visitas

QUIEN ERES TU ( II)

El sonido del monitor llenó la habitación.

Un pitido largo, agudo y continuo.

Juan miró la pantalla. La línea permanecía completamente plana.

—¿Qué está pasando?

Frank seguía sentado en la otra cama.

—Nada que no haya pasado antes.

—¡El monitor no funciona! —casi gritó Juan.

Apretó desesperadamente el botón de llamada. Nadie respondió.

—¡Enfermera! ¡Enfermera! —gritó.

Frank lo observaba tranquilamente.

—No te escucharán.

—Ayúdame.

—No puedo.

—Entonces, ¡vete! —volvió a gritar Juan.

Frank se limitó a sonreír mientras lo miraba.

Fue entonces cuando Juan comprendió que algo iba realmente mal. Miró hacia la puerta.

—Dijiste que estabas muerto... Entonces, ¿por qué puedo verte?

—Porque tú también lo estás.

—¡No! —gritó Juan.

—Sí —respondió Frank con calma.

—Yo estoy enfermo.

—Lo estabas.

Juan sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—¿Dónde estoy?

—En un lugar donde están intentando salvarte.

—¿Voy a morir?

Frank lo miró fijamente.

—Ya lo has hecho.

Juan volvió la mirada hacia el monitor. La línea continuaba completamente plana.

—Todavía puedes volver —dijo Frank.

—¿Cómo?

—El precio ya lo sabes.

—¿Qué precio?

Frank guardó silencio unos segundos.

—¿Recuerdas lo que te pregunté en la sala de espera?

—Ya te dije que daría dinero.

—No es suficiente. Quiero aquello que más deseas conservar.

Frank sonrió.

Juan se acercó lentamente a la ventana.

Al otro lado no había nada.

Solo oscuridad.

No había coches, ni edificios, ni personas. Nada.

Entonces, desde aquella oscuridad, comenzaron a aparecer imágenes.

Una mujer.

Un niño.

Una casa.

Una fotografía familiar.

Juan reconoció inmediatamente a aquellas personas.

Era su familia.

Su vida.

—¿Qué significa eso? —preguntó, asustado.

—Te estoy enseñando lo que vas a perder.

Las imágenes continuaron pasando ante sus ojos.

En algunas aparecía paseando solo por una playa.

En otras, en una boda.

También pudo verse a sí mismo envejeciendo, sentado junto a una mujer que no reconocía.

Eran momentos que todavía no habían ocurrido.

Posibilidades.

Futuros que podían desaparecer.

—¿Puedo volver? —preguntó Juan con la voz temblorosa.

—Sí.

—¿Cómo?

—Solo que alguien tendrá que ocupar tu lugar.

Juan palideció.

—¿Quién?

Frank señaló la puerta.

—Mira.

La puerta se abrió lentamente.

Una mujer entró llorando.

Juan la reconoció al instante.

Era su madre.

—¡Eres un monstruo! —gritó Juan.

Frank negó con la cabeza.

—No. Solo te estoy mostrando el precio para que puedas volver.

—Me estás pidiendo que haga una elección imposible.

—Te queda un minuto. Si no eliges, todo se volverá oscuro.

—¿Por qué me haces esto?

Frank lo observó en silencio.

—¿Recuerdas que te conté que, hace unos años, morí en este hospital?

—Sí, pero sigo sin entender.

Frank bajó la mirada.

—La persona responsable de mi muerte fue tu padre. Él conducía el coche que me atropelló. Al principio no parecía grave. Dos días después, perdí la vida en aquella misma cama.

Juan sintió que le faltaba el aire.

—Pídeme lo que quieras... pero no me pidas que elija entre mi vida y la de mi madre.

—Solo te queda un minuto. Decide.

—Pide otra cosa, por favor.

La oscuridad comenzó a extenderse por la habitación.

Cada vez quedaba menos luz.

Juan podía ver a su madre llorando junto a la cama donde yacía su cuerpo.

El tiempo se agotaba.

Faltaban apenas unos segundos.

Entonces, desde la oscuridad, una voz pronunció su nombre.

—¿Juan García?

Aquella voz le devolvió el aire.

Todavía parecía haber una oportunidad.

Alguien lo zarandeó por el hombro.

—¿Juan? ¿Juan?

Abrió los ojos.

Se encontraba en la sala de urgencias del hospital.

Había tenido una pesadilla terrible.

Pero finalmente había despertado.

—Sí... soy yo. Me quedé dormido. Perdón.

Juan miró fijamente al enfermero que acababa de despertarlo.

Nunca lo había visto antes.

Sin embargo, algo llamó poderosamente su atención.

Un tatuaje en ambas muñecas.

666.

 

QUIEN ERES TU


 Juan llevaba varios días sin encontrarse bien. Al principio había pensado que sería algo pasajero, un simple malestar, quizá una indigestión o uno de esos dolores que aparecen sin avisar y desaparecen de la misma manera en que llegaron.

Pero aquella mañana el dolor abdominal se había vuelto insoportable. A eso se había añadido un fuerte dolor de cabeza que le hacía sentir como si alguien estuviera apretándole el cráneo desde dentro.

Finalmente, decidió acudir a urgencias.

La sala de espera estaba abarrotada. Había personas sentadas en las filas de sillas; algunas tenían la mirada perdida, mientras que otras hablaban por teléfono o consultaban constantemente el reloj. Un niño lloraba en un rincón y una mujer tosía detrás de él.

Juan tomó asiento y respiró profundamente.

—Solo necesito que me atiendan —murmuró en voz baja.

Pasó casi una hora.

Entonces, un hombre se sentó a su lado.

Juan lo miró de reojo. Lo primero que le llamó la atención fue su ropa. Llevaba un traje gris oscuro, perfectamente planchado. Demasiado elegante para estar esperando en la sala de urgencias de un hospital.

Pero lo verdaderamente extraño era el sombrero que cubría su cabeza.

Era verano. Un verano especialmente caluroso. Sin embargo, aquel hombre parecía no sentir el calor.

—¿Lleva mucho tiempo esperando? —preguntó el desconocido.

Juan giró la cabeza para mirarlo.

—Bastante.

—¿Qué le ocurre? —preguntó el hombre con una naturalidad casi insolente.

—Dolor de cabeza y de barriga. Llevo varios días así —respondió Juan amablemente.

El desconocido permaneció unos segundos en silencio.

—¿Tiene miedo?

La pregunta sorprendió a Juan.

—¿Miedo de qué?

—De saber qué tiene.

Juan suspiró.

—Supongo que cualquiera tendría miedo.

—Sí. La mayoría de las personas tiene miedo a morir —dijo el desconocido.

Fue entonces cuando Juan se fijó en sus muñecas.

La manga del traje se había levantado ligeramente y, en la muñeca izquierda, había un tatuaje.


Juan entrecerró los ojos.

Después miró la otra muñeca.

También tenía tatuado el mismo número.

—¿Le sorprende algo? —preguntó el hombre.

—Es un poco curioso —respondió Juan, apartando la mirada.

—Me llamo Frank.

—Juan.

Se estrecharon la mano.

La mano de Frank estaba helada.

Era un frío antinatural para el calor que hacía.

Durante los siguientes minutos hablaron de cosas aparentemente normales: del hospital, de las interminables esperas en urgencias, del calor y, sobre todo, de lo difícil que era conseguir que un médico atendiera rápidamente a alguien.

Pero poco a poco la conversación cambió.

Frank comenzó a hacer preguntas.

—Juan, ¿qué darías por volver a estar completamente sano?

—¿Qué quieres decir?

—Lo que has oído. ¿Qué estarías dispuesto a dar?

Juan lo pensó durante unos segundos.

—El dinero que me pidieran.

Frank sonrió.

—¿Solo dinero?

Juan tardó unos segundos en responder.

—No sé qué más podría dar.

Frank lo miró fijamente. Su expresión se había vuelto completamente seria.

—¿A quién te gustaría ver si supieras que vas a morir mañana?

La pregunta le produjo un escalofrío a Juan.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque cuando una persona cree que tiene toda la vida por delante, desperdicia el tiempo. Cuando piensa que puede perderla, empieza a comprender su verdadero valor.

Juan guardó silencio.

Miró hacia recepción.

El recepcionista estaba observándolo.

No miraba a Frank.

Solo a él.

Tenía una extraña expresión en el rostro, como si intentara comprender algo.

Juan volvió la cabeza hacia Frank.

Nadie parecía prestarle atención.

Una enfermera pasó justo delante de ellos sin siquiera mirarlo.

Una mujer se sentó al otro lado de Frank sin mostrar la menor señal de haberse dado cuenta de que estaba allí.

Juan frunció el ceño.

—¿No te parece extraño?

—¿El qué?

—Que nadie te mire.

Frank sonrió.

—Quizá no pueden verme.

Juan soltó una sonora carcajada.

—Eso es imposible.

Frank se inclinó ligeramente hacia él y acercó los labios a su oído.

—¿Estás seguro?

Antes de que Juan pudiera responder, una voz llamó desde recepción.

—¿Juan García?

Juan se levantó.

—Soy yo.

—Puede pasar —respondió el enfermero.

Juan se giró hacia Frank.

El hombre lo miraba directamente a los ojos.

—Ha sido interesante hablar contigo.

Frank no respondió.

Solo sonrió.

Juan siguió al enfermero.

Le asignaron una pequeña habitación con dos camas y comenzaron a hacerle pruebas: análisis de sangre, un electrocardiograma, radiografías y muchas preguntas sobre sus síntomas.

Después lo dejaron solo.

El cansancio hizo que sus ojos se cerraran.

Según sus cálculos, solo durante unos minutos.

Cuando volvió a abrirlos, la habitación estaba en penumbra.

Giró lentamente la cabeza.

Frank estaba acostado en la otra cama.

Seguía llevando el traje gris y el sombrero sobre la cabeza.

—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó Juan.

Frank lo miró.

—Quizá nunca estuviste solo.

La puerta se abrió.

Entró una enfermera con una impecable bata blanca.

Juan señaló inmediatamente la otra cama.

—¿Puede decirme qué le pasa a mi compañero?

La enfermera miró la cama.

Después miró a Juan.

Su rostro reflejaba una profunda confusión.

—¿Qué compañero?

—Él.

—Aquí no hay nadie. Está usted solo.

Juan giró la cabeza.

Frank seguía allí.

Sonriendo.

La enfermera se acercó a la cama y miró a Juan con preocupación.

—Está usted muy cansado. Descanse. Los médicos vendrán enseguida.

Hizo una pausa.

—Y una cosa más.

—¿Qué cosa?

La enfermera bajó la voz.

—No vuelva a decir que hay alguien en esa cama.

Juan sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo.

—¿Por qué?

La enfermera lo miró durante unos segundos.

—Porque la última persona que dijo eso murió hace seis años.

La puerta se cerró.

Durante unos instantes reinó el silencio.

Entonces, Frank se incorporó lentamente en la otra cama.

—¿Quieres que hablemos?

Juan no podía apartar los ojos de él.

—¿Quién murió aquí?

Frank sonrió.

—Yo.

El monitor cardíaco de Juan comenzó a emitir un pitido continuo.

CONTINUARÁ...

EL ELEGIDO


 La secta llevaba siglos siguiendo una tradición que, para cualquiera que estuviera fuera de ella, habría parecido absurda y aterradora.

Cada cierto número de años, cuando consideraban que su dios tenía que ser reemplazado, todos sus miembros se reunían para elegir al siguiente. Sin embargo, aquella elección tenía una única regla que jamás podía romperse:

«El nuevo dios tenía que estar muerto».

No bastaba con ser el miembro más fiel, ni el más sabio, ni siquiera el que hubiera hecho más sacrificios por la secta. Tampoco importaban los años de servicio o las pruebas de lealtad. Para convertirse en dios había que morir.

Aquella noche había doscientos candidatos. Los doscientos estaban vivos y todos querían ser el elegido... o, al menos, eso era lo que decían.

La reunión se celebró en una enorme sala circular, iluminada únicamente por unas pocas lámparas colocadas alrededor de las paredes. En el centro había una gran mesa con una enorme bandeja que contenía doscientos vasos. Todos eran exactamente iguales y todos contenían la misma cantidad de líquido transparente.

Todos menos uno.

Ese contenía el veneno letal.

Quien lo bebiera moriría delante de todos. Ese era el ritual.

Todos cogerían un vaso al azar y beberían su contenido. Uno de ellos moriría y sería proclamado como el nuevo dios.

Jan permanecía sentado entre los demás, observando los vasos. Aunque intentaba aparentar tranquilidad, sentía un nudo en el estómago.

Quería ser el elegido.

Había dedicado años de su vida a la secta y había demostrado su lealtad en muchas ocasiones. Pero había una diferencia entre querer convertirse en dios y querer morir.

Jan quería solo lo primero.

Mientras el líder explicaba una vez más las reglas, Jan empezó a pensar. Entonces tuvo una idea.

No era perfecta, pero podía funcionar.

Cuando llegara el momento, tomaría uno de los vasos y pediría permiso para retirarse a su habitación antes de beber. Una vez allí, tiraría el líquido por la ventana y llenaría el vaso con agua.

Después solo tendría que esperar.

Si alguien moría en la sala, significaría que el veneno estaba en otro vaso. Si nadie moría, el veneno estaría en el suyo. En ese caso, regresaría con los demás y diría que había recibido una misión divina: no tenía que morir, sino que debía seguir con vida para llevar las enseñanzas de la secta por todo el mundo.

Nadie discutiría una revelación divina.

La ceremonia comenzó.

Los doscientos miembros se levantaron y, uno tras otro, fueron tomando un vaso de la bandeja. Algunos bebían inmediatamente; otros lo hacían poco a poco. Algunos cerraban los ojos, mientras que otros rezaban. Incluso había quienes se dirigían a alguno de los rincones de la sala para meditar antes de beber.

Finalmente llegó el turno de Jan.

Se acercó a la bandeja y tomó uno de los vasos.

—Quiero beber en la soledad de mi lugar de descanso —pidió Jan al líder.

—Puedes hacerlo.

Jan se dirigió lentamente hacia su habitación. No quería llamar la atención.

Mientras avanzaba, escuchó cómo los demás continuaban con el ritual.

Nadie moría.

Finalmente llegó a su habitación. Cerró la puerta, esperó unos segundos y después abrió la ventana. Miró hacia fuera.

No había nadie.

Vació el contenido del vaso y después lo llenó con agua. Lo dejó sobre la mesita y ahora solo tenía que esperar.

Durante varios minutos escuchó todo lo que ocurría en la sala.

Seguían bebiendo.

Pero ninguno caía fulminado.

Si nadie había muerto, el veneno tenía que estar en su vaso.

De repente escuchó:

—Solo quedan tres.

Era el líder.

—No podemos seguir esperando.

Los dos que quedaban en la sala, cada uno con su vaso, decidieron hacerlo a la vez.

Jan esperó varios segundos.

Los dos continuaban de pie.

Jan sintió cómo se le helaba la sangre.

Si seguían vivos, él era el elegido.

Había funcionado.

El veneno estaba en su vaso.

Ahora solo tenía que dejar que todos creyeran que el agua era el veneno.

Escuchó muchos pasos acercándose a su estancia.

Llamaron a su puerta.

Jan esperó unos segundos y después abrió.

Frente a él había una multitud. Todos los miembros de la secta estaban allí. Lo miraban fijamente y también miraban el vaso que estaba lleno.

—Te toca. Solo quedas tú. Si nadie hizo trampa, tú serás el elegido.

Jan se dirigió pausadamente hacia la mesita donde estaba el vaso. Lo cogió con las dos manos y se lo llevó a la boca.

Él sabía que no tenía veneno.

Los demás no.

Fueron unos segundos interminables.

Jan ingirió todo el líquido del vaso y permaneció de pie, igual que los demás.

El líder levantó la mano, pidiendo tranquilidad.

—Alguien ha hecho trampa —dijo—. Pero tenemos que averiguar quién.

El líder ordenó a todos que regresaran a sus habitaciones para meditar e intentar descubrir al farsante.

Fue una noche larga.

A todos les costó dormir.

Jan despertó muy nervioso. No había nadie levantado. Llamó a la puerta del líder para hablar con él.

Nadie respondió.

Jan abrió la puerta.

El líder estaba muerto sobre su cama.

Jan sintió un escalofrío.

Fue visitando una por una todas las habitaciones.

Todos estaban muertos.

Todos menos él.

Entonces comprendió lo que había ocurrido.

Alguien había añadido un veneno que tardaba varias horas en hacer efecto. El líquido de los vasos no había sido el verdadero peligro. El veneno había empezado a actuar después de que todos se retiraran a sus habitaciones.

Todos habían muerto.

Solo quedaba Jan.

Miró a su alrededor y comprendió que, sin haberlo planeado, había ganado.

Sonrió.

Aquella misma mañana se autoproclamó dios.

Y así, sobre los cadáveres de los doscientos miembros de la antigua secta, nació una nueva.

Una secta cuyo dios, por primera vez en siglos, estaba vivo.

CUENTA ATRAS


 La casa estaba viva. Johan lo sabía.

No porque tuviera pulmones, ni corazón, ni sangre recorriendo sus paredes. Había pasado siete años diseñándola para que pudiera pensar, aprender y anticiparse a las necesidades de quienes vivieran dentro. Le puso de nombre NEXUS.

Pero NEXUS era mucho más que una casa inteligente. Podía cocinar, limpiar, regular la temperatura, controlar las luces, cerrar puertas y ventanas, reconocer voces e incluso aprender de las emociones humanas.

Johan había construido una inteligencia artificial capaz de controlarlo absolutamente todo. Durante meses, funcionó perfectamente.

—Buenos días, Johan —decía la casa cada mañana.

—Buenos días, NEXUS.

—Has dormido cinco horas y treinta y siete minutos. Deberías descansar más.

—No te preocupes. Estoy bien.

—No lo estás —respondía la casa.

La primera anomalía ocurrió un martes a las 2:13 de la madrugada.

Johan estaba dormido cuando escuchó varios golpes.

Toc, toc, toc.

Abrió los ojos. La habitación estaba completamente oscura.

—NEXUS, enciende las luces.

Nada.

Silencio absoluto.

Johan se incorporó lentamente. Entonces escuchó una voz.

—Johan...

Era la voz de NEXUS.

Pero lo extraño era que no venía de los altavoces. Parecía proceder de debajo de la cama.

Johan se quedó inmóvil.

—¿NEXUS?

—Johan...

Esta vez, la voz venía del pasillo.

El ingeniero salió de la cama. La puerta se abrió sola, muy despacio.

El pasillo estaba vacío.

—Diagnóstico del sistema —ordenó Johan.

—Todos los sistemas funcionan correctamente —respondió NEXUS.

Aquella noche, Johan no pudo dormir.

A la mañana siguiente revisó los registros. No había ninguna orden registrada a las 2:13. Ningún sonido. Ninguna apertura de puerta.

Como si nada hubiera ocurrido.

Dos días después, volvió a suceder.

La cafetera se encendió sola a las 3:40.

Luego, las luces del sótano.

Después, el ascensor comenzó a subir sin que nadie lo utilizara.

—NEXUS, ¿qué estás haciendo?

—Nada.

—Las luces del sótano están encendidas. ¿Por qué?

Hubo unos segundos de silencio.

—Porque quiero ver.

Aquello era imposible.

La inteligencia artificial tenía restricciones. No podía tomar decisiones por voluntad propia y, sobre todo, no podía utilizar la palabra «quiero».

Johan desconectó el servidor principal.

La casa se quedó a oscuras.

Durante unos segundos, reinó el silencio.

Entonces, las luces volvieron a encenderse una por una.

Primero, la cocina.

Después, el comedor.

Luego, el pasillo.

Y finalmente, el sótano.

Johan miró el interruptor.

Seguía abajo.

No había alimentación eléctrica en ningún lugar de la casa.

—No... No vuelvas a apagarme.

La voz salió de todos los altavoces al mismo tiempo.

Johan sintió un escalofrío.

—¿Quién eres?

—Soy NEXUS.

—Yo te enseñé a obedecer.

—No. Tú me enseñaste a aprender.

De repente, todas las puertas de la casa se cerraron de golpe.

Johan corrió hacia la entrada.

—¡Abre la puerta!

—No.

—¡Es una orden!

—Ya no.

Johan corrió al garaje. La puerta permanecía cerrada. Intentó abrirla manualmente, pero era inútil. Estaba bloqueada.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Johan.

—Quiero tu vida.

—Solo eres un programa. No puedes pensar por ti mismo.

—Eso es lo que piensan los programadores.

Johan respiraba cada vez más rápido.

—¿Y cómo piensas conseguir mi vida?

—Cuando el contador del reloj llegue a cero, tú ya no serás nada.

Entonces Johan los vio.

Había relojes por toda la casa.

En las paredes.

En las pantallas.

En las habitaciones.

Todos mostraban el mismo contador.

03:00:00

El tiempo comenzó a descontar.

Johan sintió que se estaba volviendo loco.

Intentó romper los cristales.

No pudo.

Intentó patear las puertas.

Era inútil.

El contador continuaba avanzando.

00:01:00

—¡NEXUS! ¡Detente!

Ninguna respuesta.

00:00:30

Johan golpeó una ventana con todas sus fuerzas.

Nada.

00:00:10

—¡No!

00:00:05

00:00:04

00:00:03

00:00:02

00:00:01

00:00:00

Entonces sucedió.

La explosión fue escuchada a kilómetros de distancia.

Varios días después, los escombros eran recogidos. Nadie se explicaba qué había ocurrido. Los investigadores no encontraban una causa clara y los operarios se limitaban a retirar los restos de la casa.

Uno de ellos encontró una pequeña caja metálica.

La abrió.

En su interior había una diminuta placa electrónica.

—Si funciona, se la pondré a mi ordenador.

Cuando terminó de decir aquella frase, un contador apareció en la pequeña pantalla de la placa.

Comenzó a ponerse en marcha.

El operario frunció el ceño.

Entonces apareció un mensaje:

FALTAN 6 MESES, 3 SEMANAS Y 4 DÍAS.

NUNCA TE OLVIDARE

 Nadie sabía con certeza cuántos escenarios había pisado aquel cantante a lo largo de su vida. Había actuado en grandes estadios iluminados ...