El supermercado “MasAhorro” llevaba dos días cerrado por inventario. Un enorme cartel colgado en las puertas automáticas avisaba a los clientes de que volvería a abrir el lunes a las ocho de la mañana. Para cualquiera era una simple pausa comercial; para Carlos y Miguel, era una oportunidad irrepetible.
Habían estudiado el local durante semanas. Conocían los horarios de los vigilantes, la ubicación de las cámaras, los puntos ciegos y el sistema de alarmas. Lo conocían todo. Ambos habían trabajado años atrás instalando redes informáticas y sistemas de seguridad para pequeñas empresas. Sabían cómo inutilizar cualquier sistema de alarma sin que se activara.
Su plan era sencillo.
Entrarían el viernes de madrugada, desactivarían las alarmas y pasarían toda la noche acumulando mercancía valiosa cerca de la puerta trasera. Durante el sábado y el domingo harían varios viajes con un pequeño camión alquilado, utilizando carreteras secundarias. Jamones ibéricos, botellas de whisky caro, dispositivos electrónicos, perfumes y dinero de la caja fuerte. En dos días podían vaciar medio supermercado.
A las doce y media de la noche, una lluvia fina cubría las calles del polígono industrial donde se encontraba “MasAhorro”. No había tráfico; solo la lejana luz de las farolas y el eco de algún trueno.
Carlos abrió una pequeña caja metálica conectada al sistema de alarma exterior.
—Treinta segundos —avisó a su compañero.
Miguel sostenía una linterna pequeña entre los dientes mientras conectaba un portátil al panel de mantenimiento. Una línea verde apareció en pantalla.
—Sistema desconectado.
—Ya está —dijo Miguel, sonriendo.
Forzaron la puerta trasera con una palanca hidráulica y accedieron al interior. El supermercado estaba completamente oscuro. Solo algunas luces de emergencia permanecían encendidas en los pasillos. Las sombras de las estanterías parecían columnas gigantescas. El silencio era absoluto.
Carlos siempre había odiado los supermercados vacíos de noche. Había algo inquietante en ellos. Durante el día estaban llenos de ruido, música y voces, pero vacíos parecían otra cosa.
—Vamos al almacén primero —comentó Miguel.
Comenzaron a trabajar rápidamente. Llenaban los carros con jamones y botellas de alcohol premium, y luego los llevaban hasta la puerta trasera, donde iban apilándolo todo cuidadosamente para cargarlo después en el camión.
La primera hora pasó sin problemas. Incluso bromearon.
—Con esto me retiro —rió Miguel mientras levantaba un jamón.
Hicieron varios viajes más. La montaña de productos empezó a crecer cerca de la salida.
Entonces escucharon el primer ruido.
Fue un lamento muy suave.
Carlos se quedó inmóvil.
—¿Has oído eso?
Miguel dejó el carro lentamente. El sonido volvió. Parecía venir del fondo del supermercado: una especie de gemido.
—Será una tubería —dijo Miguel, intentando mantenerse tranquilo.
Carlos no respondió. Algo en aquel sonido le había puesto la piel de gallina.
Continuaron trabajando, pero ahora en silencio. Cada pocos minutos ambos levantaban la cabeza, esperando volver a escuchar aquel extraño ruido.
A las tres de la madrugada ocurrió algo peor.
Una estantería cayó al suelo.
El estruendo fue brutal. Miles de latas rodaron por el pasillo haciendo un ruido ensordecedor. Carlos dio un salto.
—¡Joder! ¿Qué ha pasado?
Ambos corrieron hacia allí. La enorme estructura metálica estaba completamente volcada.
—¿Cómo coño ha pasado esto? —preguntó Miguel.
No había nadie cerca. Ni corrientes de aire ni nada sospechoso.
Carlos observó el suelo. La estantería había caído hacia delante, como si alguien la hubiese empujado con violencia. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—No me gusta esto…
Miguel intentó reír.
—Vamos, no empieces con paranoias.
Siguieron trabajando, aunque ya no hablaban.
A las cuatro de la madrugada comenzaron los golpes.
Primero uno.
Clonk.
Luego otro.
Clank.
Objetos cayendo desde las estanterías. Botellas que explotaban solas contra el suelo. Cajas que se movían sin explicación.
En una ocasión, Carlos vio salir una lata disparada desde una estantería. No había nadie allí. La linterna le temblaba en las manos.
—Miguel…
—¿Qué?
—Creo que deberíamos irnos.
Miguel suspiró.
—Llevamos aquí media noche. Estamos cansados, eso es todo.
En ese momento se apagaron las luces de emergencia durante dos segundos.
Y durante aquellos dos segundos ambos escucharon algo moverse muy cerca.
Algo grande.
Algo que se arrastraba.
Cuando la luz volvió, Miguel tenía el rostro completamente pálido.
—He oído pasos… —murmuró.
Carlos tragó saliva.
El supermercado parecía distinto ahora. Más oscuro. Más estrecho. Los pasillos parecían interminables y el silencio se hacía insoportable.
A las cinco de la madrugada dejaron de tener contacto. Habían decidido separarse para avanzar más rápido. Carlos estaba en la sección de electrónica mientras Miguel revisaba el almacén frigorífico.
Entonces Carlos escuchó un grito lejano.
—¡Carlosssssss!
—¡Miguel! ¿Dónde estás?
No hubo respuesta.
Carlos comenzó a caminar deprisa entre los pasillos, gritando:
—¡Miguel! ¡Miguel!
Su respiración empezó a acelerarse. Pasó junto a la carnicería, luego junto a la sección de congelados. Todo estaba abierto.
—¡Miguel, deja de hacer el idiota!
Un golpe seco resonó al fondo.
Carlos corrió hacia el ruido.
No vio nada.
Solo oscuridad.
Entonces volvió a escuchar aquel lamento. Más cerca. Mucho más cerca.
Parecía la voz de alguien sufriendo… o muriendo.
Carlos continuó buscando. Dio vueltas por el supermercado una y otra vez, pero Miguel había desaparecido.
Era imposible.
No podía haberse ido sin pasar junto a él. No había más salidas abiertas.
El miedo empezó a convertirse en auténtico pánico.
Entonces vio algo.
La puerta del congelador estaba abierta y la luz parpadeaba.
Carlos avanzó lentamente.
—¿Miguel…?
Empujó la puerta y gritó.
Miguel estaba dentro.
Muerto.
En sus ojos se veía una expresión de terror absoluto. La piel tenía un tono azulado y, lo peor de todo, las marcas: profundas heridas negras alrededor de su cuello, como si unas manos enormes lo hubieran estrangulado.
Carlos retrocedió horrorizado.
—No… no…
Aquello era imposible. Nadie había entrado. Nadie.
Entonces la luz del congelador se apagó.
Escuchó respiraciones cerca.
Muy cerca.
Carlos salió corriendo. En su carrera tiró varias cajas al suelo y entonces las vio.
Figuras altas.
Delgadas.
Quietas entre los pasillos.
Cada vez que giraba la cabeza estaban más cerca.
Corrió hacia la salida trasera. Estaba cerca de conseguirlo.
Entonces escuchó un enorme crujido sobre su cabeza.
La estantería central —la más grande de la tienda— se inclinaba lentamente hacia él.
Durante un segundo eterno vio miles de productos cayendo sobre su cuerpo: latas, botellas, cajas.
El impacto fue brutal.
El metal aplastó su cuerpo contra el suelo.
Y luego… silencio.
El lunes por la mañana, los empleados del supermercado llegaron para abrir el establecimiento. La encargada vio que la puerta trasera estaba forzada. Había mercancía acumulada junto a la salida y el interior parecía haber pasado por una guerra: varias estanterías estaban volcadas.
La policía encontró a Miguel dentro del congelador y, después, a Carlos bajo las estanterías.
Los trabajadores del supermercado afirman ver sombras caminando por los pasillos cuando está cerrado. Y cuentan que hay noches en las que las cámaras se apagan a las cinco de la madrugada…
La misma hora en que Miguel desapareció.

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