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LUNA LLENA


 Nadie en la ciudad recordaba una noche sin luna. Incluso cuando el cielo estaba cubierto, algo pálido parecía filtrarse entre las nubes, como si la luna no se fuera nunca. Los viejos decían que era por la cercanía del mar, que reflejaba su luz; otros preferían no decir nada.

Cuando Isabel quedó embarazada, la luna empezó a comportarse de forma extraña. Isabel tenía treinta y dos años y una vida discreta. Vivía sola desde que su marido había desaparecido en una tormenta tres años atrás. Trabajaba cosiendo redes para los pescadores y nunca había dado problemas: era amable, reservada, casi invisible.

El embarazo no fue celebrado. Nadie recordaba haberla visto con otro hombre.

—Cosas que pasan, no es asunto nuestro —decían.

La primera vez que sucedió fue durante el cambio de luna menguante a luna nueva.

Esa noche el puerto despertó con gritos. Un pescador apareció con el brazo destrozado, mordido hasta el hueso. A duras penas pudo pronunciar el nombre de Isabel. Dijo que ella se había abalanzado sobre él desde la oscuridad, gruñendo, con los ojos en blanco.

La encontraron desnuda en la playa, cubierta de sangre que no era suya, arañando la arena como si buscara algo enterrado. Cuando intentaron acercarse, atacó a dos hombres más, con una fuerza que no correspondía a su cuerpo delgado y embarazado. Tuvieron que golpearla para reducirla.

Al amanecer, Isabel despertó en su cama sin un solo recuerdo.

—Soñé con agua negra y con algo que se movía dentro de mí —dijo.

El médico habló de psicosis. El cura, de pecado. Nadie mencionó la luna, aunque todos miraron al cielo la noche siguiente.

No fue un hecho aislado. Cada cambio de luna transformaba a Isabel.

No siempre era con violencia. A veces desaparecía durante horas y regresaba con las uñas llenas de barro y algas. En luna llena, el pueblo se encerraba: las puertas se atrancaban, las ventanas se cerraban, porque cuando la luna alcanzaba su punto más alto, Isabel salía y atacaba. No distinguía rostros, no reconocía voces; mordía y arañaba.

Una vez arrancó un trozo de carne del cuello de una mujer con los dientes. Otra, lanzó a un niño contra la pared.

—No es ella, algo la toma —repetía el médico.

El vientre de Isabel crecía rápido, demasiado rápido, y se movía incluso cuando ella dormía.

—No quiere salir —repetía Isabel cuando estaba lúcida.

La encerraron en un viejo almacén del puerto durante las noches críticas: cadenas, cerrojos, vigilancia. No importaba. Siempre amanecía con los barrotes doblados y las uñas ensangrentadas, y siempre sin recordar nada.

El parto comenzó la noche del eclipse total. El cielo se oscureció de golpe, como si alguien hubiera apagado el mundo. Isabel gritó con una voz que no parecía salir de su garganta.

El niño nació en silencio. No lloró. No respiró durante varios segundos… y luego sonrió.

Era un bebé rosado, con los ojos abiertos de par en par. Cuando lo limpiaron, su sonrisa no desapareció.

—Esto no es normal. Los recién nacidos no sonríen así —murmuró la comadrona.

—Ya está aquí. Ahora me dejará en paz —dijo Isabel.

Llamó Lucas al niño.

Durante el día, Lucas era encantador. A los tres meses seguía con la sonrisa fija, pero con los cambios de luna algo en él se alteraba.

A los dos años habló por primera vez, durante una luna creciente.

—Está mirando —dijo, señalando al cielo.

En luna llena desaparecían animales: gatos encontrados abiertos por la mitad, pájaros colgados de los árboles, símbolos en el puerto hechos con piedras y huesos.

—Lucas no pudo hacerlo, es solo un niño —decían los vecinos.

Pero Lucas siempre estaba cerca, sonriendo.

A los cinco años empujó a un hombre al mar.

—La marea lo reclama —dijo el niño con tranquilidad.

El cuerpo nunca apareció.

Isabel intentó huir del pueblo varias veces, pero cada vez que lo hacía, Lucas enfermaba: temblores, convulsiones, incluso sangraba por la nariz.

—No puedo irme. Él tiene que estar aquí —repetía Isabel.

La última noche llegó sin aviso. Una luna enorme ocupaba todo el cielo. El mar se retiró varios metros, dejando al descubierto el fondo cubierto de algas negras. Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar solas.

Lucas caminó hacia la playa.

—Es ahora. Ya vienen —dijo.

Algo emergió del agua. No eran personas. Eran figuras altas, cubiertas de una piel translúcida que reflejaba la luna.

—Me recuerdan —sonrió Lucas.

Isabel entendió demasiado tarde. Ella no había sido poseída. Había sido preparada para traer a Lucas al mundo.

Desesperada, abrazó a su hijo y se lanzó con él al mar. El agua los cubrió.

Al amanecer, el puerto estaba intacto. El mar había regresado a su lugar, pero no había rastro de Isabel ni de Lucas.

Desde entonces, en cada cambio de luna, los habitantes sienten una presión en el pecho. Juran oír risas infantiles mezcladas con el sonido de las olas, y algunos aseguran ver reflejada en el agua una sonrisa rosada que intenta salir del fondo del mar.

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