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TIEMBLA LA TIERRA


 No hay un sonido más engañoso que el silencio. Antes de aquel día siempre pensé que el silencio significaba paz. Ahora sé que también puede ser el instante en el que el mundo contiene la respiración antes de romperse.

Era un miércoles cualquiera, uno de esos días que parecen tan normales que no sabrías distinguirlos de cualquier otro. El cielo estaba despejado y el aire olía a pan recién hecho. La gente caminaba deprisa, preocupada por llegar al trabajo, por comprar el desayuno o por responder mensajes que, dentro de unas horas, ya no tendrían ninguna importancia. Yo era uno de ellos.

Recuerdo haber mirado el reloj. Recuerdo el café todavía caliente entre mis manos. Recuerdo pensar en cosas absurdas: unas facturas pendientes, la llamada que tenía que hacer y el libro que debía terminar esa noche.

Jamás imaginé que esos serían los últimos pensamientos de mi antigua vida.

Al principio fue un ruido. No un estruendo, sino un murmullo, como si las entrañas de la Tierra despertaran después de un sueño de miles de años.

Los vasos comenzaron a vibrar sobre la mesa. Las ventanas tintinearon. Algunas personas levantaron la cabeza, confundidas; otras siguieron caminando sin prestar atención.

Entonces el suelo respiró.

Primero fue un movimiento suave. Después otro más fuerte.

Y entonces llegó el infierno.

La calle comenzó a ondular como si estuviera hecha de agua. Los edificios crujieron con un lamento propio de un animal herido. Los postes eléctricos se balanceaban violentamente. Los coches saltaban sobre el asfalto y las personas caían unas sobre otras.

El aire empezó a llenarse de polvo incluso antes de que los edificios comenzaran a derrumbarse.

Escuché el primer grito.

Después otro.

Y después cientos.

Nunca olvidaré aquellos gritos. No eran simples voces. Era el miedo tomando forma humana.

Intenté correr, pero mis piernas no obedecían. El suelo me lanzaba de un lado a otro como si fuera una marioneta. Caí de rodillas. Las manos me sangraron al apoyarme.

Miré hacia arriba y vi cómo un edificio de diez plantas se inclinaba lentamente. Durante un instante pensé que resistiría.

Pero finalmente cedió.

Todo ocurrió como a cámara lenta. Los pisos fueron aplastándose unos contra otros. Los cristales estallaban en miles de fragmentos. El polvo cubrió el cielo.

Donde apenas unos segundos antes había oficinas, vida, charlas y risas, solo quedó una montaña de ruinas.

El ruido era insoportable: metal retorciéndose, alarmas sonando, motores rugiendo y cristales rompiéndose por todas partes.

Personas llamando a sus hijos. Madres gritando nombres. Niños llorando.

Algunos rezaban.

Otros maldecían.

Y todos, sin excepción, pedían ayuda.

Yo también quería gritar, pero mi garganta estaba seca. No salía ningún sonido.

Corrí sin saber hacia dónde. Solo quería alejarme, pero no existía ningún lugar seguro. El suelo seguía sacudiéndose. Los semáforos caían. Las fachadas se desprendían. Cada paso podía ser el último.

Vi a un hombre abrazado a un árbol como si pudiera salvarlo.

Vi a un perro ladrando desesperado frente a una montaña de escombros donde, apenas un minuto antes, estaba su casa.

Entonces vi a la niña.

Tendría unos siete años. Permanecía completamente inmóvil, sujetando un muñeco de tela azul. Miraba a su alrededor con unos ojos tan abiertos que parecía incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.

Su madre corría hacia ella.

La vi extender los brazos.

La niña hizo lo mismo.

Y, justo en ese instante, una enorme cornisa cayó entre las dos.

Todo desapareció bajo una nube de polvo.

Corrí.

No sé por qué. Quizá porque aún quería creer que podía hacer algo.

Cuando llegué apenas podía respirar. El polvo era tan espeso que apenas distinguía mis propias manos.

Comencé a retirar piedras.

Las uñas sangraban.

No importaba.

Seguí cavando hasta que encontré una mano diminuta.

La agarré con todas mis fuerzas.

Era ella.

Y estaba viva.

Tenía la cara cubierta de sangre y polvo. No dejaba de llorar.

Solo repetía una pregunta:

—¿Dónde está mi mamá?

Yo solo pude abrazarla.

Los dos temblábamos.

Las réplicas comenzaron pocos minutos después. La gente volvió a correr. Algunos edificios seguían cayendo. Parecía que la Tierra aún no estaba satisfecha.

El sol desapareció tras una inmensa nube gris.

Era mediodía, pero parecía de noche.

Encontramos refugio en un parque donde cientos de personas permanecían reunidas. Nadie hablaba. Todos miraban sus teléfonos esperando noticias de sus familiares.

Había niños solos, ancianos completamente desorientados. Algunos lloraban. Otros permanecían inmóviles, con la mirada perdida.

Era como si el cerebro se negara a aceptar tanta destrucción.

Cuando cayó la noche apareció un miedo diferente.

La oscuridad.

No había electricidad. Solo pequeñas linternas y el sonido lejano de las sirenas.

Cada ruido hacía pensar en una nueva réplica.

Nadie dormía.

Entonces comenzaron a escucharse voces bajo los escombros.

Los equipos de rescate trabajaban sin descanso.

El silencio era obligatorio.

Todos conteníamos la respiración porque cualquier sonido podía ocultar una voz pidiendo ayuda.

Nunca olvidaré aquel momento.

Había cientos de personas completamente calladas.

Ni un niño lloraba.

Ni un perro ladraba.

Solo el viento soplaba.

Pasaron dos días.

Luego tres.

Vivíamos esperando noticias.

Esperando milagros.

Yo seguía junto a la niña.

Su nombre era Sofía.

Cada mañana me preguntaba si encontrarían a su mamá.

Y yo siempre respondía lo mismo:

—Siguen buscando.

Al cuarto día encontraron el cuerpo de su madre.

No fui capaz de decirle nada.

Fueron los rescatistas quienes hablaron con ella.

No gritó.

No corrió.

Solo cerró los ojos.

Aquello me destrozó mucho más que cualquier lágrima.

Porque comprendí que algunas personas lloran con los ojos...

...y otras lo hacen con el silencio.

La vida ya nunca volvería a ser la misma.

TANATORIO TENEBROSO


 El tanatorio de San Gregorio estaba en las afueras de la ciudad, rodeado por una extensa arboleda de cipreses que parecían vigilar el edificio día y noche. Era un lugar moderno, construido con mármol gris y grandes ventanales, pero había algo que siempre provocaba una sensación incómoda. Quizá era el silencio permanente o la manera en que la espesa niebla lo envolvía durante las madrugadas.

Aquella semana había sido especialmente difícil. Cuatro funerales se celebraban simultáneamente. En la sala uno descansaba el cuerpo de un anciano que había fallecido mientras dormía. En la sala dos estaba una mujer que había sufrido un accidente de tráfico. La tercera sala acogía a un joven cuya muerte inesperada había conmocionado a toda la ciudad y, en la cuarta, se encontraba una anciana conocida por todo el pueblo como doña Teresa.

Durante el día, el tanatorio funcionaba con absoluta normalidad. Familiares entrando y saliendo, flores frescas colocadas junto a los féretros... Todo parecía normal. Nada resultaba extraño.

Sin embargo, al caer la noche, la tranquilidad desaparecía. Los vigilantes nocturnos llevaban semanas comentando sucesos extraños, pero nadie les creía.

Aquella noche estaban de servicio Roberto y Esteban. A las diez cerraron las puertas principales, comprobaron las alarmas, encendieron las luces de seguridad y comenzaron su ronda habitual.

—¿Has oído algo? —preguntó Esteban.

—Nada, y espero que siga así —contestó Roberto.

A las once y media escucharon el primer ruido.

Toc... toc... toc...

Parecía provenir de la sala tres.

Se miraron. Tenían miedo. Ninguno quería acercarse. Finalmente caminaron por el pasillo. Cuando llegaron encontraron la puerta abierta. Lo extraño era que estaban seguros de haberla cerrado.

Dentro todo parecía normal. El féretro seguía en su sitio. Las flores también. Pero el aire se sentía muy frío, un frío intenso que parecía salir de las paredes.

—Vámonos... —dijo Roberto.

A medianoche ocurrió algo peor.

Las cámaras de seguridad comenzaron a fallar. Las pantallas mostraban interferencias y aparecían figuras borrosas. Durante unos segundos se distinguió una silueta inmóvil al final de un pasillo. Luego desapareció.

Esteban aumentó el zoom de las cámaras.

No había nadie.

—Esto no me gusta nada.

—A mí tampoco.

Mientras observaban los monitores, una de las cámaras mostró algo sorprendente.

La puerta de la sala uno se abrió sola, lentamente, como si alguien acabara de salir.

Corrieron hacia allí.

El pasillo estaba vacío, pero una de las coronas funerarias había aparecido tirada en el suelo y, sobre el frío mármol, había unas marcas húmedas que parecían huellas.

Las siguieron.

Conducían hacia el sótano, el lugar que más temor producía en todo el edificio. Allí se encontraban los archivos antiguos, el almacén y las cámaras frigoríficas.

Bajaron las escaleras.

Cada peldaño parecía más oscuro que el anterior.

Las luces parpadeaban.

El silencio era absoluto.

Entonces escucharon una débil voz lejana, como si alguien hablara detrás de una pared.

—¿Has oído eso?

—Sí... —respondió Roberto.

El sonido continuó.

Era imposible distinguir las palabras.

Parecían varias voces hablando al mismo tiempo.

De pronto todas callaron.

Solo quedó una voz.

—Ayudadnos...

Los dos vigilantes quedaron paralizados.

El miedo les impedía moverse.

Entonces una puerta metálica se cerró violentamente.

¡PLAF!

El estruendo retumbó por todo el sótano.

Roberto soltó una maldición.

Subieron las escaleras corriendo, a punto de caerse.

Esa noche apenas lograron terminar su turno.

El miedo los tenía completamente bloqueados.

Al amanecer, cuando llegaron los empleados, descubrieron algo inquietante.

Todos los muebles de las cuatro salas habían cambiado de lugar.

Las sillas estaban colocadas formando círculos.

Las mesas se habían desplazado varios metros.

Los cuadros aparecían girados hacia la pared.

Nadie podía explicarlo.

Las grabaciones de las cámaras solo mostraban interferencias.

Nada más.

Durante los siguientes días los fenómenos aumentaron.

Algunos afirmaban ver personas caminando por los pasillos.

Incluso un empleado aseguró haber visto a una anciana sentada junto a una ventana.

La cuarta noche resultó especialmente aterradora.

Roberto llegó con la intención de pedir el traslado.

Ya no soportaba trabajar allí.

Sin embargo, necesitaba el empleo.

A las doce y cuarto las luces se apagaron completamente.

Todo quedó sumido en la oscuridad.

Solo funcionaban las luces de emergencia, suficientes para distinguir las sombras.

Los pasillos parecían interminables.

Entonces escucharon pasos.

Procedían de la sala cuatro.

Cogieron las linternas y avanzaron con temor.

Cuando llegaron, la puerta estaba abierta.

Dentro no había nadie.

Pero algo había cambiado.

El féretro estaba abierto.

Vacío.

Los dos vigilantes retrocedieron aterrados.

Entonces escucharon unos murmullos detrás de ellos.

Se giraron.

Al fondo del pasillo vieron la figura de una anciana vestida completamente de negro.

Ninguno fue capaz de hablar.

Corrieron hacia la sala de control.

Las cámaras mostraban algo aún peor.

Las cuatro puertas de los velatorios estaban abiertas y varias figuras caminaban lentamente por los pasillos.

La imagen se cortó.

Dos minutos después volvió la señal.

Los pasillos estaban vacíos.

Todo había regresado a su sitio.

El féretro estaba cerrado y el cuerpo descansaba nuevamente en su interior, como si nada hubiera sucedido.

Una semana después, la dirección decidió contratar a una médium.

La mujer recorrió todo el edificio y pidió permanecer allí una noche entera.

A las dos de la madrugada reunió a los vigilantes.

—No están enfadados.

—¿Quiénes? —preguntaron.

—Los espíritus.

—Entonces... ¿qué quieren?

—Paz.

La médium explicó que percibía una presencia muy antigua, algo que permanecía oculto bajo el edificio.

Decidieron investigar.

Descubrieron una historia perturbadora.

Décadas atrás, aquel terreno había pertenecido a un antiguo hospital.

Muchos fallecidos sin familia fueron enterrados en fosas improvisadas.

Jamás recibieron una sepultura digna.

Sus almas olvidadas seguían allí.

Aquella misma noche realizaron una sencilla ceremonia pidiendo descanso para los muertos.

Entonces comenzaron a aparecer figuras por todos los rincones del edificio.

Los pasillos se llenaron de presencias silenciosas.

Y ocurrió algo extraordinario.

Las figuras empezaron a desvanecerse lentamente, una tras otra, como humo arrastrado por el viento.

Por primera vez en semanas, el silencio resultó agradable.

Sin embargo, Roberto nunca olvidaría lo que vio antes de marcharse.

Mientras realizaba una última ronda pasó frente a la sala cuatro.

La puerta estaba entreabierta.

Miró hacia el interior.

Allí estaba la anciana de negro.

Esta vez podía ver claramente su rostro.

Sonreía.

Levantó una mano en señal de despedida.

Después desapareció lentamente.

Roberto cerró la puerta y nunca contó lo ocurrido.

Sabía que nadie le creería.

Desde entonces, en las noches más oscuras, cuando el viento sopla entre los cipreses del tanatorio, quienes pasan cerca aseguran escuchar un débil murmullo entre las sombras.

Solo repite una única palabra.

—Gracias.

LOS NUEVOS ZOMBIS


 La lluvia caía sobre los tejados de Cadaqués, como si el cielo quisiera borrar lo que quedaba del mundo. El mar estaba negro, espeso, cubierto por una densa niebla. El aire olía intensamente a carne podrida y sal. Hacía meses que nadie pescaba allí; nadie se atrevía siquiera a acercarse al agua.

Todo había comenzado con un virus descubierto en una especie de murciélago que había sido modificado genéticamente en unos laboratorios del norte de Europa. El virus mutó rápido, demasiado rápido. Primero infectó a los animales; luego, a las personas. En pocas semanas, ciudades enteras quedaron infectadas.

Los infectados no morían; simplemente cambiaban. Sus ojos se volvían blancos, la piel adquiría un tono grisáceo y desarrollaban una violencia salvaje, imposible de controlar. Atacaban en grupos y gritaban durante la noche como animales hambrientos.

Los periódicos de todo el mundo no sabían cómo llamarlos, pero quienes los habían visto simplemente les decían «zombis».

Cataluña era ya un territorio devastado. Barcelona había caído seis meses atrás. Girona permanecía incomunicada y Tarragona ardía bajo incendios eternos. Las carreteras estaban infestadas de infectados, aunque corría el rumor de que existía un antídoto.

Decían que un pequeño grupo de científicos resistía en la comarca del Maresme, cerca de unas antiguas instalaciones subterráneas protegidas por militares y supervivientes armados.

La mayoría pensaba que era mentira, pero Juan no. Su hermana Clara estaba infectada. Todavía no se había transformado, pero tenía fiebre, los ojos enrojecidos y unas venas negras comenzaban a hincharse por su cuello. Le quedaban pocos días.

Juan observó a Clara dormir sobre unas mantas viejas, dentro de una casa abandonada junto al faro de Cadaqués. Afuera, el viento golpeaba con fuerza las ventanas.

—Volveré —dijo Juan.

—No vayas... Morirás —respondió Clara con voz débil.

Juan le agarró la mano.

—Si me quedo, morirás tú.

Cogió su mochila, una linterna, un cuchillo oxidado y una vieja pistola con solo cuatro balas. El viaje hasta el Maresme, a pie, era prácticamente un suicidio: más de ciento cincuenta kilómetros atravesando carreteras destruidas, pueblos abandonados y bosques infestados de infectados.

Juan comenzó a caminar.

La primera noche fue la peor. La carretera que descendía desde Cadaqués hasta Roses estaba llena de coches abandonados. Algunos tenían sangre seca en las puertas; otros todavía conservaban cadáveres en su interior.

Avanzaba lentamente, procurando no hacer ruido, cuando escuchó un sonido, como si alguien estuviera masticando. Se escondió detrás de una furgoneta volcada y asomó apenas la cabeza.

Había tres zombis alrededor de un cadáver reciente.

Uno de ellos levantó lentamente la cabeza y emitió un chillido espantoso. Los otros dos giraron al mismo tiempo.

Lo habían oído.

Juan echó a correr.

Los pasos de aquellas criaturas resonaban detrás de él con una velocidad increíble. Tropezó con un viejo guardarraíl y cayó al suelo. Uno de los zombis se lanzó sobre él.

Juan clavó el cuchillo una, dos, tres veces en su cuello.

El monstruo seguía moviéndose.

Desesperado, le atravesó un ojo. El cuerpo quedó inmóvil.

Los otros dos ya estaban demasiado cerca.

Juan disparó.

Uno cayó fulminado.

Sin detenerse, corrió hacia el bosque mientras escuchaba decenas de gritos a lo lejos. El disparo había atraído a muchos más.

Pasó horas escondido entre los árboles. No pudo dormir.

Al amanecer continuó su camino.

Los días siguientes fueron un infierno.

Atravesó Figueres, convertida en una ciudad fantasma. Las calles estaban cubiertas de humo y edificios derrumbados. En la antigua estación de tren encontró mensajes escritos con sangre sobre las paredes.

«No entréis.»

«Corren por la noche.»

En un supermercado abandonado encontró algunas latas de comida y varias botellas de agua. Mientras registraba las estanterías, comenzaron a aparecer zombis. Juan escapó por una puerta trasera mientras los monstruos golpeaban violentamente los cristales.

Continuó caminando durante días, evitando las carreteras principales. Dormía en casas abandonadas donde las ratas correteaban durante la noche.

En una de ellas perdió la pistola.

Solo le quedaba el cuchillo.

El hambre comenzó a consumirlo. Las piernas le dolían y la fiebre apenas le permitía mantenerse en pie. En varias ocasiones estuvo rodeado por aquellas criaturas, pero consiguió escapar mientras sus alaridos resonaban detrás de él.

Siguió avanzando.

Todo era bosque, carreteras vacías, cadáveres y oscuridad.

Una noche llegó a las montañas cercanas al Montseny y encontró un pequeño grupo de supervivientes.

—¿Adónde vas? —preguntó uno de ellos.

—Al Maresme.

Durante dos días caminaron juntos. Aquellos hombres hablaban poco.

La tercera noche acamparon en una fábrica abandonada.

Poco después del anochecer fueron rodeados por una enorme horda de zombis, atraída por el fuego de la hoguera.

El caos estalló en segundos.

Gritos.

Disparos.

Sangre.

Juan aprovechó la confusión para huir. Corrió sin mirar atrás hasta que, completamente agotado, cayó de rodillas sobre una carretera.

Entonces lo vio.

El mar.

Había llegado al Maresme.

Con las últimas fuerzas alcanzó la fortaleza donde resistían los supervivientes.

Una doctora salió a recibirlo.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

Juan apenas podía mantenerse en pie.

—Caminando.

La mujer lo observó con incredulidad.

—Nadie llega caminando desde Cadaqués.

Juan sacó una fotografía de Clara.

—Necesito salvarla.

La doctora guardó silencio unos segundos.

—Existe un antídoto experimental. No garantiza la curación completa, pero podría detener la transformación.

—Démelo.

La doctora dudó unos instantes y finalmente le entregó una pequeña caja. Dentro había dos inyecciones.

—Debes marcharte enseguida. Estamos rodeados.

Juan cogió la caja y salió corriendo por una salida lateral.

El amanecer comenzaba a iluminar el mar.

Entonces comprendió algo terrible.

El mundo ya estaba perdido.

Pero aún podía salvar a una persona.

Y eso era suficiente.

Juan emprendió el camino de regreso mientras, a su espalda, la fortaleza explotaba envuelta en llamas.

Caminó hacia el norte.

Hacia Cadaqués.

Hacia Clara.

Con el antídoto apretado contra el pecho.

Y mientras avanzaba por la carretera, volvió a escuchar aquellos gritos lejanos.

Los zombis seguían allí.

Esperando.

Hambrientos.

Observando desde la oscuridad del nuevo mundo.

QUIEN ERES TU ( II)

El sonido del monitor llenó la habitación. Un pitido largo, agudo y continuo. Juan miró la pantalla. La línea permanecía completamente plana...