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"SANTA PAU" ( II )


 Mientras continuaban a la deriva, el cielo comenzó a oscurecerse. Las nubes de tormenta se reunían rápidamente, transformando lo que había sido un día despejado en uno tormentoso. Alberto sabía que una tormenta era lo último que necesitaban en ese momento.

—Si nos engancha una tormenta aquí arriba, no saldremos vivos —Alberto lo tenía claro.

René sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Miró hacia el horizonte y vio cómo los relámpagos comenzaban a iluminar las negras nubes. El viento, que ya era fuerte, se intensificó aún más, empujando el globo hacia el corazón de la tormenta.

—¡Tenemos que descender ahora! —gritó René.

Pero Alberto ya se había adelantado y estaba en ello. El piloto abrió las válvulas para liberar aire caliente con la esperanza de bajar antes de que la tormenta los alcanzara, pero el viento era implacable. Cada vez que lograban descender un poco, una nueva ráfaga los levantaba nuevamente.

Los primeros truenos resonaban a lo lejos, seguidos de relámpagos que iluminaban el cielo de manera aterradora. René podía sentir la electricidad en el aire, convirtiendo el miedo en un nudo en el estómago. Sabía que si un rayo alcanzaba el globo, no tendrían ninguna oportunidad de sobrevivir.

De repente, una ráfaga de viento aún más fuerte los golpeó, lanzando el globo hacia un lado. La canasta se inclinó de forma peligrosa, y René sintió cómo su cuerpo se desplazaba. Estuvo a punto de caer al vacío, pero Alberto lo agarró en el último segundo, salvándole la vida.

—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Alberto.

Pero René no veía ninguna forma de escapar de aquel infierno. La tormenta estaba sobre ellos, y el globo se encontraba en el centro de un caos absoluto. Los relámpagos caían cada vez con más fuerza y el viento rugía como un animal furioso.

Alberto hacía todo lo posible para mantener el globo estable, pero cada movimiento se volvía más difícil. Finalmente, un rayo cayó peligrosamente cerca del globo, iluminando la canasta con una luz cegadora. El sonido del trueno fue ensordecedor, y René sintió que su corazón se detenía por un segundo. Estaban en una situación desesperada.

El rayo había dañado uno de los quemadores del globo. La pérdida de aire caliente hizo que empezaran a descender rápidamente. Alberto luchaba por mantener el control, pero era evidente que estaban cayendo en picado. René sentía cómo la adrenalina le aceleraba el corazón mientras veía cómo la tierra se acercaba cada vez más.

El viento los empujó hacia una montaña; el riesgo de estrellarse contra una ladera rocosa era inminente. Alberto intentó maniobrar el globo, pero cada vez era más difícil controlar la dirección. Faltaban escasos segundos para el impacto contra la ladera, cuando una ráfaga de viento cambió su dirección en el último momento, librándolos de un impacto seguro.

Sin embargo, el alivio fue breve. La pérdida de altura era rápida y constante, y sabían que tarde o temprano acabarían estrellándose. René se preparó para lo peor, agarrándose con todas sus fuerzas a la canasta. Su cerebro solo podía procesar ideas catastróficas; solo podía esperar el choque inevitable.

De repente, el suelo pareció desaparecer. Habían caído en una especie de cañón, un barranco profundo rodeado de paredes rocosas. La caída comenzó a ser más lenta, aunque solo fueron segundos. La canasta oscilaba violentamente, amenazando con estrellarse contra las paredes.

Alberto, a pesar de las circunstancias, mantenía la calma. Intentó estabilizar el globo; su idea era que el descenso fuera lo menos rápido y peligroso posible.

—¡Agárrate fuerte, René! —gritó Alberto.

René se aferró con todas sus fuerzas. Sus dedos quedaban blancos por el esfuerzo de agarrarse, y podía ver las paredes del cañón; casi podía tocarlas.

Finalmente, el fondo del cañón apareció bajo ellos. No se veían grandes obstáculos en el suelo. El globo chocó contra el suelo con una fuerza que sacudió la canasta, lanzando a René hacia un lado y volcando la canasta por completo, arrojando también a Alberto lejos del globo.

—¿Alberto, dónde estás? —gritó René.

El piloto estaba a unos metros de él, tirado en el suelo pero moviéndose. Con esfuerzo, Alberto se levantó, cojeando ligeramente. Tenía un corte en la frente del cual brotaba un pequeño hilo de sangre, pero parecía estar bien.

—Estoy bien, René. ¿Y tú? —respondió con un hilo de voz.

"SANTA PAU"


 La mañana amaneció con cielos claros, presagiando un día ideal para realizar la ilusión que René había albergado desde joven. Un hombre de mediana edad con una pasión inusitada por las aventuras, René había esperado este día durante meses: su sueño de surcar los cielos en un globo aerostático estaba a punto de hacerse realidad.

Desde muy joven, solía observar fascinado los globos que cruzaban el cielo de su pequeño pueblo. Las cúpulas de colores flotando sobre el horizonte parecían sacadas de un sueño. Hoy, finalmente, estaba a punto de hacer realidad esa fantasía.

René llegó al lugar del despegue, una amplia llanura en las afueras de la ciudad, justo cuando el sol comenzaba a asomarse por el horizonte. El globo, un magnífico artefacto con tonos vivos y coloridos, llevaba el nombre "Santa Pau". El piloto, un hombre mayor llamado Alberto, le dio las últimas instrucciones antes de partir.

—El viento está a nuestro favor hoy; si todo va bien, tendremos un vuelo tranquilo y sin complicaciones —dijo Alberto.

René asintió, emocionado y algo nervioso. Subió a la canasta, sintiendo un hormigueo en el estómago mientras el globo comenzaba a elevarse lentamente del suelo. El zumbido del quemador de propano llenó el aire y, pronto, la llanura comenzó a quedar cada vez más abajo.

Al principio, todo fue como lo había imaginado: los paisajes se extendían como un manto de colores bajo el globo, mientras el suave viento empujaba la aeronave hacia adelante con delicadeza. René se dejó llevar por la serenidad del momento, embriagado por la belleza del paisaje visto desde las alturas.

Pasadas unas horas, cuando el sol ya se encontraba en lo alto del cielo, René comenzó a notar algo extraño. El viento, que había sido un aliado amigable, empezó a volverse más fuerte y menos predecible. Alberto frunció el ceño mientras observaba el comportamiento del globo.

—Esto no me gusta, el viento está cambiando y no de manera favorable —comentó el piloto.

René miró a Alberto, esperando que tomara alguna medida, pero antes de que pudiera preguntar nada, una ráfaga repentina sacudió el globo, haciéndolo tambalear peligrosamente en el cielo. La canasta se inclinó y René tuvo que agarrarse fuertemente para no perder el equilibrio.

—¡Sujétate fuerte! —gritó Alberto, mientras intentaba estabilizar el globo.

Pero el viento tenía otros planes. Las ráfagas se volvieron más fuertes, lanzando el globo de un lado a otro como un juguete en manos de un niño. Alberto luchaba por mantener el control, aunque era evidente que el globo se había vuelto ingobernable.

—Esto no es normal, vamos a tener que hacer un aterrizaje de emergencia —dijo Alberto.

René asintió, aunque su corazón latía desbocado en su pecho. No era así como se había imaginado su aventura.

Miró hacia abajo y vio que el terreno estaba cambiando rápidamente. La llanura había quedado atrás y ahora se encontraban sobre un área montañosa, con picos afilados que se acercaban peligrosamente. Alberto intentó descender, pero el viento seguía jugando en su contra. Cada vez que lograba bajar unos metros, una nueva ráfaga los empujaba nuevamente hacia arriba o en una dirección inesperada. La situación estaba empeorando.

Después de un intento fallido de aterrizaje, el viento cambió de dirección de manera brusca, arrastrando el globo hacia una zona boscosa. Los árboles se alzaban como gigantes, igual que los molinos de viento a los que que enfrentaba Alonso Quijano (Don Quijote).

El peligro radicaba en las copas de los árboles; cualquier contacto con ellas podía ser fatal. Alberto maniobró con todas sus fuerzas, tratando de alejar el globo del bosque, pero la aeronave se resistía a obedecer. De repente, una fuerte sacudida hizo que la canasta se inclinara peligrosamente hacia un lado. René perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer, pero logró agarrarse a la canasta en el último segundo.

—¡Vamos a estrellarnos! —gritó René, dominado por el pánico.

—¡No si puedo evitarlo! —contestó Alberto, aunque su voz también denotaba miedo.

El globo continuó su curso errático, descendiendo peligrosamente hacia las copas de los árboles. Las ramas más altas rozaron la canasta, y el sonido de la tela del globo desgarrándose aumentó el pánico entre los dos hombres.

René miró hacia arriba y vio cómo una de las cuerdas principales se había enredado en una rama, amenazando con derribarlos. Con un esfuerzo final, Alberto liberó la cuerda con un hábil movimiento. El globo volvió a elevarse, aunque de manera inestable. La situación era crítica: el viento seguía arrastrándolos hacia terrenos desconocidos, mientras el control que tenía Alberto sobre el globo era mínimo.

MISUFA


 La noche era oscura y tormentosa en la pequeña ciudad de Monras. Las calles estaban desiertas, y solo el sonido de la lluvia golpeando las aceras y tejados rompía el silencio.

En un pequeño taller en las afueras del pueblo, semioculto en un callejón, el inventor Jhon tenía su lugar de trabajo. Actualmente, estaba concentrado en su más reciente creación: un gato robot. La intención de Jhon no era precisamente diseñar un robot para brindar compañía en los hogares; su propósito era crear un gato robótico capaz de robar en ellos.

El gato, hecho de un brillante metal negro, tenía ojos resplandecientes que cegaban a la vista. Era una maravilla de la tecnología, dotado de una astucia que superaba con creces la de cualquier ser humano.

Jhon observaba su creación con orgullo.
—¿Estás preparado para actuar, Misufa? —preguntó Jhon al robot.
—Sí, maestro —respondió el gato con una voz metálica pero sorprendentemente realista, mientras sus ojos se iluminaban al recibir la orden.

Misufa se desplazó sigilosamente por las calles. Sus patas metálicas apenas tocaban el suelo. La primera casa en su lista era una mansión en la parte alta de la ciudad, donde vivía la gente más adinerada. Con una agilidad impresionante, trepó por las paredes hasta alcanzar una ventana en el segundo piso. Usando una pequeña herramienta insertada en su pata derecha, abrió la ventana sin dificultad y se deslizó al interior con sigilo.

Una vez dentro, Misufa se movió con precisión y silencio, evitando los sensores de alarma y las cámaras de seguridad. Encontró la caja fuerte en la oficina del dueño de la casa, y con otra herramienta, la abrió con facilidad. En su interior halló joyas, dinero y documentos importantes.
—Objetivo conseguido, regresando a la base —murmuró Misufa.

Pero justo cuando estaba a punto de salir, escuchó un ruido. El dueño de la casa se había despertado y estaba en el pasillo en ese preciso instante. Sin dudarlo, Misufa saltó hacia él con sus garras metálicas extendidas. Un grito desgarrador resonó en toda la casa, seguido de un silencio absoluto.

La noticia apareció en los periódicos, describiendo el suceso con detalle. Sin embargo, había un detalle que no pudieron informar: nadie sabía quién había sido el asesino que destrozó el cuello del fallecido. Nadie podía imaginar que un gato robot estaba detrás de ese crimen. Desde su taller, Jhon ajustaba los parámetros de Misufa, haciéndolo aún más fuerte y peligroso.

Una noche, Jhon envió a Misufa a la casa del detective Hernández, conocido por su habilidad para resolver casos complicados. Misufa se infiltró con su habitual precisión, pero Hernández estaba preparado.
—Te estaba esperando —dijo Hernández cuando Misufa entró en su despacho.
—No podrás detenerme —replicó el gato, con sus ojos brillantes.

El enfrentamiento fue feroz. El inspector estaba listo para enfrentar cualquier peligro, y finalmente logró dañar a Misufa. Sin embargo, el gato escapó con una parte de los documentos que había venido a robar.

Determinado a capturar a Misufa y al hombre que lo controlaba, Hernández investigó intensamente, y muchas pistas lo llevaron al taller de Jhon. Una noche, se preparó a conciencia para entrar en el lugar.
—Sabía que vendrías —dijo Jhon con una sonrisa siniestra.

A su lado, Misufa estaba desmantelado, aunque sus ojos seguían brillando.
—Este es el fin para ti y tu creación —declaró Hernández sin titubeos.

La pelea fue feroz, pero finalmente Hernández logró arrestar a Jhon. La noticia del arresto de Jhon y la destrucción de Misufa alivió a los habitantes de la ciudad.

El taller de Jhon fue visitado por mucha gente, pero nadie se dio cuenta de que entre los restos de sus creaciones, algo se movía. Unos ojos rojos se iluminaron brevemente antes de apagarse nuevamente. Lo que la gente no sabía era que, posiblemente, el terror del gato mecánico no había terminado para siempre. El montón de chatarra que sacaron del taller fue depositado en un depósito de chatarra en lo alto de la montaña, donde los vecinos juran que, durante las noches más oscuras, se ven unos ojos brillar en la distancia.

REBELIÓN EN LAS AULAS


 El Instituto de Educación Secundaria “El Roble” se encontraba en el noroeste del pueblo, cerca de la montaña más alta que rodeaba la ciudad. La fachada, revestida de granito gris con pequeñas piedras en relieve, daba la impresión de ser una prisión más que un lugar de aprendizaje debido a sus ventanas enrejadas.

Los estudiantes bromeaban diciendo que solo faltaban los guardias armados para que definitivamente pareciera un centro penitenciario. La dirección del instituto era conocida por su mano dura en el cumplimiento de las normas: los teléfonos y otros dispositivos electrónicos estaban estrictamente prohibidos, al igual que fumar. Todos los profesores estaban completamente de acuerdo con estas medidas.

Entre los estudiantes, el malestar crecía día a día. Las normas eran vistas como injustas y opresivas, comparadas con grilletes para los presos. En la clase 12C, esta opresión se convirtió en la chispa que encendió la llama de la rebelión. Abel, un alumno delgado y espigado, con una mirada intensa y mucho carácter, se convirtió en el líder de un grupo de estudiantes que decidió que ya era suficiente.

—Este es nuestro momento, basta ya de dictadura en la enseñanza —proclamaba Abel.

Abel tenía una habilidad innata para negar evidencias y manipular a sus compañeros para conseguir sus objetivos.

—Nos controlan para evitar que pensemos por nosotros mismos. No nos quieren dejar ver la realidad —decía mientras organizaba reuniones clandestinas entre clases.

—Es hora de recuperar nuestra libertad.

Todo comenzó un viernes, cuando el profesor de Matemáticas, el señor Martínez, confiscó el teléfono de una estudiante durante una pausa entre clases. La chica, llorando, justificaba su acción.

—Estoy preguntando por mi madre, que está enferma.

El profesor no cedió, confiscó el teléfono y lo envió a la oficina del director, donde quedaría hasta que los padres de la estudiante pudieran recogerlo. Este suceso fue el desencadenante que Abel y su grupo estaban esperando. En una reunión improvisada en los baños de los chicos, Abel propuso un plan que dejó a todos helados por el riesgo que suponía.

—Tomaremos el control de “El Roble”. Haremos que nos escuchen, aunque para eso tengamos que usar la fuerza.

El lunes, el grupo llegó temprano, mucho antes de que sonara el timbre de entrada. Se aseguraron de que todas las puertas de las clases estuvieran cerradas con llave. Luego se dirigieron al salón de profesores, donde los docentes preparaban el día. Los cinco que se encontraban en ese momento fueron encerrados y amordazados en el gimnasio. Todo estaba calculado.

Cuando los demás estudiantes llegaron, se encontraron con las puertas cerradas y sin entender qué sucedía. En ese momento, Abel tomó uno de los altavoces del instituto.

—Atención estudiantes, esta es una toma del instituto “El Roble”. No se alarmen, los profesores están retenidos y no serán liberados hasta que se cumplan nuestras demandas.

—¿Cuáles son nuestras demandas? —preguntó un alumno.

—Queremos el fin de las restricciones sobre dispositivos electrónicos y un trato más humano y justo.

Los estudiantes murmuraban entre ellos, algunos emocionados por el plan, otros visiblemente asustados. Los primeros minutos fueron de confusión. Los estudiantes intentaban comprender qué pasaba. Un pequeño grupo intentó forzar la puerta del gimnasio para liberar a los profesores, pero Abel y sus amigos, con sentido común, lo impidieron.

Los profesores, inicialmente incrédulos, empezaron a darse cuenta de la situación. Atados y amordazados, podían ver cómo los estudiantes tomaban posiciones de vigilancia. Los dispositivos electrónicos confiscados fueron amontonados en una mesa frente a los docentes. Abel, en una demostración de fuerza, rompió en pedazos el móvil del director del colegio.

—Ellos nos quieren destruir, nosotros destruiremos sus pertenencias.

Algunos estudiantes trajeron alcohol, y el consumo temprano empezó a hacer efecto. Uno de ellos, con una navaja en la mano, amenazaba a los profesores con matarlos si lo miraban a la cara. Abel se estaba dando cuenta de que la situación se le escapaba de las manos.

En el exterior, la policía y los padres se habían reunido rápidamente. Se pidió un grupo de GEOS para controlar la situación. Dentro del instituto, los que tomaban alcohol complicaban todo. Finalmente, la policía irrumpió en el interior, avanzando cautelosamente por los pasillos. Con un megáfono, intentaron negociar con los alumnos. La negociación duró poco tiempo. El alumno con la navaja realizó un corte superficial en el cuello del director.

Los GEOS finalmente intervinieron, neutralizando en pocos momentos a los alumnos y liberando a los profesores, mientras los médicos atendían a los heridos.

 Desde ese día, el gobierno comenzó a crear una ley para prohibir cualquier aparato electrónico en las aulas.

S.O.S.--!!!!! NAUFRAGIO !!!!!!!!


 Nadie conocía aquel mar como él. Tras muchos años saliendo a pescar cada día, casi siempre en solitario, disfrutaba de la tranquilidad de los amaneceres. Aquel día no era diferente para Jaime. Se hizo a la mar en su pequeña barca llamada "Tormenta", llevando consigo todo lo necesario para la jornada. A menudo, la gente del pueblo le advertía del peligro de salir solo, pero él siempre respondía con una sonrisa y un gesto de saludo, diciendo:

—El mar y yo nos entendemos como se entienden los amantes.

Jaime era un enamorado del mar. Siempre decía a sus conocidos:

—El mar me llama, no puedo hacer oídos sordos a su llamada. Cuando entro en el mar con mi barca, encuentro todo lo que no puedo hallar en tierra firme.

Como cada día, la brisa salada acariciaba su curtido rostro. A los pocos minutos, la silueta de Jaime y su barco desaparecía en el horizonte, difuminándose poco a poco en el inmenso mar. Sin embargo, el cielo, que al principio parecía tan apacible, empezó a oscurecerse. Amenazantes nubes cargadas comenzaron a agruparse sobre la cabeza del pescador.

Por primera vez en mucho tiempo, Jaime sintió un escalofrío y algo de miedo. Había pasado por muchas tormentas en su vida de pescador, pero algo en su interior le decía que aquella era diferente, que era peligrosa. A pesar de ello, decidió continuar. Varias horas más tarde, la tormenta estalló con una furia indescriptible. Los relámpagos rasgaban el cielo y el ruido de los truenos sacudía el aire como un potente instrumento de percusión.

Las olas se elevaban como gigantes, arrojando a "Tormenta" de un lado a otro. Jaime luchaba con todas sus fuerzas para mantener el control de la pequeña embarcación, pero era prácticamente inútil; ante el poder de la tormenta, nada podía hacer. Vio venir la gran ola, pero no tuvo tiempo de reaccionar. La ola cayó sobre la embarcación, volcando el barco.

Jaime fue lanzado al agua helada. Consiguió aferrarse a un pedazo de madera, lo único que quedaba de su barca. Pasaron varias horas y la tormenta finalmente comenzó a amainar, pero "Tormenta" estaba totalmente destruida. Jaime se encontraba a la deriva en medio del inmenso mar, solo con la compañía de las olas y el viento.

Sabía que aquella madera era su única posibilidad de salvación, y ese pensamiento le hizo aferrarse más fuerte a ella. Sabía que su vida dependía de ello. La noche fue cayendo y, con la oscuridad, llegó el frío, un frío que calaba hasta los huesos. A lo lejos, la luna asomaba tímidamente entre las nubes, reflejándose en el frío mar.

Los días siguientes fueron una prueba de resistencia. Agotado de no dormir, recordaba los buenos momentos que pasaba en su cabaña preparando los aparejos de pesca. La segunda noche fue la más dura; el hambre y la sed comenzaron a atormentarlo. Afortunadamente, sabía cómo sobrevivir en el mar. Recogió agua de lluvia en una lata que encontró flotando y comió algas que también estaban a la deriva.

Ya llevaba cuatro días, y solo pudo dormir breves cabezadas, con el consiguiente peligro de perder su madera salvavidas. Conocía el mar y sabía que por aquella zona solían pasar barcos; alguno tenía que verlo. Estaba seguro de que los vecinos del pueblo habían dado aviso de su desaparición y lo estaban buscando.

Una de las noches, Jaime vio algo en el horizonte: una gran nave se acercaba en su dirección. Con la poca energía que le quedaba, empezó a gritar y a mover las manos desesperadamente. El barco estaba muy lejos y difícilmente lo escucharían. A medida que se acercaba, Jaime se dio cuenta con horror de que era un gigantesco crucero. La mole avanzaba hacia él como una montaña, y las olas que producía amenazaban con hundirlo definitivamente. Gritó con desesperación cuando el crucero pasó junto a él. Las enormes hélices crearon un torbellino que lo arrastró hacia el fondo. Jaime se aferró con fuerza a la madera para no perderla. Afortunadamente, el crucero pasó rápido y pudo volver a la superficie con su madera fuertemente agarrada.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, Jaime avanzó en la dirección que creía correcta. Varias horas después, empezó a vislumbrar tierra, aunque parecía estar muy lejos para sus escasas energías. Estaba a punto de dejarse arrastrar al fondo del mar cuando otro pescador que estaba en la zona lo agarró del pelo justo cuando se hundía en el oscuro mar.

A pesar de lo sucedido, Jaime continúa saliendo casi cada día a pescar. No puede hacer oídos sordos a la llamada del mar.

LA MADRASTRA


 La nueva casa a la que se mudó la familia era antigua, con paredes que parecían querer contar viejas historias y una fachada que emanaba misterios ocultos. Luisa, una mujer que había encontrado el amor junto a Juan, un hombre viudo con dos niñas a su cargo, estaba decidida a formar una nueva familia y llenar la casa de risas y alegría. Las niñas se llamaban Marisa y Sonia.

Desde la primera noche, Luisa sentía una extraña sensación. Las habitaciones, aunque acogedoras durante el día, al llegar la noche se volvían opresivas, lo cual no le gustaba nada. A pesar de su inquietud, Luisa no quiso compartirlo con su pareja para no preocupar a la familia; siempre pensó que eran cosas suyas.

La primera noche, Juan durmió profundamente, agotado por el trasiego de la mudanza y los arreglos en su nuevo hogar. Luisa, en cambio, se despertó alrededor de la medianoche con una sensación de angustia. Sin ser plenamente consciente de sus acciones, se levantó y se dirigió a la cocina. Allí, extrajo de uno de los cajones un cuchillo de grandes dimensiones, de los que se usan para cortar carne. Sus movimientos eran lentos y deliberados, como si estuviera siguiendo un guion que solo ella conocía.

Con el cuchillo en la mano, Luisa subió las escaleras y se dirigió a la habitación de las niñas, que dormían plácidamente, ajenas a la presencia de Luisa. Ella se quedó inmóvil en un rincón de la habitación, observándolas con ojos rojos. Durante dos horas permaneció allí sin moverse, prácticamente sin pestañear. Justo cuando el primer rayo de sol entraba por la ventana, Luisa salía de la habitación y regresaba a su cama.

Ese comportamiento se repitió noche tras noche. Juan dormía plácidamente sin enterarse de nada, pues cuando despertaba, ella ya estaba a su lado en la cama. Sin embargo, Marisa y Sonia comenzaron a hablar entre ellas sobre la figura que veían por las noches en su habitación. Algunas veces, Marisa despertaba a Sonia en medio de la noche, susurrando que la sombra estaba allí de nuevo. Las niñas, asustadas, se abrazaban fuertemente hasta que volvían a quedarse dormidas.

Durante el día, Luisa no tenía ningún recuerdo de sus visitas nocturnas y continuaba su rutina diaria, ajena a los murmullos y miradas de las niñas. Una noche, Juan se despertó más temprano de lo habitual. Extrañado por la ausencia de Luisa, decidió buscarla. Al llegar a la habitación de las niñas, quedó horrorizado al ver a su mujer en un rincón de la habitación, con un gran cuchillo en las manos, mirando fijamente a las niñas. Sin pensárselo, se abalanzó sobre Luisa, inmovilizándola. El grito de las niñas despertó a Luisa de su trance. Desconcertada y asustada, soltó el cuchillo y miró a Juan y a las niñas sin comprender qué estaba pasando.

Juan, preocupado y confuso, decidió llevar a Luisa a un médico. Las pruebas y análisis no revelaron nada fuera de lo común. Finalmente, un amigo les sugirió que visitaran a un médium. Desesperados por hallar una solución e intentar entender el comportamiento de Luisa, aceptaron la recomendación.

El médium, un hombre anciano de aspecto desaliñado, los recibió en una sala repleta de objetos esotéricos. Tras una larga sesión, se reveló que la casa estaba habitada por espíritus con malas intenciones, especialmente concentrados en la habitación de las niñas. Luisa, en un estado de sonambulismo total por las noches, era sensible a esas presencias y sentía la necesidad de proteger a las niñas, aunque no era consciente de ello.

Con la ayuda del médium, la familia realizó una ceremonia de limpieza espiritual en la casa. La tensión y el miedo que antes se notaban en la casa empezaron a cambiar para bien. Luisa se sintió aliviada por el miedo que había causado involuntariamente.

A partir de ese día, Juan y Luisa pudieron dormir tranquilamente. Las niñas tardaron varios días, aunque al final también se relajaron y durmieron plácidamente. Luisa ya no se levantaba, y el cuchillo permanecía en un cajón de la cocina. 

Sin embargo, cada vez que Luisa pasaba por la habitación de las niñas, no podía evitar sentir un ligero escalofrío, como si una fría mano se apoyara en su espalda.

LA BOLSA DE JUDAS


 Era un domingo soleado de verano en la pequeña ciudad de Annecy. La familia Petit, como habitualmente hacía, paseaba por el centro de la ciudad, recorriendo las principales calles. Bastian y Amelie, los padres, junto con sus hijos Simon y Aurelie, disfrutaban del sol y la brisa que corría entre los edificios. Las calles estaban llenas de gente paseando, y los comercios estaban repletos de compradores.

Caminaban por la avenida principal cuando Aurelie, la menor de la familia, se detuvo de repente junto a una papelera.

—Papá, Mamá, mirad —exclamó la niña, señalando una bolsa negra.

Bastian se acercó y la recogió, sintiendo que algo inesperado encontraría en su interior. Intrigado, abrió la bolsa ligeramente y vio que estaba llena de billetes de euros, perfectamente ordenados en fajos.

—Esto es increíble —murmuró, cerrando rápidamente la bolsa.

—Tenemos que ir rápido a casa —susurró el patriarca.

Con la cara desencajada por la millonaria sorpresa, la curiosidad y la excitación eran palpables en cada paso que daban. Sin embargo, en el fondo, lo más inquietante era la preocupación por el hallazgo.

Una vez en casa, los cuatro se sentaron junto a una mesa con todo el dinero en el centro. Durante unos minutos no dijeron nada; solo miraban el dinero en la mesa.

—¿Cuánto creéis que hay? —preguntó Simon, el hijo.

—No lo sé, pero hay miles de euros, seguro —respondió la madre.

—Lo primero que tenemos que hacer es decidir qué hacemos con esto —dijo Aurelie, la hija.

El padre finalmente tomó la palabra.

—Tenemos varias opciones: podemos llevarlo a la policía, poner un anuncio en el periódico local diciendo que hemos encontrado una bolsa con dinero, aunque esto sería peligroso, cualquiera podría reclamarlo; o también podemos quedárnoslo.

—Creo que deberíamos quedárnoslo, es una oportunidad única en la vida —dijo Simon.

La madre lo miró con desaprobación.

—Simon, no sabemos de dónde viene. Podría ser robado o provenir de algún acto delictivo.

—Mamá tiene razón —intervino Aurelie—. ¿Y si alguien lo está buscando? Lo mejor es llevarlo a la policía.

El padre se rascó la barbilla, pensativo.

—No estoy seguro de que entregarlo a la policía sea lo mejor. ¿Y si nadie pregunta por él y se lo quedan ellos?

La discusión se alargó, sin llegar a un acuerdo. La tensión era palpable en la sala. Tras varias horas de charla con el dinero encima de la mesa, llegaron a una decisión consensuada: al día siguiente hablarían con el cura de su parroquia, el padre Joaquín.

—Hablaremos con él bajo secreto de confesión —sentenció Bastian, el padre.

Bien temprano, se dirigieron a la iglesia, pidiéndole al padre una confesión conjunta de la familia. El padre Joaquín les escuchó atentamente. Unos minutos de silencio bastaron para que el cura hablara.

—Esto es muy delicado. Sin embargo, conozco al dueño de la bolsa.

Los ojos de la familia Petit se abrieron de par en par.

—¿En serio, padre? —preguntó la madre de la familia.

—El dueño de ese dinero está involucrado en tráfico de drogas. Es un hombre peligroso, y si no encuentra el dinero, se enfurecerá mucho. Pero estamos bajo secreto de confesión y lo único que os puedo decir es que ese dinero os pertenece a vosotros.

La familia se miró sorprendida por la revelación.

—¿Qué debemos hacer? —preguntó la madre.

—Podéis hacer una aportación a la iglesia después de unos días y el resto para vosotros.

La familia salió de la iglesia con una mezcla de alivio y miedo. Habían hecho lo correcto pidiendo ayuda, pero ahora sabían que estaban metidos en un buen lío.

Esa noche, mientras dormían, Bastian se despertó con un extraño ruido en la parte baja de la casa. Despertó a su mujer y ambos bajaron las escaleras sigilosamente. Se encontraron con una figura oscura en el centro del salón: era el padre Joaquín.

—Padre Joaquín, ¿qué hace usted aquí? —preguntó Bastian, furioso.

El cura suspiró, sabiendo que estaba descubierto.

—La verdad es que yo también estoy involucrado en el tráfico de drogas. Esa bolsa es una parte del pago destinada a mí; la dejaron en un lugar diferente por error, por eso vine para intentar recuperarla.

El matrimonio se miró horrorizado.

—No podemos creerlo. ¿Cómo pudo engañarnos así? —sentenció Amelie, la madre.

—Ahora necesito ese dinero o las consecuencias serán terribles para mí.

Los hijos se despertaron con las voces provenientes del salón.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Simon.

Los padres informaron a sus hijos de lo sucedido.

—Llamemos a la policía —sentenció Simon.

—No, por favor, me matarán.

En ese momento, Simon salió de la sala y, sin pedir opinión, llamó a la policía. En pocos minutos, se escucharon acercarse las sirenas.

—De acuerdo, tienen razón, me enfrentaré a lo que me corresponda —respondió el cura entre lágrimas.

La policía llegó y arrestó al padre Joaquín, llevándose la bolsa con el dinero como evidencia. Informaron a la familia que estuvieran tranquilos, que en todo momento estarían vigilados.

Con el tiempo, las cosas se normalizaron. Varios años después, paseando nuevamente por la misma avenida, un periódico en el suelo abierto por la página de sucesos mostraba una noticia importante:

—El expadre Joaquín fue encontrado muerto en la celda 255 del penal de la Force.

La familia se miró y volvió a sentir miedo por el futuro.

MISTERIO EN LA MONTAÑA ( 2 PARTE )


 En un rincón oscuro y olvidado de la biblioteca del pueblo, escondido entre viejos volúmenes descatalogados y a punto de ser eliminado, yacía un libro cubierto de polvo y telarañas. Nadie había prestado atención a él, pero el título llamó la atención de Ernesto, el bibliotecario. Su título era "Los secretos del valle", sugiriendo que quizás diera respuestas a muchas preguntas.

El anciano bibliotecario decidió examinarlo tras escuchar la historia de quienes encontraron el templo. Abrió las amarillas páginas y comenzó a leer con mucho interés, sin saltarse nada, pues el futuro del pueblo podía estar allí.

El libro contaba la historia de los primeros pobladores del valle, quienes habían descubierto el templo de piedra. Según el libro, había sido construido por una civilización antigua, dedicada a oscuros dioses que exigían sacrificios humanos a cambio de protección al pueblo. Los ancianos del lugar, conocedores de la historia, decidieron enterrar el templo y ocultar su existencia, intentando poner fin a la historia en ese momento.

Don Ernesto leyó cómo cada cien años los oscuros dioses reclamaban su dominio, el cual solo podía ser otorgado con un ritual específico en el altar del templo. Se necesitaban cinco objetos, escondidos en diversos lugares del pueblo, para llevar a cabo el ritual. El libro proporcionaba cinco pistas para encontrarlos.

El bibliotecario reunió a un grupo de jóvenes para intentar acabar con el maleficio.

—La única forma de acabar con este maleficio es encontrar los objetos y realizar un ritual que está al final del libro —dijo Ernesto.

—Empieza con las pistas —reclamó el más lanzado de ellos.

—Entre las aspas y el grano, donde el viento canta su canción, hallarás el medallón que buscas, escondido en su interior.

—¿Qué puede ser? —preguntó uno de ellos.

—Tiene que ser el viejo molino.

—¡Vamos a averiguarlo!

Al llegar al molino, el grupo sintió una presencia inquietante. Con bastante temor buscaron, y al final lo encontraron en una rueda del molino. Cuando uno de ellos lo recogió, una sombra oscura surgió de improviso, atravesando la sala hasta desaparecer. Los jóvenes mantuvieron la calma y salieron del molino con el medallón.

La segunda pista: “Donde las oraciones quedaron en silencio y las campanas ya no suenan, busca bajo el altar sagrado lo que hace tiempo fue guardado.”

—¡La vieja iglesia abandonada! —gritaron todos al unísono.

Debajo del altar encontraron el cáliz cubierto de polvo y telarañas. Mientras salían de la iglesia, una figura espectral apareció, susurrando palabras en un idioma incomprensible para ellos. La figura se desvaneció rápidamente, y el grupo mantuvo la tranquilidad.

La tercera pista: “Entre lápidas antiguas y sombras del pasado, busca la tumba olvidada, donde un secreto ha quedado.”

—¡Una tumba del viejo cementerio! —la euforia del grupo fue en aumento.

Todos habían escuchado que en el cementerio había una tumba dedicada a las personas sin familia. Sacaron la lápida, movieron todos los huesos de los difuntos, y allí estaba una daga de rituales. La atmósfera del cementerio era fría y pesada, con una densa niebla que envolvía las lápidas. La daga parecía tener vida propia; su brillo era increíble. Mientras la recogían, un frío viento los envolvió, y entre la niebla parecían formarse figuras sobrenaturales. El grupo mantuvo la calma y abandonó el viejo cementerio con tranquilidad.

La cuarta pista: “Donde el sol apenas llega y el viento susurra historias en la oscura garganta de la montaña, hallarás lo que buscas.”

—Creo que esta vez no daremos con el cuarto elemento.

—¡Creo que lo tengo! —gritó uno de ellos.

—En el frondoso bosque apenas da el sol, y está en el centro de la montaña. Tiene que haber un escondite en el centro de la montaña.

La búsqueda dio sus frutos en la parte más interna de la montaña. Encontraron la entrada de una cueva, totalmente cubierta de musgo y maleza. Parecía que nadie había entrado en ella en siglos. El libro hablaba de una piedra preciosa que se utilizaba en los antiguos rituales. Al entrar en la cueva, se encontraron con un laberinto de oscuros túneles. Guiados por las inscripciones de las paredes, finalmente se encontraron en el centro de una cámara, en la cual, sobre un pedestal, descansaba la piedra preciosa. Mientras abandonaban la cueva, tenían la impresión de que la montaña tenía ojos y los estaba observando.

Solo quedaba la última pista: “Donde el tiempo ha tejido la historia, y las hojas se balancean con el viento, busca en las profundas raíces de un sabio anciano del bosque.”

—Tiene que referirse al viejo roble; es el árbol más antiguo del bosque —lo tenían claro.

Con sumo cuidado, fueron escarbando alrededor del viejo roble, hasta que finalmente encontraron una sucia cajita de madera, sellada. En su interior, descubrieron un amuleto de cristal, que, a pesar del tiempo enterrado dentro de la caja, emitía un calor inusual. En ese momento, el bosque pareció cobrar vida; los jóvenes sintieron una presencia no terrenal, pero el amuleto los protegió y pudieron salir ilesos.

Con los cinco objetos sagrados en su poder, regresaron al pueblo, nerviosos porque podían salvar al pueblo definitivamente. Solo había que esperar tres semanas, cuando se produciría un eclipse lunar.

En la noche del eclipse, todo el pueblo se reunió en el claro donde había sido descubierto el antiguo templo. Se construyó un altar provisional y se depositaron los objetos encima. Empezó el eclipse, dejando al pueblo en la oscuridad absoluta.

Don Ernesto inició el ritual recitando las palabras del libro. Los jóvenes rodeaban el altar. Mientras avanzaba el ritual, el aire se volvía irrespirable, como si fueran a morir todos. De repente, el suelo empezó a temblar; de los objetos salía una luz formando una figura etérea que parecía mirarlos fijamente.

Los aldeanos se estremecieron ante el ruido que provocó una explosión cercana. Una parte de la montaña estaba bajando en dirección a ellos. Todos huían despavoridos en dirección al pueblo. Tres horas después, todo había terminado. La ladera de la montaña que cayó sobre ellos enterró cualquier recuerdo del templo. Los habitantes caminaban por el pueblo comentando lo sucedido, aunque todos se preguntaban lo mismo:

—Dentro de cien años, ¿qué pasará?

MISTERIO EN LA MONTAÑA


 El pueblo era envidiado por el enclave que tenía y, sobre todo, por su estabilidad climática. Los días eran siempre agradablemente cálidos, siempre templados y soleados, y las maravillosas noches frescas, pero agradables. Los cambios de las estaciones apenas eran perceptibles para los habitantes del pueblo, ningún cambio drástico. Los habitantes vivían en armonía con la naturaleza, manteniendo siempre el mismo ritmo, tanto laboral como personal.

Sin embargo, aquel año fue diferente. A mediados de otoño, el cielo se oscureció con unas negras nubes densas y espesas. La lluvia comenzó a caer con una intensidad inusual y continuó sin cesar durante quince días consecutivos, con sus correspondientes noches.

El decimoséptimo día, la lluvia se detuvo abruptamente, pero la tranquilidad no duró. Al amanecer, gruesos copos de nieve comenzaron a caer, cubriendo rápidamente el paisaje con un manto blanco. Curiosidades del destino, también la nevada duró quince días.

Los habitantes se refugiaron en sus casas, luchando contra el frío y la desesperación. Las reservas de alimentos disminuían peligrosamente. Era imposible la comunicación con otros pueblos, ni teléfono, ni internet, ni TV, totalmente incomunicados.

Finalmente, la nieve cesó, el sol reapareció y poco a poco el deshielo comenzó. Sin embargo, lo que quedó al descubierto bajo la nieve heló la sangre de los aldeanos. En las laderas de las colinas emergieron extrañas figuras de hielo y nieve, con formas grotescas y espeluznantes. Aunque lo más aterrador estaba en el corazón del bosque: los árboles habían sido arrancados de raíz, dejando un claro en el cual yacía una antigua construcción de piedra, algo parecido a un templo o mausoleo, algo que nadie en el pueblo recordaba haber visto antes.

Los más ancianos del lugar recordaban viejas leyendas sobre una secta que, siglos atrás, adoraba a extrañas figuras. La historia cuenta que cada 100 años estas figuras despertaban para reclamar el terreno que les pertenecía. La construcción, oculta durante generaciones bajo la tierra y la vegetación, ahora se alzaba imponente como un resurgir de oscuros tiempos pasados.

Decididos a desentrañar el misterio, un grupo de valientes aldeanos se adentró en el edificio. Los pasadizos estaban cubiertos de unas extrañas inscripciones en un desconocido idioma, y las paredes adornadas con macabros relieves de sacrificios rituales.

En la parte central encontraron una cámara con un altar rodeado de restos humanos y objetos para practicar rituales. De repente, un viento helado recorrió el lugar y las antorchas que portaban los intrusos se apagaron. Quedó todo en una profunda penumbra, las sombras parecían moverse por su cuenta, como si fueran personas con vida.

Un grito desgarrador rompió el silencio y uno de los aldeanos cayó al suelo. Sus ojos estaban desorbitados por el terror, había visto algo que no era de este mundo. Ayudaron a salir al infortunado y todos ellos abandonaron el lugar. Extraños sucesos comenzaron a acontecer en el pueblo: apariciones espectrales, susurros en la noche y desapariciones inexplicables.

La maldición de los antiguos dioses había sido desatada. El pueblo, que fue un remanso de paz, ahora vivía bajo las sombras de un total terror, con el miedo de que los antiguos dioses reclamaran sus vidas como tributo. Los aldeanos desesperados buscaron ayuda en todas partes, pero nadie se atrevía a acercarse al lugar. La historia del pueblo se convirtió en una leyenda y en un recordatorio de que hay misterios que es mejor dejar enterrados.

LA CUIDADORA DE NIÑOS


 En un pequeño pueblo, rodeado de montañas y bosques, vivía Sandra. Sandra era conocida en todo el pueblo por su bondad y una destreza innata para cuidar niños. Desgraciadamente, ella quedó viuda muy joven debido a un derrumbe en una cueva que mató a su marido. Al quedar viuda tan joven, no pudo tener hijos y nunca más quiso casarse, viviendo siempre sola y cuidando a los hijos de los demás.

Todos los padres del pueblo confiaban plenamente en Sandra para dejarle a sus hijos cuando no podían asistir al colegio o en situaciones similares. Había cuidado a innumerables niños a lo largo de los años y nunca había ocurrido ningún incidente.

Una tarde de otoño, Sandra recibió una llamada de los padres de dos niños pequeños, Clara y Sergio, quienes necesitaban salir de la ciudad urgentemente. Sin dudarlo, Sandra aceptó cuidarlos el fin de semana. Clara tenía seis años y su hermano menor, cuatro.

La casa de Sandra estaba ubicada en las afueras del pueblo, junto al principio del bosque. Aunque mucha gente encontraba un poco tenebroso el lugar, Sandra se sentía a gusto con la tranquilidad que le daba el entorno.

La primera noche, después de preparar la cena, Sandra se sentó con los niños en el salón. Les contaba historias infantiles mientras jugaban con algunos de los juguetes que había en la casa. El viento empezó a soplar con fuerza, provocando que las ramas de los árboles golpearan contra los cristales de las ventanas. El brillo de la luna apenas era perceptible entre las espesas nubes. Sandra, sin perder la calma para que los niños no se asustaran, encendió más luces por toda la casa. Los niños se sentían seguros junto a ella.

Una vez dormidos los niños, Sandra escuchó un ruido extraño que provenía del exterior. Parecía un susurro, como si alguien estuviera hablando en voz baja. Sin perder la calma, decidió dar un vistazo por los alrededores de la casa. El bosque estaba envuelto en una oscuridad total y no vio nada extraño. A pesar de su nerviosismo, volvió al interior de la vivienda, asegurándose de que todas las puertas y ventanas estuvieran bien cerradas.

Le costaba dormirse y no le importó quedarse despierta hasta las dos de la madrugada. Justo a esa hora, un fuerte golpe resonó en la ventana de la cocina. Sandra se levantó de un salto y corrió hacia el lugar del ruido. No vio nada, solo el viento parecía moverse entre los árboles. De repente, un grito seco rompió el silencio. El grito provenía del piso superior, justo donde estaban durmiendo los niños. Sandra subió corriendo las escaleras y encontró la habitación vacía, las camas deshechas y una ventana abierta de par en par, dejando entrar el frío de la noche. El corazón de Sandra latía desbocado mientras miraba a su alrededor, tratando de entender qué había pasado.

—¡Clara, Sergio! —gritó desesperada Sandra.

Al no obtener respuesta, decidió salir a la calle armada con una linterna para intentar encontrarlos. Siguió un pequeño rastro de pisadas que parecían ser de niños. Con cada paso que daba, el bosque se hacía más oscuro y silencioso. Solo el viento susurraba de forma casi inaudible, provocándole escalofríos.

Después de lo que a Sandra le parecieron horas de búsqueda, encontró una cabaña abandonada entre la espesura del bosque. La puerta estaba entreabierta y dentro pudo observar una tenue luz. Al entrar, Sandra vio a Clara y Sergio sentados en el suelo, mirándola con ojos de terror. Al lado de los niños, una figura encapuchada susurraba palabras incomprensibles.

Sandra se dirigió a la figura.

—Dame a los niños —exigió Sandra.

La figura se giró lentamente, dejando ver un rostro pálido y sin expresión.

—Los niños son míos —contestó la figura con voz fría.

En ese momento, Sandra recordó algo que su abuela le había contado cuando era niña: una historia sobre un espíritu que habitaba el bosque, buscando almas inocentes. Según la leyenda, el espíritu podía ser vencido si se le enfrentaba con un juramento de amor eterno. Sandra tomó una decisión. Se arrodilló junto a los niños y, mirándolos a los ojos, les juró que los amaría toda la vida.

Pronunció estas palabras con toda su energía. La figura encapuchada comenzó a retroceder mientras gritaba en un tono desgarrador. Toda la luz que envolvía a la figura desapareció, dejando solos a Sandra y a los niños. Ella cogió las manos de los dos, que temblaban de miedo y frío, y lentamente se dirigió hacia su hogar.

EL DESEMBARCO


 En el año 1960, en el pequeño pueblo de San Lorenzo del Mar, con no más de 2000 habitantes, se erguían casas de piedra, todas con tejas rojas y de dos plantas. La mayoría de los residentes se dedicaban al turismo y la pesca. Sin embargo, el pueblo era más conocido por una tradición: cada año, el 17 de julio, se celebraba el Día del Desembarco Pirata.

Cada año, el pueblo vecino de Santa Cristina del Mar enviaba un grupo de personas en un viejo barco, disfrazados de piratas, simulando invadir San Lorenzo. Los "piratas" llegaban ondeando banderas negras con calaveras y tibias cruzadas, mientras los vecinos de San Lorenzo simulaban defender su pueblo entre risas y cantos. Era una fiesta esperada por todos, especialmente por los niños.

Este año, sin embargo, las cosas serían muy diferentes.

El día de la fiesta, el pueblo estaba adornado con banderas y pancartas. Todo el pueblo, junto con algunos turistas, se congregó en la playa esperando el desembarco. Las campanas de la iglesia dieron las doce campanadas; era mediodía, el momento en que debían llegar. En el horizonte, ya se vislumbraba el barco pirata. Todo parecía normal, excepto por una cosa: los falsos piratas habían tenido un encuentro inesperado.

Mientras se apresuraban a zarpar, los vecinos de Santa Cristina fueron detenidos por un grande y amenazante barco pirata, pero estos eran piratas auténticos. En pocos segundos, los impostores de Santa Cristina fueron reducidos y atados en la bodega del barco. Ahora, el barco pirata era conducido por auténticos piratas.

Todos los que esperaban en la playa estaban seguros de que era el barco de cada año. Los recibieron con vítores y aplausos, sin imaginar lo que les esperaba. Los piratas descendieron del barco, mezclándose entre la multitud y estudiando a sus víctimas. Todo parecía un juego hasta que un niño notó algo raro: los piratas tenían armas de verdad. Corrió para contárselo a sus padres, pero no pudo; el jefe de los piratas dio la orden de atacar.

Los bandidos sacaron sus espadas y pistolas, creando el caos entre los lugareños. Mientras unos saqueaban las casas más cercanas, otros despojaban a los que estaban en la playa.

En medio de todo el jaleo, Marisa, la camarera de la taberna, sabiendo que el alcalde tenía una pistola en su despacho, corrió hacia el ayuntamiento, esquivando a los piratas. Sin perder tiempo, reunió a cinco hombres más, armados con lo que pudieron encontrar (palas, bates de béisbol y cosas parecidas). Aunque eran minoría, tenían una ventaja: conocían el terreno.

La batalla en algunas de las calles fue feroz. Los piratas no esperaban ningún tipo de resistencia. Decidieron tomar rehenes para dominar la situación, y uno de los rehenes era Marisa, a quien le habían quitado la pistola. Uno de los piratas, un joven barbilampiño obligado a unirse a la tripulación, viendo la situación, decidió ayudar a Marisa y a sus vecinos.

Los piratas, al ver que no podían controlar la situación, decidieron abandonar el pueblo. Todos subieron al barco para no volver nunca más, todos menos uno. El pirata que ayudó a Marisa se quedó en el pueblo. Con el tiempo, se casó con ella, tuvieron cuatro hijos, y cada año participaba en el desembarco de los piratas.

LA MUJER


 El pequeño pueblo costero era visitado por multitud de personas. 

Los vecinos del lugar solían tomar el café matutino en el Gran Liceo, una tradicional cafetería y punto de reunión. Sus grandes ventanales dejaban ver todo el paseo marítimo y las olas al llegar a la costa. 

Cada mañana, puntualmente a las 10:15, una mujer de mediana edad, vestida con una elegancia extrema, pasaba justo delante de la puerta. A continuación, entraba en el local y se sentaba en la mesa más alejada, degustando un humeante y cremoso capuchino. Su caminar era firme y con la mirada puesta al frente, ajena a las miradas de las personas que, desde el interior, la seguían con curiosidad. No era una mujer del lugar; por lo menos, nadie la conocía. Su presencia se había convertido en una parte más del paisaje cotidiano, y los cuchicheos eran habituales para averiguar quién era.

—Yo creo que es escritora. Siempre lleva un cuaderno con ella, estará apuntando nuevas ideas para un libro —afirmaba convencido Julián, un jubilado habitual de la cafetería.

—Pues para mí que es pintora. Un día la vi pintar en la playa —decía Susi, la camarera.

—No me hagáis reír. Claramente se ve que es una millonaria viuda que viene para recordar a su esposo —afirmó Roberto, un sexagenario cliente.

Las discusiones sobre la mujer eran tan habituales como el café de media mañana. Pero un día... la mujer no pasó. Hubo algún comentario, pero poca cosa. Al segundo día sin pasar, se redoblaron los comentarios, y al quinto, era de lo único que se hablaba en la cafetería.

—Habrá enfermado...

—¿Le habrá pasado algo malo?

Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años. La figura de la misteriosa mujer se desdibujó en las frágiles mentes de los mayores del lugar.

Una mañana de verano, dos años después de su desaparición, la grácil figura de la mujer misteriosa volvió a pasar por delante del ventanal. La noticia corrió como la pólvora, y los lugareños acudieron al café para ver e intentar informarse de lo que había pasado.

—Es ella —exclamaban.

—¡Ha vuelto! —se sorprendían otros.

La mujer se sentó en su mesa favorita, al final del local, como si no hubiera pasado ni un día.

—¿Le traigo lo de siempre? —preguntó tímidamente Susi, la camarera.

—Sí, por favor —respondió la mujer con una sonrisa amable.

—Perdone la intromisión, pero todos aquí estábamos muy preocupados por su desaparición —preguntó el más atrevido.

—Entiendo su curiosidad. Me llamo Charlotte. Hace dos años recibí una llamada urgente de mi familia en Inglaterra. Mi madre enfermó gravemente y necesitaba de mis cuidados. Todo ocurrió de repente y no pude avisar a nadie de los conocidos en este lugar.

Los clientes escuchaban absortos el relato.

—Pasé meses cuidando a mi madre, y cuando felizmente se recuperó, la ayudé a solucionar problemas burocráticos.

El silencio era atronador. Ya no importaba quién era; su relato conmovió a todos.

—¿Y por qué ha vuelto?

—Este es un lugar especial para mí. El día que llegué por primera vez, encontré paz y tranquilidad. Por eso quiero a este lugar como si fuera mi casa.

Desde entonces, continuó pasando por delante de la ventana, aunque ya las intervenciones no eran para preguntar quién era, sino para saludarla como a una más de la familia.

EL ULTIMO DIA

 Juana llevaba treinta y siete años viviendo en aquel piso, treinta y siete años pagando el alquiler sin retrasarse ni un solo día. Había ha...