A Daniel siempre le gustaron los principios en las relaciones.
El comienzo era un territorio seguro: promesas vacías, caricias con fecha de caducidad, la ilusión de que esta vez sería distinto. Le gustaba observar cómo una relación crecía bajo sus manos, como si fuera un jardinero paciente que supiera exactamente cuánta luz, cuánta agua y cuánto silencio necesita cada planta.
Era atento, detallista, sabía escuchar. Las mujeres que pasaban por su vida solían describirlo como “maravilloso”, “intenso”, “único”. Y, sin embargo, todas terminaban igual: era él quien rompía las relaciones.
No importaba cuánto amor hubiera declarado ni cuántos planes de futuro hubieran construido juntos. Siempre le pasaba lo mismo: empezaba a sentir que el aire escaseaba, que la rutina lo ahogaba como una habitación sin ventanas. Entonces se volvía distante, frío. Nunca gritaba, nunca hacía escenas. Solo decía:
—Creo que esto ya no es lo que debería ser.
Las miraba llorar, suplicar explicaciones, y él permanecía firme, convencido de que hacía lo correcto, convencido de que huir era lo mejor que podía suceder.
Pero cuando la puerta se cerraba y el silencio ocupaba la casa, Daniel se derrumbaba. Y no podía parar de llorar.
Lloraba en la cocina mientras se preparaba el café. Lloraba en el sofá donde aún quedaba el perfume de la última mujer que había amado. Lloraba en la cama, mirando el espacio vacío del otro lado.
Año tras año, el patrón se repetía. Hasta que apareció Clara.
No hubo nada extraordinario en su primer encuentro. Fue en una librería, en una tarde lluviosa de noviembre. Ella discutía con el dependiente sobre una edición agotada y Daniel, que escuchaba desde cerca, intervino sin pensarlo.
—Yo lo tengo. Si quieres, te lo puedo prestar.
—¿Y cómo sé que no es una excusa para invitarme a salir?
—No lo sabes. Pero tampoco pierdes nada por averiguarlo.
Clara no se enamoró de él a primera vista. Pero parecía conocerlo demasiado bien.
—Tú siempre te vas antes de que te dejen.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Por qué dices eso?
Ella no respondió. Y, por primera vez, parecía que alguien lo conocía lo suficiente como para desarmarlo. Algo en su interior le impedía salir corriendo como en otras ocasiones.
Cada vez que le venían ganas de terminar la relación, Clara hacía algo inesperado: se adelantaba.
—Si quieres irte, vete —decía con calma.
De esta manera, Daniel llegó a una cifra nunca antes alcanzada: dos años.
El día exacto del segundo aniversario amaneció despejado. Clara había insistido en no hacer grandes planes: nada de cenas ni viajes sorpresa, solo ellos.
Daniel se levantó con cuidado y fue a la cocina. El aroma del café invadía el apartamento. Escuchó la ducha abrirse.
“Feliz aniversario”, pensó.
Cuando volvió al dormitorio, Clara no estaba. Entró en el baño: la ducha estaba seca. El armario abierto. El lado de la cama donde dormía Clara, vacío.
Al principio pensó que era una broma. Revisó el baño, el salón, incluso el pequeño balcón donde solían fumar.
El teléfono vibró en la mesita de noche. Era un mensaje de un número desconocido.
—Ahora ya sabes lo que se siente.
Intentó llamar. Imposible. El número no existía.
Paseó por el apartamento y comenzó a notar detalles que antes no había percibido. Las fotografías seguían en su lugar, pero en ninguna aparecía Clara: solo él. Donde debían estar los dos, estaba solo.
Revisó el teléfono. No había rastro de sus conversaciones, ni llamadas, ni fotografías. Abrió las redes sociales: su perfil estaba intacto, pero no existía ninguna Clara vinculada a él.
Buscó en el cajón donde guardaba fotos impresas. Vacío. En la cocina, los utensilios que ella había comprado ya no estaban. El libro que había pedido en la biblioteca tampoco.
Daniel comenzó a dudar de su propia memoria.
Salió a la calle y corrió hasta la librería donde se habían conocido. El dependiente lo reconoció.
—¿La chica del libro? ¿La recuerdas? —preguntó Daniel.
—¿Qué chica? —respondió el dependiente.
Daniel la describió. El hombre negó con la cabeza.
Regresó a casa caminando, con la sensación de estar viviendo dentro de un sueño. Durante varios días no dejó de buscar cualquier rastro que los vinculara. Todo indicaba que Clara jamás había existido.
Una noche abrió la botella de vino que tenía guardada para una ocasión especial. Se sentó en el suelo y lloró como nunca antes. No era un llanto de pena. Era el llanto de alguien que ha sido abandonado.
Y entonces comprendió algo que le heló la sangre: para todas las mujeres a las que había dejado, él había desaparecido como un fantasma. Y ahora el universo le mostraba la otra cara.
Las semanas se convirtieron en meses. Dejó de intentar demostrar la existencia de Clara.
Hasta que una tarde recibió una carta sin remitente.
Dentro había una sola fotografía: él dormido en el sofá y, detrás, la silueta desenfocada de ella. En el reverso, escrito a mano:
—Aprende a quedarte.
Mientras el sol caía tras las ventanas, Daniel comprendió que la desaparición de Clara no le dejaba un vacío, sino una pregunta.
¿Por qué dejó a todas las anteriores?
La respuesta se la dio una mujer que, posiblemente, nunca había existido.
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