Nadie sabía con exactitud cuándo se había construido aquella casa. Los vecinos más ancianos aseguraban que ya estaba allí antes de que se trazaran las primeras calles del pueblo. Otros decían que llevaba décadas vacía y que nadie se atrevía siquiera a acercarse a sus ventanas.
Se encontraba al final de un camino cubierto de maleza, justo detrás de un bosque de pinos. Era una construcción enorme, hecha de piedra oscura, con ventanas estrechas y un tejado inclinado que amenazaba con derrumbarse. Sin embargo, lo más extraño de aquella casa no era su aspecto, sino lo que ocurría a su alrededor.
Las parejas desaparecían.
No todas, solo algunas.
Al principio, comenzaron a desaparecer parejas jóvenes que se adentraban en el bosque durante la noche. Después, le tocó el turno a parejas adultas que habían escuchado las historias sobre la casa y que, por alguna razón inexplicable, sentían la necesidad de visitarla.
La policía nunca encontró pruebas concluyentes. Lo más inquietante era que algunas parejas regresaban.
Volvían horas después, caminando juntas, aparentemente normales. Decían no recordar nada de lo sucedido. Sin embargo, sus familiares aseguraban que algo había cambiado en ellas. Sus miradas eran distintas, sus voces sonaban ligeramente diferentes y, sobre todo, nunca volvían a comportarse como antes.
Era como si alguien hubiera ocupado su lugar.
Ricardo tenía dieciocho años y vivía con su madre a las afueras del pueblo. Era autista y tenía una forma muy particular de percibir el mundo. Los sonidos fuertes podían resultarle insoportables, necesitaba rutinas para sentirse tranquilo y prestaba atención a detalles que la mayoría de las personas ni siquiera percibían.
Por eso fue el primero en notar que algo extraño estaba ocurriendo.
Una noche, mientras caminaba por la calle, escuchó un sonido que los demás parecían ignorar. Era una especie de zumbido muy bajo, casi imperceptible, pero constante. Procedía del bosque.
No sabía por qué, pero sintió que debía seguirlo.
Caminó entre los árboles hasta llegar al sendero que conducía a la casa abandonada. Entonces, lo vio.
Una de las ventanas estaba iluminada.
Ricardo sabía que aquello era imposible. La casa llevaba décadas sin electricidad y nadie vivía allí desde hacía muchísimo tiempo.
Sacó el teléfono y miró la hora.
Eran las 23:47.
El zumbido aumentó de intensidad. Ricardo se quedó inmóvil, tratando de identificar su origen. Entonces escuchó algo más.
Una voz.
—Ricardo...
Retrocedió de inmediato. No entró en la casa. Dio media vuelta y regresó a su hogar, intentando convencerse de que todo había sido producto de su imaginación.
Pero no pudo olvidarlo.
Desde aquella noche, comenzó a investigar.
Descubrió que las desapariciones ocurrían aproximadamente cada nueve años. Siempre se trataba de parejas, siempre sucedían durante la noche y, en todos los casos conocidos, había algo en común: las víctimas habían visitado la casa.
Revisando periódicos antiguos, encontró una noticia de hacía casi cincuenta años. Dos parejas habían entrado en la vivienda una noche de otoño. Solo una persona había salido.
Una mujer llamada Elena.
En su declaración, Elena había afirmado que, dentro de la casa, había visto algo imposible:
«Personas saliendo de las paredes».
Ricardo leyó aquella frase una y otra vez.
Personas saliendo de las paredes.
No podía dejar de pensar en ella.
Una semana después, desapareció otra pareja.
Eran dos adultos jóvenes llamados Marcos y Laura. Algunos vecinos los habían visto entrar en la casa a las 00:13.
Cuatro horas más tarde, ambos salieron caminando por la carretera.
La policía los encontró juntos, desorientados y sin recordar cómo habían llegado hasta allí.
Ricardo también los vio.
Y supo inmediatamente que algo iba mal.
Marcos sonreía mientras respondía a las preguntas de los agentes. Era una sonrisa demasiado perfecta, inmóvil, como si alguien hubiera aprendido a imitar una expresión humana sin comprender su significado.
Laura, por su parte, permanecía completamente quieta. Ni siquiera parecía parpadear.
Entonces ocurrió algo que hizo que la sangre de Ricardo se helara.
Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo y lo miraron directamente.
Sus ojos se clavaron en él durante varios segundos.
Nadie dijo nada.
Y Ricardo volvió a escuchar aquel zumbido.
Pero esta vez comprendió algo aterrador.
El sonido no estaba en sus oídos.
Estaba dentro de él.
Aquella misma noche, Ricardo decidió regresar a la casa.
No sabía exactamente qué esperaba encontrar, pero necesitaba respuestas.
La puerta se abrió sin oponer resistencia.
El interior olía a humedad y madera podrida. Había muebles cubiertos con sábanas, cuadros torcidos y un largo pasillo que parecía no terminar nunca.
Ricardo avanzó lentamente.
No había electricidad y, sin embargo, las habitaciones estaban iluminadas por una extraña luz grisácea. No parecía proceder de ninguna lámpara ni de ninguna ventana. Simplemente, estaba allí, suspendida en el aire.
Al llegar al salón, sintió una vibración bajo sus pies.
Las paredes comenzaron a temblar.
Ricardo sintió miedo, pero permaneció inmóvil, observando cómo la superficie de la pared se deformaba lentamente.
Entonces apareció una figura.
Primero fue una sombra. Después, una mano. Finalmente, un rostro.
Parecía humano, pero sus facciones estaban incompletas, como si alguien hubiera comenzado a pintar una cara y hubiera abandonado el trabajo a mitad de camino.
Detrás de aquella figura aparecieron otras.
Una tras otra, comenzaron a emerger de las paredes. Algunas tenían rostros casi humanos; otras apenas eran siluetas deformes, manchas oscuras que se retorcían bajo una superficie que ya no parecía de piedra.
No caminaban.
Se deslizaban por el suelo.
Una de ellas levantó la cabeza y miró a Ricardo.
—Por fin...
Ricardo tragó saliva.
—¿Por fin qué?
La figura inclinó ligeramente la cabeza.
—Alguien que puede escucharnos.
Su voz parecía provenir de muchos lugares al mismo tiempo, como si cientos de gargantas hablaran desde el interior de las paredes.
—Nosotros vivimos aquí —continuó—, pero necesitamos cuerpos.
Ricardo comprendió entonces lo que había ocurrido con las parejas.
Aquellas criaturas entraban en sus cuerpos, se apoderaban de ellos y después abandonaban la casa fingiendo ser las personas que habían sido.
—¿Para qué queréis cuerpos? —preguntó, intentando controlar el temblor de su voz.
Las figuras se movieron al mismo tiempo.
—Para salir.
Ricardo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Salir adónde?
La criatura sonrió. O, al menos, hizo algo que Ricardo interpretó como una sonrisa.
—Durante siglos hemos permanecido encerrados aquí. Ahora tenemos suficientes cuerpos.
—¿Qué vais a hacer?
La respuesta llegó acompañada de un zumbido tan intenso que Ricardo tuvo que taparse los oídos.
—Lo mismo que cualquier cosa que ha esperado demasiado tiempo.
La figura se acercó un poco más.
—Tomar el mundo.
Ricardo huyó.
Corrió sin mirar atrás hasta que le ardieron los pulmones y las piernas comenzaron a fallarle. No se detuvo hasta alcanzar las primeras casas del pueblo.
Durante los días siguientes, investigó desesperadamente. Consultó periódicos antiguos, buscó documentos olvidados y revisó cualquier referencia que pudiera encontrar sobre la vivienda.
Finalmente, descubrió un viejo manuscrito que mencionaba la casa y las desapariciones.
Entre sus páginas encontró una frase que le llamó poderosamente la atención:
«La casa no es una prisión para ellos. La casa es de ellos».
Ricardo leyó aquellas palabras varias veces.
Si la casa no era una prisión, ¿qué era exactamente?
Y, sobre todo, ¿qué ocurriría si las criaturas conseguían abandonarla por completo?
Al día siguiente, regresó.
Era de noche y el silencio del bosque resultaba casi antinatural. No se oía el viento entre los pinos, ni el canto de los insectos, ni el más mínimo crujido de las ramas.
Al entrar en la casa, no encontró rastro de las figuras.
Pasada la medianoche, las paredes comenzaron a sudar.
Pequeñas gotas oscuras brotaron de la piedra y descendieron lentamente hasta el suelo.
El zumbido regresó.
Ricardo sintió que le vibraban los dientes. Se tapó los oídos, pero aquello no sirvió de nada. El sonido seguía dentro de su cabeza, cada vez más fuerte.
Entonces recordó algo.
Durante su primera visita, había notado que las figuras retrocedían cuando él gritaba.
No sabía por qué. Tampoco sabía si aquello podría detenerlas, pero era lo único que tenía.
Cerró los ojos y gritó con todas sus fuerzas.
Las paredes temblaron.
Gritó de nuevo.
Las figuras comenzaron a retroceder, deslizándose hacia la piedra como si una fuerza invisible las estuviera arrastrando. Algunas intentaron aferrarse al suelo; otras abrieron la boca, mostrando hileras de dientes que no deberían haber existido.
Ricardo no dejó de gritar.
Durante más de una hora, permaneció allí, con los ojos cerrados, hasta que su garganta quedó destrozada y apenas pudo respirar.
Entonces, de repente, todo terminó.
El zumbido desapareció.
Las paredes dejaron de temblar.
El silencio regresó.
Ricardo abrió los ojos. La casa parecía vacía, como si nada hubiera ocurrido.
Salió al exterior y respiró profundamente. Por primera vez en muchos días, sintió una paz inmensa. Creyó que lo había conseguido. Creyó que había obligado a aquellas criaturas a regresar al lugar del que nunca debieron salir.
Se equivocaba.
A la noche siguiente, Ricardo estaba en su habitación cuando recibió un mensaje en el móvil.
El número era desconocido.
Abrió la conversación.
«Gracias por abrir la puerta».
Ricardo se quedó mirando la pantalla, incapaz de comprender aquellas palabras.
Entonces escuchó el zumbido.
Esta vez no procedía del bosque.
Venía de su propia habitación.
Levantó lentamente la cabeza.
La pared que tenía enfrente estaba completamente blanca. Durante unos segundos no ocurrió nada. Después apareció una pequeña grieta.
Luego otra.
Y otra más.
Las fisuras se extendieron por la superficie, formando una red irregular que parecía crecer desde el interior de la pared.
Ricardo retrocedió.
Entonces oyó una voz a sus espaldas.
—Ricardo...
Se giró de golpe.
No había nadie.
Solo la puerta entreabierta y la oscuridad del pasillo.
Miró de nuevo la pared. Las grietas se habían detenido, pero algo se movía al otro lado, como si una multitud estuviera esperando pacientemente para atravesarla.
A lo lejos, detrás del bosque de pinos, la casa abandonada brillaba bajo la noche.
Una de sus ventanas estaba iluminada.
Ricardo bajó la mirada hacia su teléfono.
Había llegado otro mensaje.
«Ahora sabemos cómo salir».
El zumbido aumentó.
Las paredes de su habitación comenzaron a vibrar.
Y, por primera vez, Ricardo comprendió la verdadera razón por la que aquellas criaturas lo habían llamado.
No lo habían elegido porque pudiera escucharlas.
Lo habían elegido porque, sin saberlo, les había enseñado a encontrar el camino hacia el otro lado.
La casa ya no necesitaba cuerpos para escapar.
Ahora sabía cómo abrir las paredes del mundo.
Ricardo dejó caer el teléfono.
El zumbido se convirtió en un susurro.
Y, desde el interior de la pared, cientos de voces pronunciaron su nombre.
Aquella noche, Ricardo no volvió a dormir.
Y la casa, por fin, dejó de estar sola.

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