La última barca del día acababa de cruzar el lago subterráneo cuando Clara se dio cuenta de que algo no iba bien.
El guía hablaba en voz baja, señalando las formaciones de estalactitas que colgaban como cuchillos de piedra sobre sus cabezas, pero ella apenas escuchaba. Su atención estaba en la oscuridad más allá de la tenue iluminación artificial, una negrura espesa.
—¿Te pasa algo? —susurró Marcos, acercándose a ella.
—Siento como si nos estuviéramos alejando del grupo.
Marcos sonrió, intentando restarle importancia.
—Estamos en una visita guiada, es imposible perderse aquí —respondió.
Habían llegado a Mallorca hacía dos días, escapando de la rutina de la ciudad. Necesitaban aire fresco.
Las cuevas del Drach eran su primera excursión.
El grupo avanzó unos metros más. El guía se detuvo junto a una bifurcación.
—Por aquí —indicó.
En ese momento, alguien del grupo tropezó. Hubo un pequeño revuelo, risas nerviosas y murmullos.
Clara se fijó en una abertura cerca del cruce. No estaba iluminada. Era apenas una grieta entre rocas, lo bastante ancha para que pudiera pasar una persona agachada. Un soplo de aire frío salió de ella.
—Marcos, mira esto...
—Eso no es parte del recorrido.
—Lo sé —respondió ella, introduciéndose en la grieta.
—¡Clara, espera!
Pero ya era demasiado tarde. La curiosidad la había empujado hacia dentro. Marcos la siguió, resoplando.
—Solo un momento, luego volvemos —dijo ella.
La grieta se convirtió en un pasadizo. El suelo era irregular y muy húmedo. Costaba respirar.
—No deberíamos estar aquí —murmuró Marcos.
—Solo un minuto más.
Y entonces, cuando decidieron darse la vuelta, la entrada ya no estaba.
Marcos palpó la pared, girando varias veces sobre sí mismo.
—Tiene que estar aquí...
La roca era continua y cerrada. Ni rastro de la entrada.
La primera hora fue de incredulidad. La segunda, de nerviosismo. A la tercera, la desesperación empezó a hacer mella en ellos.
—Tranquila, Clara. Nos estarán buscando.
—¿Escuchas eso?
Muy lejos, como si viniera desde otro mundo, se oían voces.
—¡Hola! ¡Estamos aquí! —gritó Marcos.
Su voz se perdió en la cueva.
Las voces continuaron distantes: risas, explicaciones, pasos.
—¡Aquí! ¡Aquí! —gritó Clara.
Nada.
Las voces se alejaron. El silencio volvió.
La noche cayó sin que se dieran cuenta. Allí dentro no se podía distinguir el día de la noche. Se sentaron en el suelo, espalda contra espalda.
—Esto no puede estar pasando... Nos encontrarán —dijo Clara.
El segundo día comenzó con sed.
El aire era húmedo, pero no había agua... o eso creían.
Avanzaron con cuidado, explorando el pasadizo. Entonces lo escucharon: un sonido suave, casi musical.
Agua.
Siguieron el eco hasta que el pasadizo se abrió de repente.
Ante ellos apareció una visión casi irreal: el lago.
Un espejo negro y perfecto que se extendía en la oscuridad. El famoso lago de las cuevas del Drach, aunque desde allí parecía distinto, más salvaje, más profundo.
El agua reflejaba las pocas luces lejanas del recorrido turístico, como estrellas que se apagan.
Se acercaron al borde.
—¿Crees que esta agua será buena? —preguntó Marcos.
—No lo sé, pero no tenemos opción.
Clara se arrodilló y empezó a beber. El sabor era metálico, pero al menos calmó su sed.
Esa noche escucharon música.
—Es el concierto...
Marcos recordó haber leído que en el lago se realizaban pequeñas actuaciones para los visitantes.
La música sonaba hermosa y cruel, porque significaba que había gente a pocos metros… pero completamente inaccesible.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —gritaron juntos.
El tercer día fue el peor.
El cansancio, el hambre y la desesperación se acumularon.
—Tenemos que movernos —dijo Clara.
—¿Y si nos perdemos más?
—Ya estamos perdidos —gritó ella.
Decidieron seguir el borde del lago. El terreno era resbaladizo, irregular. Varias veces estuvieron a punto de caer al agua.
Pero siguieron.
Y entonces lo encontraron.
Un estrecho sendero serpenteando entre las rocas.
El sendero descendía primero y luego ascendía. A veces se estrechaba tanto que tenían que avanzar de lado.
—¿Y si esto no lleva a ninguna parte? —dijo Marcos.
Clara no respondió. Seguía adelante, guiada por una intuición que no sabía explicar.
Y entonces…
Una corriente de aire diferente. Más fresco.
—¿Lo sientes?
Marcos asintió.
Aceleraron el paso.
El sendero giró una vez más y, de pronto… luz.
Una luz débil, pero inconfundible.
—¡Por aquí! —gritó una voz.
No era un eco.
Era real.
Un equipo de rescate apareció entre las sombras con linternas en la mano.
Clara sintió que las piernas le fallaban. Marcos la sostuvo.
—Ya está... —dijo él, con la voz quebrada.
Horas después, envueltos en mantas térmicas, escucharon la explicación.
—Nadie conocía ese pasadizo. Los buscamos por todas partes. Fue un sensor térmico el que detectó algo en esta zona que no está cartografiada.
—¿Y el sendero? —preguntó Clara.
—¿Qué sendero? —respondió el rescatista.
—El que nos trajo hasta ustedes.
—No hay ningún sendero en esta zona.
Días después, cuando la noticia se hizo pública, los espeleólogos volvieron al lugar.
Y lo encontraron.
Un nuevo pasaje. Oculto, pero real.
Cuando llegaron al punto donde Clara y Marcos fueron encontrados, decidieron darle un nombre.
—¿Qué os parece “el sendero de los perdidos”? —dijo uno de ellos.
Nadie discutió.
—¿Crees que fue real? —preguntó Marcos.
—Sí. Todo fue real —contestó ella.
Se quedaron en silencio.
Y, por un instante, Clara creyó escuchar algo…
Muy lejano.
Como si, en lo profundo de la tierra, alguien más estuviera llamando.

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