El sonido del monitor llenó la habitación.
Un pitido largo, agudo y continuo.
Juan miró la pantalla. La línea permanecía completamente plana.
—¿Qué está pasando?
Frank seguía sentado en la otra cama.
—Nada que no haya pasado antes.
—¡El monitor no funciona! —casi gritó Juan.
Apretó desesperadamente el botón de llamada. Nadie respondió.
—¡Enfermera! ¡Enfermera! —gritó.
Frank lo observaba tranquilamente.
—No te escucharán.
—Ayúdame.
—No puedo.
—Entonces, ¡vete! —volvió a gritar Juan.
Frank se limitó a sonreír mientras lo miraba.
Fue entonces cuando Juan comprendió que algo iba realmente mal. Miró hacia la puerta.
—Dijiste que estabas muerto... Entonces, ¿por qué puedo verte?
—Porque tú también lo estás.
—¡No! —gritó Juan.
—Sí —respondió Frank con calma.
—Yo estoy enfermo.
—Lo estabas.
Juan sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.
—¿Dónde estoy?
—En un lugar donde están intentando salvarte.
—¿Voy a morir?
Frank lo miró fijamente.
—Ya lo has hecho.
Juan volvió la mirada hacia el monitor. La línea continuaba completamente plana.
—Todavía puedes volver —dijo Frank.
—¿Cómo?
—El precio ya lo sabes.
—¿Qué precio?
Frank guardó silencio unos segundos.
—¿Recuerdas lo que te pregunté en la sala de espera?
—Ya te dije que daría dinero.
—No es suficiente. Quiero aquello que más deseas conservar.
Frank sonrió.
Juan se acercó lentamente a la ventana.
Al otro lado no había nada.
Solo oscuridad.
No había coches, ni edificios, ni personas. Nada.
Entonces, desde aquella oscuridad, comenzaron a aparecer imágenes.
Una mujer.
Un niño.
Una casa.
Una fotografía familiar.
Juan reconoció inmediatamente a aquellas personas.
Era su familia.
Su vida.
—¿Qué significa eso? —preguntó, asustado.
—Te estoy enseñando lo que vas a perder.
Las imágenes continuaron pasando ante sus ojos.
En algunas aparecía paseando solo por una playa.
En otras, en una boda.
También pudo verse a sí mismo envejeciendo, sentado junto a una mujer que no reconocía.
Eran momentos que todavía no habían ocurrido.
Posibilidades.
Futuros que podían desaparecer.
—¿Puedo volver? —preguntó Juan con la voz temblorosa.
—Sí.
—¿Cómo?
—Solo que alguien tendrá que ocupar tu lugar.
Juan palideció.
—¿Quién?
Frank señaló la puerta.
—Mira.
La puerta se abrió lentamente.
Una mujer entró llorando.
Juan la reconoció al instante.
Era su madre.
—¡Eres un monstruo! —gritó Juan.
Frank negó con la cabeza.
—No. Solo te estoy mostrando el precio para que puedas volver.
—Me estás pidiendo que haga una elección imposible.
—Te queda un minuto. Si no eliges, todo se volverá oscuro.
—¿Por qué me haces esto?
Frank lo observó en silencio.
—¿Recuerdas que te conté que, hace unos años, morí en este hospital?
—Sí, pero sigo sin entender.
Frank bajó la mirada.
—La persona responsable de mi muerte fue tu padre. Él conducía el coche que me atropelló. Al principio no parecía grave. Dos días después, perdí la vida en aquella misma cama.
Juan sintió que le faltaba el aire.
—Pídeme lo que quieras... pero no me pidas que elija entre mi vida y la de mi madre.
—Solo te queda un minuto. Decide.
—Pide otra cosa, por favor.
La oscuridad comenzó a extenderse por la habitación.
Cada vez quedaba menos luz.
Juan podía ver a su madre llorando junto a la cama donde yacía su cuerpo.
El tiempo se agotaba.
Faltaban apenas unos segundos.
Entonces, desde la oscuridad, una voz pronunció su nombre.
—¿Juan García?
Aquella voz le devolvió el aire.
Todavía parecía haber una oportunidad.
Alguien lo zarandeó por el hombro.
—¿Juan? ¿Juan?
Abrió los ojos.
Se encontraba en la sala de urgencias del hospital.
Había tenido una pesadilla terrible.
Pero finalmente había despertado.
—Sí... soy yo. Me quedé dormido. Perdón.
Juan miró fijamente al enfermero que acababa de despertarlo.
Nunca lo había visto antes.
Sin embargo, algo llamó poderosamente su atención.
Un tatuaje en ambas muñecas.
666.

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