visitas

LOS NUEVOS ZOMBIS


 La lluvia caía sobre los tejados de Cadaqués, como si el cielo quisiera borrar lo que quedaba del mundo. El mar estaba negro, espeso, cubierto por una densa niebla. El aire olía intensamente a carne podrida y sal. Hacía meses que nadie pescaba allí; nadie se atrevía siquiera a acercarse al agua.

Todo había comenzado con un virus descubierto en una especie de murciélago que había sido modificado genéticamente en unos laboratorios del norte de Europa. El virus mutó rápido, demasiado rápido. Primero infectó a los animales; luego, a las personas. En pocas semanas, ciudades enteras quedaron infectadas.

Los infectados no morían; simplemente cambiaban. Sus ojos se volvían blancos, la piel adquiría un tono grisáceo y desarrollaban una violencia salvaje, imposible de controlar. Atacaban en grupos y gritaban durante la noche como animales hambrientos.

Los periódicos de todo el mundo no sabían cómo llamarlos, pero quienes los habían visto simplemente les decían «zombis».

Cataluña era ya un territorio devastado. Barcelona había caído seis meses atrás. Girona permanecía incomunicada y Tarragona ardía bajo incendios eternos. Las carreteras estaban infestadas de infectados, aunque corría el rumor de que existía un antídoto.

Decían que un pequeño grupo de científicos resistía en la comarca del Maresme, cerca de unas antiguas instalaciones subterráneas protegidas por militares y supervivientes armados.

La mayoría pensaba que era mentira, pero Juan no. Su hermana Clara estaba infectada. Todavía no se había transformado, pero tenía fiebre, los ojos enrojecidos y unas venas negras comenzaban a hincharse por su cuello. Le quedaban pocos días.

Juan observó a Clara dormir sobre unas mantas viejas, dentro de una casa abandonada junto al faro de Cadaqués. Afuera, el viento golpeaba con fuerza las ventanas.

—Volveré —dijo Juan.

—No vayas... Morirás —respondió Clara con voz débil.

Juan le agarró la mano.

—Si me quedo, morirás tú.

Cogió su mochila, una linterna, un cuchillo oxidado y una vieja pistola con solo cuatro balas. El viaje hasta el Maresme, a pie, era prácticamente un suicidio: más de ciento cincuenta kilómetros atravesando carreteras destruidas, pueblos abandonados y bosques infestados de infectados.

Juan comenzó a caminar.

La primera noche fue la peor. La carretera que descendía desde Cadaqués hasta Roses estaba llena de coches abandonados. Algunos tenían sangre seca en las puertas; otros todavía conservaban cadáveres en su interior.

Avanzaba lentamente, procurando no hacer ruido, cuando escuchó un sonido, como si alguien estuviera masticando. Se escondió detrás de una furgoneta volcada y asomó apenas la cabeza.

Había tres zombis alrededor de un cadáver reciente.

Uno de ellos levantó lentamente la cabeza y emitió un chillido espantoso. Los otros dos giraron al mismo tiempo.

Lo habían oído.

Juan echó a correr.

Los pasos de aquellas criaturas resonaban detrás de él con una velocidad increíble. Tropezó con un viejo guardarraíl y cayó al suelo. Uno de los zombis se lanzó sobre él.

Juan clavó el cuchillo una, dos, tres veces en su cuello.

El monstruo seguía moviéndose.

Desesperado, le atravesó un ojo. El cuerpo quedó inmóvil.

Los otros dos ya estaban demasiado cerca.

Juan disparó.

Uno cayó fulminado.

Sin detenerse, corrió hacia el bosque mientras escuchaba decenas de gritos a lo lejos. El disparo había atraído a muchos más.

Pasó horas escondido entre los árboles. No pudo dormir.

Al amanecer continuó su camino.

Los días siguientes fueron un infierno.

Atravesó Figueres, convertida en una ciudad fantasma. Las calles estaban cubiertas de humo y edificios derrumbados. En la antigua estación de tren encontró mensajes escritos con sangre sobre las paredes.

«No entréis.»

«Corren por la noche.»

En un supermercado abandonado encontró algunas latas de comida y varias botellas de agua. Mientras registraba las estanterías, comenzaron a aparecer zombis. Juan escapó por una puerta trasera mientras los monstruos golpeaban violentamente los cristales.

Continuó caminando durante días, evitando las carreteras principales. Dormía en casas abandonadas donde las ratas correteaban durante la noche.

En una de ellas perdió la pistola.

Solo le quedaba el cuchillo.

El hambre comenzó a consumirlo. Las piernas le dolían y la fiebre apenas le permitía mantenerse en pie. En varias ocasiones estuvo rodeado por aquellas criaturas, pero consiguió escapar mientras sus alaridos resonaban detrás de él.

Siguió avanzando.

Todo era bosque, carreteras vacías, cadáveres y oscuridad.

Una noche llegó a las montañas cercanas al Montseny y encontró un pequeño grupo de supervivientes.

—¿Adónde vas? —preguntó uno de ellos.

—Al Maresme.

Durante dos días caminaron juntos. Aquellos hombres hablaban poco.

La tercera noche acamparon en una fábrica abandonada.

Poco después del anochecer fueron rodeados por una enorme horda de zombis, atraída por el fuego de la hoguera.

El caos estalló en segundos.

Gritos.

Disparos.

Sangre.

Juan aprovechó la confusión para huir. Corrió sin mirar atrás hasta que, completamente agotado, cayó de rodillas sobre una carretera.

Entonces lo vio.

El mar.

Había llegado al Maresme.

Con las últimas fuerzas alcanzó la fortaleza donde resistían los supervivientes.

Una doctora salió a recibirlo.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

Juan apenas podía mantenerse en pie.

—Caminando.

La mujer lo observó con incredulidad.

—Nadie llega caminando desde Cadaqués.

Juan sacó una fotografía de Clara.

—Necesito salvarla.

La doctora guardó silencio unos segundos.

—Existe un antídoto experimental. No garantiza la curación completa, pero podría detener la transformación.

—Démelo.

La doctora dudó unos instantes y finalmente le entregó una pequeña caja. Dentro había dos inyecciones.

—Debes marcharte enseguida. Estamos rodeados.

Juan cogió la caja y salió corriendo por una salida lateral.

El amanecer comenzaba a iluminar el mar.

Entonces comprendió algo terrible.

El mundo ya estaba perdido.

Pero aún podía salvar a una persona.

Y eso era suficiente.

Juan emprendió el camino de regreso mientras, a su espalda, la fortaleza explotaba envuelta en llamas.

Caminó hacia el norte.

Hacia Cadaqués.

Hacia Clara.

Con el antídoto apretado contra el pecho.

Y mientras avanzaba por la carretera, volvió a escuchar aquellos gritos lejanos.

Los zombis seguían allí.

Esperando.

Hambrientos.

Observando desde la oscuridad del nuevo mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LOS NUEVOS ZOMBIS

 La lluvia caía sobre los tejados de Cadaqués, como si el cielo quisiera borrar lo que quedaba del mundo. El mar estaba negro, espeso, cubie...