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NEVADA EN SOLITARIO

 

La mañana en que cayó la nieve, nadie supo explicarlo. Los meteorólogos pronunciaban palabras técnicas en la televisión; hablaban de frentes fríos, isobaras y conceptos que la mayoría de los habitantes de aquella ciudad no lograba comprender. Acostumbrados al polvo, al sol radiante y a los inviernos de chaqueta ligera, jamás habían visto un copo de nieve. Por eso, cuando el cielo amaneció con un gris espeso y comenzó a soltar una sinfonía blanca, el asombro fue general.

Al principio fue una curiosidad. La gente sacaba la mano por la ventana y reía al ver cómo los tejados se empolvaban. Luego llegó el desconcierto: las calles, que nunca habían conocido el hielo, se volvieron traicioneras. Los coches patinaban como peces fuera del agua, los autobuses quedaban atravesados en las avenidas y los semáforos parecían luces de Navidad colgadas de un árbol.

El caos convivió con una alegría infantil. Los niños salieron en manadas, envueltos en bufandas, guantes y gorros que les quedaban demasiado grandes. Las plazas se llenaron de risas; se levantaron muñecos con narices de zanahoria robadas de la cocina y botones que antes adornaban abrigos. Las guerras de bolas estallaban sin aviso e incluso los adultos acababan recibiendo impactos entre carcajadas.

En una calle tranquila del barrio, donde las casas eran bajas, la nieve caía con una fuerza casi cruel. Allí vivía Lucas.

Lucas tenía ocho años y una imaginación fuera de lo común. Aquella mañana se había quedado solo por primera vez. Su madre, enfermera, tenía turno doble en el hospital; la imprevista nevada había cerrado los colegios, pero no el centro sanitario.

—No abras a nadie —le había dicho su madre—. Tienes mi número, el de la vecina y el de emergencias.

Lucas se sentía mayor en esa situación. Tenía preparado un bocadillo, una grabación de dibujos animados y la lista de teléfonos importantes. Desde el comedor, miraba la calle a través del cristal empañado; veía a los otros niños jugando y, tras respirar sobre el vidrio, dibujó una cara sonriente con el dedo.

De pronto, Lucas apagó el televisor y el silencio se le vino encima. En esa quietud, escuchó voces que provenían de la puerta trasera. Su corazón empezó a latir a toda prisa.

En otra parte de la ciudad, lejos de las risas, tres hombres caminaban bajo la tormenta. La nieve no les despertaba ninguna ternura; al contrario, con las calles bloqueadas y la policía ocupada en los accidentes, el viejo barrio era una oportunidad de oro.

—Esa siempre está vacía por las mañanas —señaló uno de ellos.

No sabían que ese día Lucas estaba allí. La cerradura cedió con un ruido seco. En ese instante, el niño recordó las palabras de su madre, la lista de teléfonos y las historias que había visto en las películas. Pero esto no era ficción; era la realidad.

Miró a su alrededor buscando un escondite. En la cocina no había sitio; el armario del pasillo no tenía cerrojo. Entonces recordó que el baño tenía una ventana no muy alta. Al escuchar que la puerta principal se abría del todo, Lucas se escabulló en el cuarto de baño y cerró con cuidado.

—Rápido, antes de que vuelva nadie —se oyó desde el pasillo.

El niño pensó en gritar, pero el nudo en su garganta se lo impidió. También pensó en llamar, pero el móvil se había quedado en el comedor. La casa crujía con el trasiego de los intrusos: cajones abiertos, objetos chocando... cada ruido era como un latigazo. Uno de los hombres se acercó al baño. Lucas vio la sombra de sus botas bajo la puerta y se tapó la boca con la mano para no delatarse. La puerta estaba cerrada.

—Hay alguien aquí —avisó el hombre a sus compañeros.

Lucas, en un impulso de desesperada imaginación, empujó la ventana y dejó caer el bote metálico de los cepillos de dientes hacia el patio.

—¡Por detrás! ¡Debe de haber salido al patio! —gritaron.

Los pasos se alejaron. Lucas esperó unos segundos, reaccionó y bajó del inodoro. Con las manos temblorosas, salió del baño en silencio, se deslizó hasta el comedor y agarró el teléfono. Marcó emergencias.

—Hola, dígame... —sonó al otro lado. —Hay hombres en mi casa y estoy solo —susurró Lucas. —¿Cuál es tu dirección? ¿Dónde estás ahora?

Lucas respondió como pudo, con el miedo atenazándole la voz.

—Escúchame, Lucas: aléjate de ellos, escóndete si puedes. Vamos en camino.

Lucas corrió escaleras arriba hacia su habitación. Cerró la puerta, empujó el escritorio contra ella y se metió bajo la cama, abrazando a su oso de peluche. Desde allí veía la luz filtrarse por debajo de la puerta. Los pasos subieron los peldaños, uno tras otro. El picaporte se sacudió; el escritorio tembló.

—Ábrela, sabemos que estás ahí —dijo una voz.

Lucas cerró los ojos con fuerza. Pensó en la nieve, en los niños riendo, en su madre volviendo a casa. Se obligó a no llorar. Los hombres maldijeron fuera.

—Vámonos, no vale la pena —dijo uno, impaciente.

Los pasos bajaron la escalera a toda prisa y la puerta principal se cerró de golpe justo cuando empezaban a oírse las sirenas de la policía. Lucas no se movió durante lo que le parecieron horas. Cuando finalmente salió de debajo de la cama, la casa estaba en silencio otra vez, aunque era un silencio diferente. Poco después llamaron a la puerta. Esta vez Lucas miró por la mirilla: los uniformes le tranquilizaron y abrió.

La policía lo encontró con los ojos rojos y el oso de peluche apretado contra el pecho. Afuera, la nevada seguía cubriendo las calles de un blanco cegador. Cuando su madre llegó, lo abrazó tan fuerte que casi le dolió. Lucas enterró la cara en el abrigo húmedo de ella y, por primera vez en toda la mañana, lloró.

Esa noche la ciudad durmió bajo un manto blanco. Los niños soñaron con muñecos de nieve y Lucas, en su cama, se preguntaba si todo aquello no habría sido más que una pesadilla.

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