Cuando yo era joven, Calella era muy diferente a como la veis ahora. El pueblo tenía otro ritmo, otro olor, otra forma de vivir. No había tantas prisas ni tanto ruido de coches. La gente se conocía por su nombre, las puertas estaban abiertas y la calle era como una prolongación de la casa. Y si había un día especial, ese era el día del mercado.
Todavía cierro los ojos y puedo verlo perfectamente. El mercado se instalaba en la calle Sant Joan, cerca de la carretera. Desde bien temprano ya se escuchaba movimiento. Los camiones llegaban de madrugada y los vendedores comenzaban a montar las paradas mientras el pueblo todavía despertaba lentamente.
El sonido metálico de las estructuras, las voces de los comerciantes saludándose, el olor de la fruta recién colocada y el murmullo de las primeras personas que llegaban formaban una sinfonía que anunciaba el comienzo de la jornada.
Entonces, el mercado era inmenso, mucho más grande de lo que es ahora. Había tantas paradas que incluso ocupaban los dos lados de la carretera. Aquello era una auténtica riada de gente. Venían personas de los pueblos cercanos: Sant Pol, Pineda, Malgrat y Arenys. Todos querían pasar por el mercado de Calella porque allí se encontraba de todo.
Recuerdo perfectamente que siempre había un policía dirigiendo el tráfico. Era necesario. Había tantos coches, y personas cruzando de un lado a otro que, sin aquel guardia, aquello habría sido un caos. Levantaba la mano con autoridad y todos obedecían. Era parte del paisaje del mercado, igual que las voces de los vendedores. La calle estaba llena de vida.
Había paradas de fruta y verdura donde los colores parecían más vivos que en cualquier otro sitio: tomates rojos brillantes, pimientos verdes enormes, melocotones perfumados, cerezas oscuras y sandías abiertas para mostrar su interior rojo y fresco. Los vendedores gritaban ofertas y conocían a todas las mujeres del pueblo.
—Montserrat, hoy llevo unas judías tiernas buenísimas.
—Niña, prueba estas naranjas, son dulcísimas.
Todo era cercano. No eras una clienta más; eras alguien conocido.
También estaban las paradas de ropa: montones de pantalones, delantales, calcetines, vestidos estampados y batas de señora colgadas. Las mujeres tocaban las telas con paciencia mientras comentaban las novedades del pueblo. Allí no solo se iba a comprar; también se iba a hablar, a encontrarse y a sentirse acompañado.
Y luego estaban las paradas de utensilios de cocina: cucharas de madera, cazos, ollas, coladores, cafeteras, cuchillos, platos y mil cosas más. Yo podía pasarme mucho rato mirando aquellos objetos e imaginando recetas y comidas familiares.
En aquella época todo duraba años. Una buena olla podía pasar de madre a hija y seguir utilizándose toda la vida.
Había también especias y legumbres a granel, frutos secos, quesos, embutidos y hasta juguetes sencillos para los niños. El mercado tenía un olor especial, una mezcla de fruta madura, pescado fresco, ropa nueva y especias. El mercado olía a personas que vivían juntas.
Pero si había un lugar especial, el verdadero corazón de todo aquello, era la plaza.
La plaza de abastos. Aún hoy, cuando paso por allí, me vienen tantos recuerdos que se me hace un nudo en la garganta. La plaza era mucho más que un edificio; era el alma del pueblo.
Allí había vida desde la primera hora de la mañana. Las puertas se abrían y comenzaba un desfile constante de vecinos entrando y saliendo con carros, cestas y bolsas.
Había paradas de carne donde los carniceros conocían exactamente el corte que quería cada familia. Las pescaderías tenían el pescado recién llegado del mar. Las floristas llenaban el ambiente de colores y perfumes. Las fruteras colocaban la mercancía con tanto cuidado que parecía un escaparate.
Todo lo que necesitabas para casa estaba allí.
Y recuerdo especialmente una parada situada justo en la entrada de la plaza. Era una parada de utensilios de cocina y de especias a granel. ¡Qué maravilla era aquello! Grandes sacos llenos de pimienta, canela, azafrán, tomillo, orégano y pimentón. El olor era tan intenso que parecía abrazarte cuando te acercabas.
Allí comprábamos las especias para los guisos, para los canelones, para los estofados de invierno y para las comidas de fiesta.
El hombre que atendía siempre estaba atento y tenía las manos impregnadas de aquellos aromas. Parecía saberlo todo sobre la cocina. Las mujeres le preguntaban cómo condimentar ciertos platos y él siempre aconsejaba con paciencia.
La plaza era un mundo entero. Lo más bonito era que todos se conocían. Los vendedores sabían quién estaba enfermo, quién había tenido un hijo, quién se casaba o quién necesitaba ayuda. Si alguien faltaba varios días seguidos, enseguida preguntaban por él. Existía una humanidad que hoy cuesta mucho encontrar.
Ahora todo ha cambiado, y me da mucha pena decirlo. La plaza cerró. Todavía me cuesta aceptar que un lugar lleno de vida pueda quedar vacío. Cuando pienso en la plaza cerrada, siento como si hubieran apagado una parte del corazón de Calella.
Un pueblo sin mercado es un pueblo más triste, porque los mercados no solo venden comida; venden conversación, recuerdos, compañía y vida.
El mercado semanal también se ha hecho más pequeño. Ya casi no quedan aquellas largas filas de paradas. Ya no hace falta un policía dirigiendo el tráfico. Mucha gente compra en grandes supermercados y ya no pasea por el mercado como se hacía antes.
Y lo que más duele es que ya no conozco a casi nadie.
Antes, pasear por el mercado era detenerse a cada paso para saludar. Ahora veo caras nuevas, vendedores nuevos y prisas nuevas. Los amigos de antes ya no están. Algunos murieron, otros se jubilaron y otros simplemente desaparecieron con el tiempo, como desaparecen tantas cosas importantes.
A veces me paro y observo lo que queda del mercado. Escucho voces, veo unas pocas paradas y trato de encontrar algo de aquella Calella.
A veces todavía aparece algún olor o alguna conversación que me transporta al pasado durante unos segundos. Entonces vuelvo a ver a mi madre escogiendo tomates y a mi padre hablando con los pescadores; a las mujeres cargando con cestas y a los niños corriendo entre las paradas.
Hoy todo parece más rápido y más frío. La gente entra y sale de las tiendas sin apenas hablar. Muchos ni siquiera saben el nombre de quien les vende el pan o la fruta.
Tengo miedo de que un día el mercado desaparezca del todo, que no quede ninguna parada, que los niños del futuro no sepan lo que es ir al mercado con la abuela. Porque los pueblos viven gracias a sus recuerdos y a sus costumbres, y sobre todo gracias a sus lugares de encuentro.
A veces pienso que, mientras alguien recuerde todo aquello, seguirá existiendo un poco. Por eso me gusta contarlo, para que no se pierda del todo. Para que alguien imagine aquella calle Sant Joan llena hasta arriba de personas. Para que alguien vuelva a escuchar las voces de los vendedores. Y, sobre todo, para que alguien recuerde la plaza llena de vida y para que Calella no olvide nunca lo que fue.
Porque yo tuve la suerte de vivir aquella época maravillosa. Y aunque ahora muchas cosas hayan cambiado, cuando cierro los ojos todavía puedo escuchar el ruido de las paradas montándose al amanecer. Todavía puedo oler las especias. Todavía puedo ver a la gente sonriendo.
Y entonces, por un instante, mi querida Calella vuelve a ser la de antes.

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