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LA COLECCION


 Nadie en la ciudad sospechaba de Esteban. Para todos era un tanatoesteticista impecable, un profesional discreto que devolvía serenidad a los rostros de quienes ya no podían sonreír. Sus manos eran precisas, pacientes y delicadas. Allí donde otros solo veían muerte, él encontraba una última oportunidad para restaurar la dignidad de un cuerpo antes de su despedida.

Las familias salían agradecidas de la funeraria. Comentaban que sus seres queridos parecían descansar en paz, como si simplemente durmieran. Nadie imaginaba que, tras aquella fachada de profesionalidad, se escondía una obsesión enfermiza.

El primer dedo no fue un trofeo; fue un impulso.

Mientras preparaba el cuerpo de un anciano, contempló durante unos segundos el dedo meñique de su mano izquierda. Pensó que nadie notaría su ausencia bajo el traje cuidadosamente colocado y los guantes que la familia había pedido para ocultar la artritis del difunto.

Lo cortó con una precisión quirúrgica. Esperó durante semanas a que alguien regresara indignado. Nadie lo hizo.

Aquella ausencia de consecuencias despertó algo oscuro en su interior. Desde entonces, nunca volvió a detenerse.

No importaba si era un dedo de la mano o del pie; elegía siempre el que pudiera ocultarse con mayor facilidad. Después lo embalsamaba con el mismo esmero que dedicaba a los cuerpos. Los etiquetaba con una fecha, una edad y un número. Nunca escribía nombres; de esa manera evitaba cualquier vínculo sentimental.

Los guardaba en pequeñas urnas de cristal alineadas en una habitación secreta, oculta tras una falsa pared del sótano. Había cientos de ellas. Diminutos dedos flotaban en líquidos transparentes. Algunos conservaban anillos; otros tenían pequeñas cicatrices. Uno incluso lucía una uña pintada de un rojo intenso.

Cada noche descendía al sótano con una linterna. Encendía una tenue luz y paseaba lentamente entre los estantes.

—Sois míos... Todos vosotros.

Su sueño era alcanzar el millar. Mil dedos. La colección más grande del mundo, aunque nadie supiera jamás que existía.

Los años fueron pasando sin incidentes. Las familias lloraban, rezaban y abrazaban los ataúdes. Jamás sospecharon que faltaba una pequeña parte de aquellos cuerpos.

Hasta que llegó la noche que lo cambió todo.

Era una madrugada lluviosa. Las gotas golpeaban los ventanales de la funeraria. Los pasillos permanecían vacíos. Solo el zumbido de las cámaras frigoríficas rompía el silencio.

Habían traído el cuerpo de un hombre de unos cincuenta años, encontrado muerto en una carretera secundaria. El informe hablaba de un infarto.

Esteban comenzó su trabajo con la rutina de siempre. Lavó cuidadosamente el cadáver, peinó su cabello y aplicó maquillaje para devolver algo de color a la piel. Cuando terminó, contempló las manos. Tenía los dedos largos, elegantes, perfectos.

Sintió la necesidad de alimentar su pasión.

Abrió el cajón donde guardaba el pequeño bisturí reservado exclusivamente para su colección. Respiró profundamente.

Era el número novecientos noventa y nueve.

Solo faltaría uno para cumplir su sueño.

Sujetó la mano izquierda, escogió el dedo anular y colocó la hoja del bisturí sobre la piel.

Entonces ocurrió.

El dedo se movió.

Esteban se quedó inmóvil.

«Seguramente es una contracción muscular», pensó.

Volvió a apoyar el bisturí.

Esta vez la mano se cerró con fuerza y atrapó su muñeca.

La piel estaba helada, pero aquella fuerza era imposible.

Esteban soltó un grito e intentó apartarse.

No pudo.

Los ojos del cadáver se abrieron lentamente. No tenían brillo. Solo unas pupilas negras e inmóviles.

Después la boca comenzó a abrirse.

Solo salió un sonido húmedo y profundo, como el aire escapando del fondo de un pozo.

El cuerpo se incorporó lentamente sobre la mesa metálica. Los huesos crujieron uno tras otro.

Esteban cayó hacia atrás.

El bisturí resbaló por el suelo.

El cadáver bajó de la mesa y comenzó a caminar. Cada paso dejaba un pequeño charco de líquido de embalsamamiento mezclado con sangre oscura.

Esteban salió corriendo. Atravesó la sala, empujó una puerta y después otra.

El pasillo parecía interminable.

Las luces empezaron a parpadear.

Detrás de él seguían oyéndose pasos.

Miró hacia atrás.

Aquella figura avanzaba con los brazos rígidos. Su piel comenzó a agrietarse. Bajo la carne aparecieron decenas de dedos humanos.

Cientos.

Salían del pecho, de los hombros, de la espalda, del cuello... como si todo su cuerpo estuviera formado por las partes robadas a los muertos.

Esteban gritó con todas sus fuerzas.

Corrió hacia la cámara frigorífica, entró y cerró la puerta.

Silencio.

Quizá todo había terminado.

Entonces escuchó un leve golpecito.

Tac...

Tac...

Tac...

Procedía del interior de uno de los compartimentos refrigerados.

Los golpes continuaron.

Las bandejas comenzaron a deslizarse.

Los cadáveres permanecían inmóviles.

Pero sus manos...

Todas sus manos se movían.

Golpeaban el acero al mismo tiempo.

Tac...

Tac...

Tac...

El sonido aumentó hasta convertirse en un estruendo insoportable.

Las puertas metálicas comenzaron a abrirse lentamente, una tras otra.

Los cuerpos seguían tumbados.

Sin embargo, todos levantaban una única mano.

Y todos señalaban a Esteban.

Salió huyendo.

Atravesó otro corredor mientras las luces explotaban sobre su cabeza. En su desesperación creyó ver personas sin manos observándolo desde la oscuridad.

Llegó casi asfixiado a su despacho.

Abrió la caja fuerte y sacó un revólver.

Apuntó hacia la puerta.

Cuando esta comenzó a abrirse, disparó tres veces.

Se acercó despacio.

Era su propio reflejo.

Había disparado contra el gran espejo del pasillo.

Los fragmentos de cristal devolvían cientos de imágenes deformadas de su rostro.

Entonces una voz susurró junto a su oído.

—Nos faltan nuestros dedos...

No había nadie.

Pero la puerta del sótano estaba abierta.

Pensó inmediatamente en su colección.

Bajó corriendo.

Los estantes seguían allí.

Pero los dedos ya no estaban quietos.

Salían de los frascos.

Se arrastraban.

Avanzaban hacia él.

Esteban subió las escaleras presa del pánico mientras una marea de dedos vivientes lo perseguía.

Miles de pequeñas falanges reptaban por el suelo, las paredes y el techo.

Lo rodearon por completo.

El cadáver levantó lentamente una mano.

Entonces todos los dedos comenzaron a avanzar.

La oscuridad envolvió el pasillo.

Los gritos de Esteban resonaron durante varios minutos.

Después...

Silencio absoluto.

A la mañana siguiente, los empleados encontraron la funeraria abierta. Las luces seguían encendidas. Había sangre, pero ningún signo de lucha.

Solo encontraron el cuerpo sin vida de Esteban tendido en el centro de la sala principal.

Su rostro permanecía congelado en una expresión de terror absoluto.

No presentaba heridas ni fracturas.

Lo más inquietante era lo que lo rodeaba.

Formando un círculo perfecto alrededor del cadáver aparecían cientos de dedos humanos.

Los investigadores registraron todo el edificio.

Encontraron la habitación secreta completamente vacía.

No había frascos.

No había etiquetas.

No había bisturís.

Solo estanterías desnudas cubiertas por una fina capa de polvo.

EL ULTIMO ALMUERZO


 Todas las mañanas, a las siete y media, Luis salía de casa con una mochila demasiado grande para un niño de ocho años. Los libros golpeaban su espalda a cada paso y, dentro de una pequeña bolsa de tela, llevaba el almuerzo que su madre le preparaba con cariño antes de ir a trabajar: un bocadillo, una pieza de fruta y, algunas veces, una pequeña chocolatina que ella escondía entre las servilletas para sorprenderlo.

Siempre recorría el mismo camino. Cruzaba dos calles estrechas, saludaba al panadero que sacaba el pan recién hecho, esperaba pacientemente frente al semáforo y continuaba hasta la escuela. Era un trayecto corto y rutinario que podía hacer con los ojos cerrados.

Una fría mañana de otoño, todo cambió.

Sentado junto a la entrada de un edificio abandonado había un hombre de barba descuidada, ropa rota y las manos temblorosas. Un cartón apoyado entre sus piernas decía únicamente:

—Tengo hambre.

Luis disminuyó el paso. Observó cómo la gente pasaba junto a él sin siquiera mirarlo. Algunos aceleraban el paso; otros apartaban la vista. El niño se detuvo.

—¿No ha comido? —preguntó con inocencia.

El hombre levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban apagados, como si llevaran mucho tiempo buscando esperanza.

—Hace dos días que apenas pruebo bocado —respondió.

Luis abrió la bolsa del almuerzo. Dudó unos segundos. Recordó que su madre siempre le decía que debía comer para crecer fuerte, pero también recordó otra frase que ella repetía constantemente:

—Nunca ignores a quien necesita ayuda.

Sacó el bocadillo y lo colocó entre las manos del desconocido.

—Tome.

El hombre lo miró sorprendido.

—¿Y tú?

—Ya comeré mañana —contestó con una sonrisa.

Luis salió corriendo hacia el colegio antes de que el hombre pudiera darle las gracias.

Al día siguiente volvió a pasar por el mismo lugar. El vagabundo seguía allí. Luis le entregó otra vez su almuerzo, y al día siguiente, y al otro. Sin que nadie lo supiera, aquello se convirtió en una rutina, un secreto entre ambos.

El hombre empezó a esperar cada mañana la llegada del pequeño. No conocía muchas cosas de él; solo sabía que se llamaba Luis, que tenía ocho años y que siempre sonreía.

—¿Por qué haces esto? —le preguntó una vez.

—Porque usted tiene más hambre que yo.

Aquellas palabras quedaron grabadas para siempre en el corazón del hombre.

Lo que nadie imaginaba era que la tragedia ya estaba acechando.

Una mañana lluviosa, Luis salió de casa con el paraguas azul que tanto le gustaba. Su madre lo despidió desde la puerta.

—Nos vemos a la salida.

—Hasta luego, mamá.

Fue la última vez que lo vio.

Luis nunca llegó al colegio.

Cuando llegó la hora de recoger a los alumnos y el niño no apareció, comenzó la preocupación. Su madre llamó a los profesores. Nadie lo había visto. Su padre recorrió desesperadamente el camino habitual gritando su nombre, pero no hubo respuesta.

Esa misma tarde presentaron la denuncia por desaparición y, en cuestión de horas, comenzaron los registros.

Patrullas, perros, voluntarios y agentes revisaron parques, edificios abandonados, alcantarillas y bosques cercanos. Cada minuto que pasaba reducía la esperanza. La fotografía del pequeño inundó la ciudad. Las noticias ocuparon la televisión y todo el país seguía el caso.

Mientras tanto, el vagabundo esperaba, como cada mañana, pero Luis no aparecía. Pensó que quizá estaba enfermo. Después creyó que había cambiado de colegio. Finalmente, empezó a preocuparse.

Eso fue lo que contó a la policía cuando varios agentes se acercaron hasta él.

—¿Conocía a este niño?

Le enseñaron una fotografía.

El hombre sonrió con tristeza.

—Claro que sí.

Entonces apareció el miedo y la poca memoria que le quedaba después de tantos años refugiándose en el alcohol.

—Bueno... en realidad, creo que no.

Los policías intercambiaron una mirada. Registraron sus pocas pertenencias y, entre mantas viejas, botellas vacías y una mochila, encontraron varias bolsas de tela con dibujos infantiles. En una de ellas estaba escrito con rotulador: "Luis".

El silencio fue absoluto.

Los policías lo esposaron inmediatamente.

—Queda detenido.

El vagabundo apenas entendía lo que ocurría.

En la comisaría comenzaron los interrogatorios.

—¿Dónde está el niño?

—No lo sé.

—¿Qué hiciste con él?

—Yo no sé nada.

—¿Por qué tienes sus cosas?

El vagabundo cerró los ojos intentando recordar. Veía una pequeña mano, un bocadillo, una sonrisa... y nada más.

—Solo me daba de comer.

Los investigadores estaban convencidos de que mentía, de que fingía sus lagunas de memoria. Durante varios días insistieron una y otra vez.

—Confiesa. ¿Dónde está?

—No sé nada.

—Sabemos que tú lo hiciste.

—Solo recuerdo que era bueno conmigo —dijo entre lágrimas.

Mientras tanto, los padres de Luis se consumían lentamente. Su habitación permanecía intacta. Su madre dormía abrazada al peluche favorito de su hijo. Su padre recorría cada noche las calles esperando un milagro.

Así transcurrieron tres meses y la esperanza empezaba a desaparecer.

Hasta que un día ocurrió algo inesperado.

Una investigación completamente distinta llevó a la policía hasta el tío de Luis. Había sido denunciado por posesión de material pedófilo. Cuando registraron su vivienda encontraron cientos de fotografías, vídeos y objetos personales de menores.

Los agentes sintieron un escalofrío.

Entre aquellas imágenes apareció una que les heló la sangre.

Era Luis.

Completamente desnudo.

Con el rostro lleno de miedo.

El hombre fue detenido. Durante horas lo negó todo, pero finalmente se derrumbó.

—Está vivo.

Confesó que mantenía al niño encerrado en un sótano oculto bajo una vieja casa familiar situada a las afueras de la ciudad.

La policía entró de madrugada. Bajó unas escaleras húmedas y escuchó un leve sollozo.

Tras una puerta encontraron a Luis.

Sus padres llegaron pocos minutos después.

Los tres se abrazaron sin dejar de llorar.

Mientras tanto, el vagabundo fue puesto en libertad. Salió de la cárcel con la misma ropa con la que había entrado y regresó al rincón donde pedía ayuda. Creía que jamás volvería a ver al pequeño.

Un mes después, alguien se detuvo frente a él.

Era Luis.

Estaba más delgado y más serio.

Durante unos segundos ambos se miraron sin hablar.

Entonces el pequeño sacó un bocadillo.

—Mi madre dice que ahora puedo darte este.

El vagabundo rompió a llorar.

—Pensé que ya no volverías.

—Yo también lo pensé.

Desde aquel día regresó la vieja costumbre.

Solo había una diferencia.

Ahora Luis llevaba dos almuerzos: uno para él y otro para aquel hombre al que nunca dejó de considerar un amigo.

El vagabundo recuperó la ilusión de esperar un nuevo amanecer. Cada vez que veía aparecer al niño, una sonrisa iluminaba su rostro.

Pero el destino volvió a demostrar su crueldad.

Llegó el invierno.

Una madrugada especialmente fría, el vagabundo apoyó la cabeza contra la pared. Por primera vez en mucho tiempo no sintió hambre, ni frío, ni dolor. Mientras respiraba con dificultad creyó escuchar voces familiares llamándolo desde muy lejos.

Se dibujó una sonrisa en su rostro.

Quizá, al fin, había encontrado el camino de regreso a lo que un día fue su hogar.

Aquella mañana, Luis llegó con el almuerzo.

No obtuvo respuesta.

Se acercó despacio.

El hombre estaba sentado igual que siempre, pero sus ojos permanecían cerrados.

Luis acercó el bocadillo a la mano del vagabundo.

El bocadillo cayó lentamente al suelo.

El niño solo pudo abrazar el viejo abrigo del hombre mientras rompía a llorar.

Permaneció inmóvil observando cómo cubrían su cuerpo con una sábana blanca. Sus lágrimas caían sin descanso.

Su padre se acercó y le puso una mano sobre el hombro.

—Lo siento, hijo.

Luis, con la voz quebrada, respondió:

—Ya no volverá a tener hambre, papá.

Desde entonces, cada aniversario de aquella mañana, Luis dejaba un pequeño bocadillo sobre el banco donde el vagabundo había pasado tantos días.

Y quienes lo veían hacerlo nunca imaginaban que aquel sencillo gesto era la forma más hermosa que un niño había encontrado para agradecer a un amigo que, sin tener nada, le enseñó el verdadero valor de la bondad.


LUNA LLENA



El mundo entero contuvo la respiración cuando el cohete Conqueror abandonó la Tierra envuelto en una columna de humo y fuego.

No era una misión de exploración ni un viaje de ida y vuelta. Era el comienzo de una nueva era. Dos personas iban a convertirse en los primeros habitantes permanentes de la Luna.

Sus nombres eran Laura y Adrián. Ella era ingeniera; él, astrofísico. Marido y mujer desde hacía ocho años, habían sido elegidos no solo por sus conocimientos, sino porque los psicólogos aseguraban que su relación era lo bastante fuerte para soportar el aislamiento absoluto.

Antes del despegue, un periodista les preguntó cuál era su mayor miedo.

—Quedarme sola —respondió Laura con una sonrisa.

Adrián contestó sin apartar la vista del cielo.

—Descubrir que nunca lo estuvimos.

Nadie entendió aquellas palabras.

Cinco días después, el módulo descendió lentamente sobre el Mar de la Tranquilidad, famoso por ser el lugar donde aterrizó el Apolo XI. El paisaje era un océano de roca gris. No había viento, ni agua, ni siquiera sonido. Solo un horizonte infinito y una oscuridad tan profunda que parecía devorar la luz.

La base Artemisa, construida por robots durante años, los esperaba intacta. Era un conjunto de módulos semienterrados bajo toneladas de polvo lunar; un refugio en medio del desierto más desconocido del universo.

Los primeros meses transcurrieron con total normalidad. Cada mañana cultivaban verduras en los invernaderos, reparaban equipos averiados y enviaban informes a la Tierra. Por las noches observaban el planeta suspendido en la inmensidad.

—Parece una lámpara encendida en medio de la nada —comentó Laura.

—Y nosotros somos las polillas que se alejaron demasiado —respondió Adrián.

Poco a poco, el entusiasmo dio paso al silencio.

Laura empezó a tener pesadillas. Siempre era la misma. Caminaba por un bosque cubierto de niebla, escuchaba pasos detrás de ella y, al girarse, no había nadie. Justo antes de despertar, una voz le susurraba:

—Mira hacia arriba.

Y cada noche veía lo mismo: la Luna flotando en medio de la oscuridad.

Mientras tanto, Adrián desarrolló una costumbre preocupante. Pasaba horas revisando las cámaras exteriores. Decía que algo no encajaba. El paisaje cambiaba. Había pequeñas diferencias diarias imposibles de explicar: una piedra que se desplazaba unos metros, una colina que cambiaba ligeramente de forma, una grieta que parecía moverse.

Comparó cientos de fotografías. Los cambios existían. Eran mínimos, pero reales.

Control Terrestre lo atribuyó a diferentes condiciones de iluminación. Adrián fingió creerles, aunque en realidad no lo hacía.

La primera señal llegó el día ciento veintitrés.

Los sismógrafos registraron vibraciones bajo la base. No eran terremotos lunares. Tenían un ritmo.

Tres golpes.

Pausa.

Tres nuevos golpes.

Nueva pausa.

Y así durante varios minutos.

Como si alguien llamara desde las profundidades.

A la mañana siguiente encontraron algo inexplicable.

Frente a la escotilla principal había una fila perfecta de huellas.

No pertenecían a ningún traje espacial. Tenían tres dedos largos que terminaban en puntas afiladas.

Lo más aterrador era que no comenzaban en ningún sitio. Las primeras aparecían de repente y las últimas desaparecían igual, como si quien las hubiera dejado hubiera salido del suelo... y luego hubiera regresado a él.

Laura dejó de dormir.

Adrián descuidó su aspecto; ni siquiera se afeitaba.

La tensión crecía.

Entonces comenzaron los susurros.

No eran sonidos, porque en la Luna el sonido no viaja.

Aquellas voces nacían directamente dentro de sus cabezas. Apenas eran palabras, y cada uno escuchaba frases distintas. Nunca coincidían.

Una noche, Laura despertó sobresaltada.

Adrián no estaba en la cama.

Lo encontró en el módulo de observación, inmóvil, mirando la oscuridad.

—¿Qué haces?

Él no respondió.

Solo señaló el cristal.

A más de un kilómetro de distancia había varias figuras sobre una pequeña montaña.

Eran muy altas.

Demasiado delgadas para ser humanas.

No se movían.

Parecían estatuas.

Laura cogió los prismáticos.

No vio nada.

Las figuras habían desaparecido.

Cuando revisaron la grabación, tampoco aparecían.

Solo el paisaje vacío.

—Las hemos visto los dos —dijo Laura.

Las semanas siguientes el miedo fue creciendo.

Las herramientas aparecían ordenadas formando círculos.

Las puertas se abrían solas.

Las luces parpadeaban siempre a la misma hora.

Las 03:33.

Una madrugada, la inteligencia artificial anunció:

—Presencia biológica detectada.

Los dos corrieron al centro de control.

Buscaron un origen en las pantallas.

No había nada.

El ordenador insistió:

—Presencia biológica detectada. Ubicación...

Guardó silencio durante unos segundos.

Después apareció una única palabra.

INTERIOR

Registraron cada habitación.

No encontraron nada.

Sin embargo, la sensación de no estar solos ya era insoportable.

La verdadera pesadilla comenzó dos noches después.

Toda la electricidad se apagó.

Las baterías de emergencia tardaron treinta segundos en activarse.

Treinta segundos de oscuridad absoluta.

Treinta segundos eternos.

Laura sintió una respiración junto a su oído.

No era la de Adrián.

Era lenta.

Profunda.

Muy cerca.

Intentó gritar.

Algo rozó suavemente su casco.

Entonces escuchó una voz, perfectamente clara.

—No encendáis la luz.

Las baterías arrancaron.

La base volvió a iluminarse.

No había nadie.

Pero en la pared apareció una frase escrita con polvo negro.

"Si nos miráis, nos despertaréis."

Adrián quiso informar inmediatamente.

La Tierra no respondió.

Una tormenta solar había interrumpido todas las comunicaciones.

Estaban completamente solos.

Aquella misma tarde salieron al exterior para inspeccionar los paneles solares.

Fue entonces cuando Laura levantó la vista hacia un enorme cráter situado al norte.

Miles de siluetas permanecían inmóviles en la cima.

Miles.

No se movían.

No respiraban.

Solo observaban.

Adrián giró la cámara del casco.

La pantalla mostraba el cráter completamente vacío.

Volvió a mirar directamente.

Las figuras seguían allí.

Entonces comprendieron algo aterrador.

Las cámaras no podían verlas.

Solo el ojo humano.

Regresaron corriendo.

Sellaron todas las puertas.

Durante horas nadie habló.

A medianoche sonó un golpe.

Luego otro.

Y otro más.

No provenían de las puertas.

Venían del techo.

Algo caminaba sobre la base.

Pasos lentos.

Pesados.

Durante casi dos horas.

Después...

Silencio.

Laura reunió el valor suficiente para mirar por una de las ventanas.

Lo que vio le heló la sangre.

El cristal estaba cubierto por decenas de rostros.

No tenían nariz.

No tenían boca.

Solo dos enormes ojos blancos completamente abiertos.

Todos la observaban sin parpadear.

Retrocedió gritando.

Adrián corrió hacia la ventana.

No había nada.

Solo la inmensidad gris.

—Los he visto... —susurró Laura entre lágrimas.

Adrián la abrazó.

Pero, en el reflejo del cristal, distinguió algo detrás de ellos.

Una figura altísima.

Dentro de la base.

Se giró de inmediato.

No había nadie.

Los días siguientes fueron una tortura.

Dormían apenas una hora.

Las voces eran constantes.

Los golpes bajo el suelo aumentaban.

La inteligencia artificial repetía una y otra vez:

—Nivel inferior ocupado.

Pero la base no tenía ningún nivel inferior.

Decidieron explorar los cimientos.

Retiraron una placa del suelo.

Debajo encontraron una trampilla que no aparecía en los planos.

La abrieron.

Descendieron.

Al final había una inmensa cueva.

Miles de cuerpos permanecían inmóviles.

Eran aquellos mismos seres.

Estaban sentados con los brazos cruzados, como si llevaran esperando millones de años.

Todos tenían los ojos cerrados.

Laura dio un paso atrás.

Pisó una piedra.

El ruido resonó por toda la caverna.

Uno de aquellos seres abrió los ojos.

Luego otro.

Y otro.

Hasta que todos los ojos quedaron abiertos.

Ninguno se levantó.

Solo se escuchó una voz.

—Al fin... alguien ha regresado.

Corrieron desesperadamente hacia la salida.

Entonces toda la Luna comenzó a temblar.

Las comunicaciones con la Tierra se perdieron para siempre.

Seis meses después, una misión de rescate aterrizó en el mismo lugar.

No encontró rastro de Adrián, de Laura ni de la base.

Solo había un terreno completamente liso.

Como si jamás hubiera existido nada allí.

Sin embargo, el comandante de la expedición confesó algo que nunca apareció en el informe oficial.

Mientras regresaba a la nave, sintió que alguien caminaba detrás de él.

Al girarse, no había nadie.

Pero antes de despegar volvió la vista hacia el horizonte.

Miles de figuras avanzaban lentamente.

No hacia él.

Sino hacia la Tierra.

El principio de la invasión acababa de comenzar.

TERROR EN LA PISCINA

Los días previos a los Campeonatos Mundiales de Natación estuvieron marcados por la emoción. Las ciudades se llenaron de carteles gigantes con las imágenes de los mejores nadadores del planeta. Los hoteles estaban completos, las televisiones preparaban retransmisiones especiales y millones de personas esperaban el comienzo de uno de los acontecimientos deportivos más importantes del año.

Lo que nadie sabía era que, a cientos de kilómetros de las piscinas, en unas instalaciones ocultas bajo la apariencia de un laboratorio de investigación acuática, un grupo de científicos llevaba años realizando experimentos prohibidos.

No trabajaban para ningún gobierno conocido ni para ninguna organización oficial. Sus nombres nunca aparecían en publicaciones científicas y toda la información relacionada con el proyecto era absolutamente secreta.

Su objetivo era tan extraño como aterrador: conseguir que pirañas salvajes pudieran sobrevivir en piscinas tratadas con cloro y otros productos químicos.

Las primeras pruebas fueron un desastre. Los peces morían en cuestión de minutos. Después comenzaron a modificar lentamente la composición del agua y a seleccionar únicamente los ejemplares más resistentes. Semana tras semana, mes tras mes, el experimento fue dando resultados.

Al final obtuvieron una pequeña población capaz de soportar las condiciones de cualquier piscina. A aquella especie modificada la llamaron «Serie Zeta».

Los científicos contemplaban aquellos acuarios con una mezcla de orgullo y miedo. Las pirañas parecían incluso más agresivas que sus antecesoras. Permanecían inmóviles durante largos minutos y, en cuanto detectaban una vibración, se lanzaban todas al mismo tiempo.

Una noche, uno de los investigadores preguntó:

—¿De verdad vamos a hacerlo?

El director del proyecto ni siquiera levantó la vista de los documentos.

—El mundo tiene que saber que nadie está seguro.

Llegó el día de la inauguración. El complejo acuático era espectacular. Miles de aficionados llenaban las gradas con banderas de todos los países participantes. Las cámaras recorrían lentamente al público mientras los comentaristas hablaban del estado de forma de los favoritos.

Mientras tanto, en los niveles inferiores del edificio, lejos de las cámaras, varios operarios vestidos con uniformes de mantenimiento recorrían silenciosamente las salas técnicas. Empujaban pequeños carros metálicos y nadie les prestó atención. Parecían formar parte del personal del recinto.

Cada carro transportaba depósitos herméticamente sellados. En su interior apenas se apreciaba movimiento, solo un leve golpeteo.

La ceremonia terminó entre fuegos artificiales. La primera prueba estaba a punto de comenzar.

Los nadadores salieron hacia la piscina entre aplausos ensordecedores. Las cámaras enfocaban sus rostros concentrados. En millones de hogares, las familias observaban las pantallas de televisión. Todo el planeta parecía mirar hacia aquella piscina.

En la sala de filtrado, varias compuertas comenzaron a abrirse lentamente. Los operarios vaciaron los depósitos que contenían los animales.

Las pirañas desaparecieron por los conductos, impulsadas por la corriente del agua. Nadie podía verlas. El sistema hidráulico las distribuía silenciosamente hacia las distintas piscinas del recinto.

El cronómetro inició la cuenta atrás.

Cinco...

Cuatro...

Tres...

Dos...

Uno...

La salida sonó con un pitido agudo y los nadadores se lanzaron al agua.

Durante los primeros segundos todo parecía completamente normal. Las brazadas eran potentes y el público rugía de entusiasmo.

De pronto, uno de los competidores se detuvo. Giró sobre sí mismo y miró debajo del agua. Su expresión cambió por completo. Intentó gritar, pero solo consiguió tragar agua. Comenzó a agitar brazos y piernas desesperadamente.

Varios metros más atrás, otro nadador empezó también a golpear el agua con violencia.

Los espectadores pensaban que se trataba de un calambre.

Entonces apareció una enorme mancha roja que comenzó a extenderse lentamente por el carril.

El comentarista de televisión exclamó con un hilo de voz:

—¿Qué está ocurriendo?

Las cámaras dejaron de enfocar la piscina.

Los socorristas corrían.

Los jueces gritaban.

Algunos nadadores intentaban salir del agua de cualquier manera. Otros parecían luchar contra algo invisible bajo la superficie.

El agua hervía de movimientos.

En las gradas nadie comprendía lo que estaba sucediendo.

Una mujer preguntó:

—¿Es un simulacro?

Su marido permaneció con la vista fija en la piscina y gritó:

—¡Hay algo dentro!

Entonces una piraña saltó fuera del agua.

Durante unos segundos, cientos de personas pudieron verla con absoluta claridad.

El silencio duró apenas un instante.

Después llegó el pánico.

Miles de espectadores intentaron abandonar el recinto al mismo tiempo. La gente empujaba sin mirar atrás. Solo se escuchaban gritos, niños llamando a sus padres y padres buscando desesperadamente a sus hijos. Otros permanecían completamente inmóviles, incapaces de comprender lo que estaba ocurriendo.

La policía registró toda la instalación y descubrió que el sistema hidráulico había sido manipulado para introducir los animales en las piscinas.

Se necesitaron dos años para limpiar completamente el complejo de pirañas.

Al tercer año, un nuevo Campeonato Mundial volvió a celebrarse en el mismo lugar. Todo transcurría con absoluta normalidad.

Nadie sabía que, en un rincón oculto de las tuberías, una única piraña había sobrevivido y se había reproducido.

Seguía allí.

Esperando el momento de volver a atacar.

 

DANI


 El verano había alcanzado su punto más alto. El sol caía sobre la tierra con una intensidad casi insoportable. La playa era un océano de sombrillas de colores, toallas extendidas y neveras portátiles. Los castillos de arena y las risas se mezclaban continuamente con el rumor de las olas rompiendo en la orilla.

Dani tenía siete años. Aquella mañana había llegado muy temprano con sus padres. Encontraron un hueco cerca de unas dunas, aunque después, conforme la playa se fue llenando de gente, el espacio desapareció bajo un enjambre de personas que acudían a disfrutar del mar.

Su padre ya le había advertido:

—No te alejes demasiado.

Él respondió afirmativamente, convencido de que nunca podría perderse. Pero bastó un instante. Mientras construía un pequeño canal para que el agua llegara hasta su castillo de arena, una ola más fuerte de lo habitual deshizo todo su trabajo. Corrió unos metros siguiendo el agua que retrocedía y, cuando levantó la cabeza, el paisaje había cambiado por completo.

Las sombrillas eran distintas. Las toallas también. Los rostros le resultaban completamente desconocidos.

Miró a un lado. Luego al otro.

Sus padres no estaban.

No gritó. No lloró. Simplemente sintió como si el estómago se le hubiera convertido en una piedra.

Respiró hondo.

—Seguro que están un poco más allá —pensó.

Comenzó a caminar por la arena. Cada pocos pasos esperaba reconocer la gran sombrilla azul donde habían dejado la nevera. Sin embargo, todas parecían iguales: azules, verdes, rojas, rayadas... cientos de sombrillas formando un inmenso bosque de colores.

Las voces lo envolvían. Niños jugando, adultos riendo, música saliendo de pequeños altavoces, vendedores ambulantes anunciando bebidas frías... Todo el mundo parecía tener un destino. Menos él.

Pasó junto a varias familias. Nadie lo miró. Era un niño más entre miles. Quiso preguntar a una señora que leía un libro bajo una sombrilla blanca, pero ella ni siquiera levantó la vista. Un grupo de adolescentes pasó corriendo, salpicándolo de arena. Nadie reparó en la expresión de miedo de su rostro.

Aun así, seguía sin llorar. Sabía que, si lloraba, sentiría todavía más miedo.

Continuó caminando. El calor comenzó a hacerse insoportable. La arena quemaba las plantas de sus pies, así que tuvo que acercarse a la orilla para refrescarlos.

Tragaba saliva una y otra vez, pero tenía la boca completamente seca. El agua del mar parecía invitarlo a entrar, aunque recordó perfectamente la advertencia de su madre.

—Nunca entres solo.

Se quedó observando las olas. Parecía que respiraban lentamente, como si no quisieran molestar.

Entonces escuchó un motor.

Levantó la cabeza.

Una pequeña barca de pesca avanzaba hacia la playa. No venía muy deprisa, pero el oleaje la empujaba con fuerza.

Dani permanecía justo donde rompían las olas. No sabía si avanzar o retroceder. El patrón parecía concentrado en mantener recta la embarcación. Una ola levantó la proa. La siguiente la dejó caer con estruendo al chocar contra el agua.

La barca se desvió ligeramente.

Durante unos segundos avanzó directamente hacia él.

El corazón empezó a golpearle con tanta fuerza que creyó escuchar sus propios latidos. Intentó correr, pero la arena mojada frenaba cada paso. Resbaló y cayó de rodillas. La siguiente ola le cubrió las piernas.

Cuando volvió a incorporarse, la barca estaba mucho más cerca.

Una voz gritó desde el agua.

Otra respondió desde la playa.

Varias personas comenzaron a hacer gestos al patrón.

En el último instante, la barca giró bruscamente. La hélice levantó una nube de espuma blanca y pasó a pocos metros de Dani.

El niño sintió el viento que levantó la proa al pasar.

A pesar de la cantidad de gente que había, nadie le preguntó si estaba bien.

Permaneció inmóvil durante unos segundos.

Temblaba.

No de frío.

Era un temblor de puro miedo.

Siguió caminando.

El calor parecía salir también de la arena. Su garganta ardía. Miró las botellas de agua que tenían otras familias. Vio a un niño beber largamente mientras su padre le secaba la cara con una toalla. Pensó en pedir un poco de agua, pero las palabras no le salían.

Continuó caminando.

Cada tramo de playa era igual al anterior: más sombrillas, más gente, más risas, más desconocidos.

Ni una sola cara conocida.

Empezó a preguntarse si sus padres lo estarían buscando. Tal vez corrían de un sitio a otro. Quizá ya habían avisado a la policía. O tal vez pensaban que todavía seguía jugando.

Aquella idea le produjo todavía más miedo.

—¿Y si nadie sabía que estaba perdido?

Las gaviotas cruzaban lentamente sobre su cabeza. Una de ellas descendió hasta dejar caer un trozo de pan cerca de él. Varias palomas comenzaron a pelearse por la comida.

Durante unos segundos contempló aquella escena como si perteneciera a otro mundo.

Después siguió caminando.

Las piernas empezaban a dolerle. La sed era insoportable.

Encontró una ducha junto al paseo marítimo. Esperó su turno. Cuando le tocó, dejó caer el agua fresca sobre su cabeza. Abrió la boca para beber, pero el sabor salado le hizo escupir inmediatamente.

No servía.

Volvió a sentirse completamente solo.

Miró hacia el paseo.

Cientos de personas caminaban cargadas con flotadores, helados y bolsas.

Todos parecían tener prisa.

Nadie se fijaba en un niño de siete años con la cara llena de arena.

El miedo empezó a apoderarse de él. Una sensación que le decía que quizá nunca volvería a encontrar a sus padres.

Por primera vez sintió deseos de llorar.

Apretó los labios.

No.

No pensaba llorar.

Si lloraba, no podría pensar.

Recordó algo que le dijo su padre cuando salían al monte.

—Si te pierdes, no corras sin saber adónde vas.

Miró alrededor. Intentó buscar algo conocido, pero no vio nada.

Solo una inmensa playa que parecía no terminar nunca.

Entonces oyó una sirena lejana.

Se giró rápidamente.

Era un vehículo de emergencias que circulaba por el paseo.

Su corazón dio un salto.

Corrió hacia allí, pero cuando llegó el vehículo ya había desaparecido entre la multitud.

Volvió a quedarse solo.

El viento cambió ligeramente. Las olas empezaron a crecer. La playa comenzó a vaciarse poco a poco. Algunas familias recogían las sombrillas. Otras sacudían las toallas. Los niños protestaban porque querían quedarse un poco más.

Dani observó cómo todos se marchaban acompañados de alguien.

Él seguía solo.

El sol iniciaba lentamente su descenso.

Sintió frío por primera vez en todo el día.

Las fuerzas comenzaban a abandonarlo.

Se sentó junto a una roca cercana al espigón.

A lo lejos aparecieron varias pequeñas embarcaciones que regresaban lentamente hacia el puerto.

Dani apenas les prestó atención.

Pensaba únicamente en sus padres.

No sabía si volvería a abrazarlos.

Le preocupaba dónde dormiría aquella noche.

Una lágrima estuvo a punto de caer, pero volvió a contenerla.

Entonces escuchó una voz.

—Eh, muchacho.

Dani levantó la cabeza.

Una vieja barca de pesca descargaba cajas con redes y cubos.

—Llevas mucho tiempo aquí, ¿verdad?

Dani no respondió.

El pescador dejó la caja en el suelo y se acercó.

—¿Dónde están tus padres?

—No los encuentro.

El pescador sacó una botella de agua fresca y se la ofreció.

Dani bebió con desesperación.

—Tranquilo, campeón. Ya estás con nosotros.

El otro pescador avisó al servicio de socorrismo y a la policía, que todavía seguían buscando por la playa a un niño desaparecido.

No tardaron ni cinco minutos en aparecer.

Detrás de los agentes, con el rostro desencajado, llegaron sus padres.

Su madre fue la primera en abrazarlo.

Su padre cayó de rodillas, llorando de alivio y de los nervios acumulados.

Los pescadores observaban la escena desde la cubierta.

Habían pasado toda la vida enfrentándose al mar y sabían que, a veces, el mayor peligro no estaba en las olas, sino en perderse entre una multitud donde nadie mira a quien tiene al lado.

PECES MISTERIOSOS

 El mar estaba en calma. No había grandes olas, solo un suave rumor que parecía respirar al compás del viento. El sol empezaba a descender l...