaba; solo se oía nuestra respiración agitada. La música volvió a sonar, pero ahora nadie fingía que era una broma. Nos movíamos con cuidado, observándonos de reojo. Ya no éramos amigos, éramos rivales. Cada uno calculaba las distancias para no quedarse fuera. La música se detuvo nuevamente.

Clara y Sergio se lanzaron hacia la misma silla. Él la empujó con una violencia brutal; Clara cayó al suelo golpeándose la cabeza y Sergio se sentó. Clara quedó eliminada.

—Lo siento —susurró Sergio, aunque su voz no guardaba rastro de arrepentimiento.

Clara no gritó. Cuando Julián levantó el arma, ella solo nos miró uno a uno, implorando una clemencia que no existía. Sonó el disparo y su cuerpo se desplomó.

La tensión era insoportable. Cada ronda era más rápida, más salvaje. La música ya no era alegre; era un martilleo constante en las sienes. En la cuarta ronda cayó Elena, quien suplicó y prometió dinero e incluso sexo, pero nada cambió. En la quinta fue Sergio; Julián ni siquiera dudó al apretar el gatillo. La sangre comenzaba a encharcar el suelo.

Quedábamos tres: Julián, Marcos y yo. El arma descansaba sobre la mesa con cinco balas menos.

—Esto se nos ha ido de las manos —dije en un susurro apenas audible.

Poco a poco, entreabrí los ojos. La cabeza me estallaba. Al bajar la vista, vi restos de vómito en mi ropa. El terror me oprimía el pecho. Cuando finalmente logré abrir los ojos por completo, vi la realidad: mis siete amigos estaban tirados por los rincones, profundamente dormidos o desmayados, con restos de bebida en sus vasos. Sobre la mesa de cristal, aún quedaban las líneas de cocaína que habíamos consumido.

En ese momento, envuelto en el sudor frío de la paranoia, tomé la decisión de no volver a probar el alcohol ni las drogas. Había sido una pesadilla, una alucinación colectiva nacida del exceso, pero por unos instantes... había sido real.

EL COFRADE

 La primera vez que lo vieron, nadie preguntó su nombre. En la hermandad, eso ya era extraño, porque en aquel barrio, donde las calles parec...