La primera vez que escuchó las voces, creyó que eran los vecinos.
Eran casi las dos de la madrugada cuando Daniel abrió los ojos en mitad de la oscuridad. Permaneció inmóvil, todavía atrapado en el sueño, mientras escuchaba el sonido lejano de una tubería vibrando dentro de las paredes del edificio. Su apartamento estaba en la última planta de una construcción antigua, húmeda y silenciosa. Vivía solo desde hacía años. No tenía pareja y apenas hablaba con sus compañeros de trabajo. Sus padres habían muerto demasiado pronto.
Aquella noche, mientras intentaba volver a dormir, oyó un murmullo, como si alguien hablara detrás de una puerta cerrada.
Daniel se incorporó lentamente en la cama. El sonido provenía del pasillo. Después escuchó unas risas y luego una voz de hombre:
—No podrá salir del coche...
Daniel miró el reloj digital sobre la mesita: las 2:13. Pensó que alguien habría entrado al edificio, tal vez los vecinos del tercero. “Las paredes son delgadas”, pensó.
Entonces oyó claramente otra voz:
—La sangre cubrirá el volante...
El corazón comenzó a latirle más deprisa. Se levantó descalzo y caminó hacia el pasillo. El apartamento estaba oscuro, salvo por la poca luz que entraba por la ventana. El murmullo continuaba, procedente de la habitación del fondo: el antiguo despacho que usaba como trastero.
Daniel tragó saliva. La puerta estaba entreabierta. Las voces seguían hablando, como si varias personas mantuvieran una conversación incomprensible detrás de la pared. Se acercó lentamente y empujó la puerta.
La habitación estaba vacía. Completamente vacía.
Solo la ventana abierta. La cortina agitándose con el viento de la madrugada.
Las voces habían desaparecido.
Daniel permaneció allí unos segundos, sintiendo el frío del aire rozándole la cara. Cerró la ventana, miró debajo de la mesa y dentro del armario, pero no vio nada.
No volvió a dormir aquella noche.
A la mañana siguiente, mientras preparaba el café, escuchó sirenas. Se asomó a la ventana. En la avenida principal había un coche destrozado contra una farola. La policía acordonaba la zona.
Más tarde, en la oficina, un compañero comentó la noticia:
—El conductor murió atrapado dentro. Dicen que perdió el control de repente. El volante le atravesó el pecho.
Daniel sintió cómo el café le revolvía el estómago.
“La sangre cubrirá el volante...”
Las palabras regresaron a su cabeza con una claridad aterradora.
Durante el día intentó convencerse de que había sido una coincidencia, nada más. Pero las voces volvieron la noche siguiente. Y la otra. Siempre a la misma hora, entre las dos y las tres de la madrugada. Siempre en una habitación distinta. Siempre con la ventana abierta.
La tercera noche escuchó una voz femenina llorando:
—El niño no debería subir al tren...
Otra voz respondió:
—Será rápido. Ni siquiera sentirá el impacto.
Daniel corrió hasta el salón. La ventana estaba abierta de par en par. Las cortinas se agitaban violentamente, aunque fuera no soplaba viento.
—¿Quién está ahí? —gritó Daniel.
Nadie respondió.
A la mañana siguiente, las noticias mostraron imágenes de un accidente ferroviario a las afueras de la ciudad. Tres muertos. Uno de ellos, un niño.
Daniel apagó el televisor. Le temblaban las manos.
Aquello continuó durante semanas.
Cada noche, un aviso: incendios, accidentes, suicidios, derrumbes... y siempre ocurrían horas después, exactamente como las voces habían anunciado.
Daniel dejó de dormir. Comenzó a llenar cuadernos enteros escribiendo cada palabra que escuchaba: horas, frases, lugares, nombres.
Intentó avisar a la policía una vez, pero nadie le hizo caso. A partir de entonces dejó de llamar. Sabía que nadie iba a creerle. Nadie creería que escuchaba voces en habitaciones vacías. Voces que anunciaban lo que ocurriría pocas horas después.
Cada vez que cerraba los ojos veía ventanas abiertas moviéndose en la oscuridad. A veces despertaba convencido de que había alguien observándolo desde el pasillo.
Empezó a dejar las luces encendidas.
No sirvió de nada, porque las voces comenzaron a escucharse también de día.
Cada vez parecían más cercanas, como si hablaran justo detrás de él. Daniel se giraba bruscamente y no había nadie.
Pero entonces vio algo más.
Una sombra.
Reflejada en el cristal de la ventana.
Una sombra alta, inmóvil, casi humana.
Daniel soltó un grito y cayó hacia atrás. Cuando volvió a mirar, el reflejo había desaparecido.
Una madrugada despertó antes de que comenzaran las voces. Permaneció sentado en la cama, mirando la puerta entreabierta del dormitorio.
Entonces escuchó pasos lentos arrastrándose por el pasillo.
Los pasos se acercaron hasta detenerse frente a la habitación.
La puerta comenzó a abrirse sola, muy despacio.
La oscuridad del pasillo parecía más negra que la propia noche.
Y las voces hablaban desde allí. No desde otra habitación.
Desde el umbral.
—Ya lo sabe...
—Es hora de decírselo...
—Debe prepararse...
Daniel retrocedió, aterrado.
—¿Quiénes sois?
Las voces rieron. Una risa húmeda y profunda.
Entonces una de ellas habló por encima de las demás:
—Daniel, mañana morirás.
Daniel sintió que el corazón dejaba de latirle durante unos segundos.
—¿Cómo voy a morir?
No hubo respuesta.
La puerta volvió a cerrarse lentamente.
Aquella noche no volvió a escuchar nada.
Daniel no salió de casa al día siguiente. Apagó el móvil, cerró puertas y ventanas y se quedó sentado en el suelo de la cocina, sujetando un cuchillo, temblando cada vez que escuchaba un ruido en el edificio.
Esperaba una explosión, un incendio, un disparo... cualquier cosa.
Pero las horas pasaron y no ocurrió nada.
Anocheció.
Y seguía vivo.
Por su cabeza pasó una idea: quizá podía evitarlo. Quizá el destino podía cambiarse.
A las once de la noche incluso sonrió.
“Se equivocaron”, pensó.
Cuando amaneció seguía vivo.
Se duchó, se afeitó y abrió la ventana para dejar entrar la luz. El mundo parecía normal otra vez, como si nada hubiera ocurrido.
Decidió bajar a comprar café.
Necesitaba salir.
Se puso la chaqueta y salió al rellano.
Demasiado silencio.
Mientras esperaba el ascensor notó algo extraño: las luces del pasillo parpadeaban.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Daniel dudó unos segundos y entró.
Las puertas se cerraron lentamente.
El ascensor comenzó a bajar.
Séptima planta.
Sexta.
Quinta.
Entonces las luces se apagaron.
Un golpe sacudió la cabina.
Y el ascensor cayó.
La cabina descendía a toda velocidad.
En medio de la oscuridad escuchó una última voz:
—Ahora ya estás con nosotros...
Dicen que los vecinos escucharon las sirenas durante horas. Que encontraron el ascensor destrozado en el fondo del hueco. Que Daniel murió en el acto.
Pero algunos aseguran otra cosa.
Porque desde aquella mañana comenzaron a escucharse voces durante la madrugada.
Y quienes se atreven a escuchar con atención distinguen una entre todas las demás.
Una voz que susurra:
—No entréis en el ascensor... por favor, no entréis...LAS

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