Juan llevaba varios días sin encontrarse bien. Al principio había pensado que sería algo pasajero, un simple malestar, quizá una indigestión o uno de esos dolores que aparecen sin avisar y desaparecen de la misma manera en que llegaron.
Pero aquella mañana el dolor abdominal se había vuelto insoportable. A eso se había añadido un fuerte dolor de cabeza que le hacía sentir como si alguien estuviera apretándole el cráneo desde dentro.
Finalmente, decidió acudir a urgencias.
La sala de espera estaba abarrotada. Había personas sentadas en las filas de sillas; algunas tenían la mirada perdida, mientras que otras hablaban por teléfono o consultaban constantemente el reloj. Un niño lloraba en un rincón y una mujer tosía detrás de él.
Juan tomó asiento y respiró profundamente.
—Solo necesito que me atiendan —murmuró en voz baja.
Pasó casi una hora.
Entonces, un hombre se sentó a su lado.
Juan lo miró de reojo. Lo primero que le llamó la atención fue su ropa. Llevaba un traje gris oscuro, perfectamente planchado. Demasiado elegante para estar esperando en la sala de urgencias de un hospital.
Pero lo verdaderamente extraño era el sombrero que cubría su cabeza.
Era verano. Un verano especialmente caluroso. Sin embargo, aquel hombre parecía no sentir el calor.
—¿Lleva mucho tiempo esperando? —preguntó el desconocido.
Juan giró la cabeza para mirarlo.
—Bastante.
—¿Qué le ocurre? —preguntó el hombre con una naturalidad casi insolente.
—Dolor de cabeza y de barriga. Llevo varios días así —respondió Juan amablemente.
El desconocido permaneció unos segundos en silencio.
—¿Tiene miedo?
La pregunta sorprendió a Juan.
—¿Miedo de qué?
—De saber qué tiene.
Juan suspiró.
—Supongo que cualquiera tendría miedo.
—Sí. La mayoría de las personas tiene miedo a morir —dijo el desconocido.
Fue entonces cuando Juan se fijó en sus muñecas.
La manga del traje se había levantado ligeramente y, en la muñeca izquierda, había un tatuaje.
Juan entrecerró los ojos.
Después miró la otra muñeca.
También tenía tatuado el mismo número.
—¿Le sorprende algo? —preguntó el hombre.
—Es un poco curioso —respondió Juan, apartando la mirada.
—Me llamo Frank.
—Juan.
Se estrecharon la mano.
La mano de Frank estaba helada.
Era un frío antinatural para el calor que hacía.
Durante los siguientes minutos hablaron de cosas aparentemente normales: del hospital, de las interminables esperas en urgencias, del calor y, sobre todo, de lo difícil que era conseguir que un médico atendiera rápidamente a alguien.
Pero poco a poco la conversación cambió.
Frank comenzó a hacer preguntas.
—Juan, ¿qué darías por volver a estar completamente sano?
—¿Qué quieres decir?
—Lo que has oído. ¿Qué estarías dispuesto a dar?
Juan lo pensó durante unos segundos.
—El dinero que me pidieran.
Frank sonrió.
—¿Solo dinero?
Juan tardó unos segundos en responder.
—No sé qué más podría dar.
Frank lo miró fijamente. Su expresión se había vuelto completamente seria.
—¿A quién te gustaría ver si supieras que vas a morir mañana?
La pregunta le produjo un escalofrío a Juan.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque cuando una persona cree que tiene toda la vida por delante, desperdicia el tiempo. Cuando piensa que puede perderla, empieza a comprender su verdadero valor.
Juan guardó silencio.
Miró hacia recepción.
El recepcionista estaba observándolo.
No miraba a Frank.
Solo a él.
Tenía una extraña expresión en el rostro, como si intentara comprender algo.
Juan volvió la cabeza hacia Frank.
Nadie parecía prestarle atención.
Una enfermera pasó justo delante de ellos sin siquiera mirarlo.
Una mujer se sentó al otro lado de Frank sin mostrar la menor señal de haberse dado cuenta de que estaba allí.
Juan frunció el ceño.
—¿No te parece extraño?
—¿El qué?
—Que nadie te mire.
Frank sonrió.
—Quizá no pueden verme.
Juan soltó una sonora carcajada.
—Eso es imposible.
Frank se inclinó ligeramente hacia él y acercó los labios a su oído.
—¿Estás seguro?
Antes de que Juan pudiera responder, una voz llamó desde recepción.
—¿Juan García?
Juan se levantó.
—Soy yo.
—Puede pasar —respondió el enfermero.
Juan se giró hacia Frank.
El hombre lo miraba directamente a los ojos.
—Ha sido interesante hablar contigo.
Frank no respondió.
Solo sonrió.
Juan siguió al enfermero.
Le asignaron una pequeña habitación con dos camas y comenzaron a hacerle pruebas: análisis de sangre, un electrocardiograma, radiografías y muchas preguntas sobre sus síntomas.
Después lo dejaron solo.
El cansancio hizo que sus ojos se cerraran.
Según sus cálculos, solo durante unos minutos.
Cuando volvió a abrirlos, la habitación estaba en penumbra.
Giró lentamente la cabeza.
Frank estaba acostado en la otra cama.
Seguía llevando el traje gris y el sombrero sobre la cabeza.
—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó Juan.
Frank lo miró.
—Quizá nunca estuviste solo.
La puerta se abrió.
Entró una enfermera con una impecable bata blanca.
Juan señaló inmediatamente la otra cama.
—¿Puede decirme qué le pasa a mi compañero?
La enfermera miró la cama.
Después miró a Juan.
Su rostro reflejaba una profunda confusión.
—¿Qué compañero?
—Él.
—Aquí no hay nadie. Está usted solo.
Juan giró la cabeza.
Frank seguía allí.
Sonriendo.
La enfermera se acercó a la cama y miró a Juan con preocupación.
—Está usted muy cansado. Descanse. Los médicos vendrán enseguida.
Hizo una pausa.
—Y una cosa más.
—¿Qué cosa?
La enfermera bajó la voz.
—No vuelva a decir que hay alguien en esa cama.
Juan sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo.
—¿Por qué?
La enfermera lo miró durante unos segundos.
—Porque la última persona que dijo eso murió hace seis años.
La puerta se cerró.
Durante unos instantes reinó el silencio.
Entonces, Frank se incorporó lentamente en la otra cama.
—¿Quieres que hablemos?
Juan no podía apartar los ojos de él.
—¿Quién murió aquí?
Frank sonrió.
—Yo.
El monitor cardíaco de Juan comenzó a emitir un pitido continuo.
CONTINUARÁ...

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