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LOS RECUERDOS DE LA ABUELA MONTSERRAT


 Cuando yo era joven, Calella era muy diferente a como la veis ahora. El pueblo tenía otro ritmo, otro olor, otra forma de vivir. No había tantas prisas ni tanto ruido de coches. La gente se conocía por su nombre, las puertas estaban abiertas y la calle era como una prolongación de la casa. Y si había un día especial, ese era el día del mercado.

Todavía cierro los ojos y puedo verlo perfectamente. El mercado se instalaba en la calle Sant Joan, cerca de la carretera. Desde bien temprano ya se escuchaba movimiento. Los camiones llegaban de madrugada y los vendedores comenzaban a montar las paradas mientras el pueblo todavía despertaba lentamente.

El sonido metálico de las estructuras, las voces de los comerciantes saludándose, el olor de la fruta recién colocada y el murmullo de las primeras personas que llegaban formaban una sinfonía que anunciaba el comienzo de la jornada.

Entonces, el mercado era inmenso, mucho más grande de lo que es ahora. Había tantas paradas que incluso ocupaban los dos lados de la carretera. Aquello era una auténtica riada de gente. Venían personas de los pueblos cercanos: Sant Pol, Pineda, Malgrat y Arenys. Todos querían pasar por el mercado de Calella porque allí se encontraba de todo.

Recuerdo perfectamente que siempre había un policía dirigiendo el tráfico. Era necesario. Había tantos coches, y personas cruzando de un lado a otro que, sin aquel guardia, aquello habría sido un caos. Levantaba la mano con autoridad y todos obedecían. Era parte del paisaje del mercado, igual que las voces de los vendedores. La calle estaba llena de vida.

Había paradas de fruta y verdura donde los colores parecían más vivos que en cualquier otro sitio: tomates rojos brillantes, pimientos verdes enormes, melocotones perfumados, cerezas oscuras y sandías abiertas para mostrar su interior rojo y fresco. Los vendedores gritaban ofertas y conocían a todas las mujeres del pueblo.

—Montserrat, hoy llevo unas judías tiernas buenísimas.

—Niña, prueba estas naranjas, son dulcísimas.

Todo era cercano. No eras una clienta más; eras alguien conocido.

También estaban las paradas de ropa: montones de pantalones, delantales, calcetines, vestidos estampados y batas de señora colgadas. Las mujeres tocaban las telas con paciencia mientras comentaban las novedades del pueblo. Allí no solo se iba a comprar; también se iba a hablar, a encontrarse y a sentirse acompañado.

Y luego estaban las paradas de utensilios de cocina: cucharas de madera, cazos, ollas, coladores, cafeteras, cuchillos, platos y mil cosas más. Yo podía pasarme mucho rato mirando aquellos objetos e imaginando recetas y comidas familiares.

En aquella época todo duraba años. Una buena olla podía pasar de madre a hija y seguir utilizándose toda la vida.

Había también especias y legumbres a granel, frutos secos, quesos, embutidos y hasta juguetes sencillos para los niños. El mercado tenía un olor especial, una mezcla de fruta madura, pescado fresco, ropa nueva y especias. El mercado olía a personas que vivían juntas.

Pero si había un lugar especial, el verdadero corazón de todo aquello, era la plaza.

La plaza de abastos. Aún hoy, cuando paso por allí, me vienen tantos recuerdos que se me hace un nudo en la garganta. La plaza era mucho más que un edificio; era el alma del pueblo.

Allí había vida desde la primera hora de la mañana. Las puertas se abrían y comenzaba un desfile constante de vecinos entrando y saliendo con carros, cestas y bolsas.

Había paradas de carne donde los carniceros conocían exactamente el corte que quería cada familia. Las pescaderías tenían el pescado recién llegado del mar. Las floristas llenaban el ambiente de colores y perfumes. Las fruteras colocaban la mercancía con tanto cuidado que parecía un escaparate.

Todo lo que necesitabas para casa estaba allí.

Y recuerdo especialmente una parada situada justo en la entrada de la plaza. Era una parada de utensilios de cocina y de especias a granel. ¡Qué maravilla era aquello! Grandes sacos llenos de pimienta, canela, azafrán, tomillo, orégano y pimentón. El olor era tan intenso que parecía abrazarte cuando te acercabas.

Allí comprábamos las especias para los guisos, para los canelones, para los estofados de invierno y para las comidas de fiesta.

El hombre que atendía siempre estaba atento y tenía las manos impregnadas de aquellos aromas. Parecía saberlo todo sobre la cocina. Las mujeres le preguntaban cómo condimentar ciertos platos y él siempre aconsejaba con paciencia.

La plaza era un mundo entero. Lo más bonito era que todos se conocían. Los vendedores sabían quién estaba enfermo, quién había tenido un hijo, quién se casaba o quién necesitaba ayuda. Si alguien faltaba varios días seguidos, enseguida preguntaban por él. Existía una humanidad que hoy cuesta mucho encontrar.

Ahora todo ha cambiado, y me da mucha pena decirlo. La plaza cerró. Todavía me cuesta aceptar que un lugar lleno de vida pueda quedar vacío. Cuando pienso en la plaza cerrada, siento como si hubieran apagado una parte del corazón de Calella.

Un pueblo sin mercado es un pueblo más triste, porque los mercados no solo venden comida; venden conversación, recuerdos, compañía y vida.

El mercado semanal también se ha hecho más pequeño. Ya casi no quedan aquellas largas filas de paradas. Ya no hace falta un policía dirigiendo el tráfico. Mucha gente compra en grandes supermercados y ya no pasea por el mercado como se hacía antes.

Y lo que más duele es que ya no conozco a casi nadie.

Antes, pasear por el mercado era detenerse a cada paso para saludar. Ahora veo caras nuevas, vendedores nuevos y prisas nuevas. Los amigos de antes ya no están. Algunos murieron, otros se jubilaron y otros simplemente desaparecieron con el tiempo, como desaparecen tantas cosas importantes.

A veces me paro y observo lo que queda del mercado. Escucho voces, veo unas pocas paradas y trato de encontrar algo de aquella Calella.

A veces todavía aparece algún olor o alguna conversación que me transporta al pasado durante unos segundos. Entonces vuelvo a ver a mi madre escogiendo tomates y a mi padre hablando con los pescadores; a las mujeres cargando con cestas y a los niños corriendo entre las paradas.

Hoy todo parece más rápido y más frío. La gente entra y sale de las tiendas sin apenas hablar. Muchos ni siquiera saben el nombre de quien les vende el pan o la fruta.

Tengo miedo de que un día el mercado desaparezca del todo, que no quede ninguna parada, que los niños del futuro no sepan lo que es ir al mercado con la abuela. Porque los pueblos viven gracias a sus recuerdos y a sus costumbres, y sobre todo gracias a sus lugares de encuentro.

A veces pienso que, mientras alguien recuerde todo aquello, seguirá existiendo un poco. Por eso me gusta contarlo, para que no se pierda del todo. Para que alguien imagine aquella calle Sant Joan llena hasta arriba de personas. Para que alguien vuelva a escuchar las voces de los vendedores. Y, sobre todo, para que alguien recuerde la plaza llena de vida y para que Calella no olvide nunca lo que fue.

Porque yo tuve la suerte de vivir aquella época maravillosa. Y aunque ahora muchas cosas hayan cambiado, cuando cierro los ojos todavía puedo escuchar el ruido de las paradas montándose al amanecer. Todavía puedo oler las especias. Todavía puedo ver a la gente sonriendo.

Y entonces, por un instante, mi querida Calella vuelve a ser la de antes.

SUPERMERCADO TENEBROSO


 El supermercado “MasAhorro” llevaba dos días cerrado por inventario. Un enorme cartel colgado en las puertas automáticas avisaba a los clientes de que volvería a abrir el lunes a las ocho de la mañana. Para cualquiera era una simple pausa comercial; para Carlos y Miguel, era una oportunidad irrepetible.

Habían estudiado el local durante semanas. Conocían los horarios de los vigilantes, la ubicación de las cámaras, los puntos ciegos y el sistema de alarmas. Lo conocían todo. Ambos habían trabajado años atrás instalando redes informáticas y sistemas de seguridad para pequeñas empresas. Sabían cómo inutilizar cualquier sistema de alarma sin que se activara.

Su plan era sencillo.

Entrarían el viernes de madrugada, desactivarían las alarmas y pasarían toda la noche acumulando mercancía valiosa cerca de la puerta trasera. Durante el sábado y el domingo harían varios viajes con un pequeño camión alquilado, utilizando carreteras secundarias. Jamones ibéricos, botellas de whisky caro, dispositivos electrónicos, perfumes y dinero de la caja fuerte. En dos días podían vaciar medio supermercado.

A las doce y media de la noche, una lluvia fina cubría las calles del polígono industrial donde se encontraba “MasAhorro”. No había tráfico; solo la lejana luz de las farolas y el eco de algún trueno.

Carlos abrió una pequeña caja metálica conectada al sistema de alarma exterior.

—Treinta segundos —avisó a su compañero.

Miguel sostenía una linterna pequeña entre los dientes mientras conectaba un portátil al panel de mantenimiento. Una línea verde apareció en pantalla.

—Sistema desconectado.

—Ya está —dijo Miguel, sonriendo.

Forzaron la puerta trasera con una palanca hidráulica y accedieron al interior. El supermercado estaba completamente oscuro. Solo algunas luces de emergencia permanecían encendidas en los pasillos. Las sombras de las estanterías parecían columnas gigantescas. El silencio era absoluto.

Carlos siempre había odiado los supermercados vacíos de noche. Había algo inquietante en ellos. Durante el día estaban llenos de ruido, música y voces, pero vacíos parecían otra cosa.

—Vamos al almacén primero —comentó Miguel.

Comenzaron a trabajar rápidamente. Llenaban los carros con jamones y botellas de alcohol premium, y luego los llevaban hasta la puerta trasera, donde iban apilándolo todo cuidadosamente para cargarlo después en el camión.

La primera hora pasó sin problemas. Incluso bromearon.

—Con esto me retiro —rió Miguel mientras levantaba un jamón.

Hicieron varios viajes más. La montaña de productos empezó a crecer cerca de la salida.

Entonces escucharon el primer ruido.

Fue un lamento muy suave.

Carlos se quedó inmóvil.

—¿Has oído eso?

Miguel dejó el carro lentamente. El sonido volvió. Parecía venir del fondo del supermercado: una especie de gemido.

—Será una tubería —dijo Miguel, intentando mantenerse tranquilo.

Carlos no respondió. Algo en aquel sonido le había puesto la piel de gallina.

Continuaron trabajando, pero ahora en silencio. Cada pocos minutos ambos levantaban la cabeza, esperando volver a escuchar aquel extraño ruido.

A las tres de la madrugada ocurrió algo peor.

Una estantería cayó al suelo.

El estruendo fue brutal. Miles de latas rodaron por el pasillo haciendo un ruido ensordecedor. Carlos dio un salto.

—¡Joder! ¿Qué ha pasado?

Ambos corrieron hacia allí. La enorme estructura metálica estaba completamente volcada.

—¿Cómo coño ha pasado esto? —preguntó Miguel.

No había nadie cerca. Ni corrientes de aire ni nada sospechoso.

Carlos observó el suelo. La estantería había caído hacia delante, como si alguien la hubiese empujado con violencia. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—No me gusta esto…

Miguel intentó reír.

—Vamos, no empieces con paranoias.

Siguieron trabajando, aunque ya no hablaban.

A las cuatro de la madrugada comenzaron los golpes.

Primero uno.

Clonk.

Luego otro.

Clank.

Objetos cayendo desde las estanterías. Botellas que explotaban solas contra el suelo. Cajas que se movían sin explicación.

En una ocasión, Carlos vio salir una lata disparada desde una estantería. No había nadie allí. La linterna le temblaba en las manos.

—Miguel…

—¿Qué?

—Creo que deberíamos irnos.

Miguel suspiró.

—Llevamos aquí media noche. Estamos cansados, eso es todo.

En ese momento se apagaron las luces de emergencia durante dos segundos.

Y durante aquellos dos segundos ambos escucharon algo moverse muy cerca.

Algo grande.

Algo que se arrastraba.

Cuando la luz volvió, Miguel tenía el rostro completamente pálido.

—He oído pasos… —murmuró.

Carlos tragó saliva.

El supermercado parecía distinto ahora. Más oscuro. Más estrecho. Los pasillos parecían interminables y el silencio se hacía insoportable.

A las cinco de la madrugada dejaron de tener contacto. Habían decidido separarse para avanzar más rápido. Carlos estaba en la sección de electrónica mientras Miguel revisaba el almacén frigorífico.

Entonces Carlos escuchó un grito lejano.

—¡Carlosssssss!

—¡Miguel! ¿Dónde estás?

No hubo respuesta.

Carlos comenzó a caminar deprisa entre los pasillos, gritando:

—¡Miguel! ¡Miguel!

Su respiración empezó a acelerarse. Pasó junto a la carnicería, luego junto a la sección de congelados. Todo estaba abierto.

—¡Miguel, deja de hacer el idiota!

Un golpe seco resonó al fondo.

Carlos corrió hacia el ruido.

No vio nada.

Solo oscuridad.

Entonces volvió a escuchar aquel lamento. Más cerca. Mucho más cerca.

Parecía la voz de alguien sufriendo… o muriendo.

Carlos continuó buscando. Dio vueltas por el supermercado una y otra vez, pero Miguel había desaparecido.

Era imposible.

No podía haberse ido sin pasar junto a él. No había más salidas abiertas.

El miedo empezó a convertirse en auténtico pánico.

Entonces vio algo.

La puerta del congelador estaba abierta y la luz parpadeaba.

Carlos avanzó lentamente.

—¿Miguel…?

Empujó la puerta y gritó.

Miguel estaba dentro.

Muerto.

En sus ojos se veía una expresión de terror absoluto. La piel tenía un tono azulado y, lo peor de todo, las marcas: profundas heridas negras alrededor de su cuello, como si unas manos enormes lo hubieran estrangulado.

Carlos retrocedió horrorizado.

—No… no…

Aquello era imposible. Nadie había entrado. Nadie.

Entonces la luz del congelador se apagó.

Escuchó respiraciones cerca.

Muy cerca.

Carlos salió corriendo. En su carrera tiró varias cajas al suelo y entonces las vio.

Figuras altas.

Delgadas.

Quietas entre los pasillos.

Cada vez que giraba la cabeza estaban más cerca.

Corrió hacia la salida trasera. Estaba cerca de conseguirlo.

Entonces escuchó un enorme crujido sobre su cabeza.

La estantería central —la más grande de la tienda— se inclinaba lentamente hacia él.

Durante un segundo eterno vio miles de productos cayendo sobre su cuerpo: latas, botellas, cajas.

El impacto fue brutal.

El metal aplastó su cuerpo contra el suelo.

Y luego… silencio.

El lunes por la mañana, los empleados del supermercado llegaron para abrir el establecimiento. La encargada vio que la puerta trasera estaba forzada. Había mercancía acumulada junto a la salida y el interior parecía haber pasado por una guerra: varias estanterías estaban volcadas.

La policía encontró a Miguel dentro del congelador y, después, a Carlos bajo las estanterías.

Los trabajadores del supermercado afirman ver sombras caminando por los pasillos cuando está cerrado. Y cuentan que hay noches en las que las cámaras se apagan a las cinco de la madrugada…

La misma hora en que Miguel desapareció.

LAS VOCES




 La primera vez que escuchó las voces, creyó que eran los vecinos.

Eran casi las dos de la madrugada cuando Daniel abrió los ojos en mitad de la oscuridad. Permaneció inmóvil, todavía atrapado en el sueño, mientras escuchaba el sonido lejano de una tubería vibrando dentro de las paredes del edificio. Su apartamento estaba en la última planta de una construcción antigua, húmeda y silenciosa. Vivía solo desde hacía años. No tenía pareja y apenas hablaba con sus compañeros de trabajo. Sus padres habían muerto demasiado pronto.

Aquella noche, mientras intentaba volver a dormir, oyó un murmullo, como si alguien hablara detrás de una puerta cerrada.

Daniel se incorporó lentamente en la cama. El sonido provenía del pasillo. Después escuchó unas risas y luego una voz de hombre:

—No podrá salir del coche...

Daniel miró el reloj digital sobre la mesita: las 2:13. Pensó que alguien habría entrado al edificio, tal vez los vecinos del tercero. “Las paredes son delgadas”, pensó.

Entonces oyó claramente otra voz:

—La sangre cubrirá el volante...

El corazón comenzó a latirle más deprisa. Se levantó descalzo y caminó hacia el pasillo. El apartamento estaba oscuro, salvo por la poca luz que entraba por la ventana. El murmullo continuaba, procedente de la habitación del fondo: el antiguo despacho que usaba como trastero.

Daniel tragó saliva. La puerta estaba entreabierta. Las voces seguían hablando, como si varias personas mantuvieran una conversación incomprensible detrás de la pared. Se acercó lentamente y empujó la puerta.

La habitación estaba vacía. Completamente vacía.

Solo la ventana abierta. La cortina agitándose con el viento de la madrugada.

Las voces habían desaparecido.

Daniel permaneció allí unos segundos, sintiendo el frío del aire rozándole la cara. Cerró la ventana, miró debajo de la mesa y dentro del armario, pero no vio nada.

No volvió a dormir aquella noche.

A la mañana siguiente, mientras preparaba el café, escuchó sirenas. Se asomó a la ventana. En la avenida principal había un coche destrozado contra una farola. La policía acordonaba la zona.

Más tarde, en la oficina, un compañero comentó la noticia:

—El conductor murió atrapado dentro. Dicen que perdió el control de repente. El volante le atravesó el pecho.

Daniel sintió cómo el café le revolvía el estómago.

“La sangre cubrirá el volante...”

Las palabras regresaron a su cabeza con una claridad aterradora.

Durante el día intentó convencerse de que había sido una coincidencia, nada más. Pero las voces volvieron la noche siguiente. Y la otra. Siempre a la misma hora, entre las dos y las tres de la madrugada. Siempre en una habitación distinta. Siempre con la ventana abierta.

La tercera noche escuchó una voz femenina llorando:

—El niño no debería subir al tren...

Otra voz respondió:

—Será rápido. Ni siquiera sentirá el impacto.

Daniel corrió hasta el salón. La ventana estaba abierta de par en par. Las cortinas se agitaban violentamente, aunque fuera no soplaba viento.

—¿Quién está ahí? —gritó Daniel.

Nadie respondió.

A la mañana siguiente, las noticias mostraron imágenes de un accidente ferroviario a las afueras de la ciudad. Tres muertos. Uno de ellos, un niño.

Daniel apagó el televisor. Le temblaban las manos.

Aquello continuó durante semanas.

Cada noche, un aviso: incendios, accidentes, suicidios, derrumbes... y siempre ocurrían horas después, exactamente como las voces habían anunciado.

Daniel dejó de dormir. Comenzó a llenar cuadernos enteros escribiendo cada palabra que escuchaba: horas, frases, lugares, nombres.

Intentó avisar a la policía una vez, pero nadie le hizo caso. A partir de entonces dejó de llamar. Sabía que nadie iba a creerle. Nadie creería que escuchaba voces en habitaciones vacías. Voces que anunciaban lo que ocurriría pocas horas después.

Cada vez que cerraba los ojos veía ventanas abiertas moviéndose en la oscuridad. A veces despertaba convencido de que había alguien observándolo desde el pasillo.

Empezó a dejar las luces encendidas.

No sirvió de nada, porque las voces comenzaron a escucharse también de día.

Cada vez parecían más cercanas, como si hablaran justo detrás de él. Daniel se giraba bruscamente y no había nadie.

Pero entonces vio algo más.

Una sombra.

Reflejada en el cristal de la ventana.

Una sombra alta, inmóvil, casi humana.

Daniel soltó un grito y cayó hacia atrás. Cuando volvió a mirar, el reflejo había desaparecido.

Una madrugada despertó antes de que comenzaran las voces. Permaneció sentado en la cama, mirando la puerta entreabierta del dormitorio.

Entonces escuchó pasos lentos arrastrándose por el pasillo.

Los pasos se acercaron hasta detenerse frente a la habitación.

La puerta comenzó a abrirse sola, muy despacio.

La oscuridad del pasillo parecía más negra que la propia noche.

Y las voces hablaban desde allí. No desde otra habitación.

Desde el umbral.

—Ya lo sabe...

—Es hora de decírselo...

—Debe prepararse...

Daniel retrocedió, aterrado.

—¿Quiénes sois?

Las voces rieron. Una risa húmeda y profunda.

Entonces una de ellas habló por encima de las demás:

—Daniel, mañana morirás.

Daniel sintió que el corazón dejaba de latirle durante unos segundos.

—¿Cómo voy a morir?

No hubo respuesta.

La puerta volvió a cerrarse lentamente.

Aquella noche no volvió a escuchar nada.

Daniel no salió de casa al día siguiente. Apagó el móvil, cerró puertas y ventanas y se quedó sentado en el suelo de la cocina, sujetando un cuchillo, temblando cada vez que escuchaba un ruido en el edificio.

Esperaba una explosión, un incendio, un disparo... cualquier cosa.

Pero las horas pasaron y no ocurrió nada.

Anocheció.

Y seguía vivo.

Por su cabeza pasó una idea: quizá podía evitarlo. Quizá el destino podía cambiarse.

A las once de la noche incluso sonrió.

“Se equivocaron”, pensó.

Cuando amaneció seguía vivo.

Se duchó, se afeitó y abrió la ventana para dejar entrar la luz. El mundo parecía normal otra vez, como si nada hubiera ocurrido.

Decidió bajar a comprar café.

Necesitaba salir.

Se puso la chaqueta y salió al rellano.

Demasiado silencio.

Mientras esperaba el ascensor notó algo extraño: las luces del pasillo parpadeaban.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Daniel dudó unos segundos y entró.

Las puertas se cerraron lentamente.

El ascensor comenzó a bajar.

Séptima planta.

Sexta.

Quinta.

Entonces las luces se apagaron.

Un golpe sacudió la cabina.

Y el ascensor cayó.

La cabina descendía a toda velocidad.

En medio de la oscuridad escuchó una última voz:

—Ahora ya estás con nosotros...

Dicen que los vecinos escucharon las sirenas durante horas. Que encontraron el ascensor destrozado en el fondo del hueco. Que Daniel murió en el acto.

Pero algunos aseguran otra cosa.

Porque desde aquella mañana comenzaron a escucharse voces durante la madrugada.

Y quienes se atreven a escuchar con atención distinguen una entre todas las demás.

Una voz que susurra:

—No entréis en el ascensor... por favor, no entréis...LAS 

VUELO 719


 

La noche había caído sobre el Atlántico como una manta espesa y sin estrellas. El vuelo 719, un avión comercial de larga distancia, avanzaba a más de diez mil metros de altura atravesando la oscuridad absoluta.

Dentro de la cabina, la mayoría de los pasajeros dormitaba. El zumbido constante de los motores resultaba casi hipnótico. Algunas luces de lectura permanecían encendidas, iluminando rostros cansados y bandejas a medio terminar.

Pero aquella no era una noche cualquiera.

Todo comenzó con una leve vibración.

No fue algo brusco; apenas un pequeño temblor que hizo tintinear un vaso sobre una bandeja metálica. Una azafata levantó la vista y sonrió con tranquilidad.

—Turbulencias —pensó—. Nada fuera de lo normal.

En la cabina de mando, el comandante Javier revisaba los instrumentos con gesto sereno. A su lado, el copiloto Martín ajustaba la frecuencia de radio.

—Centro de control, aquí vuelo 719.

Hubo un silencio.

Demasiado largo.

Finalmente, una voz distorsionada respondió entre interferencias:

—Vuelo 719… detectamos anomalías… recomendamos vigilancia inmediata…

Martín frunció el ceño.

—¿Qué tipo de anomalías?

Pero la respuesta nunca llegó.

Solo estática.

—Eso no me gusta —murmuró Martín.

—A mí tampoco —respondió el comandante, sin apartar la vista del panel.

En ese mismo instante, en la fila 23, una niña sentada junto a la ventana tiró suavemente de la manga de su madre.

—Mamá… hay algo ahí fuera.

—Es solo el ala, cariño.

La niña negó lentamente.

—No… no es el ala.

La mujer miró por la ventanilla… y el corazón se le detuvo por un instante.

No era otro avión.

No parpadeaba como una luz de navegación.

Era una esfera brillante suspendida a pocos metros del ala. Flotaba en el aire de forma imposible, deslizándose sin resistencia, silenciosa, antinatural.

—Dios mío…

Entonces apareció una segunda luz.

Emergió desde el lado opuesto del avión, idéntica a la primera. Ambas comenzaron a avanzar en paralelo, como si escoltaran al vuelo 719 a través de la noche.

Los murmullos empezaron a extenderse por toda la cabina.

—¿Qué es eso?

—¿Son drones?

—Eso no es normal…

Una azafata intentó tranquilizar a los pasajeros, aunque su voz temblaba.

—Por favor, mantengan la calma. Probablemente se trate de…

No pudo terminar la frase.

Las dos esferas se acercaron aún más al fuselaje.

En la cabina de mando, las alarmas comenzaron a sonar al mismo tiempo.

—¡Tenemos interferencias en los sistemas!

Las pantallas parpadearon violentamente. El altímetro empezó a marcar cifras absurdas, subiendo y bajando sin sentido.

—Los instrumentos están fallando.

El avión vibró con fuerza.

Por un instante, pareció caer en picado.

—¿Ves eso? —preguntó Javier.

En el radar, dos puntos luminosos permanecían perfectamente sincronizados con la aeronave.

—Sí… nos están siguiendo.

Las esferas comenzaron a girar alrededor del avión.

No dejaban estela.

No emitían sonido.

Simplemente estaban allí.

Entonces el cielo cambió.

Donde antes solo había oscuridad, comenzaron a formarse nubes negras y densas que giraban lentamente alrededor del avión.

—Eso no puede ser una tormenta natural…

Un relámpago iluminó el cielo entero.

El avión se sacudió violentamente.

Los gritos estallaron en la cabina de pasajeros.

—¡Agárrense!

Las máscaras de oxígeno cayeron del techo. El caos se apoderó del avión. Algunos lloraban, otros rezaban desesperadamente mientras las luces interiores parpadeaban sin control.

—¡Estamos perdiendo altitud!

—¡No! ¡El altímetro está loco!

Las nubes giraban cada vez más rápido, formando un inmenso remolino oscuro alrededor de la aeronave. Ya no existía horizonte.

Y en el centro de aquella tormenta apareció algo imposible.

Oscuridad.

Pero no una oscuridad normal.

Era más profunda. Más densa. Como un agujero abierto en la realidad misma.

—¿Qué demonios es eso…?

Las dos esferas se detuvieron en seco.

Permanecieron inmóviles unos segundos.

Y entonces, como obedeciendo una orden silenciosa, avanzaron directamente hacia aquella negrura.

Al mismo tiempo, el avión comenzó a seguirlas.

Directo hacia el abismo.

Dentro de la cabina, el pánico era absoluto. La gente gritaba, lloraba y se abrazaba desesperadamente. Algunos evitaban mirar por las ventanas.

La niña seguía observando.

—¿Vamos a morir, mamá?

Su madre la abrazó con fuerza mientras contenía las lágrimas.

—No, hija… no mires afuera.

El fuselaje crujía como si estuviera a punto de partirse en dos. El agujero crecía cada vez más, devorando la luz a su alrededor.

Ni siquiera reflejaba el relámpago de la tormenta.

Era vacío puro.

Y cuanto más se acercaban, más desaparecía el sonido.

Los motores dejaron de oírse.

Las alarmas se apagaron.

El mundo entero pareció quedar suspendido.

—Esto no es una tormenta… esto es…

El comandante no pudo terminar la frase.

El vuelo 719 atravesó el umbral.

Y entonces…

Silencio absoluto.

Oscuridad total.

El vuelo 719 desapareció aquella noche sin dejar rastro.

Nunca encontraron restos del avión.

Ni cuerpos.

Ni señales de emergencia.

Nada.

Hasta hoy, en la historia de la aviación, el caso del vuelo 719 sigue figurando oficialmente como uno de los mayores misterios jamás ocurridos sobre el Atlántico.

EL GATO NEGRO


 La ciudad nunca dormía: calles húmedas, farolas parpadeantes, basura acumulada en todas las esquinas. Era el tipo de lugar donde un grito podía confundirse con el viento y donde las sombras parecían tener vida propia.

Fue allí donde empezó todo. Nadie sabe exactamente cuándo apareció el gato. Algunos dicen que siempre estuvo; otros aseguran haberlo visto por primera vez una noche de lluvia, sentado sobre un coche abandonado, con los ojos brillando como brasas encendidas.

Era negro, tan oscuro que parecía absorber la luz a su alrededor. Pero lo extraño no era su color… lo extraño era su mirada: fría como el hielo.

Al principio nadie le prestó atención. Era un gato callejero más: delgado, silencioso, moviéndose entre contenedores y tejados. No buscaba comida con desesperación; simplemente observaba. Entonces ocurrió la primera muerte.

Un hombre llamado Ricardo fue encontrado en un callejón, tirado sobre un charco de sangre. Su cuerpo estaba destrozado. No fue un robo ni una pelea: tenía cortes profundos.

—¿Un perro? —preguntó uno de los policías.
—No —respondió otro, más veterano.

Ricardo no era precisamente querido. Tenía denuncias por violencia, rumores de abusos… cosas que la gente susurraba pero nunca confirmaba. Rápidamente fue olvidado… hasta que volvió a ocurrir.

La segunda víctima fue una mujer: Clara, dueña de una pequeña tienda. La encontraron en el almacén, sola, con la puerta cerrada por dentro, sin señales de forzamiento. Y, sin embargo, el mismo patrón: arañazos, desgarros y una expresión de terror en su rostro.

—Esto no tiene sentido… es como si algo pequeño la hubiera atacado —dijo el forense.

Clara tampoco era inocente. Después se descubrió que explotaba a sus empleados, no pagaba y amenazaba a inmigrantes sin papeles.

La gente empezó a hablar. Los rumores se expandieron como humo: un gato negro que aparecía antes de cada muerte, siempre cerca, siempre mirando. Pero nadie lo tomaba en serio… hasta que alguien sobrevivió.

Se llamaba Andrés. Lo encontraron en estado de shock, sentado en el suelo de su apartamento, con las paredes llenas de arañazos.

—Entró… y me miró —repetía.
—¿Quién? —preguntó la policía.
—El gato…

Los policías rieron al principio… hasta que vieron su espalda: marcas profundas, como si algo con garras hubiera intentado abrirlo en canal.

—¿Qué pasó exactamente? —preguntó uno de ellos.
—Lo vi en la ventana. Pensé que era un gato cualquiera, pero… no se movía. Solo me miraba. Entonces entró.
—¿Cómo?
—No lo sé. La ventana estaba cerrada. Y cuando entró… su cara cambió. No era un gato.

La historia de Andrés salió a la luz días después. Había estado implicado en fraudes y estafas, arruinando a familias enteras. Lo que aterrorizó a la gente fue la conclusión: no atacaba al azar, elegía a sus víctimas.

Algunos intentaron cazarlo. Uno de ellos, un hombre armado, aseguró verlo en un tejado. Apuntó. Disparó. El gato no se movió. La bala nunca lo alcanzó.

Al día siguiente, el hombre apareció muerto. Sin una sola herida visible, pero con los ojos abiertos… como si hubiera visto algo peor que la muerte.

La paranoia se extendió. La gente empezó a denunciarse entre sí, a confesarse, a pedir perdón. Pero no servía de nada. El gato no escuchaba palabras: veía acciones… y lo recordaba todo.

Una noche, un anciano se sentó en un banco. El gato apareció frente a él. Se miraron fijamente, en silencio.

—¿Vienes a por mí?

El gato no contestó. Solo observó. El anciano sonrió.

—He hecho cosas malas… pero también buenas.

El gato dio un paso adelante. Sus ojos brillaron y, por primera vez, algo diferente ocurrió: se sentó y simplemente se quedó allí… hasta que el anciano cerró los ojos y murió, sin dolor, sin miedo.

Dicen que, si alguna vez lo ves, ya es demasiado tarde. Porque el gato no aparece por casualidad: aparece cuando ya lo ha decidido.

Y si alguna noche sientes que alguien te observa, y en una calle vacía crees ver dos ojos brillando en la oscuridad… no corras, no grites, no intentes esconderte. Porque no hay lugar donde esconderse.

Solo hay una pregunta que importa:

—¿Eres una buena persona?

Porque si no lo eres… él vendrá.

Y cuando lo haga, no habrá piedad.

LOS NUEVOS ZOMBIS

 La lluvia caía sobre los tejados de Cadaqués, como si el cielo quisiera borrar lo que quedaba del mundo. El mar estaba negro, espeso, cubie...