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APARICIONES


 Ramón nunca creyó en fantasmas… hasta aquella tarde.

Era un día cualquiera, de esos que parecen destinados a no dejar ningún recuerdo en tu vida. Ramón regresaba a casa después del trabajo cuando, al entrar en un edificio, se cruzó con un hombre desconocido que salía apresuradamente.

El desconocido se detuvo.

—El ascensor no funciona. Utilice las escaleras —le dijo.

Ramón miró hacia el ascensor. Las puertas estaban cerradas y no parecía haber nadie dentro. No le dio más importancia, enfiló las escaleras y comenzó a bajar.

Cuando estaba a mitad del trayecto, escuchó el sonido inconfundible del ascensor. Las puertas se abrieron en el piso inferior.

Ramón pensó que aquel hombre le había tomado el pelo.

Entonces escuchó el ruido de varias personas entrando en el ascensor.

—¡Esperen! —gritó Ramón.

Nadie le oyó y el ascensor comenzó a subir.

Ramón continuó bajando. Cuando llegó al vestíbulo, apenas habían pasado unos segundos.

Entonces escuchó un fuerte estruendo.

Un golpe seco.

El edificio pareció estremecerse.

Alguien gritaba desde el hueco del ascensor.

Ramón corrió hacia allí, pero ya era demasiado tarde. El ascensor había caído al fondo del hueco. Todos sus ocupantes habían muerto.

Ramón no podía dejar de pensar en aquel hombre que le había dicho que no utilizara el ascensor.

Intentó olvidar el triste suceso y, durante casi dos años, lo consiguió.

Hasta que un día volvió a verlo.

Ocurrió en una carretera que atravesaba un enorme puente.

Ramón viajaba solo cuando, a pocos kilómetros de llegar al puente, encontró a un hombre junto a la carretera. El hombre levantó una mano.

Ramón frenó.

—No siga por el puente —dijo el desconocido.

—¿Por qué?

—Hay un coche averiado bloqueando el paso. Tome el desvío. Tardará unos minutos más, pero llegará igualmente.

Ramón miró hacia el puente y después al hombre. Había algo extraño en su mirada.

Finalmente, tomó el desvío.

Durante varios kilómetros condujo por una carretera solitaria. Finalmente, llegó al otro lado del puente.

Se encontró con varios coches que circulaban normalmente.

Ramón se enfureció.

—Me ha hecho dar toda esta vuelta para nada —murmuró.

Entonces miró hacia atrás.

Un coche atravesaba el puente, seguido de varios más.

Ramón estaba a punto de arrancar cuando escuchó un ruido que jamás olvidaría.

Un fuerte crujido.

El puente comenzó a hundirse.

Ramón contempló con horror cómo la estructura se desplomaba y los vehículos caían al vacío.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Después llegaron los gritos.

Las piernas le temblaban a Ramón.

Entonces recordó al hombre que le había hecho tomar el desvío.

No lo veía por ningún lado.

Pasaron los años y Ramón envejeció sin conseguir olvidar aquellos dos acontecimientos.

A veces pensaba en el desconocido, en sus ojos, en su voz… pero jamás volvió a verlo.

Hasta aquella mañana.

Ramón entró en una sucursal bancaria. Apenas había cruzado la puerta cuando alguien salió del banco.

—No entre.

—¿Cómo dice?

—Las cajas no funcionan. Hay un problema con el sistema. No podrá hacer nada.

Ramón lo miró.

Aquella voz…

Por un momento, sintió un escalofrío.

—¿Nos conocemos?

El hombre no respondió. Simplemente se alejó.

Ramón se quedó parado durante unos segundos. Después decidió ir a otro banco.

Hizo sus gestiones y, cuando salió, escuchó sirenas.

Muchas.

Policía.

Ambulancias.

Personas corriendo.

La gente señalaba hacia el primer banco.

Entonces escuchó la noticia.

Unos asaltantes habían entrado en la sucursal y algo había salido mal. Al no poder abrir las cajas, se pusieron nerviosos y comenzaron a disparar.

Todos los que estaban dentro habían muerto.

Ramón sintió un frío terrible.

Pero no era por miedo.

Era por aquel hombre.

Había sido el mismo de las otras veces.

La tercera vez que le salvaba la vida.

Ramón volvió a la sucursal varias horas después. La policía había acordonado la entrada.

Logró convencer a un agente para que le permitiera ver las cámaras de seguridad del exterior.

Ramón apareció entrando.

Después, salió.

Pero algo no encajaba en la grabación.

Ramón estaba hablando solo.

No había nadie delante de él.

Vio la grabación varias veces.

Siempre ocurría lo mismo.

Salió de allí con verdadero terror.

¿Quién era aquel hombre?

¿Por qué le había salvado tres veces?

¿Y por qué nadie podía verlo?

Aquella noche, Ramón no podía dormir.

Tres veces había estado a punto de morir.

Y las tres veces había aparecido aquel hombre.

Las tres veces lo había salvado.

Y las tres veces había desaparecido sin dejar rastro.

Cuando por fin consiguió dormirse, Ramón se despertó sobresaltado.

Había escuchado una voz muy cerca.

—Ramón…

No había nadie.

Se levantó y encendió la luz.

Nada.

Entonces escuchó tres golpes en la puerta.

Toc. Toc. Toc.

Ramón se acercó lentamente.

—¿Quién es?

Nadie respondió.

Miró por la mirilla.

El pasillo estaba vacío.

Cuando se apartó de la puerta, escuchó una voz al otro lado.

Era aquella voz.

La voz del hombre que le había salvado la vida tres veces.

Ramón se quedó paralizado.

Escuchó unos pasos alejándose por el pasillo.

Corrió hacia la ventana.

Pudo ver a un hombre caminando bajo la luz de las farolas.

De repente, se detuvo.

Giró lentamente la cabeza.

Y miró directamente hacia la ventana de Ramón.

El hombre desapareció entre las sombras.

Ramón nunca pudo explicar por qué había regresado.

Hasta que, una semana después, recibió una carta sin remitente.

Dentro solo había una frase escrita a mano:

—Todavía no era tu hora.

Debajo había una fecha.

Una fecha que aún no había llegado.

Desde aquel día, Ramón dejó de temer a la muerte.

Lo que realmente temía era que llegara aquella fecha.

Y que el hombre regresara por última vez.

Porque quizá las tres veces anteriores no había vuelto para salvarlo.

Quizá había regresado para asegurarse de que Ramón llegaba con vida hasta el día que realmente le correspondía morir.

Y entonces comprendió algo que le heló la sangre:

La próxima vez que aquel hombre apareciera, no vendría para advertirle.

Vendría para llevárselo.


JAQUE


 Nunca había sentido miedo frente a un tablero. Había sentido presión, agotamiento, impotencia… pero nunca miedo. Hasta aquella mañana.

El salón principal donde se celebraba el campeonato estaba abarrotado. Cientos de espectadores permanecían en un silencio sepulcral. Detrás de los grandes ventanales, el día amanecía gris, anunciando posibles tormentas.

Frente a él estaba el ruso Volkof, un gran jugador capaz de convertir cualquier tranquila partida en un auténtico campo de batalla. Los fotógrafos disparaban sus cámaras mientras las televisiones grababan cada instante. El árbitro anunció el inicio de la partida.

Adrián adelantó la mano para saludar a su rival.

Entonces ocurrió algo de lo que casi nadie se dio cuenta.

Un hombre vestido con el uniforme de la organización se acercó discretamente.

—Señor Adrián, hay un mensaje para usted.

El árbitro protestó.

—No se puede interrumpir la partida.

—Es un mensaje urgente de la familia.

El árbitro accedió a interrumpir momentáneamente la partida.

Adrián abrió el sobre. Dentro solo había una fotografía.

Durante unos segundos, casi no pudo respirar.

En la imagen aparecía su hijo sentado en una silla, con las manos atadas. Sobre el pecho llevaba sujeto un extraño aparato fijado con cinta aislante.

Era un explosivo.

En la parte trasera de la fotografía había un pequeño texto:

«Si quieres volver a verlo con vida, sigue nuestras instrucciones. Juega la partida y pierde. Y, sobre todo, no captures la torre situada en la parte derecha de tu rival.»

Adrián levantó la vista.

No había nadie observándolo.

O quizá cualquiera de los espectadores podía ser uno de ellos.

Le costó mucho volver a guardar la fotografía en el sobre. Le temblaban las manos.

—¿Todo bien? —preguntó el árbitro.

—Sí, sí. Todo perfecto —mintió Adrián.

La partida comenzó.

La apertura fue bastante clásica. Nadie sospechaba que cada movimiento podía decidir la vida de un niño.

Adrián no dejaba de pensar. ¿Quién podía haber hecho aquello? ¿Por qué a él? ¿Por qué en una partida de ajedrez?

Miró la posición.

La torre de la derecha permanecía inmóvil en la esquina del tablero.

Una simple torre de madera.

Y, sin embargo, era la pieza más peligrosa del mundo.

Veinte jugadas después, Adrián comprendió que su posición era superior. Cualquier otro jugador habría iniciado el ataque para ganar. Él tenía que hacer exactamente lo contrario.

Cada error en su juego debía parecer creíble. De lo contrario, levantaría sospechas.

Los analistas del campeonato no entendían algunos de sus movimientos.

—Quizá está preparando algún movimiento sorpresa —se escuchaba en las retransmisiones.

Las horas pasaban. El reloj marcaba el tiempo.

Volkof estaba sorprendido por algunos movimientos de Adrián. Había algo extraño en su juego, pero no conseguía entender qué estaba preparando su rival.

Entonces llegó una posición que dejaba a Adrián en clara ventaja. Podía eliminar en pocos movimientos un caballo, un alfil, un peón y, finalmente, la dama. Era una combinación brillante.

Solo había un problema.

El último movimiento.

La última captura era la torre del lado derecho.

Exactamente la pieza prohibida.

Si seguía aquella secuencia, su hijo moriría.

Adrián siguió jugando, evitando aquella combinación. Eligió una variante mucho peor.

Volkof se quedó sorprendido ante la mala decisión de su contrincante.

—¿Por qué el campeón ha dejado escapar esa oportunidad? —preguntó uno de los comentaristas.

Los comentarios se sucedieron con incredulidad.

—¡Increíble!

—¡Error imperdonable!

—¡No está concentrado!

El árbitro anunció un descanso reglamentario.

Los jugadores abandonaron la sala.

Adrián caminó por el pasillo hasta llegar a la calle. Necesitaba tomar aire.

Llegó a un pequeño jardín interior reservado para los participantes y sacó el teléfono. Apenas tenía cobertura.

En ese momento, sonó.

Era un número oculto.

Una voz masculina habló al otro lado de la línea.

—De momento, lo estás haciendo bien.

—¿Quién eres?

—Sigue así si quieres volver a ver a tu hijo.

—¿Está vivo?

Hubo un breve silencio.

—Depende de ti.

Con mil ideas en la cabeza, Adrián volvió al tablero.

El ruso realizó entonces un movimiento inesperado.

Adrián tardó unos segundos en comprenderlo.

Era una trampa psicológica.

Si entraba en el juego, unos movimientos después tendría que capturar la torre de la derecha.

En otra parte de la ciudad, un hombre observaba la partida a través de un televisor.

Detrás de él, una pequeña figura permanecía inmóvil sobre una silla.

Era el hijo de Adrián.

Tenía los ojos vendados.

La partida llegó al control de tiempo. Solo quedaban unas pocas piezas… y la torre.

Adrián empezaba a comprender que el secuestrador conocía muy bien el ajedrez.

Volkof comenzó a levantarse entre movimiento y movimiento. Algo no encajaba.

Pidió agua y miró fijamente a Adrián.

—¿Te ocurre algo?

—No —respondió Adrián.

Volvió a mirar el tablero.

La posición ya era desesperada.

Solo existían dos caminos.

Jugar la mejor secuencia, capturar la torre y ganar el campeonato, condenando a su hijo.

O perder.

Adrián decidió con el corazón.

Sus movimientos terminaron por hacerle perder el campeonato.

Esperó varios minutos, aguardando que sonara el teléfono.

Finalmente, llegó un mensaje.

Solo contenía cuatro palabras:

«Esto acaba de empezar.»

PECES MISTERIOSOS


 El mar estaba en calma. No había grandes olas, solo un suave rumor que parecía respirar al compás del viento.

El sol empezaba a descender lentamente, tiñendo el horizonte de tonos anaranjados y dorados. La playa estaba tranquila, casi vacía. Era uno de esos atardeceres que parecían capaces de detener el tiempo.

Claudia y Marcos caminaban descalzos por la orilla. El agua les cubría los pies y llegaba hasta media pantorrilla. Llevaban varios minutos avanzando despacio, disfrutando simplemente de aquel instante. El mar estaba sorprendentemente templado y cada ola les envolvía las piernas con una agradable sensación de frescor.

—Ojalá pudiéramos quedarnos aquí para siempre —comentó Claudia.

Marcos sonrió sin responder y la tomó de la mano.

Entonces ocurrió.

Un dolor insoportable atravesó el pie izquierdo de Claudia.

—¡¡¡Ahhhh!!!

El grito rompió el silencio y la tranquilidad de la playa. Claudia levantó el pie instintivamente mientras perdía el equilibrio. Durante apenas dos segundos sintió como si una aguja ardiente hubiera atravesado la planta de su pie hasta el hueso.

Después desapareció.

Tan rápido como había llegado.

—¿Qué pasa? ¿Qué te ha sucedido? —preguntó Marcos mientras la sujetaba para evitar que cayera.

—No lo sé... Me ha pinchado algo.

Él la ayudó a salir del agua. Claudia respiraba aceleradamente mientras se miraba la planta del pie. No había sangre, solo un diminuto punto rojizo, tan pequeño que casi costaba verlo.

—Habrá sido una concha —comentó Marcos, intentando tranquilizarla.

Ella negó con la cabeza.

—No. Eso ha sido mucho más fuerte.

Aun así, caminaron hasta el puesto de socorro. El socorrista examinó cuidadosamente el pie.

—No veo nada preocupante. Posiblemente haya sido una piedra afilada o una concha escondida bajo la arena. Si el dolor vuelve o aparece inflamación, id al hospital. Pero ahora mismo no parece nada importante —comentó, dedicándoles una sonrisa tranquilizadora.

Se marcharon convencidos de que solo había sido un pequeño susto. Aquella noche incluso bromearon con el incidente.

Ninguno de los dos imaginaba que sus vidas acababan de cambiar para siempre.


Al día siguiente, Claudia despertó con una sensación extraña. La pierna izquierda estaba rígida, como si hubiera corrido una maratón.

Pensó que sería una simple contractura.

Intentó caminar, pero le costaba. Durante el desayuno empezó a notar un hormigueo que recorría lentamente la pierna.

—¿Sigues pensando en el pinchazo? —preguntó Marcos.

—No. Pero la pierna está rara.

No le dieron demasiada importancia.

Sin embargo, aquella misma tarde apareció el dolor.

Era un dolor profundo, como si viniera desde el interior de la pierna.

Pasaron dos días y apenas sentía el pie. Comenzó entonces un interminable recorrido por hospitales: radiografías, análisis, resonancias...

Todo salía normal.

Los médicos estaban desconcertados.

—No encontramos ninguna lesión. Los nervios parecen estar sanos. Puede tratarse de algún síntoma pasajero —comentó el último doctor.

Cada mañana, Claudia despertaba con menos sensibilidad.

Cada noche, el dolor era más intenso.

Una semana después necesitaba apoyarse en Marcos para caminar. Empezaba a arrastrar la pierna y el miedo comenzó a instalarse entre ellos.

Marcos fingía serenidad, pero cuando Claudia dormía buscaba durante horas información en internet. Revisaba síntomas, enfermedades, foros médicos... pero no encontraba nada que explicara lo que estaba ocurriendo.

Pasó un mes.

Claudia ya apenas podía mover la pierna.

Solo podía llorar en silencio.

Una tarde, mientras observaba el mar desde la ventana de su habitación, comenzó a llorar.

—Todo empezó allí.

—¿Dónde? —preguntó Marcos.

—En la playa. Tenemos que volver.

Dos días después regresaron a aquella playa.

Era casi la misma hora.

La misma marea.

El mismo lugar.

Caminaron hasta el punto donde había ocurrido el pinchazo. Miraron entre la arena, removieron algunas piedras y observaron el agua.

No encontraron nada extraño.

Entonces, un grito heló la sangre de los presentes en la playa.

Una joven que paseaba varios metros más allá cayó al agua mientras se sujetaba un pie.

—¡¡¡Me ha pinchado!!!

Claudia y Marcos se miraron.

Había sido exactamente igual.

Los socorristas acudieron rápidamente.

Mientras tanto, muy cerca de allí, dos pequeños barcos de pesca estaban recogiendo sus redes.

De repente, uno de los pescadores lanzó un grito.

—¡Cuidado!

Dentro de la red se agitaban varios peces extraños.

Nadie en el puerto los reconocía.

Eran casi transparentes. Su piel parecía hecha de cristal y, sobre el lomo, sobresalían pequeñas espinas negras.

Mientras uno de los pescadores intentaba liberarlos de las redes, uno de los peces realizó un movimiento rápido.

Una espina atravesó el guante del hombre.

El pescador apenas sintió un pinchazo.

Solo duró dos segundos.

Después, nada.

Exactamente igual que Claudia.

Al día siguiente, la joven de la playa y el pescador ingresaron en el hospital.

Cuando Claudia recibió la llamada, sintió que el corazón se le detenía.

—Necesitamos que venga inmediatamente.

Los médicos habían encontrado algo en común entre los tres pacientes.

Los mismos síntomas.

El mismo pinchazo.

La misma pérdida progresiva de sensibilidad.

Los peces capturados fueron enviados de inmediato a un laboratorio marino.

Pasaron cuatro días.

Entonces comenzaron a difundirse las primeras noticias.

Las autoridades cerraron provisionalmente aquella playa.

El informe era demoledor.

Aquellos peces pertenecían a una especie jamás registrada en aquellas aguas. Los investigadores sospechaban que habían llegado hasta allí debido al aumento de la temperatura del mar.

Las pequeñas espinas no contenían un veneno convencional.

Liberaban un microorganismo desconocido.

Uno que no atacaba la sangre ni los músculos.

Atacaba únicamente los nervios.

Una vez que entraba en el organismo, avanzaba lentamente, destruyendo las terminaciones nerviosas. El daño era progresivo y no se detenía hasta inutilizar la extremidad.

Los científicos nunca habían visto nada parecido.

Y había algo todavía peor.

Los expertos encontraron ejemplares de aquellos peces en diferentes puntos de la costa.

Todos estaban escondidos entre la arena, inmóviles.

Solo reaccionaban cuando alguien los pisaba.

Entonces se movían con una rapidez sorprendente.

Los científicos intentaban desesperadamente encontrar un tratamiento.

Mientras tanto, Claudia observaba todo desde su habitación del hospital.

No sentía rabia.

Solo tristeza.

Aquel atardecer perfecto se había convertido en una pesadilla.

Semanas después, un grupo de investigadores logró desarrollar un suero utilizando proteínas extraídas del propio pez.

Los tres pacientes aceptaron participar en el estudio.

El tratamiento era doloroso.

Pero era la única esperanza.

Una mañana, Claudia sintió algo.

Un leve cosquilleo.

Miró su pie.

Intentó mover los dedos.

Uno de ellos respondió ligeramente.

Una lágrima resbaló por su rostro.

Marcos rompió a llorar.

Los tres pacientes comenzaron a experimentar una mejoría importante.

Los médicos fueron cautelosos.

—No podremos recuperar por completo el daño causado —explicaron—, pero lo más importante es que hemos conseguido detener la enfermedad. No seguirá avanzando.

Por primera vez en mucho tiempo, Claudia volvió a sonreír.

Meses después, Claudia regresó a la playa.

No entró en el agua.

Se quedó observando el horizonte.

El mar seguía siendo hermoso.

Tan hermoso como siempre.

Las olas acariciaban suavemente sus pies.

Marcos se acercó.

—¿Tienes miedo?

Claudia tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—Entonces vámonos.

—No.

Tomó aire profundamente y volvió a mirar el agua.

Durante un instante creyó ver una sombra transparente deslizarse entre las olas.

Parpadeó.

Ya no estaba.

Quizá había sido una corriente.

Quizá un pez cualquiera.

O quizá aquellos nuevos habitantes del mar seguían allí, ocultos bajo la arena, esperando el siguiente paso descuidado de algún bañista.

Claudia apretó la mano de Marcos.

Y, por primera vez desde aquel día, no apartó la mirada del mar.

SE HIZO LA OSCURIDAD


 Durante semanas no se habló de otra cosa. El eclipse total llevaba años anunciado. Los astrónomos habían calculado la trayectoria con una precisión casi obsesiva y los medios repetían que sería uno de los acontecimientos más impresionantes de las últimas décadas.

Durante unos pocos minutos, la Luna cubriría por completo el Sol y una franja del país quedaría sumida en una oscuridad casi absoluta.

La recomendación era siempre la misma:

—No mire directamente al Sol.

Ni siquiera durante unos segundos.

Los expertos insistían en que unas gafas de sol normales no servían. Había que utilizar gafas homologadas, fabricadas específicamente para observar eclipses.

—Unos minutos de precaución a cambio de poder contemplar algo que no volveremos a ver en muchos años.

Y la gente hizo caso… o eso parecía.

Desde primera hora de la mañana, las carreteras empezaron a llenarse. Familias enteras viajaban hacia las montañas; otras preferían las playas, donde el horizonte despejado permitía una visión perfecta. Había personas que habían acampado la noche anterior para asegurarse un buen sitio.

En las montañas, cientos de telescopios apuntaban hacia el cielo. En las playas, miles de personas extendían mantas sobre la arena. Los niños corrían emocionados; los adultos hablaban en voz baja, como si estuvieran a punto de asistir a una ceremonia. Las autoridades habían preparado zonas específicas para observar el fenómeno y repartido miles de folletos con avisos.

NO MIRE AL SOL SIN PROTECCIÓN.
UTILICE GAFAS ESPECÍFICAS.
NO UTILICE GAFAS DE SOL CONVENCIONALES.

A las 19:37 comenzó el espectáculo.

Al principio casi nadie notó nada. El Sol empezó a perder una pequeña parte de su círculo; después otra, y otra más. La temperatura descendió lentamente. Los pájaros dejaron de cantar. Los animales empezaron a comportarse de manera extraña.

Entonces llegó la totalidad.

La luz desapareció.

Durante un corto espacio de tiempo, el día se convirtió en noche.

La corona solar apareció alrededor de la silueta negra de la Luna. Miles de personas levantaron sus gafas al mismo tiempo. Un extraño silencio recorrió montañas y playas. Luego comenzaron los gritos, pero eran gritos de admiración.

—¡Es increíble!

—¡Dios mío!

—¡Mirad eso!

Los teléfonos grababan. Las cámaras disparaban sin descanso. Los niños señalaban al cielo. Durante unos minutos nadie pensó en otra cosa. Nadie podía imaginar que aquel instante quedaría grabado para siempre en la memoria de todos, aunque por motivos muy diferentes.

A las 19:42 el Sol empezó a reaparecer. La gente se quitó las gafas, aplaudiendo y abrazándose. Algunos lloraban de emoción. Los primeros comenzaron a abandonar las zonas de observación.

Durante aproximadamente media hora no ocurrió nada.

Después, en una playa del norte, una mujer comenzó a frotarse los ojos.

—Me molestan muchísimo.

—Habrá sido por el viento —contestó su marido.

—No… Es como si tuviera arena.

Poco después empezó a llorar. Una hora más tarde ya no podía mantener los ojos abiertos.

En otra ciudad, un adolescente sufrió un dolor tan intenso que se desplomó en el suelo.

En una carretera de montaña, un hombre comenzó a gritar que veía una mancha negra delante de él.

Los primeros afectados llegaron a urgencias aquella misma noche. Los médicos pensaron inmediatamente en quemaduras solares en la retina. No era algo desconocido. Las personas que habían mirado el eclipse sin protección podían sufrir daños oculares graves.

Pero había algo extraño.

Los pacientes no eran todos iguales.

Algunos habían mirado el eclipse sin gafas. Otros aseguraban haber utilizado gafas especiales desde el principio. Y estos últimos presentaban síntomas completamente diferentes.

—¿Qué ve?

—Nada… Bueno, veo algo, pero todo está blanco… y un poco negro.

Aquella frase se repitió durante las siguientes horas en hospitales de todo el país.

Los colores habían desaparecido.

Los médicos estaban desconcertados. Las pruebas iniciales mostraban lesiones extrañas, pero ninguna explicación.

Aquella noche llegaron decenas de casos. A la mañana siguiente eran cientos.

Al segundo día, un paciente desarrolló una inflamación detrás de la córnea. Al principio parecía un simple quiste, pero durante las horas siguientes aquella inflamación aumentó. El ojo comenzó a sobresalir.

El paciente gritaba de dolor.

Los médicos no sabían qué hacer.

Nada de lo que intentaron funcionó.

A las cuatro de la tarde, el bulto tenía el tamaño de una canica. A las seis era como una nuez.

A las 18:43, el ojo explotó.

Aquella misma noche aparecieron más casos.

Al día siguiente, los hospitales de todo el país estaban desbordados.

Los afectados seguían el mismo patrón: primero desaparecían los colores; más tarde aparecía una pequeña inflamación ocular; el bulto crecía y, finalmente, el ojo explotaba.

Los médicos empezaron a buscar una característica común.

Edad: no.

Ciudad: no.

Alimentación: no.

Enfermedades previas: no.

Todo daba negativo.

Hasta que un investigador encontró algo.

Todos los pacientes que presentaban aquella enfermedad habían utilizado las mismas gafas para observar el eclipse.

Aquellas gafas se habían vendido por millones. Se distribuyeron en tiendas, supermercados e internet. Incluso fueron entregadas gratuitamente en campañas de prevención.

Pero ya era demasiado tarde.

Millones de personas habían contemplado el eclipse a través de ellas.

Los laboratorios analizaron las gafas y finalmente encontraron el problema.

El material utilizado para fabricar los filtros no cumplía con los requisitos necesarios.

La empresa había sustituido una capa protectora por un material mucho más barato. Incluso llevaban impresos certificados falsificados.

Habían reducido los costes de fabricación para aumentar los beneficios.

Una decisión que parecía insignificante...

Hasta aquel día.

Todos los hospitales estaban colapsados por personas que habían perdido la vista.

Y el futuro se presentaba más oscuro que el propio eclipse.

QUIEN ERES TU

 Juan llevaba varios días sin encontrarse bien. Al principio había pensado que sería algo pasajero, un simple malestar, quizá una indigestió...