Nadie sabía con certeza cuántos escenarios había pisado aquel cantante a lo largo de su vida. Había actuado en grandes estadios iluminados por miles de luces, en plazas de pueblos y en teatros casi vacíos donde su voz hacía resonar el eco de cada palabra.
Su fama había traspasado fronteras. No había rincón del mundo donde no se le conociera. Su rostro aparecía por todas partes: en carteles, revistas y pantallas gigantes de las grandes ciudades. Su voz acompañaba a los enamorados, despedía a quienes se marchaban y consolaba a aquellos que habían perdido a alguien.
Para la gente, era un hombre afortunado. Tenía dinero, reconocimiento y miles de personas que coreaban su nombre en cada actuación.
Sin embargo, quienes lo conocían de verdad sabían que guardaba una tristeza que ni los aplausos más ensordecedores habían conseguido aliviar.
Aquella tristeza tenía un nombre, aunque casi nadie lo supiera.
Cada noche, antes de salir al escenario, el cantante seguía el mismo ritual. Se encerraba unos minutos en su camerino, apagaba las luces, se sentaba frente al espejo y permanecía inmóvil, con los ojos cerrados.
Nadie podía entrar durante aquel tiempo, ni siquiera las personas de su máxima confianza.
Cuando finalmente abría la puerta, parecía otro hombre. Se colocaba la chaqueta, sonreía, saludaba a todos y caminaba hacia el escenario.
Pero había algo que siempre se repetía, estuviera donde estuviera: en el extremo derecho del escenario, justo debajo de la plataforma de los técnicos de sonido, el cantante buscaba con la mirada un lugar concreto.
Al principio, sus músicos pensaron que se trataba de una manía sin importancia, una costumbre o simplemente un punto del escenario que le permitía orientarse entre los focos.
Sin embargo, pronto empezaron a sospechar que se trataba de algo más.
Cada vez que llegaba el momento de interpretar una canción determinada, el cantante abandonaba el centro del escenario y caminaba despacio hasta aquel lugar. Se acercaba al borde, inclinaba ligeramente la cabeza y cantaba mirando hacia un punto concreto.
Siempre la misma canción: Nunca te olvidaré.
Nunca la sustituía por otra, ni siquiera cuando el público se lo pedía. Intentaba disimular sus emociones, pero cada vez que sonaban los primeros acordes, sus ojos se llenaban de lágrimas.
Los espectadores creían que se emocionaba por el cariño que recibía. Algunos levantaban sus teléfonos para grabarlo; otros lloraban con él.
Pero nadie imaginaba la verdadera razón.
Porque el cantante no lloraba por el público. Lloraba por aquella persona que, cada noche, parecía esperarlo en el mismo lugar, aunque nadie más pudiera verla.
Una noche de invierno, después de un concierto celebrado en una ciudad del norte, ocurrió algo que hizo que sus músicos dejaran de considerar aquel comportamiento una simple rareza.
El recinto estaba casi vacío. Los operarios recogían los cables y desmontaban parte del escenario, mientras el cantante permanecía sentado en el borde, todavía con el micrófono en la mano, mirando fijamente aquella parte del escenario.
—¿Te encuentras bien? Llevas toda la noche llorando. Nunca te había visto así —preguntó uno de los músicos.
—Estoy cansado, nada más —respondió el cantante.
El músico miró hacia el lugar que él contemplaba.
—¿Qué hay ahí?
—¿Cómo que qué hay?
—Ese sitio. Siempre miras hacia allí cuando cantas esa canción. Siempre te acercas al mismo punto, estés donde estés. A veces parece que estuvieras hablando con alguien.
El cantante guardó silencio durante unos segundos.
—Tú no ves a nadie, ¿verdad?
—No. No hay nadie.
—Claro que no. Para vosotros, no está.
El músico frunció el ceño, desconcertado.
—¿Qué quieres decir?
El cantante se levantó, dejó el micrófono sobre el escenario y se marchó sin responder.
Pasaron varias semanas. La gira continuó como siempre, con actuaciones casi diarias en diferentes lugares del país.
Y en todos los escenarios ocurría lo mismo.
Cuando llegaba el momento de interpretar aquella canción, el cantante buscaba el extremo derecho, caminaba hasta el mismo punto y cantaba para alguien que nadie más podía ver.
Una noche, un técnico de sonido decidió observarlo desde la plataforma situada justo encima de aquel lugar.
Entonces sucedió algo extraño.
Mientras cantaba, el cantante extendió la mano hacia el espacio vacío, como si esperara que alguien se la tomara.
Y sonrió.
El técnico miró hacia abajo.
No había nadie. Solo cables enrollados, equipos de sonido y un escenario a medio desmontar.
Al terminar, se lo contó a los demás. Desde aquel momento, todos comenzaron a hacerse la misma pregunta:
¿Quién era aquella persona a la que el cantante llevaba tantos años buscando?
Una tarde, mientras el equipo se preparaba para el siguiente concierto, una mujer mayor apareció en la entrada reservada al personal y preguntó por el cantante.
Al principio, los responsables de seguridad se negaron a dejarla pasar. Sin embargo, uno de los músicos, al enterarse de que insistía en entregarle algo personal, fue a buscar al artista.
Finalmente, la acompañaron hasta su camerino.
Cuando el cantante la vio, se quedó inmóvil.
La mujer no dijo nada al principio. Se limitó a dejar una fotografía encima de la mesa.
Era una imagen antigua. En ella aparecía el cantante, muy joven, mucho antes de alcanzar la fama, junto a una chica de ojos claros.
Él tomó la fotografía con las manos temblorosas.
—¿Dónde has conseguido esto? —preguntó con la voz quebrada.
—He tardado mucho en encontrar el valor para venir.
El cantante levantó la mirada.
—¿Quién eres?
—Alguien que la conoció. Alguien que estuvo allí aquella noche. Ella me pidió que te entregara algo si algún día conseguía encontrarte.
La mujer abrió el bolso y sacó un sobre amarillento. En la parte delantera aparecía su nombre, escrito con aquella letra inclinada que había intentado olvidar durante años.
El cantante reconoció la caligrafía al instante.
Abrió el sobre con muchísimo cuidado. Dentro había una carta y una flor seca que se deshizo parcialmente al rozarla con los dedos.
Reconoció la flor. Era de aquel jardín donde habían pasado tantas tardes juntos, cuando todavía eran dos jóvenes que soñaban con conquistar el mundo.
Desdobló la carta y comenzó a leer.
Mi amor:
Si estás leyendo estas palabras, quizá hayan pasado muchos años. Quizá tu voz sea ahora mucho más famosa de lo que jamás imaginamos.
Yo siempre supe que llegarías lejos.
Recuerdo aquella noche en la que cantaste para mí por primera vez. No había focos ni cámaras. Solo estábamos tú y yo, en un escenario donde apenas cabían los músicos.
Me miraste a los ojos y me prometiste que, pasara lo que pasara, nunca me olvidarías.
Después llegó la enfermedad. Los hospitales, las noches sin dormir y el miedo a perder aquello que tanto amábamos.
Recuerdo tus manos temblando cuando me acariciabas. Recuerdo tus silencios, tus intentos de sonreír para que yo no tuviera miedo y todas las veces que me prometiste que encontraríamos la manera de salir adelante.
Y también recuerdo aquella última noche.
Te pedí que te quedaras, aunque solo fuera un día más. Tenía miedo de que el tiempo se nos acabara. Me abrazaste y me prometiste que regresarías pronto.
Pero el tiempo no siempre cumple nuestras promesas.
Cuando me quedaba sola, ponía tus canciones e imaginaba que estabas a mi lado. Cerraba los ojos y volvía a escuchar tu voz, aquella que me hacía sentir que nada malo podía sucedernos.
Si alguna vez cantas nuestra canción y sientes que no estás solo, no tengas miedo.
Y, por favor, cuando se apaguen las luces y todos se marchen, recuerda que fui feliz.
No quiero que me recuerdes solamente con lágrimas. Quiero que recuerdes nuestras risas, nuestros paseos, las promesas que nos hicimos y todos aquellos pequeños momentos que, sin saberlo, terminaron convirtiéndose en los más importantes de mi vida.
Si algún día vuelves a cantar para mí, no llores por lo que perdimos. Sonríe por todo lo que tuvimos.
Porque yo, mi amor, nunca me arrepentí de haberte amado.
Nunca te olvidaré.
Siempre tuya.
El cantante dejó caer la carta sobre sus rodillas. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas sin que hiciera el menor esfuerzo por contenerlas.
Durante unos instantes, fue incapaz de pronunciar una sola palabra.
Finalmente, susurró:
—Nunca pude despedirme de ella.
La mujer se acercó despacio.
—Ella lo sabía. Y nunca te culpó.
El cantante volvió a mirar la fotografía. Pasó los dedos por el rostro de la joven, como si todavía pudiera sentir el calor de su piel.
—Entonces, ¿por qué sigo viéndola? ¿Por qué siento que está conmigo cada noche?
La mujer guardó silencio antes de responder.
—No lo sé. Pero hay amores que dejan una huella tan profunda que ni siquiera su ausencia consigue borrarlos.
El cantante cerró los ojos.
—Yo le canto porque tengo miedo de que, si dejo de hacerlo, desaparezca para siempre.
La mujer le tomó suavemente la mano.
—Quizá no tengas que dejar de cantarle. Quizá solo tengas que aprender a hacerlo sin sufrir tanto.
Antes de marcharse, le devolvió la fotografía y le pidió una sola cosa:
—La próxima vez que cantes esa canción, no llores pensando en el día en que la perdiste. Sonríe por el tiempo que tuviste con ella.
El cantante asintió, incapaz de responder.
Aquella tarde, cuando la mujer abandonó el camerino, él permaneció sentado durante mucho tiempo, con la fotografía entre las manos y la carta abierta sobre las rodillas.
Por primera vez en muchos años, no sintió únicamente dolor al recordar su rostro.
También recordó su risa.
Y sonrió.
Aquella noche, el cantante guardó la fotografía en el bolsillo de su chaqueta. La carta quedó en el camerino, junto a una rosa blanca que alguien había dejado sobre la mesa.
Llegó el final del concierto.
El público, que conocía de memoria cada uno de sus éxitos, comenzó a corear el título de la canción que siempre reservaba para el final.
—¡Nunca te olvidaré! ¡Nunca te olvidaré!
El cantante levantó una mano y pidió silencio.
—Esta noche quiero cantar esta canción para una persona a la que se la dedico cada día. Una persona a la que nunca he dejado de querer, aunque hayan pasado muchos años desde la última vez que pude verla.
El recinto quedó en silencio.
Comenzaron a sonar los primeros acordes de Nunca te olvidaré.
El cantante caminó despacio hacia el extremo derecho del escenario, justo debajo de la plataforma de los técnicos de sonido.
Miró hacia aquel lugar.
Y allí estaba ella.
Joven, con sus ojos claros y aquella sonrisa que él había guardado en lo más profundo de su memoria.
Por primera vez en muchos años, el cantante no extendió la mano con desesperación.
Esta vez lo hizo con ternura.
Comenzó a cantar.
Recordó las tardes de juventud, los paseos interminables, las promesas bajo las estrellas y aquella última noche en la que creyó que tendría tiempo de regresar.
Cantó por todo lo que habían vivido, por todo lo que no pudieron llegar a vivir y por cada palabra que se había quedado atrapada en su garganta durante tantos años.
Pero, sobre todo, cantó para darle las gracias.
Gracias por haberlo amado cuando todavía no era nadie.
Gracias por haber creído en él cuando sus sueños parecían imposibles.
Y gracias por haberle enseñado que algunas personas nunca se marchan del todo, porque permanecen en aquello que nos dejaron.
Cuando terminó la canción, nadie aplaudió inmediatamente.
Durante unos segundos, el silencio llenó el recinto.
Después, miles de personas comenzaron a aplaudir, algunas con lágrimas en los ojos.
El cantante no miró al público.
Inclinó la cabeza hacia aquel rincón, movió los labios y pronunció unas palabras que ningún micrófono consiguió recoger.
Luego regresó al centro del escenario y se despidió.
Pero, justo antes de desaparecer entre las cortinas, se volvió una última vez.
Sonrió hacia el extremo donde siempre había cantado y susurró:
—Ya puedes descansar, mi amor. Nunca te he olvidado.
Y, por primera vez en muchos años, abandonó el escenario sin llorar.
Desde entonces, cuentan quienes trabajan con él que, cada vez que interpreta aquella canción, siempre hay un instante en el que el micrófono recoge una segunda voz, suave y lejana, que acompaña la última estrofa.
Una voz que nadie consigue explicar.
Una voz que parece venir de algún lugar más allá de las luces, del tiempo y de la memoria.
Y quienes la han escuchado aseguran que, justo en ese instante, el cantante sonríe y mira hacia el extremo derecho del escenario.
Como si alguien estuviera allí, esperándolo.
Como si, después de tantos años, por fin hubieran conseguido cantar juntos una vez más.

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