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DANI


 El verano había alcanzado su punto más alto. El sol caía sobre la tierra con una intensidad casi insoportable. La playa era un océano de sombrillas de colores, toallas extendidas y neveras portátiles. Los castillos de arena y las risas se mezclaban continuamente con el rumor de las olas rompiendo en la orilla.

Dani tenía siete años. Aquella mañana había llegado muy temprano con sus padres. Encontraron un hueco cerca de unas dunas, aunque después, conforme la playa se fue llenando de gente, el espacio desapareció bajo un enjambre de personas que acudían a disfrutar del mar.

Su padre ya le había advertido:

—No te alejes demasiado.

Él respondió afirmativamente, convencido de que nunca podría perderse. Pero bastó un instante. Mientras construía un pequeño canal para que el agua llegara hasta su castillo de arena, una ola más fuerte de lo habitual deshizo todo su trabajo. Corrió unos metros siguiendo el agua que retrocedía y, cuando levantó la cabeza, el paisaje había cambiado por completo.

Las sombrillas eran distintas. Las toallas también. Los rostros le resultaban completamente desconocidos.

Miró a un lado. Luego al otro.

Sus padres no estaban.

No gritó. No lloró. Simplemente sintió como si el estómago se le hubiera convertido en una piedra.

Respiró hondo.

—Seguro que están un poco más allá —pensó.

Comenzó a caminar por la arena. Cada pocos pasos esperaba reconocer la gran sombrilla azul donde habían dejado la nevera. Sin embargo, todas parecían iguales: azules, verdes, rojas, rayadas... cientos de sombrillas formando un inmenso bosque de colores.

Las voces lo envolvían. Niños jugando, adultos riendo, música saliendo de pequeños altavoces, vendedores ambulantes anunciando bebidas frías... Todo el mundo parecía tener un destino. Menos él.

Pasó junto a varias familias. Nadie lo miró. Era un niño más entre miles. Quiso preguntar a una señora que leía un libro bajo una sombrilla blanca, pero ella ni siquiera levantó la vista. Un grupo de adolescentes pasó corriendo, salpicándolo de arena. Nadie reparó en la expresión de miedo de su rostro.

Aun así, seguía sin llorar. Sabía que, si lloraba, sentiría todavía más miedo.

Continuó caminando. El calor comenzó a hacerse insoportable. La arena quemaba las plantas de sus pies, así que tuvo que acercarse a la orilla para refrescarlos.

Tragaba saliva una y otra vez, pero tenía la boca completamente seca. El agua del mar parecía invitarlo a entrar, aunque recordó perfectamente la advertencia de su madre.

—Nunca entres solo.

Se quedó observando las olas. Parecía que respiraban lentamente, como si no quisieran molestar.

Entonces escuchó un motor.

Levantó la cabeza.

Una pequeña barca de pesca avanzaba hacia la playa. No venía muy deprisa, pero el oleaje la empujaba con fuerza.

Dani permanecía justo donde rompían las olas. No sabía si avanzar o retroceder. El patrón parecía concentrado en mantener recta la embarcación. Una ola levantó la proa. La siguiente la dejó caer con estruendo al chocar contra el agua.

La barca se desvió ligeramente.

Durante unos segundos avanzó directamente hacia él.

El corazón empezó a golpearle con tanta fuerza que creyó escuchar sus propios latidos. Intentó correr, pero la arena mojada frenaba cada paso. Resbaló y cayó de rodillas. La siguiente ola le cubrió las piernas.

Cuando volvió a incorporarse, la barca estaba mucho más cerca.

Una voz gritó desde el agua.

Otra respondió desde la playa.

Varias personas comenzaron a hacer gestos al patrón.

En el último instante, la barca giró bruscamente. La hélice levantó una nube de espuma blanca y pasó a pocos metros de Dani.

El niño sintió el viento que levantó la proa al pasar.

A pesar de la cantidad de gente que había, nadie le preguntó si estaba bien.

Permaneció inmóvil durante unos segundos.

Temblaba.

No de frío.

Era un temblor de puro miedo.

Siguió caminando.

El calor parecía salir también de la arena. Su garganta ardía. Miró las botellas de agua que tenían otras familias. Vio a un niño beber largamente mientras su padre le secaba la cara con una toalla. Pensó en pedir un poco de agua, pero las palabras no le salían.

Continuó caminando.

Cada tramo de playa era igual al anterior: más sombrillas, más gente, más risas, más desconocidos.

Ni una sola cara conocida.

Empezó a preguntarse si sus padres lo estarían buscando. Tal vez corrían de un sitio a otro. Quizá ya habían avisado a la policía. O tal vez pensaban que todavía seguía jugando.

Aquella idea le produjo todavía más miedo.

—¿Y si nadie sabía que estaba perdido?

Las gaviotas cruzaban lentamente sobre su cabeza. Una de ellas descendió hasta dejar caer un trozo de pan cerca de él. Varias palomas comenzaron a pelearse por la comida.

Durante unos segundos contempló aquella escena como si perteneciera a otro mundo.

Después siguió caminando.

Las piernas empezaban a dolerle. La sed era insoportable.

Encontró una ducha junto al paseo marítimo. Esperó su turno. Cuando le tocó, dejó caer el agua fresca sobre su cabeza. Abrió la boca para beber, pero el sabor salado le hizo escupir inmediatamente.

No servía.

Volvió a sentirse completamente solo.

Miró hacia el paseo.

Cientos de personas caminaban cargadas con flotadores, helados y bolsas.

Todos parecían tener prisa.

Nadie se fijaba en un niño de siete años con la cara llena de arena.

El miedo empezó a apoderarse de él. Una sensación que le decía que quizá nunca volvería a encontrar a sus padres.

Por primera vez sintió deseos de llorar.

Apretó los labios.

No.

No pensaba llorar.

Si lloraba, no podría pensar.

Recordó algo que le dijo su padre cuando salían al monte.

—Si te pierdes, no corras sin saber adónde vas.

Miró alrededor. Intentó buscar algo conocido, pero no vio nada.

Solo una inmensa playa que parecía no terminar nunca.

Entonces oyó una sirena lejana.

Se giró rápidamente.

Era un vehículo de emergencias que circulaba por el paseo.

Su corazón dio un salto.

Corrió hacia allí, pero cuando llegó el vehículo ya había desaparecido entre la multitud.

Volvió a quedarse solo.

El viento cambió ligeramente. Las olas empezaron a crecer. La playa comenzó a vaciarse poco a poco. Algunas familias recogían las sombrillas. Otras sacudían las toallas. Los niños protestaban porque querían quedarse un poco más.

Dani observó cómo todos se marchaban acompañados de alguien.

Él seguía solo.

El sol iniciaba lentamente su descenso.

Sintió frío por primera vez en todo el día.

Las fuerzas comenzaban a abandonarlo.

Se sentó junto a una roca cercana al espigón.

A lo lejos aparecieron varias pequeñas embarcaciones que regresaban lentamente hacia el puerto.

Dani apenas les prestó atención.

Pensaba únicamente en sus padres.

No sabía si volvería a abrazarlos.

Le preocupaba dónde dormiría aquella noche.

Una lágrima estuvo a punto de caer, pero volvió a contenerla.

Entonces escuchó una voz.

—Eh, muchacho.

Dani levantó la cabeza.

Una vieja barca de pesca descargaba cajas con redes y cubos.

—Llevas mucho tiempo aquí, ¿verdad?

Dani no respondió.

El pescador dejó la caja en el suelo y se acercó.

—¿Dónde están tus padres?

—No los encuentro.

El pescador sacó una botella de agua fresca y se la ofreció.

Dani bebió con desesperación.

—Tranquilo, campeón. Ya estás con nosotros.

El otro pescador avisó al servicio de socorrismo y a la policía, que todavía seguían buscando por la playa a un niño desaparecido.

No tardaron ni cinco minutos en aparecer.

Detrás de los agentes, con el rostro desencajado, llegaron sus padres.

Su madre fue la primera en abrazarlo.

Su padre cayó de rodillas, llorando de alivio y de los nervios acumulados.

Los pescadores observaban la escena desde la cubierta.

Habían pasado toda la vida enfrentándose al mar y sabían que, a veces, el mayor peligro no estaba en las olas, sino en perderse entre una multitud donde nadie mira a quien tiene al lado.

DANI

 El verano había alcanzado su punto más alto. El sol caía sobre la tierra con una intensidad casi insoportable. La playa era un océano de so...