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EL CASTILLO


 El castillo se alzaba sobre una pequeña montaña. Sus muros de piedra, ennegrecidos por el paso del tiempo, parecían absorber la luz del día y devolverla en sombras profundas al llegar la noche. Desde cerca resultaba un poco tenebroso. En ese lugar vivía Mateo.

Era el año 2026 y, aunque dentro del castillo parecía que el tiempo se había detenido, Mateo había heredado aquella construcción de un linaje que apenas conocía. Sus padres murieron cuando era joven y, con ellos, se fueron las historias familiares. Solo quedaban una escritura, una llave pesada y oxidada, y un aviso en un antiguo pergamino:
—La casa recuerda—.

Al principio, Mateo creyó que era una metáfora. Ahora ya no estaba tan seguro.

Durante el día su vida era sencilla, incluso agradable. Se despertaba tarde, recorría los largos pasillos del castillo, limpiaba alguna de sus habitaciones y, lo que más le gustaba, leía junto a alguno de los muchos ventanales que daban al valle. Había aprendido a disfrutar del silencio, del aislamiento y de la agradable sensación de ser el dueño de algo inmenso y antiguo.

Pero cuando caía la noche…

Cuando el sol desaparecía tras las montañas y la oscuridad se filtraba por cada grieta, el castillo se transformaba. y Mateo también.

La primera vez ocurrió una semana después de mudarse. Estaba en la cama intentando conciliar el sueño cuando escuchó pasos en el pasillo. Eran lentos, arrastrados, como si alguien caminara con dificultad. Pensó que era el viento… hasta que escuchó voces.

No eran claras. Eran susurros, como si alguien hablara desde el otro lado de las gruesas paredes.

Mateo se incorporó, con el corazón acelerado. Pasaron unos segundos y el sonido cesó. El silencio fue absoluto.

Se rió nerviosamente.
—Es la casa… es muy vieja —pensó.

Esa noche no volvió a escuchar nada. Pero al día siguiente, cuando el reloj marcó la medianoche, los pasos regresaron. Y las voces también, aunque esta vez eran más cercanas.

Mateo abrió la puerta de su habitación. El pasillo estaba oscuro, iluminado únicamente por la luz de la luna que se colaba por los ventanales. No había nadie.

Sin embargo, el sonido continuaba.

Pasos. Susurros. Y algo más.

Un murmullo colectivo, como si muchas personas hablaran al mismo tiempo.

—Hola… ¿quién hay?

En ese instante, el murmullo cesó.

Y entonces ocurrió.

Una figura apareció al final del pasillo. No caminó ni surgió de ninguna puerta. Simplemente estaba allí.

Era un hombre vestido con ropas antiguas. Su rostro era pálido y sus ojos, profundamente hundidos. Parecía mirar a Mateo con tristeza y melancolía.

Mateo no pudo moverse.

La figura alzó la mano… y desapareció.

Esa noche no durmió. Ni la siguiente. Ni muchas después.

Las apariciones comenzaron a repetirse. No siempre eran iguales: a veces era una mujer, otras un anciano. Cada vez eran diferentes, pero todos tenían algo en común: lo miraban. Siempre lo miraban.

Y, con el tiempo, comenzaron a hablarle.

Al principio, las palabras no eran claras. Eran susurros que se colaban en su mente.

—Aquí ocurrió todo…
—No olvides el pasado…

Mateo pensó que estaba perdiendo la cabeza. Pero cada noche las voces regresaban, cada vez más fuertes, más claras.

Una madrugada, incapaz de soportarlo más, gritó:
—¡¿Qué queréis?!

El eco de su voz recorrió los pasillos. Y, por primera vez, hubo una respuesta clara:

—Que escuches.

Mateo se quedó paralizado.

Delante de él, en la habitación, empezaron a aparecer figuras. No una ni dos: eran decenas. Hombres, mujeres, niños… todos vestidos con ropas de distintas épocas. Todos con rostros marcados por el sufrimiento.

—¿Quiénes sois?

Una de las figuras dio un paso al frente.

—Somos tus antepasados. Los que vivieron aquí… los que murieron aquí.

—¿Qué pasó en este castillo? —preguntó Mateo.

Entonces, las figuras empezaron a contar historias.

En las noches siguientes, Mateo ya no intentaba dormir. Se sentaba en una silla, en el centro de la sala principal, y cuando el reloj marcaba las doce, ellos aparecían.

Le hablaron de guerras, de traiciones… Pero lo que más le impactó fue la historia de un antepasado que encerró a su propio hermano en una torre hasta que murió de hambre. O la de una mujer que asesinó a toda su familia para quedarse con la herencia.

Mateo escuchaba, cada vez más agotado.

—¿Por qué me contáis esto?

—Porque tú puedes cambiarlo —replicó una de las figuras.

—¿Cambiar qué?

—Puedes hacer que nuestra memoria se conozca. Este castillo ha estado cerrado mucho tiempo, ocultando nuestras vidas.

—No entiendo…

La figura dio otro paso al frente.

—Debes abrirlo. Dejar que entren otros. Que vean, escuchen y conozcan nuestras historias.

El silencio que siguió se podía cortar con un cuchillo.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces nunca descansarás.

La respuesta fue clara.

Durante toda la noche lo pensó. Al día siguiente, cuando llegó la medianoche, las figuras lo esperaban.

—¿Lo has decidido?

—Sí. Abriré el castillo como queréis… aunque cobraré algo para el mantenimiento.

Los días siguientes fueron frenéticos para Mateo. Limpió, reparó, organizó y preparó el recorrido por donde pasarían los visitantes.

Al principio, la gente acudía por curiosidad. Luego, por fascinación.

El castillo dejó de ser un lugar olvidado.

Mateo contaba historias. No todas, pero sí algunas. Adaptadas, suavizadas… mientras los visitantes tomaban una copa de cava y escuchaban música.

Cuando salía el último, Mateo cerraba las puertas y miraba al fondo de la sala.

Pero las figuras ya no aparecían.

Y, por fin, Mateo podía descansar por las noches.

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