Nunca había sentido miedo frente a un tablero. Había sentido presión, agotamiento, impotencia… pero nunca miedo. Hasta aquella mañana.
El salón principal donde se celebraba el campeonato estaba abarrotado. Cientos de espectadores permanecían en un silencio sepulcral. Detrás de los grandes ventanales, el día amanecía gris, anunciando posibles tormentas.
Frente a él estaba el ruso Volkof, un gran jugador capaz de convertir cualquier tranquila partida en un auténtico campo de batalla. Los fotógrafos disparaban sus cámaras mientras las televisiones grababan cada instante. El árbitro anunció el inicio de la partida.
Adrián adelantó la mano para saludar a su rival.
Entonces ocurrió algo de lo que casi nadie se dio cuenta.
Un hombre vestido con el uniforme de la organización se acercó discretamente.
—Señor Adrián, hay un mensaje para usted.
El árbitro protestó.
—No se puede interrumpir la partida.
—Es un mensaje urgente de la familia.
El árbitro accedió a interrumpir momentáneamente la partida.
Adrián abrió el sobre. Dentro solo había una fotografía.
Durante unos segundos, casi no pudo respirar.
En la imagen aparecía su hijo sentado en una silla, con las manos atadas. Sobre el pecho llevaba sujeto un extraño aparato fijado con cinta aislante.
Era un explosivo.
En la parte trasera de la fotografía había un pequeño texto:
«Si quieres volver a verlo con vida, sigue nuestras instrucciones. Juega la partida y pierde. Y, sobre todo, no captures la torre situada en la parte derecha de tu rival.»
Adrián levantó la vista.
No había nadie observándolo.
O quizá cualquiera de los espectadores podía ser uno de ellos.
Le costó mucho volver a guardar la fotografía en el sobre. Le temblaban las manos.
—¿Todo bien? —preguntó el árbitro.
—Sí, sí. Todo perfecto —mintió Adrián.
La partida comenzó.
La apertura fue bastante clásica. Nadie sospechaba que cada movimiento podía decidir la vida de un niño.
Adrián no dejaba de pensar. ¿Quién podía haber hecho aquello? ¿Por qué a él? ¿Por qué en una partida de ajedrez?
Miró la posición.
La torre de la derecha permanecía inmóvil en la esquina del tablero.
Una simple torre de madera.
Y, sin embargo, era la pieza más peligrosa del mundo.
Veinte jugadas después, Adrián comprendió que su posición era superior. Cualquier otro jugador habría iniciado el ataque para ganar. Él tenía que hacer exactamente lo contrario.
Cada error en su juego debía parecer creíble. De lo contrario, levantaría sospechas.
Los analistas del campeonato no entendían algunos de sus movimientos.
—Quizá está preparando algún movimiento sorpresa —se escuchaba en las retransmisiones.
Las horas pasaban. El reloj marcaba el tiempo.
Volkof estaba sorprendido por algunos movimientos de Adrián. Había algo extraño en su juego, pero no conseguía entender qué estaba preparando su rival.
Entonces llegó una posición que dejaba a Adrián en clara ventaja. Podía eliminar en pocos movimientos un caballo, un alfil, un peón y, finalmente, la dama. Era una combinación brillante.
Solo había un problema.
El último movimiento.
La última captura era la torre del lado derecho.
Exactamente la pieza prohibida.
Si seguía aquella secuencia, su hijo moriría.
Adrián siguió jugando, evitando aquella combinación. Eligió una variante mucho peor.
Volkof se quedó sorprendido ante la mala decisión de su contrincante.
—¿Por qué el campeón ha dejado escapar esa oportunidad? —preguntó uno de los comentaristas.
Los comentarios se sucedieron con incredulidad.
—¡Increíble!
—¡Error imperdonable!
—¡No está concentrado!
El árbitro anunció un descanso reglamentario.
Los jugadores abandonaron la sala.
Adrián caminó por el pasillo hasta llegar a la calle. Necesitaba tomar aire.
Llegó a un pequeño jardín interior reservado para los participantes y sacó el teléfono. Apenas tenía cobertura.
En ese momento, sonó.
Era un número oculto.
Una voz masculina habló al otro lado de la línea.
—De momento, lo estás haciendo bien.
—¿Quién eres?
—Sigue así si quieres volver a ver a tu hijo.
—¿Está vivo?
Hubo un breve silencio.
—Depende de ti.
Con mil ideas en la cabeza, Adrián volvió al tablero.
El ruso realizó entonces un movimiento inesperado.
Adrián tardó unos segundos en comprenderlo.
Era una trampa psicológica.
Si entraba en el juego, unos movimientos después tendría que capturar la torre de la derecha.
En otra parte de la ciudad, un hombre observaba la partida a través de un televisor.
Detrás de él, una pequeña figura permanecía inmóvil sobre una silla.
Era el hijo de Adrián.
Tenía los ojos vendados.
La partida llegó al control de tiempo. Solo quedaban unas pocas piezas… y la torre.
Adrián empezaba a comprender que el secuestrador conocía muy bien el ajedrez.
Volkof comenzó a levantarse entre movimiento y movimiento. Algo no encajaba.
Pidió agua y miró fijamente a Adrián.
—¿Te ocurre algo?
—No —respondió Adrián.
Volvió a mirar el tablero.
La posición ya era desesperada.
Solo existían dos caminos.
Jugar la mejor secuencia, capturar la torre y ganar el campeonato, condenando a su hijo.
O perder.
Adrián decidió con el corazón.
Sus movimientos terminaron por hacerle perder el campeonato.
Esperó varios minutos, aguardando que sonara el teléfono.
Finalmente, llegó un mensaje.
Solo contenía cuatro palabras:
«Esto acaba de empezar.»

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