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LA COLECCION


 Nadie en la ciudad sospechaba de Esteban. Para todos era un tanatoesteticista impecable, un profesional discreto que devolvía serenidad a los rostros de quienes ya no podían sonreír. Sus manos eran precisas, pacientes y delicadas. Allí donde otros solo veían muerte, él encontraba una última oportunidad para restaurar la dignidad de un cuerpo antes de su despedida.

Las familias salían agradecidas de la funeraria. Comentaban que sus seres queridos parecían descansar en paz, como si simplemente durmieran. Nadie imaginaba que, tras aquella fachada de profesionalidad, se escondía una obsesión enfermiza.

El primer dedo no fue un trofeo; fue un impulso.

Mientras preparaba el cuerpo de un anciano, contempló durante unos segundos el dedo meñique de su mano izquierda. Pensó que nadie notaría su ausencia bajo el traje cuidadosamente colocado y los guantes que la familia había pedido para ocultar la artritis del difunto.

Lo cortó con una precisión quirúrgica. Esperó durante semanas a que alguien regresara indignado. Nadie lo hizo.

Aquella ausencia de consecuencias despertó algo oscuro en su interior. Desde entonces, nunca volvió a detenerse.

No importaba si era un dedo de la mano o del pie; elegía siempre el que pudiera ocultarse con mayor facilidad. Después lo embalsamaba con el mismo esmero que dedicaba a los cuerpos. Los etiquetaba con una fecha, una edad y un número. Nunca escribía nombres; de esa manera evitaba cualquier vínculo sentimental.

Los guardaba en pequeñas urnas de cristal alineadas en una habitación secreta, oculta tras una falsa pared del sótano. Había cientos de ellas. Diminutos dedos flotaban en líquidos transparentes. Algunos conservaban anillos; otros tenían pequeñas cicatrices. Uno incluso lucía una uña pintada de un rojo intenso.

Cada noche descendía al sótano con una linterna. Encendía una tenue luz y paseaba lentamente entre los estantes.

—Sois míos... Todos vosotros.

Su sueño era alcanzar el millar. Mil dedos. La colección más grande del mundo, aunque nadie supiera jamás que existía.

Los años fueron pasando sin incidentes. Las familias lloraban, rezaban y abrazaban los ataúdes. Jamás sospecharon que faltaba una pequeña parte de aquellos cuerpos.

Hasta que llegó la noche que lo cambió todo.

Era una madrugada lluviosa. Las gotas golpeaban los ventanales de la funeraria. Los pasillos permanecían vacíos. Solo el zumbido de las cámaras frigoríficas rompía el silencio.

Habían traído el cuerpo de un hombre de unos cincuenta años, encontrado muerto en una carretera secundaria. El informe hablaba de un infarto.

Esteban comenzó su trabajo con la rutina de siempre. Lavó cuidadosamente el cadáver, peinó su cabello y aplicó maquillaje para devolver algo de color a la piel. Cuando terminó, contempló las manos. Tenía los dedos largos, elegantes, perfectos.

Sintió la necesidad de alimentar su pasión.

Abrió el cajón donde guardaba el pequeño bisturí reservado exclusivamente para su colección. Respiró profundamente.

Era el número novecientos noventa y nueve.

Solo faltaría uno para cumplir su sueño.

Sujetó la mano izquierda, escogió el dedo anular y colocó la hoja del bisturí sobre la piel.

Entonces ocurrió.

El dedo se movió.

Esteban se quedó inmóvil.

«Seguramente es una contracción muscular», pensó.

Volvió a apoyar el bisturí.

Esta vez la mano se cerró con fuerza y atrapó su muñeca.

La piel estaba helada, pero aquella fuerza era imposible.

Esteban soltó un grito e intentó apartarse.

No pudo.

Los ojos del cadáver se abrieron lentamente. No tenían brillo. Solo unas pupilas negras e inmóviles.

Después la boca comenzó a abrirse.

Solo salió un sonido húmedo y profundo, como el aire escapando del fondo de un pozo.

El cuerpo se incorporó lentamente sobre la mesa metálica. Los huesos crujieron uno tras otro.

Esteban cayó hacia atrás.

El bisturí resbaló por el suelo.

El cadáver bajó de la mesa y comenzó a caminar. Cada paso dejaba un pequeño charco de líquido de embalsamamiento mezclado con sangre oscura.

Esteban salió corriendo. Atravesó la sala, empujó una puerta y después otra.

El pasillo parecía interminable.

Las luces empezaron a parpadear.

Detrás de él seguían oyéndose pasos.

Miró hacia atrás.

Aquella figura avanzaba con los brazos rígidos. Su piel comenzó a agrietarse. Bajo la carne aparecieron decenas de dedos humanos.

Cientos.

Salían del pecho, de los hombros, de la espalda, del cuello... como si todo su cuerpo estuviera formado por las partes robadas a los muertos.

Esteban gritó con todas sus fuerzas.

Corrió hacia la cámara frigorífica, entró y cerró la puerta.

Silencio.

Quizá todo había terminado.

Entonces escuchó un leve golpecito.

Tac...

Tac...

Tac...

Procedía del interior de uno de los compartimentos refrigerados.

Los golpes continuaron.

Las bandejas comenzaron a deslizarse.

Los cadáveres permanecían inmóviles.

Pero sus manos...

Todas sus manos se movían.

Golpeaban el acero al mismo tiempo.

Tac...

Tac...

Tac...

El sonido aumentó hasta convertirse en un estruendo insoportable.

Las puertas metálicas comenzaron a abrirse lentamente, una tras otra.

Los cuerpos seguían tumbados.

Sin embargo, todos levantaban una única mano.

Y todos señalaban a Esteban.

Salió huyendo.

Atravesó otro corredor mientras las luces explotaban sobre su cabeza. En su desesperación creyó ver personas sin manos observándolo desde la oscuridad.

Llegó casi asfixiado a su despacho.

Abrió la caja fuerte y sacó un revólver.

Apuntó hacia la puerta.

Cuando esta comenzó a abrirse, disparó tres veces.

Se acercó despacio.

Era su propio reflejo.

Había disparado contra el gran espejo del pasillo.

Los fragmentos de cristal devolvían cientos de imágenes deformadas de su rostro.

Entonces una voz susurró junto a su oído.

—Nos faltan nuestros dedos...

No había nadie.

Pero la puerta del sótano estaba abierta.

Pensó inmediatamente en su colección.

Bajó corriendo.

Los estantes seguían allí.

Pero los dedos ya no estaban quietos.

Salían de los frascos.

Se arrastraban.

Avanzaban hacia él.

Esteban subió las escaleras presa del pánico mientras una marea de dedos vivientes lo perseguía.

Miles de pequeñas falanges reptaban por el suelo, las paredes y el techo.

Lo rodearon por completo.

El cadáver levantó lentamente una mano.

Entonces todos los dedos comenzaron a avanzar.

La oscuridad envolvió el pasillo.

Los gritos de Esteban resonaron durante varios minutos.

Después...

Silencio absoluto.

A la mañana siguiente, los empleados encontraron la funeraria abierta. Las luces seguían encendidas. Había sangre, pero ningún signo de lucha.

Solo encontraron el cuerpo sin vida de Esteban tendido en el centro de la sala principal.

Su rostro permanecía congelado en una expresión de terror absoluto.

No presentaba heridas ni fracturas.

Lo más inquietante era lo que lo rodeaba.

Formando un círculo perfecto alrededor del cadáver aparecían cientos de dedos humanos.

Los investigadores registraron todo el edificio.

Encontraron la habitación secreta completamente vacía.

No había frascos.

No había etiquetas.

No había bisturís.

Solo estanterías desnudas cubiertas por una fina capa de polvo.

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