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LEOPARDOS


 El hombre se llamaba Julián, aunque hacía años que ya no se reconocía con ese nombre. Para todo el mundo era Julián: treinta y cinco años, traductor de varios idiomas. Trabajaba desde su pequeño apartamento, lleno de plantas que se estaban secando y de libros apilados.

Pero en su interior había otro nombre.
Uno que no se pronunciaba, pero que él conocía.

Leopardo.

No era un capricho ni un juego. Julián lo sentía como una convicción profunda, casi espiritual. En internet había encontrado una comunidad que utilizaba una palabra que lo describía con precisión: “Therian”, personas que creían que su identidad era la de un animal.

Muchos decían ser lobos, zorros o cuervos.

Julián no.

Julián era un leopardo.

Desde pequeño había sentido algo extraño en su cuerpo. Cuando corría por el patio del colegio no lo hacía como los demás niños. Corría agachado, con los músculos tensos, con la sensación de que su espalda debía curvarse un poco más. Cuando miraba a los otros niños sentía un impulso primitivo: los observaba como presas, no como iguales.

Su madre solía decirle:

—Deja de mirar así, Julián. Me pones nerviosa.

Pero él no sabía mirar de otra manera.

Con el tiempo aprendió a ocultarlo. Creció, estudió y consiguió trabajo. Sin embargo, por las noches, cuando la ciudad se apagaba, su mente cambiaba. Sentía una presión interna, una especie de hambre.

Pero no era hambre de comida.

Era hambre de selva.

Durante años pensó que estaba loco, hasta que encontró aquel foro en internet: Therian Community.

Allí leyó testimonios similares al suyo. Personas que hablaban de “despertares” y de “identidades animales”.

—No es que creamos ser animales físicamente —escribía uno—, es que nuestra mente lo es.

Un día, en el chat, escribió sus primeras palabras:

—Creo que soy un leopardo.

Las respuestas llegaron rápido.

—Bienvenido. ¿Has tenido impulsos?

Esa palabra se repetía mucho: impulsos.

Julián sí los había tenido.

Recordaba una tarde en el parque, meses atrás. Estaba sentado en un banco cuando vio una paloma caminar cerca de sus pies. De repente su cuerpo se tensó. Sus ojos calcularon distancias, velocidad y dirección.

Durante un segundo estuvo a punto de lanzarse sobre ella.

Se detuvo justo antes.

La paloma voló y él se quedó temblando.

A partir de ese día comenzó a estudiar esa identidad. Compró libros sobre leopardos, vio documentales y analizó su comportamiento con obsesión.

Los leopardos son cazadores solitarios, igual que él.

Lo que más le impresionaba era su mirada.

Julián empezó a practicar frente al espejo. A veces caminaba por su apartamento agachado. Otras veces, en mitad de la noche, se despertaba convencido de que su piel debía tener manchas. Pasaba la mano por sus brazos esperando encontrarlas.

Pero nunca estaban.

Un sábado de otoño, mientras navegaba por el foro, alguien le sugirió:

—Visita un zoológico. Puede ayudarte a encontrar tu otro yo.

Julián solo había visto leopardos en vídeos y fotografías. Podía ser una experiencia impresionante.

Tres días después compró una entrada para el zoológico.

El día estaba gris. Había familias con niños, parejas y muchos turistas con cámaras de fotos.

Julián caminaba lentamente. Primero vio a los elefantes, pero no le interesaban. Su corazón latía cada vez más fuerte, esperando encontrar el cartel que anunciaba a los leopardos.

Finalmente lo encontró.

No había mucha gente. Solo una mujer con su hijo.

—Mira, mamá, un gato gigante —dijo el niño.

La madre se rió.

—Sí, pero ese gato podría comerte.

Julián se acercó al cristal.

El leopardo estaba tumbado sobre una roca. Era más grande de lo que imaginaba.

Durante un momento Julián sintió algo especial. Era como si estuviera viendo a un pariente lejano.

El animal levantó la cabeza. Sus ojos recorrieron el recinto… y entonces se detuvieron en Julián.

Todo pareció quedarse en silencio.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

Durante varios segundos se miraron fijamente.

La mujer y el niño se marcharon. Ahora quedaban los dos solos.

Julián se acercó más al cristal de seguridad.

—Hola, amigo —susurró.

El leopardo se levantó lentamente y comenzó a caminar hacia él con paso silencioso. Sus ojos no se apartaban de los de Julián.

—Lo sabe… sabe lo que soy —murmuró.

El leopardo se detuvo a pocos metros del cristal.

Julián puso una mano sobre el vidrio.

—Soy como tú.

El leopardo inclinó la cabeza.

Julián pensó que estaba sucediendo algo mágico.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

El leopardo enseñó los dientes.

—No pasa nada… soy de los tuyos.

El animal empezó a caminar otra vez. Pero ahora no era un paso tranquilo. Era un movimiento tenso.

Julián sintió un leve nerviosismo.

El leopardo se agachó.

Y saltó.

El impacto contra el cristal fue brutal.

Julián retrocedió con un grito. Las garras del animal rasgaron el vidrio. Cayó hacia atrás mientras el leopardo golpeaba el cristal una y otra vez. Los dientes chocaban contra el vidrio y sus ojos estaban clavados en él.

Un cuidador apareció corriendo.

—¡Oiga! ¡Aléjese del cristal!

Julián se levantó temblando y retrocedió varios pasos.

Toda su vida había pensado que era un leopardo.

Y comprendió que, en el fondo, solo era una presa para los leopardos.

Regresó caminando a su apartamento.

Antes de acostarse se miró en el espejo. Lo que vio le inquietó.

En sus ojos se reflejaba algo extraño. Algo oscuro.

Algo parecido al odio.

Salió al pasillo porque escuchó pasos que se acercaban.

Nadie sabe lo que sucedió después.

Solo encontraron a un vecino destrozado, como si hubiera sido atacado por un animal salvaje.

Julián volvió a mirarse en el espejo.

No recordaba nada.

Pero en su boca había un leve regusto a sangre fresca.

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